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«LA IGLESIA TIENE QUE OFRECER UNA ALTERNATIVA DE VIDA MODERNA». José Chamizo de la Rubia, Defensor del Pueblo andaluz

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21RS

Chamizo.jpgHace diez años que le nombraron por primera vez Defensor del Pueblo Andaluz y toca renovar mandato. José Chamizo se muestra dispuesto a un tercer ejercicio del cargo consciente de la responsabilidad de desarrollar el nuevo Estatuto de Andalucía, el más social de cuantos se han aprobado, gracias a sus aportaciones. Pero sin dejar de ser ese cura de pueblo, sensible y cercano, que no duda en pedir una reforma radical en la Iglesia y reclamar más humanidad a esta sociedad consumista que se ha olvidado de que todos los problemas se pueden solucionar.

Hace 4 años, en nuestra primera entrevista, hablábamos del problema de la inmigración. ¿Hemos avanzado algo?

-Ha habido un avance importante en la normalización y ahora mismo vivimos en un parón y volvemos a una política muy muy restrictiva. Por otra parte no acabamos de avanzar en el diálogo intercultural. Cada comunidad parece que vive una al margen de la otra. Nosotros entendemos que la integración es documentación, trabajo, el acceso a una vivienda digna para todo el mundo… pero fundamentalmente es convivencia. Y en esa parte no estoy yo muy contento de que se haya avanzado.

-¿Va a ayudar en algo la aprobación del nuevo Estatuto andaluz?

-Creo que lo que puede distinguir a Andalucía en el futuro respecto a otras autonomías, gracias al nuevo Estatuto, es precisamente que los derechos sociales se vayan cumpliendo.

-Lo que el ciudadano percibe ahora mismo en torno a la política es la corrupción, el partidismo, el empleo de los recursos públicos para el beneficio electoral… ¿Cómo se puede defender al pueblo de eso?

-Si hay un caso de corrupción esa persona tiene que abandonar el partido. Y esto sí parece que va a ser una disciplina que esperemos que se vaya extendiendo. Los partidos deben situarse en posiciones más rígidas para desterrar esto de la vida pública. Porque al ciudadano lo desanima mucho. Lo aleja de la política. Y hoy sin política en un sentido amplio no se puede vivir.

-Ha declarado usted que uno de los momentos más duros de su trayectoria como Defensor fue el atentado contra Jiménez Becerril y su esposa. ¿Piensa que en el proceso de paz
se están respetando los derechos de las víctimas?

-Éste es un tema muy vidrioso. El discurso público dice que sí. Yo creo que hay que respetar los derechos de las víctimas y también que hay que intentar lograr la paz. Compaginar estos dos temas es muy difícil. Tampoco ahora mismo estamos para tocar campanas. Intentar la paz es una obligación de cualquier dirigente. Del que está ahora y de los que han estado anteriormente.

-¿No quiere aventurar cuál puede ser el final de todo este proceso?

-No, porque ciertamente lo veo muy complejo. Yo aspiro a que llegue la paz aquí y en cualquier parte del mundo. Pero no es fácil ser optimista.

-Otro terrorismo diferente pero no menos doloroso es el del maltrato. ¿Cómo se puede
proteger a las mujeres?

-Tampoco lo sé ya. Se ha avanzado en el marco jurídico pero, inexplicablemente, las mujeres siguen muriendo. Es un hecho lamentable. Como sociedad, uno a veces tiene la impresión de que vamos perdiendo sensibilidad. Eso es muy triste pero es así.

-Lo que avanzamos en ciencia y tecnología no se gana en valores.

-No. Esto de la globalización va en serio y nuestra mentalidad es más economicista que sensible. Hay que tener mucho cuidado porque si perdemos corazón perdemos el futuro.

-¿Se puede hacer algo desde las instituciones?

-Humanizar en todo momento.Las instituciones tienen que ser agentes de humanización.

-Si finalmente no fuera usted reelegido, ¿volvería a ser un cura de pueblo?

-Es lo más probable. No lo sé porque a mí no me gustan los futuribles. Yo vivo muy al día. Supongo que sí, que acabaría en una parroquia. Las parroquias están bien. Se aprende mucho. O me dedicaría al movimiento asociativo… Ya lo pensaré.

