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La mujer perdonada(2) -- Ana Arquer

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Encuentro de Hanna y Jeshua
Yo estaba allí. Aquella tarde terrible, de dolor, sangre y angustia, yo y otras, su madre, su hermana, Maria de Betania y su hermana Marta , Maria de Magdala, Salomé y muchas otras cuyos nombres se han perdido.

Todas estuvimos a su lado la noche anterior en la cena de despedida, habíamos decorado la sala, preparado los alimentos, encendido las luces, era el trabajo de las mujeres y nosotras lo hicimos alegremente como otras veces, sin sospechar que aquella sería una noche muy especial. Preparamos la gran fiesta del año, la Pascua, y aquella parecía que iba a ser una Pascua diferente. En primer lugar el Maestro nos había pedido que la celebráramos un día antes, ya estábamos acostumbradas a que él muy a menudo rompía las reglas litúrgicas y no preguntamos la causa.

Jeshua había estado toda la semana enseñando en el Templo y había hecho y dicho cosas que a los sacerdotes les había desagradado profundamente. Tenía un poder que nadie sabía de donde le venía, curaba enfermos, daba la vista a los ciegos y el pueblo le seguía y creía en él. Los dirigentes del Templo se sentían amenazados porque ponía a los hombres y a las mujeres por encima de las mil y una leyes que ellos habían escrito para dominarnos. Jeshua nos daba la libertad.

Como me la dio a mí un día en que me libró de una muerte terrible, iba a ser apedreada y el me salvó. Necesitaban una excusa para coger a Jeshua en una falsedad y yo les serví de cebo. Cometí una imprudencia imperdonable, dejé entrar en casa a un hombre en ausencia de mi esposo. Algunas veces me lo había cruzado camino del Templo y su mirada sonriente y provocadora me agradó. Ya se que hice mal, una mujer debe caminar con la vista baja y no mirar a los hombres, y menos a los ojos, pero a mi me gustaba ver lo que pasaba a mi alrededor, disfrutar del sol y del aire frío en mis mejillas, y no podía soportar que el velo que debíamos llevar cuando salíamos a la calle me cubriera el rostro.

Además, y sin que eso me sirva de excusa, estaba pasando una mala temporada, mi esposo me tenía abandonada, yo no le daba el hijo varón que deseaba, había perdido prematuramente dos hijos varones de pocos meses, podéis imaginar el dolor que se puede acumular en el corazón cuando dos pequeñitos, parte de ti misma mueren sin haber tenido tiempo de tan solo vivir.
A causa de la impureza ritual yo me sentí abandonada. Las mujeres éramos propiedad del marido, como una esclava, como los hijos, nuestra vida podía ser feliz o desgraciada según que el hombre que era tu marido fuese o no de buenos sentimientos. Y eso era cuestión de suerte. Por eso aquel día cuando llamaron a la puerta y vi que era el muchacho que me había sonreído camino del Templo que me ofrecía un cesto de fruta fresca, le dejé pasar. No se que pasó por mi cabeza en aquel momento, no me di cuenta de la gravedad del hecho. Tampoco me di cuenta de que un vecino estaba observando, y era un fariseo muy estricto.

Aun no habíamos tenido tiempo de cruzar media docena de palabras, cuando se oyeron unos golpes en la puerta y gritos. En aquel momento llegaba mi marido, con él cinco o seis hombres en tromba. Al verme a mí con el muchacho, mi esposo me golpeó insultándome y los demás entre golpes y gritos me arrastraron por las calles de Jerusalén hasta el patio exterior del Templo. Del muchacho no supe nada más, desapareció, nadie se preocupó de él. Cuando llegamos al atrio del Templo había un hombre sentado rodeado de gente que le escuchaban. De un empujón me tiraron al centro del grupo y empezaron a gritar
 “¡Adultera, muerte a la adultera!”

 “La Ley de Moisés dice que hay que apedrearla, ¿tú que dices Maestro?”

¡Las piedras! Un escalofrío me corrió por la espalda, sabía lo que me esperaba, me arrastrarían a las afueras de la ciudad y me apedrearían hasta que muriera. Y no sería una muerte rápida, en algunos casos los reos permanecían agonizando días, acechados por los perros y las aves de presa que antes de que murieran ya los despedazaban. Muchos de ellos ya llevaban las piedras en las manos, otros iban recogiéndolas en sus mantos. El hombre que enseñaba, no sabía yo aun quien era, no se levantó, ni me prestó ninguna atención, mirando al suelo parecía que escribia algo. La gente que le había estado escuchando, hombres y mujeres, miraban asustados a los energúmenos que me habían traído.

