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LA OCTAVA DE SOBRINO : ¿QUÉ QUEDA DE TODO? Xavier Pikaza

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Religión Digital

Hoy «se celebra» Han pasado hocho días desde la Notificación a J. Sobrino. ¿Qué queda de aquello?. En los grandes círculos mediáticos muy poco: no hay noticia que más de ocho días dure. En la vida de cada día de la Iglesia permanece todo: queda la insistencia de algunas instituciones que no aprenden (¡tienen que justificar su existencia haciendo documentos!), aumenta el desconcierto de gran parte de los fieles, la tristeza de muchos, el desaliento de algunos…

Se expande, en fin, el triunfalismo de aquellos que se consideran vencedores y que piensan que la Iglesia institucional ha resuelto un problema. Hoy, pasados ocho días, después de varios posts dedicados al tema, he querido condensar las reflexiones anteriores, ofreciendo unas conclusiones de tipo general, que he redactado a petición de varios amigos y lectores del blog.

. La notificación de la Congregación para la Doctrina de la fe.

En sí misma es simplemente una «nota de aviso« o advertencia dirigida al mismo Jon Sobrino y a los cristianos en general sobre los problemas teológicos y doctrinales que puede haber en dos de sus obras de cristología, no en el conjunto de sus escritos ni en su magisterio. Se le notifica que se han visto posturas poco concordes con la tradición de la iglesia en lo referente a la divinidad de JESÚS, a su conciencia divina y, en general, al sentido de su redención. No se le exige nada, simplemente se le pide que tenga en cuenta esas advertencias en futuras publicaciones. Un famoso teólogo español ha resumido así el tema: «J. Sobrino ha elaborado su teología desde los pobres, considerando que sus necesidades y esperanzas deben ser los criterios guía de ella. Eso le ha inclinado a presentar una figura de Jesús en que se ofrecen los rasgos que el evangelio presenta, inclinándose a ver en él sobre todo un ejemplo de fe, un sujeto supremamente solidario. Una vida y una muerte expuestas y exponentes de fidelidad hasta el final, una relación privilegiada con Dios. Siendo esto verdadero, sin embargo, no siempre aparecen con toda nitidez otras dimensiones que la Iglesia le ha conferido desde el Nuevo Testamento hasta los concilios: ser el Hijo eterno y consubstancial con Dios, que con su persona le introduce en la historia humana, le hace solidario de ella, iluminándola así y recreándola. Todo esto lo es Cristo porque es el Hijo eterno con el Padre, encarnado, muerto por nosotros y resucitado para nuestra justificación. A esa novedad divina que Cristo ha insertado en el mundo, los cristianos la han designado salvación” (O. González).

2. Condena de su obispo «ordinario».

Monseñor Sáez de Lacalle, un español del Opus Deí, parece que le ha prohibido enseñar en su diócesis, por lo cual se le pueden cerrar las puertas a la enseñanza oficial en facultades de teología vinculadas a la Iglesia Católica. Por otra parte, esa prohibición puede extenderse de algún modo al conjunto de la Iglesia, de manera que Jon Sobrino no podría enseñar oficialmente en facultades de teología católica. Así parecen suponerlo las agencias que han propagado la noticia: «El arzobispo de San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, confirmó que la Congregación de la Doctrina de la Fe ha notificado a Sobrino la prohibición de que imparta clases en cualquier centro católico «mientras no revise sus conclusiones»». He preguntado a varias personas entendidas y enteradas sobre el alcance de la prohibición del obispo y me han dicho que sigue siendo efectiva. No se sabe (o yo no sé) si Mons. Lacalle ha impuesto esa prohibición de un modo espontáneo, por sí mismo, o si ha sido el Vaticano el que le ha pedido que haga este «trabajo sucio», para así presentarse como “juez bueno”, frente al malo de la película, que sería Mons. Lacalle.

