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La indignación. Reflexiones sobre un nuevo crimen del “Kapitalismo en serio” -- Mariana Nüñez (Buenos Aires)

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Hoy estaba empeñada en que fuera un día distinto. Después de explorar Facebook asiduamente durante tres días consecutivos desde mi novel plataforma en el sistema, había terminado convencida de que mi militancia a favor de la vida que sueño para todos (y que exige un marco económico-social absolutamente distinto al que vivimos), digo, mis ideas y los sentimientos inspirados por ellas y la realidad, corren a contramano de las historias de vida de la mayoría de la gente.

O al menos de lo que deciden mostrar en esas vidrieras del postmodernismo que encarnan las redes sociales. No es que me parezcan del todo sin sentido estos canales virtuales de comunicación, de hecho valoro los acercamientos de toda índole que posibilitan y las cuestiones que facilitan en un mundo que no nos deja tiempo para lo importante.

La cuestión es que lo exhibido, precisamente oculta, disfraza o ignora lo que subyace a la existencia, aquello que la sostiene y contribuye a fortalecerla o, paradójicamente, a disolverla. La capacidad de asombro es una de estas vetas subterráneas, y la indignación su par dialéctico; no pueden desarrollarse una sin la otra a riesgo de infantilizarnos (por exceso de asombro, como el niño que solo se maravilla ante cada descubrimiento) o volvernos amargados (por sobredosis de indignación, como el anciano convencido de que el tiempo pasado fue mejor). De modo que vamos andando y madurando en esa tensión, pensando críticamente entre el asombro y la indignación aquello que pasa (y nos pasa) en el mundo.

Pero yo había decidido vivir el día de hoy al ritmo vertiginoso de Facebook, pasando rostros, voces e historias con el asombro (intenso pero breve) de un niño. En la fugacidad que imprime lo instantáneo y lo que se puede borrar. Les aseguro que la mismísima realidad me lo impidió: a mediodía me enteré de la terrible novedad, el choque de un tren en Once, el accidente ferroviario más grave en la ciudad en 80 años, con un saldo de 49 muertos y 600 heridos.

Ahí mismo pensé: “muertos y heridos: todos trabajadores y trabajadoras… ¿alguien lo puede ver?” Todos trabajadores, estudiantes, desocupados, gente luchando por un mejor porvenir, acostumbrada a la insoportable incomodidad del viaje en tren desde y hacia la periferia de la gran ciudad; los muertos, los heridos, los que asisten a las víctimas, los familiares y amigos que inician el duro peregrinar por los hospitales, todos forman parte de la clase trabajadora explotada de sol a sol. Y no se oye la voz de ningún funcionario indignado, conmovido siquiera por la visible consecuencia de la falta de inversión de las empresas ferroviarias que el estado subsidia desde los tiempos del neoliberalismo a ultranza. ¿Y esto qué es?

Hace unos meses la presidenta lo definió en un foro internacional: “capitalismo en serio”; capitalismo de ganancias astronómicas para las corpos y sus mandantes y beneficiarios. Y hemos podido determinar hitos que lo caracterizan: distribución cada vez más desigual de la riqueza, saqueo de los recursos, represión de la protesta social, inflación y techos salariales, hechos de corrupción cada vez más alarmantes… Con el modelo K ocurre a todas luces lo que sucede con Facebook, un “discurso” (bla, bla) que pretende lucir en las apariencias; lo que hay, lo posible, «no pidamos más».

Llegado este punto, coincido con Eduardo Grüner en nombrar como “sin retorno” a mi absoluto rechazo del conjunto de políticas que definen a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Caracterizarlos como “nacionales y populares” es un oxímoron, una contradicción en sí misma. Que se indignen entonces los que faltan, los que recuerdan a sus muertos, los que levantan las causas de la patria y de la justicia social; a ver si de una vez por todas nos animamos a salir a las calles a gritar “que se vayan todos” como diez años atrás.

(Información recibida de la Red Mundial de Comunidades Eclesiales de Base)

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