No era este un espectáculo corriente, aunque estaba escrito en la Ley, las mujeres éramos muy prudentes y no provocábamos situaciones que nos pudieran llevar tan lejos. Yo permanecía en el suelo temblando, en cualquier momento aquel hombre que parecía un maestro levantaría la mano y todos se abalanzarían sobre mi. Pero el hombre callaba, y poco a poco los gritos de los que me insultaban se fueron apagando también. Ahora el centro de la atención era él, yo entonces no lo sabía, pero se servían de mí y de mi inconsciencia, como excusa para condenarlo a él.
 “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”

Su voz resonó segura y con autoridad en medio del silencio. Fue en aquel momento cuando yo me atreví a levantar la mirada. El hombre seguía escribiendo en el suelo, miré a mis acusadores y vi como soltaban las piedras con disimulo y se iban retirando. El primero mi marido. No me lo podía creer, con esas sencillas palabras me había liberado de una muerte terrible. En un momento nuestras miradas se cruzaron, fueron unos segundos, pero yo quedé prendida en sus ojos para siempre.

 “¿Dónde están? ¿Nadie se ha atrevido a condenarte?
 “Nadie, Señor”
Desde aquel momento era mi señor y yo su servidora, había comprado mi libertad. Pero él no se aprovechó de mi mirada de devoción, me hizo libre.

 “Yo tampoco te condeno, vete y no peques”
Cuando me dijo “vete” yo caí de la nube en que estaba desde que Jeshua me miró. ¿A dónde iba a ir? A casa de mi esposo no podía volver, mi familia no me aceptaría de nuevo.
Cuando parecía que lo que yo creía mi liberación se esfumaba entre los dedos, sentí una mano que me levantaba del suelo.

 “Ven con nosotras – dijo una voz de mujer – te has de curar esas heridas. Me llamo Marta y soy amiga de Jeshua”
Y así fue como empecé a formar parte del grupo de las discípulas que seguían a Jesús.
Desde aquel día me quedé a vivir en casa de Lázaro y sus hermanas, Marta y María, en Betania. Jeshua venía por allí a menudo a descansar de sus viajes y así fue como yo aprendí esa nueva manera de ver la vida que el llamaba el Reino. De las dos hermanas aprendí muchas cosas de Jeshua, como iba por los caminos de Galilea haciendo el bien, curando enfermos, consolando a los tristes y dando un mensaje de esperanza y amor a todos los oprimido, que en una ocasión los discípulos de Jeshua se quedaron extrañados al ver que hablaba con una mujer, samaritana por más señas (Jn 4, 27).

Entre el pueblo se rumoreaba que él era el Mesías y una vez lo quisieron hacer rey, pero él siempre se escabullía y decía que no había llegado su hora. De las dos hermanas Marta era la mayor, desde que murió su madre llevaba la casa y cuidaba de su hermano Lázaro que no tenía muy buena salud y se ocupaba de María que era bastante más joven.
María era una muchacha muy hermosa, que escuchaba las palabras de Jeshua con ardor y cuando él hablaba no tenía ojos para nadie más. Las dos estaban instruidas en la Torá pero además habían aprendido una nueva manera de ver la vida que ponía a los hombres y a las mujeres por encima de los preceptos legales.

El grupo de Jeshua y sus discípulos/as era variado. Había un núcleo central de galileos formado por los doce liderados por Pedro que presumían de ser los “elegidos”, pero también había un grupo mas numeroso de discípulos en el que habían tanto hombres como mujeres; los hombres eran también en su mayor parte galileos, pero otros provenían de diversas partes del país, algunos de Judea, como Zaqueo de Jericó, otros eran de tierras paganas Perea, la Decápolis por donde Jeshua había estado predicando, y también unas cuantas mujeres, algunas eran las esposas de los discípulos galileos, pero la mayoría eran mujeres que habían escuchado el mensaje liberador de Jeshua y le seguían a pesar de lo difícil que resultaba para ellas romper con las tradiciones seculares en que las mujeres debían permanecer recluidas en la casa.

Jeshua subvirtió las relaciones de poder de la sociedad patriarcal, relativizando incluso los lazos familiares. La familia que Jeshua reconocía es la familia de Dios, formada por todos aquellos, hermanos y hermanas, que cumplen la palabra de Dios y la viven; en esta familia, no hay lugar para el patriarca. Hermandad en la que es necesario ser impotente y vulnerable, como los niños: «Os aseguro, si no cambiáis y os hacéis como niños…» y que cuesta aceptar a los discípulos: «Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús les dijo indignado…» , pues no comprendían que el único poder de los seguidores de Jesús es el poder del servicio de amor y que en esa entrega a los desposeídos, a los rechazados y ultrajados y entre ellos ¡cuántas mujeres! encuentran —además de persecución— al mismo Cristo.

