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LA MIRADA DE UN ESPAÑOL EN DARFUR. Yasmina Jiménez

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El Mundo.es

En Darfur, Sudán, existe una ley no escrita: «El hambriento que ve a alguien comiendo se sienta y come». El problema surge cuando un conflicto arrasa los cultivos y obliga a los civiles a desplazarse dejando atrás sus hogares y su medio de sustento. Óscar Sánchez-Rey, natural de Ciempozuelos (Madrid) y ciudadano del mundo desde que se alistó en las filas de Médico Sin Fronteras (MSF), cuenta la historia del pueblo de Darfur sacudido por la guerra a través de sus fotografías.

Enfermero por vocación y fotógrafo por afición, Sánchez-Rey, después de pasar seis meses y medio en el campo de Shangil Tobaya en la región sudanesa, asegura que, afortunadamente, la desnutrición ha dejado de ser una de las patologías principales de esta población. Más de 120 trabajadores locales y siete trabajadores humanitarios internacionales de MSF se ocupan de mantener a raya las enfermedades que acechan a las 28.000 personas que viven en Shangil Tobaya y sus alrededores.

A sus 31 años, Óscar no quería dejar pasar aquel sueño por el que inicio sus estudios de enfermería: «Ir a África y curar a la gente». Y así fue como aterrizó en una de las organizaciones humanitarias y sanitarias más importantes del mundo. Óscar pasó por Siria, el Líbano y trabajó durante un año en Angola antes de acabar en el sur de Sudán, y más tarde en Darfur.

Después de finalizar su misión en esta zona de África, ha regresado a España con la ilusión de volver cuanto antes. Hace más de 20 días que aterrizó en suelo madrileño y todavía habla de Darfur como si hubiera estado allí esta mañana. «Me levantaba temprano, desayunaba bien para aguantar el calor del día y me iba a trabajar al hospital, como un trabajo aquí», en España, afirma para resumir un día de trabajo en el campo.

Unos mínimos de seguridad

Tarda más de media hora en empezar a recordar esas vivencias que hacen del país africano un mundo diferente a la rutina española. «Un helicóptero nos soltaba por la mañana y nos recogía por las tardes para sacarnos del campo», asegura recordando esas temporadas en las que la seguridad no ha estado garantizada ni para el personal humanitario.

El derecho internacional protege a la población civil y a los trabajadores humanitarios. Sin embargo, en los conflictos actuales se violan leyes y derechos sin temor a los organismos internacionales. «No somos héroes, ni súper hombres, ni nada de todo eso. Somos gente normal y necesitamos unas garantías mínimas de seguridad», afirma Sánchez-Rey para justificar las evacuaciones.

El conflicto de Darfur estalló en febrero de 2003 cuando dos movimientos rebeldes se alzaron en armas para protestar contra la pobreza y marginación de la zona, fronteriza con Chad, y por el control de los recursos naturales. Unas 200.000 personas han muerto desde entonces.

A Óscar tampoco le es ajena esta realidad que ha dejado tantas víctimas y secuelas por todo el país, y sin embargo se muestra optimista, tranquilo y con la fortaleza que otorga la consciencia de haber sido útil. «Nosotros atendemos situaciones concretas en momentos de emergencia», dice para explicar como Médicos Sin Fronteras lucha contra estas crisis intentado aliviar las consecuencias centrándose siempre en el futuro inmediato.

La mayor operación de ayuda humanitaria

«Nuestras instalaciones son temporales o semi-temporales, cuando todo esté mejor ya no haremos falta aquí y nos marcharemos», asegura el enfermero basándose en su propia experiencia. La ONG cerró sus proyectos en Angola, después de más de 20 años en el país, cuando el trabajo de emergencia de la organización ya no tenía ningún sentido allí. «Angola ahora ha empezado a avanzar por su cuenta».

Actualmente, Sudán está lejos de alcanzar la situación de los angoleños. Más de dos millones de personas, un tercio de los habitantes de Darfur, han sido desplazadas de sus hogares desde 2003, lo que ha motivado la mayor operación de ayuda humanitaria en el mundo, según los datos de la ONU. A pesar de todo, Óscar recupera su tono esperanzador porque él ha visto de cerca que «las llegadas al campo se han reducido, no han cesado porque todas las semanas llegan una o dos familias, pero ya no es como antes».

De los sudaneses, Óscar se queda con su fortaleza y con su talento para enfrentarse a las adversidades. «Somos unos privilegiados por conocer a esta gente, que te atiende y te acoge en las peores circunstancias, a las que se enfrentan con soluciones creativas y tratando de vivir un día a día alegre». La hospitalidad en Sudán forma parte también de esas leyes no escritas que difuminan las desgracias.

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