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La Semana Santa en la cárcel de Navalcarnero: del dolor a la esperanza -- Javier Sánchez

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Un año más hemos celebrado juntos, voluntarios, capellanes, personas en libertad y funcionarios, la semana santa en nuestra cárcel de Navalcarnero. Y digo un año más, porque ya son muchos, pero sin embargo cada año es un poco especial, primero porque las circunstancias personales de cada uno son distintas, y también porque la situación de nuestro mundo es distinta. Lo que hace diferente cada semana santa es que a pesar de que “nos lo sabemos”, intentamos vivirlo desde el hoy de cada cual, y desde el “cada cual de nuestro mundo”.

Eso hace que cada semana santa sea distinta y especial, y que no sea la repetición ni el recuerdo de unos meros acontecimientos que ya sucedieron. Pero sí que es cierto, que esta dimensión pascual cobra un sentido diferente en nuestra cárcel, porque hablar de cruz, de sufrimiento, de injusticia, de dolor… en un sitio donde el dolor se respira por los cuatro costados, sin duda que es diferente y especial; pero también resulta especial que desde ese dolor cotidiano y desde tanta cruz vivida y experimentada pueda surgir la vida, la resurrección y la esperanza. Yo quisiera resaltar este año esa apuesta: como desde el dolor surge la esperanza, como en un sitio donde el dolor se masca y se palapa a borbotones es donde también se percibe a borbotones los chorros de vida y de esperanza; quizás parece mentira, pero en un sitio de cruz como es la cárcel, es sin duda desde donde mejor se percibe y se palpa la esperanza y la vida; una esperanza y una vida que entre todos hacemos cada uno, cada día que nos encontramos, cada día que celebramos, cada día que lloramos y que nos abrazamos, pero una cruz y una vida que sin duda, se ha puesto también de manera especial y palpable en estos días de semana santa.

Y desde el comienzo de este escrito he dicho “nuestra cárcel de Navalcarnero” porque yo creo que todos los que vamos por allí a diario así los percibimos: es nuestra porque en ella tenemos nosotros puestos nuestros ideales, porque en ella ya no hay presos anónimos, sino que hay seres humanos con los que compartimos muchas cosas, y en ella, aunque parezca raro, nos sentimos agusto unos y otros, sentimos que compartimos mucha vida, y que incluso forma parte de nuestra vida. Yo creo que si preguntáramos a todos y cada uno de los que por allí vamos todos coincidiríamos en lo mismo, la cárcel forma parte de nuestra vida, forma parte de lo que somos, tanto a un nivel meramente humano como a un nivel cristiano, porque en cada rostro y en cada abrazo descubrimos en cada momento no solo el rostro del crucificado y el resucitado, sino el amor de todo un Dios que nos abraza, que llora, que nos sonríe y que nos ayuda y cuenta con todos nosotros, para que podamos hacer de aquel lugar de muerte un lugar de vida. Muchos otros lugares de muerte hay en el mundo y en todos ellos se palpa esa vida; recuerdo también con mucho cariño, la experiencia vivida en el verano, en Arcatao, un pueblo de campesinos de El Salvador, donde entre tanta violencia y miseria el Dios de la vida también se hace presente en cada momento.

Han sido tres días de encuentro profundo, de celebración, de esperanza y sobre todo de sentir lo que a veces nos cuesta sentir en otras comunidades: que todos somos uno, que nos une lo mismo, y que nadie tenemos por qué recriminar a nadie nada, ni juzgar a nadie nada. Lo que nos ha unido es estar en la misma barca y querer crear algo nuevo y distinto en aquel lugar donde todo es viejo porque está lleno de dolor. Es curioso que cuando decimos esto, siempre a veces se nos dice que es así porque “los presos no tienen más remedio, y porque en una situación como la que viven es normal que se agarren a Dios”, y nosotros siempre decimos que puede ser verdad, pero tan verdad como en el evangelio sólo entienden a Jesús los pobres, los pecadores y los marginados, los listos y los engreídos no quieren saber nada del evangelio y de Jesús, y tanto es así que el mismo Jesús en el evangelio así lo dice: “Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las revelado a la gente sencilla” (Mateo 1, 25).