Para las discípulas de Jeshua el concepto de casa había variado del tradicional, que era un lugar cerrado solo accesible a los miembros de la familia, y donde los impuros no podían entrar para no contaminar. La casa de las/os discípulas/os de Jeshua tenía las puertas abiertas a todos y todas que quisieran seguirle, por eso en muchos lugares de todo el país que había recorrido Jeshua, había casas de discípulas que acogían al maestro cuando pasaba en sus viajes.
Estas mujeres y sus familias eran los puntos de apoyo en que el grupo itinerante con el Maestro se acogían para descansar de las largas caminatas y también el centro de reunión de los discípulos de la zona como punto de encuentro y de celebración de la llegada de Jeshua al lugar.
Marta era una de ellas, su casa no estaba lejos de Jerusalén y aquellos últimos días de vida de Jeshua en la tierra le sirvieron de refugio muy a menudo.

En aquel tiempo los acontecimientos se precipitaron porque los fariseos y los sacerdotes buscaban la manera de matarle. El mismo día que me quisieron apedrear a mi, él se escapó por bien poco, lo acusaban de blasfemo lo peor que se puede decir de un israelita. Otro día curó a un ciego de nacimiento y los fariseos le condenaban porqué lo había hecho en sábado. Jeshua andaba escondiéndose para que no le cogieran y el pueblo le quería y le protegía, por eso se alejó de Jerusalén una temporada.

Sucedió que Lázaro enfermó gravemente mientras Jeshua estaba fuera, le mandaron aviso enseguida pero murió antes de que pudiera acudir y cuando llegó ya le habían enterrado. Marta estaba transida de dolor y cuando Jeshua llegó, Marta corrió a su encuentro y entre lágrimas se lamentó que no hubiera estado presente cuando Lázaro enfermó porque ella sabía de sus dotes de sanador y le hubiera curado, Jeshua dijo entonces algo que nosotros no entendimos “Yo soy la resurrección y la vida” Marta si lo debió entender porque la oí proclamar en voz alta “Yo creo que tu eres el Mesias, Hijo de Dios vivo”. Esta afirmación la había hecho también una vez Pedro lo que le valió el gran prestigio que después tuvo entre los discípulos, viniendo de boca de Marta, una mujer, aun adquiría más significado, ella una discípula manifestaba su fe en un Jeshua, Mesías, en el que luego creerían muchos y muchas.

María también se añadió a Marta que llorando se echó a sus pies, quien ante tanto dolor también se emocionó y todos juntos nos dirigimos al lugar de la sepultura.
Lo que sucedió forma parte de lo inexplicable, Jeshua mandó mover la piedra de la entrada del sepulcro y con voz fuerte mandó a Lázaro salir afuera. Pasaron unos minutos tensos y de pronto la figura de Lázaro se recortó contra la oscuridad de la tumba. Era él, vivo, demacrado, muy débil, pero con fuerzas para andar el que se acercó al grupo que se agolpaba detrás de Jeshua.
Aquella noche fue cuando se decidió la muerte de Jesús en el sanedrín.

Y unos días después fue cuando celebrando una fiesta para celebrar la vuelta a la vida de Lázaro, María derramó sobre los pies de Jeshua una libra de perfume de nardo, lo que provocó un gran enfado entre algunos de los discípulos por el gasto que representaba, “podríamos darlo a los pobres” decían, pero Jeshua defendió a María. Ya estaba sembrada la semilla de la incomprensión. El Maestro quería una comunidad en la que todos entráramos, pobres, mujeres, esclavos, no que algunos se quedaran fuera para que les diéramos limosna, eso ya lo hacían los fariseos. En esta ocasión se vio, como en otras, que entre los discípulos algunos no aprobaban el trato de igualdad que Jeshua daba a las mujeres. Algunos no entendían como podía Jeshua apoyar ese cambio en las relaciones entre hombres y mujeres, donde no hubiera quien mandara y quien obedeciera, sino que todos nos ayudáramos y sirviéramos mutuamente. Jeshua mismo nos lo demostró la noche de la cena antes de su muerte cuando en su despedida quiso demostrar de una manera visual que el mayor debía ser el que sirviera, cuando nos lavó los pies a todos con gran indignación de Pedro.

Fue aquella noche inolvidable cuando nos dejó su mensaje “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn15,12)
Y después vino lo que ya todos conocemos, la traición de Judas, como se lo llevaron preso como un malhechor, el juicio tramposo, la muerte vergonzosa, y la huida de los discípulos por miedo a ser ellos también detenidos. Solo nosotras un pequeño grupo de sus discípulas, junto con su madre, le fuimos siguiendo hasta el Gólgota, escuchamos sus últimas palabras, recibimos su último aliento. Cuando José de Arimatea y Nicodemo vinieron ya hacia rato que había muerto, iba a caer la tarde y empezaba la Pascua. Entre todos lo bajamos de la cruz y lo pusimos en el sepulcro nuevo de Jose de Arimatea.

Allí se quedaron tantas ilusiones, tantas esperanzas en un mundo nuevo, tanto amor… Entonces creímos que todo se había acabado, pero fue por poco tiempo.

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