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La rebeldía personal -- Luis Garagalza y Andrés Ortiz, filósofos

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Cabe imaginar el cosmos como una gran rebelión (el “big bang”) frente a la nada, lo vegetal
como resultado de una rebeldía ante lo mineral, lo animal como rebeldía ante lo vegetal y lo
humano como rebeldía generalizada, o en proceso de generalización, pues cada individuo
humano es un rebelde en potencia, un ser capaz de rebelarse contra todo, incluso de ser un
“rebelde sin causa”. Pues la rebeldía, como casi todo en esta vida, tiene un carácter ambiguo,
ambivalente (como cohabitado por un duende extraño). Suele ser positiva y negativa al mismo
tiempo; benéfica y creadora de sentido a la vez que crítica y disolutora. La rebeldía es un decir
no a algo dado, pero en nombre de un sí a algo anhelado; rechaza lo presente, pero espera
algo ausente.

El ser humano, ese ser que crece entre la naturaleza y la cultura, es rebelde por naturaleza: se
rebela ante la naturaleza para crear cultura, y se rebela contra la cultura que ha creado al
echar de menos su naturaleza perdida. Esa doble rebeldía es la que ha constituido al ser
humano como humano o, al menos, como un ser en proceso de humanización y, por tanto,
como un ser siempre en peligro de deshumanización. La historia transcurre por el borde de ese
peligro. Ese peligro nos constituye, paradójicamente, como humanos. La rebeldía comporta,
pues, una amenaza y una promesa. Uno suele rebelarse de joven contra el dios o los dioses
vigentes, contra el orden establecido en su familia, en la sociedad, en su época histórica, en su
mundo, pretendiendo, de un modo más o menos consciente, mantenerse fiel a sí mismo.
Los mayores solían decirnos, cuando éramos jóvenes, que hasta los treinta años se vive de
ilusiones y después se necesitan realidades.

Lo que no nos decían es que cuando ya somos
mayores descubrimos que también las presuntas realidades son ilusiones que se acaban
diluyendo. El ser humano se rebela contra algo que se le presenta y que vivencia como
absurdo e inhumano, como algo que le impide ser propiamente humano, que le hace esclavo,
que le aliena o separa de sí mismo y de los otros. Los espartanos se rebelaron contra el
imperio persa en las Termópilas, derrotándolos junto a los demás griegos en Salamina. La
rebeldía impulsó a los hebreos a salir de Egipto y adentrarse en el desierto en busca de una
tierra prometida. La rebeldía colectiva reúne a los rebeldes, a los que se les presenta como la
negación de lo que les niega.

Al negar al que le niega el rebelde adquiere una identidad propia, se identifica con una causa,
se integra en un grupo o en un movimiento. Rechaza una situación que vive como un
sinsentido, como algo absurdo, y espera poder cambiarla, convertirla en algo con sentido. Se
trata, pues de una búsqueda colectiva de sentido que suele consolidarse en un canon o
institución que vela por el mantenimiento de lo alcanzado en esa búsqueda y que lo hace
permanecer. Lo que así permanece ofrece al que lo acepta una cierta seguridad y una
sensación de equilibrio, pero al permanecer suele perder el dinamismo, volverse rígido, quedar
atrapado en la rutina y en la formalidad. Pero la capacidad y la necesidad de rebeldía del ser
humano no se agota en esa rebeldía colectiva que instaura un mundo. Cada persona ejerce la
rebeldía (o no lo hace) a su propio modo.

Cada cual tiene su propio modo de rebelarse, con independencia de que pueda ejercerla o se
atreva a hacerlo. Al igual que la colectiva, también la rebeldía personal puede ser creadora o
destructiva, puede abrir horizontes o limitarlos. Lo que la diferencia es que no suele
consolidarse en una identidad bien determinada, canónica, ni aspira a ella. Por el contrario, la
rebeldía personal suele promover una no identificación o una identidad diferida, borrosa, una
cierta in-adaptación o desajuste con respecto a los modelos, roles y modas imperantes. La
persona rebelde lo es por fidelidad a sí misma, a su vocación humana singular e intransferible,
a su duende interior, como decía Sócrates. Esa vocación le invita a no dejarse reducir a la
condición de cosa, de objeto o de sustancia, a no deshumanizarse ni deshumanizar al otro, a
respetarse y respetar al otro. Le invita a ser humano, a seguir ese proceso inacabable en el que
consiste el ir siendo humano, cada cual a su manera.

Como dice Luis Garagalza, la rebeldía interior viene a ser auto-rebeldía, reacción a la propia
realidad o circunstancia resquebrajada. La rebelión es política, la revuelta es social, la
revolución es total y la rebeldía personal. La rebeldía de Job es contra su destino infausto, la
rebeldía del Eclesiastés contra el mundo, y la rebeldía final de Jesús es frente al aparente
abandono de Dios en su cruz. El propio Sócrates se cabrea con la autoridad demagógica,
mientras que en nuestro tiempo Camus se rebela frente al absurdo, aunque curiosamente lo
acaba aceptando en su Sísifo como inevitable. Sin embargo, yo diría que no se trata de aceptar
el absurdo, sino de asumirlo críticamente.

La auténtica rebeldía no es meramente política o social, sino radical, por cuanto se subleva
ante la hechura desgarrada del universo, la malhechura del mundo y de la vida, la hechura
mortal del hombre y su existencia. La auto-rebeldía se subleva no contra una constitución, sino
contra su propia constitución, a modo de insurrección desde la crítica a un diseño ecológico y
humano agujereado por el sinsentido, y no solo por culpa del hombre. La cuestión es más
honda, más profunda, ya que tiene que ver con la constitución de lo real y su evolución
problemática, y no meramente por culpa del hombre.

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