Comenzamos nuestro jueves santo, explicando un poco la los muchachos todo lo que íbamos a vivir, y sobre todo el contexto de la celebración de ese día especial: la cena de Jesús con sus amigos más queridos, los apóstoles, el sentido de cada Eucaristía nuestra desde esa “Ultima Cena de Jesús”; el sentido del día del amor fraterno que celebra toda la Iglesia el Jueves Santo; y el sentido de nuestro sacerdocio, tanto el de todos los cristianos, como especialmente, en ese día, el sacerdocio ministerial, haciendo que sea un sacerdocio, “un ser cura” que debe brotar sólo desde ese lavar los pies a los hermanos, si de verdad queremos “tener parte con Jesús”, como el mismo Jesús le contesta a Pedro, el primer papa, ante su negativa de dejarse lavar los pies por El. Leímos el texto de Corintios, donde se relata la ultima cena, y después el texto de San Juan del lavatorio de los pies; hicimos eco de ese texto del evangelio, e intentamos hacerlo nuestro. Y a continuación llevamos a la práctica lo que nos proponía el evangelio: lavarnos los pies; intentemos decir que era el gesto específico del cura pero que también es el gesto de todo cristiano.

Que es un gesto identificativo de nuestro seguimiento, que no es un gesto de bondad o de altruismo, sino que brota del propio seguimiento, y que solo seremos “curas de Jesús” o cristianos en sentido amplio si nos lavamos los pies, si estamos cerca de los otros, si hacemos del servicio a los más necesitados nuestro único signo de identidad; intentamos reconocer que podríamos ser papas, obispos, curas, catequistas… lo que fuera dentro de la comunidad cristiana pero si no lavamos los pies no seremos de Jesús, seríamos de otro pero no seguidores del Maestro; y eso no porque nos lo inventemos sino porque el mismo Jesús así se lo dice a Pedro. Intentamos reflexionar juntos qué significaría lavar los pies en la cárcel, y todos estábamos de acuerdo que lavar los pies en este lugar significa estar cerca de los otros, ayudarles en lo que pudiéramos, consolarnos juntos, no utilizar nuestros “pequeños poderes”, no oprimir a nadie sino especialmente hacer del servicio nuestro gesto, y hacerlo para que la cárcel fuera más humana y más cristiana. Y a continuación, después de toda la reflexión comenzamos a lavar los pies. Comenzamos los dos curas que allí estábamos pero luego el gesto, como cada año, se hizo extensivo, entre todos. Y como siempre, desde el silencio más elocuente ( quizás este año ha sido de los años que más silencio ha habido) y desde los cantos que el coro de guitarras nos brindaba, hicimos de aquel gesto un gesto profundo donde “pudimos respirar juntos el amor de Dios en cada uno de nosotros”.

Era especialmente emocionante cuando alguien nos pedía que le laváramos los pies o cuando nosotros le pedíamos a alguien que se dejase lavar; había que vencer quizás ese respeto humano que supone que alguien se arrodille y te lave, pero ciertamente si no nos dejamos lavar, si no nos dejamos amar no podemos lavar y amar a los demás; y es importante reconocer que a veces casi nos cuesta más “ser lavados que lavar”. En aquel momento, en aquel silencio, no había presos, curas, voluntarios… había solo personas que repetíamos el gesto de Jesús; me impresiona siempre este momento, sobre todo cuando conoces las vidas de cada uno de ellos, cuando sabes que hay detrás de cada uno de esos pies, no son pies anónimos, son pies llenos de vida, de sufrimiento, de cruz, y también de esperanza; son pies que transmiten mucho porque cada uno de ellos tiene una historia concreta que hay que lavar, purificar y sobre todo amar. Unos son pies encallados, otros son pies blancos, otros negros… en cada uno hay llagas y heridas que necesitan curación; y detrás de cada beso que se daba en los pies al terminar el lavatorio, sin duda que el beso del mismo Jesús, un beso cálido, acogedor, fraterno que todo sentíamos cuando besaban nuestro pie. En los pies de Santi, de Antonio, de Fabián, de Alvaro, de Javier, de Florián, de Ignacio… se notaba el rastro de la vida y la huella de todo lo vivido… mirábamos con esperanza al futuro, y nos dejamos todos querer… emocionante también cuando ellos se lavaban los pies entre ellos o nos lavaban los pies a nosotros, no fue un gesto vacío, fue un “dejarnos querer y abrazar por el mismo Jesús”. Y a la vez en cada beso y en cada lavada un gesto de ánimo, de apoyo, y de decir que ahí estábamos, que nadie bendecía nada de lo que había hecho, pero sí que todos expresábamos que nos necesitábamos y que queríamos hacer de aquel gesto el sentido de nuestra vida. No había pies de ricos y de pobres, de buenos y de malos, había solo pies necesitados de ser lavados, todos necesitábamos ser lavados también por Jesús como el mismo Pedro. Y después de cada lavatorio una palabra en común: gracias, no por el gesto sólo sino por estar ahí juntos, hoy y cada día, por comprendernos, por llorar juntos, por reír juntos, por echarnos una mano y por descubrir el rostro de Dios en cada uno de nosotros y de nuestras vidas. Recordamos también en este día de modo especial al Arzobispo Monseñor Romero, asesinado justo en este día, 24 de marzo de 1980, hacía 36 años en la capilla del hospital de la Misericordia, mientras celebraba la Eucaristía, y confieso que al recordarlo me emocione y recordé todo lo vivido en aquellas tierras salvadoreñas y todo lo compartido con el pueblo de El Salvador.

