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La puerca economía -- Jaime Richart, Antropólogo y jurista

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Aunque en la sociedad son prácticamente imposibles de evitar o precisamente por eso, nunca he tenido apego alguno por los “exper­tos”. Les escucho de mala gana y me impa­ciento. Y al especia­lista que me envía el galeno, simple­mente le aguanto en la medida que me cure. Sólo admito de buen grado a quienes ejercen un oficio. Y es que el que sabe demasiado de algo, apenas sabe de lo demás y siem­pre hay quien le supere. Por otro lado, conocer más y mejor en ciertas materias no es garantía de cer­tezas.

En la mayoría de ellas prefiero formar mi propia idea prescindiendo de las suyas. Me atengo a mi conocimiento, aun superficial. Confío en mi instinto y en mi intui­ción (hoy, por cierto, sentidos suma­mente atrofia­dos en la sociedad), como fío a mi discurrir la trascen­dencia hipotética de mi per­sona y no al desvarío de esoteris­tas y teólogos. Además, estos tiempos favorecen mi acti­tud, pues la Internet y los buscadores lo resuelven todo. Por esto ni la ignorancia ni la discu­sión tie­nen ya excusa. Sin embargo, pese a que algunos hablan de la escasa preparación de la pobla­ción de este país, si hay algo que sobra entre nosotros son los «exper­tos». Y por encima de todos descue­llan los economistas…

Sin embargo, teniendo un protagonismo desmesurado y pese a los graves problemas que presenta la situación, tampoco al No­bel en economía los gobiernos le prestan atención. Así es que ¿qué se puede esperar del experto en eco­nomía que comparte la doctrina y las cla­ves de la eco­nomía finan­ciera con todos los de­más? ¿qué soluciones puede traernos cuando la realidad econó­mica es eso que va sucediendo mien­tras hacemos otros planes?

Mi animadversión hacia los economistas y la Economía viene de antiguo. Y es porque voy comprobando a lo largo de mi vida que los economistas al uso son incapaces de concebir, técnica­mente hablando, otro modo de organizar la sociedad y otra inteli­gencia distributiva que no pase por consagrar la libertad por encima de cualquier otro valor incluido a menudo el de la misma vida. Liber­tad en este caso desdoblada en libertad de mercado y libertades formales. Pero ahondando luego en el examen detenido de esa liber­tad, uno se da cuenta de que en la concepción de la eco­nomía social hay trampa.

Veamos:
En cuanto a la libertad individual, ésta no se relaciona con la óntica, la interior, que nadie puede arrebatarnos aunque este­mos en prisión.
En cuanto a las libertades formales, se trata de expansiones que sólo disfrutan a manos llenas sólo una parte de los indivi­duos: los que al menos disponen de lo indispensable para vivir con digni­dad sin debérselo a nadie o con capacidad de endeudarse porque po­seen, con un banco al que, justo, no tienen acceso los que carecen de todo. Porque para obtener del banco dinero es preciso tener «casa abierta», como rezan viejas constituciones para separar los derechos de los patricios de los derechos de la plebe. Pues bien, en estos tiempos de crisis y de engaños generaliza­dos por parte de los obligados a infundir confianza, esto es prácticamente imposible para los despojados de empleo, de ayudas, de casa y de esperanza en un futuro…
Y en cuanto a la libertad de mercado, tampoco es libre. Todos los canales de distribución están interveni­dos, desde las cuotas de pantalla en la industria cinema­tográfica hasta la energía en sus distin­tas formas. Pero interveni­dos no en bien del individuo común, sino en el de los acapadores de fortuna.

Y hay un factor asimismo decisivo: el empleo.
En cuanto al empleo, aunque del número de los puestos de tra­bajo la propia sociedad hace responsable a los gobiernos y culpa­bles cuando el desempleo es escandaloso, en este sistema que se dice no intervencio­nista no es al gobierno a quien corresponde crearlos, pues eso incumbe a los gobiernos del socialismo real, sino favorecer las condicio­nes necesarias para que se cree. Pero el caso es que si la tasa de em­pleo es baja, no es por falta de incenti­vos fiscales o por otros moti­vos que dependan de los gobier­nos sino porque los distintos secto­res de producción están superexplota­dos. Y esto no tiene reme­dio. Esto depende si acaso de dos factores inmateriales: imagina­ción, que falta dramática­mente, y ansia de ganancias, que sobra escandalosamente. Así pues, otra trampa…

En suma, si, ya que huye del socialismo real la preocupación del Es­tado fuese humanista, es decir, si el foco de su máxima aten­ción fuese el individuo, el propio Estado pondría limitaciones a su po­der en cuanto colisionase con la dignidad y bienestar del indivi­duo. Pero no es así. Para esta clase de estados las miras principa­les, rehén de ellos, está en atender a los intereses grupa­les, económi­cos y financieros de los que copan la riqueza.

