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La moción de censura -- Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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El partido político «Podemos» ha realizado un «moción de censura» constructiva, o positiva, contra del Gobierno del PP. Dícese constructiva a la moción que necesita, para poder ser llevada a cabo, un aspirante concreto la presidencia del Gobierno. si no tuviese esta característica, uno o varios partidos políticos podrían proponerla, y después de efectuada con éxito, es decir, con la censura al actual Gobierno, se encargarían los proponentes, o la Cámara de diputados, según un protocolo estipulado, de nombrar al siguiente Presidente. En este caso el aspirante a presidente ha sido el diputado y presidente del partido Pablo Iglesias Turrión, lo que ha significado un evidente escollo para su plena realización, y para la consecución del fin de la Moción, a la vista de los rechazos que provoca, no sabemos bien si merecidos, o por el miedo que provoca una fuerza política joven, nueva, pujante, y con un presidente que no se arredra ni achanta .

No hay que olvidar, sin embargo, que el mismo título de la acción política propuesta indica el carácter concreto, y el fin último, de la misma. Pero en el caso que nos ocupa, -que nos ha ocupado ayer y hoy, mejor-, algunos de los protagonistas han olvidado ese finalidad concreta, y ese objetivo directo, la moción de un presidente Gobierno, y del partido que lo sustenta. El objetivo indirecto, una vez conseguido el anterior, sería la investidura del aspirante. Ha habido en estos días demasiadas preguntas retóricas. como «para qué nos ha traído Vd. aquí», o «por qué nos hace Vd. perder nuestro valioso tiempo», pronunciadas, lógicamente, por el Gobierno a ser censurado. Y aunque sólo fuese con la finalidad de demostrar, o intentarlo, con motivos serios y comprobados, que la Moción podría ser posible, y hasta deseable, ya sería legítima. Por lo visto y oído estos dos días, los motivos son más que reales, y la censura al Gobierno más que legítima y deseable. en mi opinión, ni Adolfo Suárez ni Felipe González presentaban tantos motivos, ni tan graves y comprobados, para ser apartados de sus cargos, como el actual Gobierno del PP. Y para llevar a cabo mi reflexión de la puesta en escena de la Moción de Censura, destacaré la actuación de los que me han parecido los principales oradores intervinientes.

1º) Irene Montero, portavoz de Podemos. Fue la que abrió el debate, con un alegato brillante, seguro, claro, y demoledor, contra al Gobierno del PP. Se ciñó, sobre todo, a dos campos, ambos esenciales para el desempeño de un Gobierno: A), la corrupción de cargos públicos, con el abuso en la administración, desviación y sustracción de caudales públicos para fines diversos, como financiación del propio partido, cobertura de los gastos electorales, enriquecimiento propio o de amigos que devuelven después favores, y un largo etcétera, cargado de vergüenza y oprobio para un gobernante honest9; y B), el deterioro de las instituciones públicas, con interferencias del ejecutivo en el mundo judicial, y nombramientos a dedo y a propósito para ocultar o dificultar posteriores investigaciones. La diatriba de la señora Montero resultó brillante, convincente, a veces emocionante por la indignación y la ira que demostraba ante el saqueo de caudales públicos. Su alegato duró más de dos horas, y aunque los señalados en la diatriba se empañaron en aparecer en la pantalla como aburridos y desinteresados, lo que consiguieron fue mostrar unos modos impresentables de decoro y respeto parlamentario. A mi la intervención de la portavoz de Podemos no me resultó ni aburrida, ni monótona, sino brillante y, para el PP, demoledora e incontestable.

2º) Mariano Rajoy. Sorprendió a todos decidiendo responder él, personalmente, a la portavoz de Podemos, sin esperar, como era lo que todos imaginábamos, al aspirante a Presidente, al señor Iglesias. Los medios, en general muy complacientes con el presidente del Gobierno, por lo menos los escritos, y editados en papel, a los que se ha sumado, tristemente, y de manera penosa para los que desde que se inició la posibilidad de abonarse mensual o anualmente, El País, y a veces, incomprensiblemente riéndole las ¿gracias?, han resaltado la valentía de Mariano Rajoy al dar la cara, como si esta actitud no debiera ser la normal en un máximo dirigente político de un país. El no ser ésta la norma de Rajoy es lo que ha llamado la atención. Pero en lugar de esta interpretación laudatoria, prefiero otras dos que me parecen más reales y pragmáticas: en primer lugar, mal vio el panorama para adelantar su comparecencia, que, evidentemente, y alimentando la psicosis de curiosidad de nuestros periodistas, a los que gustan mucho estas adivinanzas, como si tuvieran entidad informativa, había preparado de antemano. Por eso la llevaba escrita, y daba todas las señales de haber sido pensada para un respuesta al señor proponente de la moción, Pablo Iglesias. Y, en segundo lugar, mal dejó a sus colaboradores, ministros y asesores, al demostrar que no se fiaba demasiado de ellos. Excepto, como veremos más abajo, del más desabrido, mal encarado, mal educado, pero eficaz en su permanente provocación, y portavoz del PP, seguramente por todas esas cualidades irrenunciables, señor Rafael Hernando Fraile.