Después de terminar este impresionante gesto, seguimos nuestra Eucaristía y como siempre en el momento de la paz también fue impresionante sentir en cada abrazo el abrazo de Dios; unos son abrazos apretados, otros más sencillos, unos llenos de esperanza, otros con más debilidad y sufrimiento, pero en todos ellos algo común: te necesito, nos necesitamos, tenemos que estar ahí juntos y gracias por estar con nosotros que nos decimos todos, gracias porque todos nos ayudamos, nosotros nos llenamos de ellos y ellos de nosotros. Comulgamos juntos, y al terminar la celebración explicamos lo que Jesús viviría después de aquella cena, para centrar también la celebración, de nuevo impresionante, del viernes santo, que íbamos a vivir juntos.

Allí no dejamos “el monumento” como en todas las parroquias, quizás porque una vez más el monumento, “la presencia del Dios eucarístico” está en cada uno de aquellos muchachos, en sus vidas y en sus historias: Jesús se hace presente en cada uno de ellos y en ellos tenemos que reconocerlo cada día. Les hablamos de que esa noche, del jueves al viernes santo, Jesús la pasaría también en una cárcel judía, después del juicio ante el sanedrín, y en espera del juicio ante Pilatos; y les hicimos caer en la cuenta de que también iba a estar de modo especial con ellos en esa noche, iba a estar preso como ellos, que sintieran que Dios en Jesús no les dejaba sino que les acompañaba siempre pero de modo específico en esa noche; el papa Francisco había dicho en la convención nacional de los capellanes italianos, el 23 de octubre de 2013 que “el Señor está cerca, dice con gestos, con palabras, con el corazón que no se queda fuera de su celda, no se queda fuera de la cárcel, que está en el interior, que está ahí. Les pueden decir esto: el Señor está con ellos, el es un prisionero, todavía en prisión …El está ahí, llorando con ellos, trabando con ellos, y su amor paternal y maternal llega a todas partes”, y eso es también lo que les quisimos transmitir en este día, después de aquel emocionante gesto del lavatorio: que sintieran a Jesús preso como ellos en aquella cárcel judía, que sintieran al Dios solidario que como ellos también esperaba un juicio.

El viernes santo constituye siempre el centro de nuestra semana santa en la cárcel, y adquiere un cariz muy especial la celebración de este día, sobre todo porque los crucificados están allí delante de nosotros, porque no hace falta quizás mirar fotos de personas doloridas, hace falta sólo mirar los rostros de cada una de las personas que se encuentran encarceladas, contemplar su historia y descubrir en cada una de ellas al mismo Cristo dolorido y ensangrentado. En cada una de las historias de aquellos muchachos cada día nosotros vemos el rostro sufriente de Jesús, aunque es verdad que en este día tomamos mucha más conciencia de ello. La celebración la comenzamos retomando desde el día anterior donde habíamos dejado a Jesús. Les hablamos de nuevo de ese Jesús preso, que abandona la prisión para ir hacia el juicio de Pilatos y allí, tras ser condenado por él, hacia el calvario.

