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La parroquia de Christine -- Isabel Urrutia

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La Rioja

Excomulgada por Ratzinger en el 2002 por ser ordenada sacerdote, ejerce de obispo en Austria y gana adeptos.
Se define como «una mujer de acción». Tanto, que ha pasado de monja benedictina en un convento de un pueblecito tan bucólico como Steinerkirchen, al norte de Austria, a obispo ‘urbi et orbi’. «Yo ejerzo mi autoridad en todo el mundo, ya sea en la localidad de Pettenbach, donde vivo ahora, o fuera de mi tierra. Somos unos seis prelados mujeres y, a estas alturas, ya habrá más de 100 sacerdotes de sexo femenino en EE UU, Francia, Canadá, Alemania, Suiza…», detalla Christine Mayr-Lumetzberger en conversación telefónica desde el país de ‘Sonrisas y lágrimas’.

No hay quien le pare los pies a esta católica de 53 años, casada con un ingeniero divorciado y pedagoga por vocación. Le encantan los niños, dice que sólo mira «hacia adelante» y es optimista «a pesar de los pesares».

Ni siquiera le afectó la excomunión impuesta por Joseph Ratzinger en el 2002, en calidad de prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe. «¿Cómo me va a condicionar? Aquella decisión fue injusta. Se me condenó por el mero hecho de ser mujer y eso me parece inaceptable. Y otra cosa: nadie tiene autoridad para expulsarme de la Iglesia. ¡No lo puede hacer nadie! La excomunión es un castigo para que te retractes pero, ojo, no es una expulsión. Yo, por otra parte, no me arrepiento de nada».

Queda claro, por si hubiera dudas. Aquel verano fue ordenada cura, junto con otras seis mujeres, por el prelado de origen argentino Antonio Braschi, un religioso que en 1975 ya había constituido una ‘iglesia católica independiente’ tras sus múltiples encontronazos con el Vaticano como miembro del colectivo de ‘curas obreros’.

Ante el aborto
En definitiva, que los ‘outsiders’ hacen frente común para romper con las tradiciones más monolíticas de la Iglesia católica, como es el caso del papel eclesial de la mujer. «Secundario y siempre al servicio del varón», en palabras de la ex monja benedictina. Hasta el extremo de que Christine reprocha a Roma «su falta de caridad, amor y misericordia».

Devoradora de la prensa local e internacional, ha seguido con interés el debate suscitado por la reforma de la Ley del Aborto en España y, una vez más, se ha planteado la eterna pregunta ante la postura de la jerarquía eclesial: «¿Por qué no se esfuerzan en entender el dolor de la mayoría de las mujeres que toman esa decisión? ¿Tanto les cuesta ponerse en su lugar? Es un tema delicado, claro que sí, pero no se puede despachar con una condena sin paliativos. ¿Qué les impide ser piadosos? Tampoco me entra en la cabeza por qué no han excomulgado a todos los pedófilos. ¡Eso sí que no admite tolerancia alguna!».

Está convencida de que los dobles baremos son contrarios al cristianismo. Y, por cierto, no faltan curas que le dan la razón. En su propio país hay «unos cuantos» que le permiten concelebrar la misa, bautizar, dar la extremaución… Responsabilidades que van más allá de sacar brillo a la plata o vestir santos. Todo ello, por supuesto, con la aquiescencia de los feligreses de las parroquias de turno.

– ¿En qué localidades le autorizan a administrar los sacramentos?
– Eso, perdone, no puedo revelárselo. Son pueblecitos pequeños de Austria y, de momento, mis compañeros curas no han sido denunciados ante el obispo. No quiero airear nada que pueda señalarlos.
– Tiene miedo.
– Me preocupo por ellos. No por mí.

Total, que se mantiene en sus trece y, a la vista está, cuenta con más apoyos de los que te podrías imaginar. Las propias monjas benedictinas de Montserrat, en Barcelona, la invitaron a dar una conferencia hace cinco años. Aprovechó para darse una vuelta por la Ciudad Condal y Zaragoza, estrechar lazos con el colectivo teológico feminista -«que existe, claro que existe»- y volver con la sensación del deber cumplido. «Siento que estoy desempeñando una función profética: quiero abrir camino dentro de la Iglesia católica. Nunca me separaré de ella pero no podemos dejar que se estanque. ¡Adelante, siempre adelante!». Lo dicho: una mujer de armas tomar. Y con sotana.

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