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La mujer en la Iglesia, ¿calle? -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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La terrible frase sobre el silencio de las mujeres en la Iglesia es de San Pablo. Sabemos cosas contradictorias de aquel tiempo. Por un lado, que es muy probable que en la comunidad cristiana hubiera mujeres con ministerios cultuales, hasta sacramentales, como diaconisas, con lo que la advertencia de Pablo se referiría a las mujeres que celebraban como simples fieles, sin ejercer ningún ministerio. Algo que parece insinuar el miedo que el apóstol de Tarso tendría a la proverbial locuacidad de las féminas en las reuniones de culto. Así que de ello, de esa prevención, no se podría derivar ninguna enseñanza contraria a la integración activa de las mujeres en el culto. Porque hay que tener en cuenta que si fue Pablo el que organizó la Iglesia más o menos como hoy la conocemos, también es verdad que no es la única fuente del Nuevo Testamento (NT), y que en sus propias cartas a aparecen mujeres muy ligadas a las tareas evangélicas.

Pero no cabe la más mínima duda de que esa posible, y hasta probable, libertad para permitir a las mujeres protagonismo en la comunidad cristiana estaba reñida, completa y absolutamente, con la praxis real y la normativa jurídica imperantes en el Imperio Romano. En éste la mujer no tenía personalidad jurídica por sí misma, y el valor que podría llegar a tener o adquirir provenía del varón del que dependía: como esposa, como hija, como hermana, como sobrina, como favorita, etc. Pero siempre a la sombra y protección del varón. Por eso entendemos muy bien los textos en que Pablo es, hoy día, sobre todo el de la carta a los Efesios, (Ef 5,21-33), acusado por tantas mujeres de misógino, o hasta cosas peores. Pero se equivocan nuestras contemporáneas en su apreciación, porque olvidan que la mujer no contaba en el mundo del derecho; y que, en la familia, su papel era la de organizadora de la casa, de los trabajos de los esclavos y líberos, y, por supuesto, la de proporcionar prole sana y abundante al varón. Ni siquiera en el mundo amoroso se le reconocía, por lo menos no públicamente, papel significativo a la mujer. El amor era una relación entre iguales, es decir, entre varones de la misma altura social y cultural. (Lo que no quiere decir, como algunos historiadores modernos insinúan, que eran muy numerosos los homosexuales).

Voy a resumir mucho, porque la emancipación verdadera de la mujer no se realiza del todo, o casi, verdaderamente, hasta el siglo XX. Así que la Edad Media fue, a efectos del mundo y la realidad femeninos, un desastre. Y si así sucedió en el mundo civil, nada mejor ni más lúcido y progresista se podría esperar de la Iglesia, una organización cada vez más machista, a pesar de que fue muy significativo en esos siglos oscuros y violentos, el número de mujeres que iluminaron a la comunidad cristiana con una luz brillante y providencial. Aunque es verdad, también, el número exagerado y execrable de mujeres que fueron, por minucias o indicios ridículos, víctimas de persecución, de tormentos humillantes y demasiadas veces vergonzosos, de la hoguera y de la muerte, como nos recordaba hace unos días el papa Francisco, en el caso sonrojante de los «¿doctores de la Iglesia?» que condenaron a Juana de Arco a la hoguera. Efectivamente, los sesudos e inteligentes varones han hecho muchos estropicios en la Historia de la Iglesia.

La alta jerarquía de la Iglesia podrá, aprovechando el 5º Centenario del nacimiento de Santa Teresa, proponerse, seriamente, recomponer la absurda, y tremenda injusticia que ha perpetrado contra la mujer. Que si es verdad que durante siglos la sociedad entera era responsable del déficit jurídico, social y cultural de la mujer, también lo es que, en los últimos siglos, a regañadientes al principio, pero motivados y casi empujados por grupos de mujeres activistas y conscientes, ha pasado, en los últimos tiempos, a elaborar una legislación de «género» absolutamente favorable a la mitad femenina de la población. A algunos, entre ellos, los miembros más altos de la jerarquía de la Iglesia, no solo no les gusta esa terminología y esa mentalidad llamadas de genero, sino que la detestan y aborrecen cordialmente. Pero la verdad clara y cruda es que esa jerarquía rancia, medieval y misógina es el único grupo del mundo avanzado jurídica, social, económica, democrática y científicamente, que parece querer emular el antifeminismo y machismo inexplicable, violento y zafio de los radicales yihadistas.

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