Ahora voy al grano de la respuesta de Rajoy: a mí me llenó de vergüenza e indignación. Abusando de sus chascarrillos y refranes habituales, e intentado, por todos los medios de desautorizar a la joven portavoz del partido que proponía la moción de censura, no respondió a ¡ninguna!, exactamente cero de las acusaciones terribles, comprobadas, y algunas de ellas ya con sentencia condenatoria de los tribunales. Faltando, además, al respeto, al inmiscuirse groseramente en las estrategias y posiciones políticas d otro partido, cuando ellos, los del PP. se pasan la vida exigiendo que nadie se inmiscuya en los suyos, ni para darles un consejo políticamente fraternal, si esto fuera posible, que no lo suele ser, al comprobar el estilo altivo y orgulloso de la mayoría de nuestros políticos. Esto lo digo por que Rajoy, en su respuesta, se preocupó más de la ingenuidad, o no, que tal vez fue lo contrario, de Podemos, al retrasar tanto el nombre del aspirante al Gobierno. Pero esto compete, evidentemente, al partido promotor de la moción. Y al Gobierno, y más a su presidente, defenderse de ésta. Pues bien, esta defensa brilló por su ausencia. Pero su actitud no sirvió de nada, como pudimos ver en lo que asustó, y arredró a la joven portavoz, quien, en su réplica, volvería a sacar los colores de los integrantes de la bancada del PP, (aunque esto es muy difícil y complicado, dada la suficiencia, y el estilo perdonavidas con el que suelen tratar a sus adversarios polípticos, sobre todo si se trata de una formación joven, nueva, aguerrida, y muy bien preparada, como hemos visto estos dos días, a la que, evidentemente tienen mucho más miedo del que aparentan.

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La moción de censura (II)

3º) El señor Pablo Iglesias, aspirante a presidente de Gobierno. A Pablo Iglesias le dan, le están dando, la fama de un orador bronco, faltón, ofensivo, y provocador. Si usáramos los parámetros normales en el partido del PP, pienso que cometeríamos una grave injusticia con ese enjuiciamiento. Los diputados de la derecha tienen poca memoria. El mismo presidente del partido, y, el señor Mariano Rajoy, no es un modelo de hermanita de la caridad, cuando se trata de hostigar a sus adversarios políticos. No hay que hacer excesivo esfuerzo de memoria para recordar que, siendo el jefe de la oposición, por motivos electorales y partidistas, los mismos que con frecuencia su partido afea en otras formaciones políticas, tachó, el mismo Rajoy, bien orquestado por su partido, al presidente Rodríguez Zapatero, de «asesino, cómplice de ETA, etarra», y, también, de «cómplice de los nacionalistas catalanes», todo porque no reaccionaba al episodio del «Estatut» como ellos. Y eso lo hemos comprobado con frecuencia: la exquisita sensibilidad democrática del PP, que se considera no solo patriota, sino el único merecedor de ese atributo, excluyendo a los que plantean los problema de Estado de manera diferente como traidores y rompedores de la «sacra unidad nacional». Y eso no está reñido, por lo visto, con el depósito de riqueza en países extranjeros, para aligerar los pagos de hacienda. Es decir, que la opinión de que cualquier orador que incomode al Gobierno y a su partido, como Pablo Iglesias, es tachado, sin más, de «faltón, ofensivo, agresivo, y exagerado», no nos sorprende. Si bien cuando el señor Mariano Rajoy acusó el otro día a la portavoz de Podemos, y al señor Iglesias, de exageración en sus críticas, lo que pensamos muchos, porque alguno me lo ha comentado, es que lo exagerado fue el volumen de la corrupción entre sus filas.

Sorprendentemente, Pablo Iglesias usó un tono moderado, medido, respetuoso, si bien algunas de las cosas que recordó, -¡no olvidemos que se trataba de una «moción de censura!»-, resultaban, por sí mismas, durísimas, como cuando dejó bien claro que la historia denominaría a Rajoy como «el presidente de la corrupción». Algo que, aun sin levantar la voz, resulta poco agradable, por lo definitivo y demoledor. Pero hay que insistir en que Iglesias cuando sube a la tribuna, y cada vez más, demuestra que no tiene que ser ni gritón, ni provocador, ni faltón, porque sus recursos, tanto de contenidos, como oratorios, son abundantes y brillantes. El que resultase Irene Montero una autentica revelación no quiere decir que hubiera motivos para que el presidente de Podemos, como insinuó con maldad el portavoz del PP, Rafael Hernando, se preocupara con que lo eclipsase o lo superase. Mi opinión es que al señor aspirante a ocupar la jefatura del nuevo Gobierno en el caso de que la moción hubiera salido vencedora, no hay nada que reprocharle en lo referente a los motivos y causas de la censura en la moción, que quedaron paladinamente expuestos, claros y comprobados. Que no llegara al buen puerto de la victoria para un cambio de Gobierno, se debe, como todos sabemos, a causas anteriores, e insalvables, que no es el momento de exponer. Todo el mundo estaba seguro de que iría a suceder así. Pero de ahí a que la moción no sirviera para nada hay un abismo. Las televisiones, menos la pública, que arrinconó el evento en canales que no suelen usar los televidentes habituales, sirvió para que muchos ciudadanos contemplaran, sin tapujos, la catarata de corrupción, y de actos contrarios a la división de poderes, y a abusos, e intentos de aprovechamiento de las Instituciones públicas en favor de miembros del partido del gobierno, y de éste, mismamente. No es que fuera inútil la moción, sino que enfadó y sacó de sus casillas al gobierno, que no es exactamente lo mismo. AS no ser que lo que no agrada a los gobernantes tenga que ser tachado de pérdida de tiempo y aburrido.

