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LA MISA EN LATÍN. José María Castillo, teólogo

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Misa en latín1.jpgLa decisión del papa, permitiendo que los sacerdotes puedan decir la misa en latín sin pedir permiso para ello, me lleva a pensar en lo que les decía san Pablo a los primeros cristianos sobre la lengua que debían utilizar en sus asambleas o celebraciones litúrgicas. Entre aquellos cristianos, había algunos que, en los actos religiosos que celebraban, se ponían a hablar en una lengua extraña (“glósse”) que no se entendía. Y había otros que hablaban como profetas (“propheteúson”) y esto “era constructivo, animaba y consolaba” a todos (1 Cor 14, 2-3). Como es lógico, san Pablo prefería que los cristianos hablasen como profetas (1 Cor 14, 5). Y lo explica diciendo: “Vamos a ver, si yo os hiciera una visita hablando lenguas extraas, ¿de qué os serviría…?” (1 Cor 14, 6).

Pablo saca la conclusión: “Pues lo mismo vosotros con la lengua: si no pronunciáis palabras reconocibles, ¿cómo va a entenderse lo que habláis?” (1 Cor 14, 9). La consideración final de san Pablo da que pensar: “Supongamos que la comunidad entera tiene una reunión y que todos van hablando en esas lenguas (extrañas); si entra gente no creyente o simpatizantes, ¿no dirán que estáis locos? En cambio, si todos hablan proféticamente y entra un no creyente o un simpatizante, lo que dicen unos y otros le demuestra sus fallos, lo escruta, formula lo que lleva secreto en el corazón; entonces se postrará y rendirá homenaje a Dios, reconociendo que Dios está realmente con vosotros” (1 Cor 14, 23-25).

No es frecuente que los ateos y agnósticos que entran ahora en una iglesia, cuando allí se dice misa, se emocionen hasta el extremo de postrarse diciendo “realmente Dios está aquí”. Pues bien, si eso ya es difícil en las condiciones actuales, ¿qué va a pasar cuando los ateos y los indiferentes entren en las iglesias y se den cuenta de que allí se habla en latín? Sospecho que podrán decir lo que ya apuntaba san Pablo: “¿No dirán que estáis locos?” (1 Cor 14, 23).

Yo respeto la decisión del papa. Seguramente así, Benedicto XVI ha querido atraerse a los seguidores de Lefebvre, un obispo que no consintió abandonar el latín y que nunca aceptó el concilio Vaticano II. Por eso Juan Pablo II lo excomulgó. Lo extraño es que ahora el Vaticano haga tantas concesiones para atraerse a la gente más cerradamente conservadora, mientras que a otros grupos más abiertos se les ignora, se les margina o incluso, con todo el disimulo que haga falta, se les persigue. Esto es duro de entender.

Pero la reciente decisión del papa sobre la misa ha puesto en evidencia algo mucho más serio. Hasta el s. VIII, la eucaristía era ofrecida por toda la comunidad. Ya en el Liber officialis de Amalario (a. 827), se dice que la eucaristía es ofrecida sólo por los sacerdotes. Esto expresaba una nueva mentalidad. Y las consecuencias se siguieron de inmediato. En aquel tiempo, los fieles entendían cada vez menos el latín, el canon de la misa se empezó a recitar en voz baja, los sacerdotes celebraban de espaldas al pueblo, las misas solitarias se multiplicaban en los monasterios y, en el fondo, todo esto representaba algo más que meras costumbres: lo que estaba en juego era una nueva forma de entender a la Iglesia y de vivir en ella.

En esta época empieza a designarse, con la palabra “Iglesia”, principalmente al “clero”. Los papas Gregorio IV y Juan VIII dan buen testimonio de esto, así como Floro de Lyon, uno de los autores más influyentes de aquel tiempo. Desde entonces, el centro pensante y de decisiones en la Iglesia está en el clero. Los laicos han venido a ser, cada vez más y más, la clientela sumisa y al servicio de los clérigos.

Y aquí es donde está el problema de fondo que se manifiesta, una vez más, en la decisión de Benedicto XVI al permitir, sin restricciones, la misa en latín. Está claro que en Roma no preocupa demasiado si la gente se entera o no se entera de lo que se dice y se reza en la misa. Lo que parece que preocupa es atraerse a los más integristas, los seguidores de Lefebvre. Si la mayoría de los laicos no se preocupa por eso y ni le interesa eso, es asunto que a los clérigos romanos les trae sin cuidado. ¿Qué hemos hecho los cristianos con la eucaristía? Jesús la instituyó en una cena. Cosa que, a juicio de todos los entendidos, es clave para comprender lo que es la eucaristía y cómo debe celebrarse. Los evangelios hablan mucho más del tema de la comida que del tema de la oración o de las ceremonias rituales.

Esto no es, no puede ser, mera casualidad. Los evangelios le conceden interés a lo que de verdad lo tiene. Una de las cosas que más unen a las personas es comer juntos. Mucho más que oír todos juntos que uno, allá en su altar o en su trono, habla en latín. En cualquier caso, es seguro que la Iglesia no va a estar más unida porque en ella haya sacerdotes que dicen la misa en latín. La Iglesia estará más unida el día en que todos nos tengamos más respeto y, sobre todo, cuando seamos capaces de poner en común lo que somos y tenemos, como lo hizo Jesús en la cena de despedida. Pero, por lo visto, eso no es lo que preocupa en Roma. Y si es que eso preocupa, desde luego la cosa no se arregla poniendo a los curas mirando al retablo, dando las espaldas a la gente y hablando una lengua muerta que ni muchos clérigos entienden a estas alturas. Por este camino, mal futuro nos espera a los que todavía pensamos que lo importante es “hacer” lo que nos mandó hacer el Señor: “Haced esto em memoria mía” (1 Cor 11, 24).

(Texto enviado por el autor a la Redacción de R.C.)

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