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La libertad del teólogo en la Iglesia -- Fausto Antonio Ramírez

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Religión Digital

Si hay algo en el ser humano que lo distingue sobremanera de cualquier otro animal, eso es la libertad: libertad de acción, libertad de expresión y libertad de pensamiento.
Si se salvaguardan esos tres pilares fundamentales, el hombre es capaz de construirse a sí mismo como persona e individuo autónomo frente a la naturaleza y a cualquiera de sus semejantes.

¿Y frente a Dios? Ante Dios, la libertad adquiere su más elevado sentido, porque se define antropológicamente como el don más preciado que el Creador ha concedido al hombre cuando lo formó a imagen suya.

¿Y frente a la Iglesia? Lo de la Iglesia es otra cosa bien diferente. En realidad, no se puede hablar de libertad de disensión, ni por parte de los fieles y comunidades, y menos aún por parte de los teólogos.

Sobre los teólogos, siempre pesa la amenaza del castigo, del silencio o de la exclusión. Así no es posible hacer una investigación seria, ni hacer avanzar el pensamiento doctrinal de la Iglesia.

La crítica, desde dentro de la Iglesia, no sólo no es comprensible sino que se percibe como un acto de desacato contra el mismo Dios que habla por boca de la jerarquía, anulando todo intento de disensión o crítica argumentada que no se configure exactamente igual a como la Iglesia (desde cualquiera de sus estamentos) exige que se cumpla.

La cuestión que se desprende de esta forma habitual de utilizar la obediencia que tiene la Iglesia, en la que ni la inteligencia, ni la libertad del individuo es respetada, es que se trata de una actitud que en ningún caso se puede justificar éticamente.

El problema que aquí se plantea supera la misma ética, puesto que del Evangelio no es posible sacar este tipo de actitudes impositivas por parte de Jesús. Jesús se limita a proponer, a cautivar, a entusiasmar, a sensibilizar, a despertar al hombre adormecido, pero jamás a imponer.

El Papa, junto a la Curia romana, y a los obispos forman un círculo cerrado en el poder, sin fisuras ni disensiones. Frente a este muro de hormigón se encuentra el teólogo, al que sólo se le permite su actividad, desde la sumisión absoluta al Magisterio.

El sentir con la Iglesia significa corresponsabilidad crítica y atenta, y no otra cosa a como Roma y algunos obispos pretenden mostrar al hacer comulgar a los teólogos con ruedas de molino, sin pedir opinión, ni querer ver la razones para no acatar a ciegas una voluntad, revestida de derecho divino, que no se detiene en comprender las razones profundas de una visión diferente a como el Magisterio plantea en su discurso.

A una Iglesia que justifica sus mandatos como siendo la expresión abierta de la voluntad de Dios, se le puede exigir todo, por las mismas razones que ella lo exige todo de los hombres que pretende que le obedezcan. La autoridad que le venía a Jesús residía no sólo en que ésta procedía del Padre, sino en que Él mismo cumplía y vivía la voluntad de Dios.

Cuando la Iglesia, hablando en nombre de Dios, dice pero no hace; impone pero no cumple; exige pero no vive aquello que de Dios viene, se desautoriza a sí misma hasta tal extremo que, a partir de entonces, la obediencia pierde toda su virtud; y la disensión, no sólo no es un acto de desacato, sino una exigencia evangélica para profundizar en la verdad del Evangelio.

¿Para cuándo la vivencia del poder en la Iglesia como servicio y solicitud? Me temo que a la eclesiología del Vaticano II le queda todavía mucho para ser asumida y recibida, no sólo por el Pueblo de Dios, sino por la Jerarquía, que no parece estar dispuesta a cambiar de actitud, por lo que eso supondría de pérdida de influencia y de poder.

Me sigue sorprendiendo que el pluralismo que está presente entre los teólogos no sea asumido como una riqueza por parte de la jerarquía católica. De todos es sabido que en el grupo de los Doce, la uniformidad no tenía cabida, y que en ciertos momentos las diferencias eran más que notables. Sin embargo, Jesús no acalló nunca sus voces, ni les impidió que se manifestaran a pesar de las diferencias.

Una Iglesia, en constante necesidad de reforma, tal y como lo explica el Concilio Vaticano II, es aquella que no silencia ni una sola voz que pueda aportar luz al depósito de la Revelación, que no es estático, sino siempre requerido de mayor hondura y explicitación. Aquí, los teólogos desempeñan un papel extraordinario, que nunca Roma debería obviar, y mucho menos condenar o silenciar.

La figura del teólogo J. Masiá es uno de esos ejemplos admirables de cómo se debe hacer teología, por mucho que a algunos les moleste los interrogantes que abre en la reflexión, tan necesaria, para la fe de la Iglesia católica.

Por cierto, que lo de la concepción virginal de María, tal y como lo plantea el padre Masiá, no es ninguna novedad. El Catecismo Católico para Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana, hace ya muchos años que se expresó en los mismos términos a como lo hace Juan Masiá.

¡No sé de qué, ahora, tanta sorpresa por la interpretación de la virginidad perpetua de María, que peca ya de clásica, y encima con el “aval” de los obispos alemanes!

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