-¿Haría falta hoy un defensor de los fieles en la Iglesia?

-Haría falta un cambio en algunas estructuras de la Iglesia para que hubiera realmente una participación del mundo laico. Porque el divorcio que está habiendo causa mucha tristeza. Y la presencia de las mujeres hay que estudiarla. Prácticamente son ellas las que mantienen las comunidades. Vamos a ver si este Papa nos da alguna sorpresa en esta dirección. Porque el clericalismo no es bueno.

-En los últimos tiempos la jerarquía católica española ha declarado sentirse casi perseguida y desde luego amenazada. ¿Usted lo percibe así?

-No. Yo creo que lo que hay cada día más es una separación entre Iglesia y Estado, algo que la propia Iglesia ha reivindicado. Otra cosa es que en algún aspecto, por ejemplo en educación, probablemente las cosas no se han hecho bien. La opción de los padres debe ser clave. Y también es clave que en las escuelas, al margen del credo de los padres, haya una obligación de que los niños tengan una cultura religiosa –no digo catequesis– para entender nuestro mundo y nuestra historia. Sería una tontería decir otra cosa. Y creo que a veces algún sector de la jerarquía ha ido más lejos de lo que conviene a la prudencia en las relaciones con el Estado.

-No tiene pelos en la lengua y aún así se siente plenamente miembro de la Iglesia.

-Absolutamente. Cada día. Pero yo no sé por qué no se puede decir lo que uno siente. Siempre que no ofenda y dentro de lo que es el sentido común. Además lo que yo estoy expresando lo expresa mucha gente. Y lamentamos que en este momento haya un abandono de tanta gente joven, cuando la Iglesia puede y tiene para ofrecer una alternativa vital maravillosa. El evangelio no es más que eso: una alternativa de vida que además es absolutamente moderna y contemporánea.

-Si a usted le dieran la oportunidad de reformar la Iglesia, ¿por dónde empezaría?

-Cambiando los discursos. Hasta el lenguaje. El lenguaje a veces es muy poco contemporáneo. Y luego determinados aspectos que chocan mucho con el mundo de hoy: el progreso, los descubrimientos científicos… Siempre con prudencia, que está bien que se tenga. Pero la Iglesia desde su propio credo no tiene por qué ir siempre detrás de todos. Durante muchos siglos fue por delante. No sé por qué ahora hay que ir a las trincheras. Puede y debe hacerlo.

-Sin techo, enfermos mentales, gente en prisión… La lista de colectivos que necesitan defensa parece infinita.

– Sí. Lo que ocurre es que es bueno decir que todas estas cosas tienen arreglo. El mensaje contrario es una trampa de los poderes, sobre todo económicos. ¿Para qué? Para que nos volvamos cada día más consumistas, más egoístas y más individualistas. Todo tiene solución, pero de verdad. Más larga o más corta, pero la tiene. Tengo mucha confianza en los seres humanos. Aunque vivimos en una sociedad donde alguien ha dicho “Sálvese el que pueda”. Hay una cierta insolidaridad que habrá que ir corrigiendo, nuevamente lo digo, a golpe de humanismo. Porque si no, nos perdemos todos.

-¿Hay alguna situación que tiene especialmente presente?

-A mí últimamente lo que más me angustia es la gente que pierde el norte de la vida. Un ser humano que se ha perdido en un laberinto del que es muy difícil salir. Y son gentes normales… pero cuando te cuentan su vida interior, resulta que se han ido de la realidad.

Escuchándolo contar esto parece que habla más por su boca el cura, el confesor, que el Defensor del Pueblo.

-Bueno, es muy difícil establecer el límite porque yo soy lo que soy. Vamos, que tampoco lo he negado nunca ni es mi interés. De todas maneras yo creo que éste es un discurso que tiene hoy mucha gente, desde la filosofía, desde el ateismo, desde el agnosticismo, que ve que hay un deterioro colectivo. Que tiene solución, atención. Pero que existe. •

Autor: Mª Angeles López Romero

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