Comenzamos por eso leyendo el texto de la pasión, entre todos, y como siempre resultaba impresionante escuchar a un mismo coro “crucifícalo”; les invitamos también a meterse dentro de algunos de los personajes, a no sentirse ajenos o espectadores de lo que allí estaba pasando; fuimos intercalando el texto con cantos y me parece que conseguimos que no fuera una “puesta en escena” simplemente sino un volver a vivir todo lo que sucedió y a hacerlo nuestro en el hoy de este día. Al término de la lectura del relato de la pasión hicimos una pequeña reflexión acerca de lo que podía significar eso para nuestra vida, tomamos conciencia de los condenados a muerte, de los que dan la vida, de los que traicionan y se lavan las manos, de los que pasan de tantas realidades de injusticia por su comodidad… y nosotros éramos y somos también parte de cada uno de esos personajes y de esas situaciones. Desde esa reflexión introdujimos la figura de la madre de Jesús, María, como una mujer especialmente dolorida y doliente en ese día. Y desde María, como madre, también a todas nuestras madres, que “son las que más sufren porque estemos nosotros aquí”, que dice en cada una de las eucaristías, Santi, un muchacho que hace seis años mató a su hermano mientras estaba borracho, y que desde luego sabe mucho de dolor tanto personal como del dolor que él ha ocasionado en su familia.

Por eso, escuchamos el relato de “un tal Jesús”, la versión lationamericana de Jesús de Nazaret, donde María de Nazaret llora ante su hijo muerto. Fue un momento sobrecogedor, en aquel salón de actos grande, con unas 140 personas allí reunidas y en un silencio expresivo escuchamos los sollozos y las lágrimas de la Virgen María. María, como madre al pie de su hijo muerto va describiendo toda la situación que ha vivido con Jesús, desde el comienzo cuando le decía que no se metiera en líos hasta el final de verlo yacer muerto, pero sin el más mínimo reproche, solo con lágrimas de amor y de ternura. Y sin duda que en los sollozos y las lágrimas de esta madre, de María, la madre de Jesús y nuestra madre, cada uno de los estábamos allí descubrimos también las lágrimas de nuestras propias madres, y quizás pudimos contemplar también como Jesús tanto amor derramado por cada uno de nosotros, y en medio de tanto sufrimiento ni un solo reproche; a más de uno se nos escaparon también algunas lágrimas porque sentíamos en ese dolor reflejado el propio dolor de cada una de ellas, y el amor también incondicional. Es lo que nos dicen muchas de esas madres cuando nos reunimos cada mes en la parroquia “yo sé que mi hijo dice que me quiere ahora mucho porque está en la cárcel pero cuando sale no se acuerda apenas de mí, pero voy a visitarlo, estoy con él y le apoyo en lo que puedo porque ES MI HIJO”. Quizás eran también las palabras de María de Nazaret, no entendió tampoco a Jesús, pero siempre estuvo a su lado, apoyándole, dándole fuerzas y ahora a sus pies, en su lecho de muerte.

A partir de ese relato, introdujimos la celebración del perdón, porque cuando uno se siente amado así necesita reconciliarse, necesita pedir perdón, a Dios y a los seres más queridos. Les hicimos la triple pregunta: a quién quisiera pedir perdón en ese día, qué me gustaría que me perdonasen, y de qué quisieran pedir perdón. Y de nuevo en medio de un silencio fuerte cada uno de nosotros fuimos pidiendo perdón y dejándonos también reconciliar.

Al finalizar ese momento, recibimos también el perdón de parte de Dios nuestro Padre, que en Jesús crucificado, en el justo sufriente, de nuevo nos abrazaba. Hicimos el gesto sacramental de la imposición de manos donde sentimos y experimentamos la acogida y el amor incondicional del Padre, su abrazo, su beso, como el que cada día nos da nuestra madre cuando viene a visitarnos y llora con nosotros. En este viernes santo recibimos de nuevo la misericordia y el derroche del amor de Dios a través de la imposición de manos, un gesto que hacía siempre Jesús para transmitir un poder de parte de Dios y para demostrar su acogida especialmente a los más desfavorecidos, pecadores y “descartados”, en palabras del papa Francisco. Y al final, recibimos la absolución de nuestros pecados, donde Dios Padre nos perdonaba los pecados a través del sacramento de la penitencia que la Iglesia nos comunicaba. Fue un momento de acogida, de esperanza y desde luego de misericordia.

Después de esta especial celebración de perdón, comenzamos el tercer momento del día: la oración universal, donde a través de diferentes gestos fuimos pidiendo y presentando a Dios las diferentes realidades de nuestro mundo: la paz, los crucificados, los presos, las familias… pusimos en las manos de Dios esas realidades de dolor ante las que el crucificado en ese día se solidarizaba de un modo especial.

