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La realidad y su impotencia -- Andrés Ortiz-Osés

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La realidad ha solido definirse por su potencia o energía, tanto en la ciencia como en la tecnología, en la filosofía y la política , en la Ilustración y el mito del progreso, en las religiones idealistas. Resuena todavía el eco de esta potencia positiva de la realidad en el positivismo buenista contemporáneo. Sin embargo, encuentra su oposición tradicional en los viejos estoicos y epicúreos, cínicos y escépticos, así como en los nihilistas modernos que, como los existencialistas, declaran la impotencia de la realidad e incluso su absurdo existencial, como Sartre, Camus o Cioran. Por lo demás, en la actualidad el hombre ha abandonado ampliamente a Dios, y Dios parece haber abandonado al hombre a su propia suerte.

Frente al optimismo de la realidad como potencia y al pesimismo de lo real como impotencia, comparece la auténtica realidad como potencia impotente, una potencia de vida sesgada por la finitud, la contingencia y finalmente la muerte. El hombre proyecta la visión potente o positiva de la realidad cuando está en buenas condiciones vitales, pero apenas si puede proyectar la visión negativa o impotente de la realidad cuando está en malas condiciones vitales, por obvios motivos de limitación, necesidad o enfermedad. Por eso cuando estamos bien solemos creer en Dios, y cuando estamos mal en el diablo. En todo caso prevalece una especie de actitud ideológica o desmesurada, sea derechosa o izquierdosa, resaltando sobre la realidad su potencia positiva frente a su impotencia negativa.

Ahora bien, frente a esta actitud desmesurada se trata de proponer una actitud humanoide, basada en la mensura y la mesura, en la adaptación y adecuación a nuestro medio natural y humano tan potente como impotente, tan positivo como negativo. En lugar de buscar la solución final quizás deberíamos asumirla, la cual reza así: al final de la vida se experiencia lo que la vida es desde el principio, o sea, contingencia. No se trata solo de debilitar la realidad contra el fuertismo fascistoide, como quiere el amigo G.Vattimo, sino de asumir la propia debilidad de lo real (que es también la nuestra), puesto que la realidad ya es débil y su fortaleza es también lábil y a menudo destructiva. La clave está pues en asumir la debilidad o labilidad de la realidad ( que también es la nuestra) y remediarla humanamente.

He aquí que lo fuerte es lo débil, como D.Trump, y lo débil es lo fuerte, como el Papa Francisco, el cual habla con Francisco de Asís del cuidado de la creación. Pero hay que reconocer la realidad como mortal para que no resulte mortífera, desactivando cierto activismo desmesurado e implicando cierto asuntivismo. Nos sobra una moral de moralina pasiva y una moral de moralita incendiaria: en efecto, no precisamos una moral de dominación de lo real sino de su asunción crítica. Jacob no luchaba “contra” el ángel de la realidad, sino “con” el ángel de lo real para coimplicarlo, por eso lo deja marcado con una herida real y simbólica.

Según mi maestro J.J.Bachofen, que recoge la sabiduría antigua, la realidad consta de opuestos que se transforman de continuo el uno en el otro, la vida y la muerte, el día y la noche, la generación y la destrucción. Las naturalezas opuestas y sus fuerzas comparecen como hermanos gemelos opuestos que forman una unidad en lucha continua, una especie de fraternidad fratricida. Por eso Plutarco aduce que hay dos naturalezas primordiales con sus dos energías contrarias, de las cuales una conduce derecho y recto y la otra fluye y repele en sentido contrario.

Esta es la visión sapiencial del mundo frente a nuestra revisión (pos)moderna. En este contexto radical, el viejo Eurípides se pregunta entonces si lo que llamamos vida no es la muerte, y la muerte vida. Y concluye que infelices son los vivos, pues a los muertos nada atormenta. El pensamiento de una realidad tan potente como impotente pone patas arriba nuestro orgullo y soberbia, nuestra falta de autocrítica y lucidez, nuestra incompasión por nuestra propia situación real, léase mortal. Deberíamos tomar conciencia de que la persona que nace a este mundo se denomina “nata” (en latín), así pues, nacida y nada, porque nacer es comenzar a “nadear” en este mundo imponente e impotente. Tomar conciencia de ello es tomarlo con ciencia, y no ignorarlo inconscientemente.

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