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La Navidad y el perdón -- Gabriel Mª Otalora

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Es costumbre litúrgica convocar a la feligresía  a una celebración penitencial en los tiempos fuertes de Adviento y Cuaresma. Lo cierto es que esta práctica se ha enfriado ante la pérdida de importancia que ha sufrido el perdón como mensaje troncal del Evangelio, e incluso como actitud esencial humana. Recordemos las iniciativas habidas entre algunos presos de ETA y sus víctimas, y lo difícil que ha sido aceptarlo por una buena parte de la sociedad.

La película sobre la actitud de Maixabel Lasa deja bien claras ambas cosas: lo transformador de esta práctica y su dificultad. Y eso que pedir perdón sincero ¡y aceptárselo al victimario! es una ejercicio sanador de primer orden hacia uno mismo y hacia la otra persona, que requiere de coraje, humildad y entereza; pedir perdón y aceptarlo son dos caras de la misma moneda.

Yo sé que no es fácil perdonar, pero qué sano es recordar sin que duela, con paz. Porque si guardamos rencores por lo que nos hicieron, lo único que logramos es que la tensión y los disgustos alcancen niveles psicosomáticos. Pocos dudan de lo medicinal y liberador que resulta hacer las paces, aunque la tendencia es hacia el otro lado.

Debemos insistir en que perdonando de verdad a alguien hacemos las paces con la vida misma y ello se refleja en un estado de calma proporcional a la indulgencia gane al resentimiento y al orgullo acechantes en nuestro corazón y que pueden derivar en la sed de venganza. Al perdonar, el rencor se esfuma. Por eso, cuando el otro no se arrepiente es cuando es más necesario perdonar. En esto, el Evangelio es radical ya que sus enseñanzas son exigentes en la medida de nuestra necesidad de sanar nuestra íntima mismidad.

Si el perdón es necesario humanamente hablando, qué no decir como cristianos, cuando la actitud de perdonar está enraizada en el corazón de la Buena Noticia. Dios nos perdona siempre. De hecho, todo el mensaje cristiano gira alrededor del perdón de Dios Amor y nos impele a nosotros, como discípulos suyos, a ofrecerlo allí donde sea necesario. Forma parte tanto de la madurez humana como de la cristiana. De ahí la importancia de hacernos humildes buscando la reconciliación en el sacramento del perdón.

Aunque la reconciliación no sea posible siempre, hay algo que el cristiano puede y debe hacer: perdonar. Es cierto que no siempre se logra restaurar una relación rota. A veces no depende de nosotros, es cosa de al menos dos. Pero Jesús en ningún momento regateó esfuerzos por amar a todos de verdad hasta el último suspiro en aquella cruz torturadora. Su perdón no lo condicionó a la reacción de los demás, fue incondicional, más allá de la imposible restauración de la relación. Su ejemplo es el que nos marca la pauta, no la lógica de la víscera humana.

La práctica del perdón supone un deseo de no hacerle más daño a alguien. Pero no es fácil ya que su poder transformador es tan profundo como costoso, que parte de la decisión libre de perdonar o de aceptar el perdón por la ofensa recibida. Alguien dijo que el perdón es la mejor manera de librarse de los enemigos. Esta es exactamente la idea de Pablo en Rom. 12, 20-21.

No podremos borrar los recuerdos de nuestra mente, pero sí podemos quitar el veneno de esos recuerdos. Incluso puede ser positivo porque nos evita repetir los mismos errores o faltas. El problema  de perdonar, pero no olvidar, es que se mantienen los deseos de venganza y el resentimiento en su corazón. Dios es el único que puede perdonar y al mismo tiempo olvidar (Is. 43, 25). Por eso tenemos el sacramento de la penitencia que ha decaído en su práctica porque nos hemos quedado con la hojarasca sin valorar lo esencial.  La intensidad de los pasajes maravillosos del hijo pródigo o la adúltera, debieran estimularnos a acercarnos a recibir el Amor en forma de perdón. Porque somos nosotros los que nos alejamos de la Fuente que permanece inalterable en su Alianza.

El problema nace cuando no nos ejercitamos en la humildad hasta no ser conscientes del daño causado; pensemos que no tenemos que perdonar, o que no es tan importante; o que el ofendido no se lo merece. Pero ya no podemos engañarnos ante la evidencia mostrada por la ciencia psicológica del poder terapéutico que atesora esta actitud.
Tomar consciencia de nuestras propias debilidades ayuda mucho a perdonar cuando nos decidimos a mirar en los oscuros rincones de nuestra conducta inconsecuente y el egoísmo en nuestras motivaciones. Y aceptar el perdón de Dios y experimentar lo sanador de esta frase: aquel a quien se le perdona mucho, resulta un acicate para amar mejor a los demás.

Es cierto que el perdón no es patrimonio exclusivo de los cristianos; Hannah Harendt ya se refirió a él desde el campo del pensamiento resumiendo su valor así: “El juzgar y el perdonar son dos caras de la misma moneda”. Pero el creyente con la experiencia de saberse perdonado por Dios tiene ese plus de la gozosa experiencia de la reconciliación. Es tiempo de recuperar la importancia del sacramento del perdón para entrar renovados en la aurora de la Navidad y el Año Nuevo, reconciliados con Dios y el prójimo. Deberíamos, en fin, vivir el sacramento del perdón como en aquella fiesta tan especial que preparó el Padre, celebrada en honor de su hijo pródigo… que tanto disgustó al hermano “bueno”. 

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