Después de la oración universal comenzamos el momento final de la celebración, la entrada solemne del crucificado y la adoración del mismo. Hicimos la procesión de entrada de la cruz con una música suave, y fuimos pasando la cruz por todo el salón de actos; el crucificado era llevado por los crucificados de Navalcarnero, eran cuatro muchachos con diferentes historias los que llevaban la cruz, y detrás iba el cura, y entre todos, en ese paso de marcha sencilla, pudimos hacer nuestro el camino del propio Jesús, pudimos sentir sus pasos junto a los nuestros, y pudimos experimentar la solidaridad que puede sentir el ser humano de manera más profunda de parte de Dios. No era un teatro, no era una procesión más, era el paso solidario del Dios sufriente por cada uno de los dolores y las cruces de los que estábamos allí.

No era tampoco un paso desesperante, era un paso de esperanza, de apoyo, era un paso solemne como cada vez que alguno de los muchachos me cuenta lo que ha vivido en su vida, entre sollozos y llantos; una vez más en aquel paso solemne fui pasando muchas historias de vida que durante estos nueve años de paso por aquel lugar he ido compartiendo, reviviendo y sufriendo; sin duda que yo también lo viví como un paso de Dios, como una Pascua, en el fondo como una gracia de Dios para mi vida. Y de nuevo las palabras del papa a los capellanes “ustedes son un singo de la cercanía de Cristo a estos hermanos que están en necesidad de la esperanza”. Y al llegar delante colocamos la cruz y nos arrodillamos delante de ella, para pasar después cada uno de nosotros al momento espontáneo de adoración del crucificado. Una vez más al acercarse cada uno de ellos y hacer diferentes gestos se podía comprobar que no era un gesto sin más, sino que en cada expresión de adoración cada uno iba expresando su propia vida; era de nuevo el saludo de crucificado a crucificado, desde el silencio más expresivo se hacía presente la misericordia del Dios que no juzga, del Dios que acoge, del Dios que aguarda cada momento como el Padre- Madre del hijo pródigo. Unos se arrodillaban, otros agarraban la cruz, otros la abrazaban, otros las besaban…

Cuando terminamos este momento, vimos el final de la película del arzobispo Romero, del que se cumplía el 36 aniversario de su asesinato el día anterior, el jueves santo; este hombre, como Jesús, dio la vida por su pueblo, fue martirizado mientras celebraba la eucaristía; en la capilla del hospitalito donde cayó asesinado aquel 24 de marzo de 1980 hay una inscripción “En este lugar Monseñor Oscar Romero ofrendó su vida a Dios por el pueblo”, y recordé lleno de emoción la experiencia vivida con el pueblo de el Salvador el verano pasado del 2015, donde pude compartir apenas un mes con los salvadoreños y empaparme de su vida. Vimos el momento del asesinato, como ejemplo de entrega como la de Jesús, y luego escuchamos también con diferentes imágenes el canto “le mataron un día” de Ricardo Cantalapiedra.

Para terminar la celebración escuchamos juntos, y como homenaje a Romero, en su 36 aniversario, el poema que Pedro Casaldáliga, el obispo de Brasil, le dedicó al día siguiente de su genocidio.

De nuevo el viernes santo lo vivimos todos desde el sobrecogimiento y la oración, fue una expresión muy especial de lo que sentimos cada día cuando visitamos esta cárcel; fue un contemplar desde la cruz de Jesús las cruces de cada uno de los que allí estábamos, sin tapujos, en carne viva, sentimos que en esos crucificados estaba presente también el mismo Jesús, que no era una historia pasada que recordábamos, sino que allí mismo cada día estaba siendo crucificado, torturado y asesinado el mismo Jesús.

Pero todo no podía quedar ahí; por eso el sábado santo por la mañana celebramos la fiesta de la resurrección, la fiesta de la vida, la fiesta que da sentido a toda nuestra vida cristiana, y también a nuestra presencia como voluntarios y capellanes en aquel lugar de muerte y de dolor. Es la fiesta de la vida con la que comenzaba este escrito como la pascua, y como desde el dolor más profundo se puede descubrir la vida; pasamos desde el dolor a la esperanza, y comprobamos de nuevo que en medio de tanto dolor es posible la vida, que para eso cuenta Dios con cada uno de nosotros. Fue una celebración también especialmente expresiva, con símbolos algo distintos de los que hacemos en cada una de las parroquias y de las liturgias en la calle.