4º) José Luis Ábalos Meco, nuevo portavoz parlamentario del PSOE, resultó otra cara nueva en la tribuna de las Cortes que dejó una imagen excelente. Destacaría en él los siguientes atributos: sencillez, ponderación, respeto, ideas claras, muy buena dicción, y control de los tiempo, contenidos y expresión. Resultó, junto con Irene Montero, las dos nuevas figuras parlamentarias de la política española. Y en lo referente a los contenidos, me atrevo a decir, al contrario de tantos periodistas que, en mi opinión, confunden interpretación con adivinación de pensamientos ocultos, que supo ser cauto y prudente, y no meterse en los dos charcos que lo rodeaban: la relación del PSOE con Ciudadanos, y con Podemos. La opinión más general y extendida es que Ábalos tendió la mano a Podemos, sin condiciones ni contrapartidas, al mismo tiempo que presentaba el antiguo pacto con Ciudadanos como adecuado en un momento y situación concreta. Pienso que lo mejor que afirmó fue que, «en determinadas situaciones lo que hay que buscar es sumar», y abrir el campo. Yo tuve la impresión de que el portavoz socialista, sin alardes ni inútiles artificios, se acordó de cómo en Portugal, después de las últimas elecciones, las fuerzas de la izquierda se dedicaron a «sumar», y en contra de los deseos de muchos en Portugal y en Europa, que preconizaban un desastre de la unión de muchos grupos minoritarios, ¡además de izquierda!, resultó un rotundo éxito, con un arranque hacia adelante en lo económico y lo social, que sirve, además, para demostrar que las políticas liberales de recortes y ahorramiento, siempre en perjuicio de las clases más populares, no era tan dogmáticamente acertadas, y únicas, como nos querían vender. Ábalos, con su habla sosegada, acabó, en mi opinión, siendo sugerente, y hasta abrió horizontes, sin comprometer a su partido, algo que será interesante comprobar en un futuro, espero que no muy lejano.

5º) Rafael Hernando Fraile, portavoz del PP. Muy mal debe andar el PP si no encuentra un mejor portavoz que el señor Hernando. No resulta convincente ni por la argumentación, ni por los contenidos, ni por su cultura, ni por su oratoria. Solo destaca por su estilo faltón, ofensivo, y por dedicarse a las medias verdades, y a afirmaciones tan descabelladas que uno se siente tentado a elegir entre el cinismo, por saber y no decir, o decir lo contrario, o por ignorante, por no saber ni estar bien informado. Si bien esta segunda posibilidad parece muy poco apropiada para alguien que, en lo referente a las tribulaciones, defectos y errores de sus adversarios políticos es un lince. Su intervención final fue no solo casposa e impropia de un Parlamento decente y digno, sino absolutamente inapropiada, insolente, provocadora, hasta llegar a lo insoportable e inaceptable, Y lo peor no fue su traca final, que todo mundo ha calificado de burda andanada machista, sino el tono general, altanero, perdonavidas, como del que deja claro que los demás diputados, tan electos como él en votación popular, que su actuación solo puede ser aceptada y reconocida como buena para el bien común si no pone reparos ni al partido gobernante, ni, mucho menos, al jefe supremo, el presidente del Gobierno.

Pero, otra vez, como su jefe, ni una atención a las graves acusaciones, y sentencias condenatorias contra su partido, que han provocado, y fundamentado seriamente, la moción de censura. Su reacción llegó, muy fiel a su estilo, a unas deslavazadas insinuaciones, negadas ya varias veces por los tribunales, sobre hipotéticos pagos de la dictadura bolivariana a varios miembros de Podemos. En resumen, que la intervención del señor Hernando resultó, además de desagradable, patética. Tanto que recibió una soberana lección de su oponente, señor Iglesias, que le dispensó de la réplica que se merecía,, por no enlodar el decoro parlamentario. Y no quiero terminar este escrito sin recordar al señor Rajoy que él es uno de los mayores responsables de la degradación a que se está rebajando la dignidad y el decoro de las Cortes Generales de España, al indicar un portavoz dedicado, visiblemente, a emponzoñar el enfrentamiento parlamentario, y avergonzar a sus pares, y a los sufridos oyentes o telespectadores. Así como no pu9edo menos de afear a la bancada del PP que después de una intervención tan vergonzosa y vergonzante, aplaudiesen a su portavoz, si bien es verdad que comprobamos menos entusiasmo que en otras ocasiones más aceptables, y no tan desagradables.

Jesús Mª Urío Ruiz de Vergara

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