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La piscina de los obispos -- Asociación Karl Rahner

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Asociación Cultural Karl Rahner

Partiendo de la distinción de Ortega y Gasset entre ideas y creencias (en las creencias se está, las ideas se tienen) uno se pregunta en qué a prioris se mueven muchos de nuestros obispos, qué les mueve, y qué objetivo persiguen con concentraciones como la del pasado Domingo 30 de Diciembre. En qué agua nadan y qué aire respiran, cuando convocan a la gente a una demostración de fuerza en un doble período electoral, elecciones generales y elecciones a la presidencia de la Conferencia Episcopal Española. De las primeras todo el mundo es consciente, pero de las segundas no tanto. Porque en la Conferencia Episcopal Española existen diferentes líneas, y es evidente que el acto del pasado Domingo favorece mucho más a unos candidatos que a otros. No, no son iguales todos los obispos, aunque puedan parecerlo.

Se invoca el derecho democrático a manifestarse para reivindicar un concepto de familia, que se identifica con el concepto cristiano de la misma. Según ellos, la familia está siendo atacada por el laicismo más excluyente que amenaza con destruir la misma democracia. Llama la atención tanta alusión a la democracia, la cual apenas existe en el seno de la Iglesia Católica. Sólo desde el más rancio conservadurismo se puede justificar la ausencia de un funcionamiento democrático. En el amplio catálogo de amenazas se colocan indiscriminadamente realidades que merecen un tratamiento tan diferente como el divorcio, el aborto, la anticoncepción, la Educación para la Ciudadanía o el matrimonio homosexual. ¿Por qué no se habla en profundidad de realidades como la precariedad laboral, la pobreza o el problema de la vivienda, que diariamente amenazan a miles de familias (cristianas o no)? Todo ello en un clima marcadamente emotivo y masificado, que invita más a la obediencia debida, acrítica y prerreflexiva que al discernimiento moral. ¿Y la situación de la mujer o de los homosexuales en la Iglesia? ¿Qué ha hecho la jerarquía eclesiástica por promover la dignidad de los homosexuales, tras siglos y siglos de persecuciones?, ¿acaso no son personas? ¿Qué pensarán los homosexuales cristianos de este tipo de manifestaciones? Los miles y miles de personas que viven excluidos por una concepción estrecha de la ortodoxia moral, pero para los que el Evangelio es muchas veces la motivación y el sostén de sus vidas. ¿No se sentirán todavía más invisibles y más cristianos de segunda? Un autor como Benjamín Forcano afirma: “La novedad de Jesús reside ahí precisamente: que la familia por muy natural y entrañable que sea no puede ir contra otra manera de hacer familia más radical y universal: la de ser todos hijos del único Padre del cielo y la de ser todos hermanos. Eso es lo importante, lo primero y lo absoluto. (Nueva Ética Sexual, Ediciones Paulinas, 1981; p.306)” Actos como éste no unen a la Iglesia ni a la sociedad. Echamos de menos que las convocatorias de la jerarquía eclesiástica no sean más incluyentes. Deberían estar al servicio de todos los creyentes, no solo de los más conservadores. Mucho nos tememos que estamos más ante la instrumentalización partidista de un mensaje que ante un verdadero acto pastoral dirigido “a todas las personas de buena voluntad”.

Pero cuando los obispos además de no hacer pie, se ahogan en su propia piscina, es cuando pretenden basar su confesionalismo en los derechos humanos, en la democracia y en los valores constitucionales. Porque ni los derechos humanos, ni la Constitución, ni la democracia se basan en una única cosmovisión determinada, en este caso la cristiana, ni discriminan a la gente por su orientación sexual. Protegen a la familia sin discriminar el tipo. Tal apelación resulta más incoherente cuando el Vaticano no ha firmado la Declaración de Derechos Humanos, ni éstos se plasman en las estructuras eclesiales, incluso se ha llegado a afirmar que cuando alguien entra en la Iglesia renuncia a reclamar los derechos humanos para él. Los Derechos Humanos, la democracia o la Constitución son referencias laicas, no se identifican sin más con cosmovisión alguna, aunque le deban mucho y se basen en algunas de ellas, entre ellas la cristiana. De hecho, muchos de sus principios responden a valores evangélicos secularizados. También resultan patéticos los llamamientos al derecho a la objeción de conciencia, cuando lo que se intenta fomentar es la obediencia debida, ciega e irracional basada en el principio de autoridad y en la pertenencia exclusiva al grupo. No se puede llamar objeción de conciencia a lo que no es sino adoctrinamiento, sin deliberación crítica previa.

Hay un sector de la Iglesia Católica que se siente en posesión de la verdad, de la Verdad, con mayúsculas. Una verdad entendida como una moral objetiva, natural, atemporal, ahistórica, “siempre ha sido así” comentan. Si la sociedad no se atiene a esa verdad “natural” en sus instituciones y legislación, no sólo se sienten perseguidos sino que es la democracia misma la que corre el peligro de disolverse (si tanto les preocupa la democracia, ¿por qué no la practican más?) Evidentemente en muchos no creyentes esa actitud suscita el mismo reflejo de sentirse amenazados, “eso vale para los católicos, no para la sociedad”. La verdad es que esa mentalidad no vale ni para la sociedad ni para muchos católicos. Con frecuencia se olvida que el papel de la Iglesia no es imponer una moral en nombre de Dios, sino servir a la sociedad. No queremos sentirnos atrapados entre un confesionalismo excluyente que niega la autonomía de lo civil y el pluralismo eclesial, y un laicismo excluyente que quiere expulsar a la religión del espacio público – la laicidad se pervierte cuando en vez de construir un espacio público de reconocimiento entre iguales, se torna en privatización de la religión- Las sociedades modernas plurales y complejas, no funcionan sin virtudes cívicas generadoras de confianza. Es más, autores como J.A. Pérez Tapias establecen que para que el pacto que supone la democracia, y que se plasma en la Constitución del Estado democrático y de derecho (basado a su vez en el reconocimiento de derechos humanos universales) tenga efectividad política, hace falta que los individuos de manera previa asuman el compromiso de respetarlo. Así que para eso es necesario que las personas asuman “la prioridad ética del otro”, la idea de que “los derechos del otro son mi responsabilidad”. Pocos sujetos están en mejores condiciones que los cristianos para sostener, impulsar, fomentar y motivar esa prioridad.

La esencia del Cristianismo no consiste en una lectura moral conservadora de la realidad, sobre todo porque tal vez muchos de los contenidos, proclamas y actuaciones de esa visión puedan tener que ver más que con su no esencia que con la esencia misma. El núcleo evangélico es siempre el mismo, las épocas y las culturas en las que toma forma cambian. Por eso necesitamos un diálogo entre la fe y la cultura para universalizar una mayor justicia, para traducir en cada época y en cada cultura lo que el Evangelio puede decirnos. Ambas realidades, la esencia y la no esencia han coexistido en la Iglesia y lo seguirán haciendo, por eso necesita debate y reforma interna. El que quiera mirar la vida y leer el Evangelio desde esquemas preconciliares y antimodernos tiene todo el derecho a hacerlo, pero no puede pretender imponer su verdad, ni confundirla con la mera esencia del Cristianismo. So pena de que queramos convertir una Iglesia universal y por tanto válida para todos, en un club cada vez más privado y que se reserva cada vez más el derecho de admisión. Porque eso es lo más opuesto que hay al mensaje de salvación universal de Jesús de Nazaret.

José Eduardo Muñoz Negro
Jesús García Alcántara
En representación de la Asociación Cultural Karl Rahner

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