La importancia de derrotar a los antipatrias bolsonaristas -- Leonardo Boff

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Brasil. Nunca hubo en la historia de Brasil una ruptura fundacional que interrumpiera nuestra herencia de exterminio de los pueblos indígenas, de esclavitud, de colonialismo, de neocolonialismo y del dominio de la élite del atraso.Esas élites ocuparon el poder político desde el Imperio y jamás fueron desplazadas de él.

Los cambios ocurri-dos nunca modificaron la naturaleza de ese poder, que siempre fue elitista, ex-cluyente y antipopular frustrando el pro-yecto de un Brasil para todos.Los poderosos nunca reconocieron los derechos de quienes fueron injustamente humillados y los empuja-ron a la marginalidad, donde consideran que está su lugar natural. Son las «élites del atraso», en la acertada expresión del sociólogo Jessé Souza.

La inconformidad popular fue siempre reprimida con ex-trema violencia, al punto de que el historiador mulato Capistrano de Abreu afirmó crudamente que «el pueblo fue castrado y recastrado, desangrado y vuelto a desangrar».A pesar de ello, y contra la voluntad de esas élites, se fue creando aquí, a lo largo de cinco siglos, un experi-mento civilizatorio singular.

En palabras del recordado historiador José Honório Rodrigues: «Somos una repú-blica mestiza y étnica culturalmente. No somos euro-peos ni latinoamericanos. Somos tupinizados, africani-zados, orientalizados y occidentalizados.La síntesis de tantas antítesis es el producto singular y original que es el Brasil actual… El gran éxito de la his-toria de Brasil es su pueblo, y la gran decepción es su dirigencia.

Esta nunca se reconcilió con el pueblo; nun-ca vio en él una criatura de Dios; nunca lo reconoció,porque habría querido que fuera lo que no es; nunca vio sus virtudes ni admiró sus servicios al país; lo llamó detodo —desde Jeca Tatu—, le negó sus derechos, des-truyó sus vidas y, apenas lo vio crecer y negarle poco apoco su aprobación, conspiró para devolverlo a la peri-feria, al lugar que sigue creyendo que le pertenece»(Conciliación y Reforma en Brasil, 1965, pp. 14 y 122).

De ese caldo cultural está surgiendo una nación inven-tada por nosotros mismos, todavía en construcción, con características propias, capaz de fundar un Brasil ver-daderamente nuestro. Ese era el sueño de Darcy Ribei-ro en su último e inspirador libro ?El pueblo brasileño?(1995).

Una utopía de un Brasil diferente ha estado siempre en marcha, reprimida pero nunca vencida, gestada en el sindicalismo auténtico, en el seno de las clases popula-res, en las iglesias de la liberación, en los sectores pro-gresistas de las élites, entre intelectuales y artistas comprometidos con la causa de los oprimidos.

Esos actores crearon un importante poder social de re-sistencia y de liberación, que hoy se canaliza hacia el poder político sin dejar de ser un poder social. Surgie-ron partidos identificados con esa utopía de un Brasil diferente.Pero el principal de ellos fue el Partido de los Trabaja-dores (PT), que contó desde el comienzo con el extra-ordinario carisma movilizador de Luiz Inácio Lula da Sil-va, hoy reconocido como uno de los líderes mundiales más importantes.

Después de varios intentos, Lula llegó finalmente al po-der central. Por ser nordestino y provenir de la clase obrera fue rechazado, perseguido, calumniado y con-denado por un juez parcial a 580 días de prisión por una razón inédita y extravagante, jamás documentada desde el Código de Hammurabi (1750 a. C.): «por un delito no definido».

En los tres gobiernos que ejerció realizó, al menos par-cialmente, el sueño de un Brasil diferente, especialmen-te para millones de personas que apenas podían ali-mentarse, vivían en condiciones miserables, no tenían electricidad, escuelas adecuadas ni espacios de re-creación, y jamás habrían accedido a la universidad o ala educación técnica.

Podrán decir lo que quieran de Lula, insultarlo llamán-dolo ladrón —algo que nunca fue— y dirigirle mil agre-siones, como recientemente hizo el extravagante presi-dente argentino Javier Milei. Pero jamás podrán negar su profundo amor por los pobres y los humillados ni las decenas de iniciativas que impulsó en su favor, devol-viéndoles, como él mismo siempre destacó, la dignidad que les había sido negada.

Como ya lo había hecho antes, volvió ahora a poner el poder al servicio de la sociedad brasileña desde abajo,con una orientación democrática, popular y promotora de un mundo multipolar, a pesar de las presiones ejer-cidas por un enloquecido «emperador del mundo», el dirigente de extrema derecha estadounidense Donald Trump.Sin embargo, tanto en Brasil como en el resto del mun-do crece un pensamiento conservador, de rasgos fas-cistas e incluso de extrema derecha.

Ese movimiento llevó a la presidencia a uno de los personajes más per-versos de nuestra historia, quien, por su estupidez,permitió la muerte de 700.000 personas víctimas del coronavirus y desmontó numerosos programas socia-les.Da vergüenza siquiera mencionar su nombre, tal fue la brutalidad de las relaciones sociales que introdujo.

Sus hijos traicionaron a la patria al alinearse explícitamente con el imperio norteamericano y colocar al país al servi-cio de Donald Trump.Lo que está en juego en las próximas elecciones es precisamente el enfrentamiento entre dos opciones: la de la subordinación al «emperador Donald Trump»,como socio menor y subordinado; o la opción por la so-beranía de Brasil, como nación democrática y popular,con un proyecto nacional autónomo, consciente de lo que podemos aportar como país, desarrollando nuestra industria y nuestras tecnologías para aprovechar estra-tégicamente las tierras raras.

Es imperativo que la utopía de un Brasil diferente derrote a Flávio Bolsonaro, a quien considera un traidor a la patria e hijo de un golpista cobarde encarcelado, y que haga frente al tradicional pacto de las élites conservadoras y reaccionarias, que nunca tuvieron un proyecto para Brasil, sino únicamente para sí mismas, a fin de abrir un nuevo rumbo para nuestro país.El tiempo corre velozmente y en contra del propósito liberador.

No basta con resistir: es necesario avanzar y sostener el debate teórico y político.Como sentenciaba don Quijote: «No debemos recono-cer las derrotas sin antes haber dado las batallas». Y esta vez las daremos todas para hacer realidad ese sueño tantas veces negado y siempre resucitado.(amerindiaenlared.org)