Primero distinto porque la celebramos por la mañana a las once, y descubrimos que igual que dice el evangelio de San Lucas que los primeros en enterarse del nacimiento de Jesús fueron los pobres, representado en aquellos pastores que pasaban la noche al aire libre, aquí también fueron los primeros en enterarse de la resurrección los pobres, representados en aquellos presos de Navalcarnero; a ellos como a tantos crucificados de nuestro mundo Dios se les hacía presente en el Jesús resucitado que se hacía vida para cada uno de ellos. El símbolo del fuego lo sustituimos haciendo que cada uno pensara en algo que quisiera romper o quemar de su vida y simbólicamente lo pusimos sin escribirlo en un posic, que luego pegamos a su vez en un gran papel blanco, y que luego para simbolizar que se olvidaba rompimos y tiramos; Dios en Jesús resucitado nos abre a una vida nueva, diferente y cuenta con nosotros para hacer un mundo mejor y más feliz para todos. Después encendimos el cirio pascual signo de la resurrección, escuchamos el pregón pascual como en todas las fiestas, la lectura de Ezequiel y el relato de la resurrección que nos hace el evangelio.

Reflexionamos en torno a lo que significa esa vida nueva que nos trae Jesús y como nosotros también podemos cada día hacer de aquel lugar de muerte un lugar de vida, como ese Dios cuenta con todos nosotros para que así lo hagamos, desde los pequeños detalles, desde hacer la cárcel cada día más humana y fraterna entre todos, más llena de vida. Y después ya pasamos al momento bautismal, nos unimos a las personas que ya no están y nos han precedido en el camino de la fe, rezamos juntos nuestro credo de la vida y luego renovamos nuestro bautismo con el gesto de mojar también nuestras manos en el agua que habíamos bendecido y con el que queríamos también mojar nuestra vida comprometiéndonos con los demás. Seguimos la eucaristía como cada día pero desde la fuerza de la experiencia del resucitado, con el momento entrañable de la paz, y con el canto al final de la celebración “color esperanza” precisamente para intentar abrirnos con Jesús resucitado a esa esperanza nueva que El nos trae. Fiesta por tanto de vida, fiesta pascual, “pasamos desde el dolor a la esperanza”.

Recordamos también en este día las palabras del obispo Romero unos días antes de morir “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño”, porque son palabras que también en el viaje allí hemos descubierto; Romero sigue vivo en el pueblo, en su gente, porque rara es la persona que no te habla de él y de su vida, y en cualquier casa pobre, recóndita y perdida del pueblo campesino hay siempre una fotografía del santo de América. Romero, como Jesús de Nazaret, sigue presente en el pueblo, entre sus pobres, donde siempre quisieron estar uno y otro; y juntos a ellos tantas personas que han dado la vida y dan la vida a diario por hacer que otros puedan tenerla; “si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto”, así está también presente el Resucitado cada vez que somos capaces nosotros de poner vida y esperanza en este lugar de muerte donde nos encontramos, el resucitado camina con nosotros en cada abrazo, en cada llanto, en cada apretón, en cada sonrisa y en cada gesto de amor que día tras día, en cada eucaristía de cada sábado nosotros intentamos traer; y por supuesto, también en cada abrazo y compartir que los mismos presos nos dan, es un regalo mutuo, es un compartir vida resucitada mutuamente, y es un hacer y descubrir el paso de Dios por nuestra vida, ya resucitado, de manera recíproca, es sentir “su Pascua”, en todo lo que aquí vivimos y compartimos a diario.

Triduo Pascual en Navalcarnero, fiesta de la vida, fiesta de la esperanza… desde la muerte arranca el paso de vida del resucitado. Y al finalizar una petición: Ojalá que entre todos los que vamos por allí cada día hagamos que brote una esperanza nueva, ojalá que cada uno de nosotros pongamos un poquito de vida en medio de ese dolor, ojalá que hagamos presente al Dios de la vida, resucitado en cada una de las cruces de nuestros hermanos. Que nos lo creamos y que sintamos que Jesús resucitado sigue pasando por Navalcarnero en medio de tanto dolor, que no desesperemos, sino que sintamos que “El va delante de nosotros”, como fue delante de aquellos primeros discípulos en aquella primera mañana de resurrección, y que El nos espera en Galilea, en la Galilea de cada día, en la Galilea de Navalcarnero, en la Galilea de los pobres y los crucificados, para juntos hacer de esa Galilea un lugar de vida, de amor y de fraternidad, un lugar que pueda pasar “del dolor a la esperanza”.

Navalcarnero, Pascua de 2016

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