3. Conferencia Episcopal Española.

Ha publicado con toda rapidez la Notificación del Vaticano (cf. http://www.conferenciaepiscopal.es/). Por otra parte, a través de una carta de Mons. Camino (cuyo texto no quiero reproducir), la Secretaría de la misma Conferencia Episcopal (no sé si con permiso o no de su presidente), ha pedido a los teólogos de las facultades católicas que se pronuncien en los medios de comunicación normales (radios, periódicos…), mostrando su solidaridad con la Notificación del Vaticano y poniendo de relieve los «riesgos« de la teología de J. Sobrino. Tengo la impresión de que una parte considerable de los profesores de teología de las facultades de España se ha retraído, negándose a “condenar” los errores de Sobrino. Pero el hecho está ahí. Los portavoces de la CEE quieren poner de relieve ante los medios de comunicación los riesgos de una teología como la de J. Sobrino. Se trata, en el fondo, de una batalla mediática que parece haber estado en gran parte perdida (los medios de comunicación han sido bastante críticos con la Notificación del Vaticano) y da la impresión de que la Conferencia Episcopal (o una parte de ella) está nerviosa en este caso.

5. Descrédito eclesial: ¡Que me condenan a mí tambièn!

Muchos de los teólogos y cristianos de España y de otros lugares del mundo (especialmente en América Latina) estamos desconcertados y muy tristes, más por la jerarquía de la iglesia que por Sobrino. En el fondo, a Sobrino no se le ha dañado, a no ser que esto afecte a su salud, que es delicada. La que se ha dañado, perdiendo credibilidad, ha la Curia del Vaticano, porque, aún en el caso de que en el fondo de la teología de Jon Sobrino hubiera problemas serios, nos parece que éste haya sido el modo de resolverlos. Parece que el Vaticano vuelve a sus métodos medievales en sus juicios sobre teólogos y en otros temas eclesiales. Pero lo triste no es eso, sino el descrédito en que parecen haber caído estas notificaciones eclesiales. La Congregación para la Doctrina de la Fe no ha ganado nada (al contrario, ha perdido mucho) al “oponerse” a la teología de personas como J. Dupuis o T. de Melo (por poner dos ejemplos). Además, las posibles “sanciones” impuestas a éstos y otros teólogos carecen de efectividad real (¡no estamos en la época de cristiandad!); por otra parte, en vez de silenciar la voz de los “teólogos molestos”, las sanciones del Vaticano les dan mayor voz. En el fondo, si tienen salud y ánimo, los que ganan son los “sancionados”, pues sus obras reciben una propaganda que de otra manera no tendrían. Pienso que no es ese el caso de J. Sobrino, pero conozco teólogos que están deseando una “notificación” del Vaticano para “hacerse más famosos”. Parece que algunos dicen: ¡Que me condenan a mí también!

6. Protesta de teólogos y grupos eclesiales.

Son muchos los teólogos y grupos eclesiales que han alzado su voz con gran tristeza por la “notificación” dirigida a Sobrino. Comparto, sobre todo, el desconcierto y dolor de muchas instituciones de jesuitas ejemplares en su dedicación a la iglesia que se sienten “en el punto de mira del Vaticano”. (Además de J. Dupuis y T. de Melo, se pueden citar Roger Haight). Los ecos en España son más conocidos. Quiero citar aquí dos voces argentinas, que pueden hablar en nombre de toda América Latina:

Jesuitas de la Universidad Católica de Córdoba, Argentina: «Es doloroso a veces hablar de la Iglesia, nuestra Iglesia en particular en algunos momentos. Pero es necesario hablar, precisamente por amor a la Iglesia.
El padre Jon Sobrino, jesuita, uno de los teólogos latinoamericanos más reconocidos, ha sido «notificado» por la Sagrada Congregación de la Fe. Esto significa que se le señalan errores doctrinales serios que –entre otras cosas– hacen inconveniente sus textos (usados en muchas facultades de teología) y su enseñanza en centros teológicos. Su «herejía», según los funcionarios de la citada congregación, consiste básicamente en afirmar «excesivamente» la humanidad de Jesús en «detrimento» de su divinidad.
Si a esto se le suma la reciente carta apostólica firmada por Benedicto XVI sobre la Eucaristía en la que se vuelve a insistir en que no pueden comulgar los divorciados y vueltos a casar salvo que «vivan como hermanos» (con lo que se confirma la sospecha de que «lo malo» es el sexo), y que se recomienda volver al uso del latín en algunas oraciones de la misa, el panorama de retroceso es claro… y lamentable.
El Concilio Vaticano II, dicen los que vivieron en esa época, significó una luz de esperanza, una ventana abierta al mundo. La Iglesia abandonaba después de mucho tiempo su ensimismamiento y se decidía a entrar en diálogo con el mundo secular, se comenzó a hablar de inculturar el Evangelio, de diálogo interreligioso y de diálogo incluso con los no creyentes. Pero parece que entraba demasiado aire fresco y para que no se resfriaran algunos la ventana se entornó cada vez más y ahora peligrosamente se está cerrando.
Malas noticias… Es dura la imagen de una Iglesia que sanciona a un teólogo que justamente intentó inculturar el Evangelio en un lugar sangrante de América latina, comprometiéndose él mismo (los compañeros de comunidad de Sobrino fueron asesinados en El Salvador en el año 1989 por su compromiso con los más pobres y él se salvó porque no estaba en casa esa noche, nada más).
El encomio del latín en las celebraciones litúrgicas y el canto gregoriano, parece cuando menos un cultismo litúrgico de dudoso gusto, y escasísimo sentido pastoral (son contadísimos los fieles que hablan latín, incluso entre los sacerdotes).
La ratificación explícita de que se continúa excluyendo de la comunión a los divorciados y vueltos a casar, es la confirmación de lo que ya se sabía, pero en este contexto no deja de ser un nuevo cachetazo. Algo así como si la comunión fuera un premio para «los buenos» (en particular para los que tienen conductas sexuales adecuadas a lo que las encíclicas indican), y no fuera –lo que es– Pan para el camino, alimento para los peregrinos que caminamos entre incertidumbres y penumbras en un mundo que es demasiado duro como para vivirlo sin Dios.
Qué lástima. Y pensar que el Evangelio de Jesús es una Buena Noticia para los que tienen el corazón destrozado. (Leandro Calle, Gustavo Morello, Víctor Pacharoni, Arturo Sandiano, Rafael Velasco, Jesuitas que son rector y profesores de la Universidad Católica de Córdoba, Argentina. Texto publicado en La Voz del Interior).

Un amigo teólogo de inmenso prestigio, me escribe: «Lo de Sobrino aquí cayó muy mal. Hacer callar la voz de un hombre que siempre habló en favor de los pobres y los excluidos… Y le condena un Papa que vive encerrado en el Vaticano y que no conoce el sufrimiento de América Latina; toeo esto es en verdad algo humillante, y que provoca vergüenza ajena. De todos modos seguimos trabajando por el Reino de Jesús en esta difícil tierra» (Profesor de Biblia, con libros traducidos a muchos idiomas).

Conclusión 1. Reflexión. Sobrino es representante de una teología centrada en el misterio de la encarnación de Dios que se hace «ser humano concreto», dentro de una humanidad que descubre a Dios en su misma andadura humana. Es un teólogo de la encarnación y de la misericordia, un teólogo de los pobres y desde los pobres (en el amplio espectro de pobrezas que existen en el mundo). Es un teólogo de la trasformación y recreación humana. Si el Vaticano trata así a su mejor gente… ¿Qué se puede pensar? O está des-ubicado o está nervioso… Pidamos por la conversión de todos (incluso por la de J. Sobrino), pero empecemos hoy pidiendo por la Conversión de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Conclusión 2. ¿Qué queda de Sobrino? . Queda todo su camino, «canonizado» por la Congregación para la Doctrina de la Fe. La misma Congregación ha dicho que su obra es muy significativa, aunque ha puesto algunos reparos. En el fondo, quizá a su pesr, el Vaticano ha «exaltado» el ccamino teológico de Sobrino. Lo ha hecho de una forma equivocada,pero lo ha hecho: condenándole le alaba. Por eso he querido poner al comienzo de esta nota la portada americana de uno de los libros más significativos de Sobrino, escrito con I. Ellacuría, su amigo mártir.
Jon, no sé si vas a leerme, espero que no, tendrás otras cosas que hacer, seguirás trabajando…; pero varios amigos comunes leerán estas notas. Con ellos quiero decirte: ¡Aquí estamos! ¡Sigue estando entre nosotros!

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