Así es que todo lo que constituye el objeto de la economía: extrac­ción, producción, intercambio, distribución, consumo de bienes y servicios, la forma o medios de satisfacer las necesida­des humanas mediante los recursos disponibles, que siempre son limita­dos es un modo de explicar las cosas de una manera excesiva­mente compleja para resolver la vida, aun la econó­mica, de la sociedad. Hay ostensiblemente una manera interesada en situar la pre­misa ma­yor donde no pone la razón ni la inteligencia.

Quiero decir que de la economía se ha hecho una ciencia posi­tiva cuando realmente no lo es. Es una arquitectura ideoló­gica social para justificar institucionalmente la riqueza acumu­lada a costa de los otros. Pero en la fórmula ingresos-gastos cuya solu­ción está en las prioridades no es susceptible de me­jora. Asi las cosas, después de épocas en que las diferencias sociales estaban veladas o amortiguadas por el consumo ma­sivo al alcance de cual­quiera, y ya sin el obstáculo del análisis de los expertos, en Es­paña quedan sólo dos clases de personas: poseedores y desposeí­dos. No hay estados intermedios. No hacen falta más estudios para llegar a esa conclusión. Lo demás son análisis laberínticos para oscurecer la realidad social. Los primeros son los que lo tie­nen todo. Los segundos son los que nada tienen o viven socorri­dos por la familia o por insitutos de salvación.

Así las cosas, los que «ya» lo tienen todo, nada necesi­tan, y los que nada tienen, lo necesitan todo. Pero como del consumo (por definición de lo super­fluo) se ha hecho un elemento de la economía sustantivo para el desarrollo econó­mico de «todos» según la mentalidad impe­rante del sistema pero tampoco volverán las circunstancias propiciadas para el que fue masivo, el futuro que espera a millo­nes de personas de hoy y de mañana es atroz en tanto no se bus­que y se encuentre otro formato. Los mercados sin trabas aparen­tes no sólo no logran la justicia social, sino que ni siquiera produ­cen resulta­dos eficientes. Por determinados intereses aún no ha habido un desafío intelectual a la refutación de la mano invisible de Adam Smith: “la mano invisible no guía ni a los individuos ni a las empresas -que buscan su propio interés- hacia la eficiencia econó­mica para todos”.

Por eso, dar al experto en economía, tal como la tratan, unos y otros, sean los de la escuela de Chicago que ahora predominan, sean estructuralistas o keynesianos, clásicos o neoclásicos, moneta­ristas o mercantilistas etc más importancia y predica­mento que la que pueda darse a la curiosidad que trata de satisfa­cer el analista, es tanto como dárselo a quienes se empe­ñan en adiestrar­nos para que distingamos con su ayuda el día de la noche. Digá­moslo ya: del trinomio ingresos-gastos-priorida­des, el que importa de verdad es el tercero. Y para deci­dir prioridades no se precisan toneladas de argumentos ni combi­naciones retóricas de fulleros para proteger a las fortunas grandes y pequeñas. Basta voluntad, voluntad política. Los des­ajustes sociales que pueda producir cada decisión sobre priorida­des serán consecuencia de un no saber me­dir ni contar ni distribuir, no de una especial pericia. Pero la volun­tad no se extrae de un tratado de y para economistas. La voluntad está simplemente registrada en la piel del gobernante y en su determi­nación o no de hacer justicia distributiva y de tratar al país como si toda su población fuese su amantísima familia. Pues éste es el criterio por el que se rigen los seres vivos y las especies que consideranos superiores en la Naturaleza y tam­bién el que Maquiavelo aconseja al buen Príncipe. Urge poner rostro humano al Estado. Y eso es lo que parece se proponen hacer en España las formaciones que, respondiendo al impera­tivo categó­rico kantiano, han irrumpido en el feo teatro de la feísima política espa­ñola…

10 Marzo 2015

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