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La revolución del polvo -- Jaime Richart, Antropólogo y jurista

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Un día Portu­gal hizo “la revolución de los claveles”. En los de­más países de Europa no sé si se ha hecho alguna otra en los últi­mos tiempos, pero en España, al menos desde un punto de vista antropológico, me parece concluyente la experimentada, además sin voluntad, porque ha llegado por sí sola. Me refiero a la “revolu­ción del polvo”. Una revolución silenciosa que tuvo lugar casi inme­diatamente al finalizar la dictadura tras casi medio siglo de represión sexual, y ha llegado hasta hoy. Más bien una agita­ción social que da la im­presión de salvar a este país de muchas cosas. Incluso, a pesar de la violencia de género por una serie de concau­sas y dejándola al margen, a la España de la agresividad latente tanto tiempo reprimida. Lo malo es que con ello, lamentable­mente también se ha disipado mucha bizarría que no hay que confundir con fanfarronería y chulería, tan españolas…

Porque yo creo que esa libertad sexual de la que España estuvo ayuna cuatro décadas y el efecto de la relajación de la tristeza post coito, influyenmucho más signi­fi­cativamente de lo que parece en la pereza revolucionaria de las izquierdas. Esto, por un lado. Pero es que, por otro y con similar potencia, influye el acceso fácil al con­sumo de baja intensidad. Con una camaa cubierto, un bocata de buen jamón (como elque acabo de comprar en A Coruñapor 1,20), un móvily un polvo en cualquier váterhoy, refugiado en la comodi­dad de la pancarta, del chiste fácil o de la ocurrencia es­cueta en la Intetnet, a cual­quiera se le quitan las ganas de reaccio­nar con amena­zas de verdad. Es lo que tienen la libertad, la liber­tad sexual desconocida y las pul­sio­nes que originan ambas en comparación con la sexualidad frustrada de la dicta­dura…

Y digo esto, porque creo que las izquierdas han perdido la bata­lla definitivamente. No se trata ya ni de rendirse ni de resistir numan­tinamente. La batalla que empezó a librar la izquierda en 1917 ter­minó en Occi­dente con la caída del muro de Berlín. Oriente, los países orientales, nunca no se han sa­lido del conti­nente asiático.

Pero Occi­dente, unas veces a su frente un imperio y otras otro, unas veces una nación y otras veces otra con todos sus ciclópeos inter­eses es el que hace la Historia del mundo. Pues la Historia propia­mente dicha, al menos para nosotros, es la Histo­ria de Occidente cuya acción ha ido siempre mucho más allá de sus confines geográfi­cos convenciona­les desde 1494. Año en que empieza la Edad Moderna, el día que el papa Alejandro VI traza una divisoria que su­puso repartirse el mundo entre la Corona de Portugal y la Co­rona de Castilla (a ésta, por cierto, a cambio de contraer el de­ber de humillar a las nacio­nes bárbaras y reducirlas a la Fe Católica, como expresa la bula papal Inter Caetera). Em­pieza aquel día y parece estar ter­minando en nuestra época. Pues Occidente, la civiliza­ción occidental, arrastrando al resto, parece haberse fijado, de una manera entre inconsciente y vesánica el tope de su tiempo de existencia.

El cambio del clima planetario provocado por su sistema que se perfila devastador para la vida y parece irreversible, es ese tope. Las señales empezaron a mos­trarse hace mucho tiempo. Al menos hace mucho tiempo que los espíritus finos empeza­ron a albergar la sospecha de que algo en la biosfera iba rematadamente mal. Aquellos, entre los que me cuento, veían el asunto del clima global como un trasatlántico a la deriva que, con el paso de las décadas iba disponiendo de menos tiempo para endere­zarse y evitar el hundimiento. Sin embargo, toda voz de alarma en tal sentido resultó siempre hasta ayer un vaticinio de mal agüero que los llamados a tenerla en considera­ción, esto es, los mandatarios y los responsables de los poderes económicos de cada país y del mundo entero, no han querido ni escuchar. Quizá porque si hubiesen prestado la atención que la amenaza merecía, la estruc­tura entera de la sociedad occidental se hubiese desplomado…

Desde luego en este asunto y sus concomitantes, la izquierda lo­cal y mundial, es decir, quienes reflexionan a conciencia frente a sus oponentes arrastrados sólo por sus pasiones principales: la ambi­ción de poder y la riqueza, tienen mucha culpa cuando han gobernado. Precisamente por su sentido de la responsabilidad del que carecen los otros y porque, presas de la pusilanimidad que está sólo a un paso de la cobardía, no tuvieron el valor de enfren­tarse a ellos.

Sea como fuere, la izquierda ha perdido ya la batalla antes de em­pe­zarla. Porque lo que de ella llega ya no son pensamientos revolucio­narios. Mucho menos decisiones políticas valientes. Y al decir que no son revolucionarios no quiere decirse que hubiesen de desembocar necesariamente en actos violentos. No son revolucio­narios porque son tibios, ambiguos, incluso vacilantes y por eso carecen de fuerza y de firmeza. Las privatizaciones de la izquierda y una de sus graves consecuencias, las puertas girato­rias, son la prueba inequívoca de su debilidad y de su dejarse lle­var por la co­rriente neoliberal. Sobre todo cuando medía España espera, inútil­mente, desde 1978 la materialización de dos propósi­tos fundamenta­les para la conciencia de la España perdedora, margi­nada o tangencial: la reforma en profundi­dad de la Constitu­ción y el referéndum monar­quía/república.

Así es que, visto lo visto y dada mi edad, voy a ir renun­ciando al progresismo. Para qué. Visto que no voy a vivir en una Re­pública, que la justicia ordinaria y la justicia so­cial no van a pasar de la ilu­sión de los bien nacidos, de los inge­nuos y de los gilipo­llas; visto que el franquismo avanza como la mara­bunta; visto que Europa se pasa la vida lla­mando al orden a Es­paña -ahora a la mismísima Justicia ha sido objeto de censura-, pero no puede con ella; visto todo eso, a partir de ahora voy a valorar más todo lo que de posi­tivo hay en mi vida personal, que es mucho.

Por lo que se refiere a la clase política, a los políticos impostores de la falsa iz­quierda que en lo mate­rial viven mejor que yo, a los injustos, a los ricos, a los amorfos, a los abusadores, a los embusteros, a los logreros, a los ignorantes y a los necios, que les den… Yo me re­tiro a mis palacios de invierno, dejo la lucha de clases y abandono personalmente esa batalla a fondo que -ya estoy convencido- nunca van a librar los que debieran. Al menos que no la van a librar con los objetivos y la prontitud que deseamos. Y no sólo yo, sino también muchos millo­nes de españoles. Pero, sobre todo, porque también veo que, si se atreven, no la van a librar con el mismo ardor y la misma determina­ción con los que la libraría yo…

(Nota. De todos modos pese a lo que digo de retirarme de la pro­gresía, aviso a navegantes: no me extrañaría que mañana o cual­quier otro día vuelva, por la parte de atrás, a meterme en la re­friega).

11 Diciembre 2019

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