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La Iglesia se hace daño -- Jose Ramón Scheifler

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Deia

La censura sobre el libro de Pagola, episodio oscuro, injusto, de ocultamiento, incide en la idea de que en muchos lugares se están formando dos Iglesias: la del tradicionalismo, casi fundamentalismo, y la de los reciclados, el «aggiornamiento» que quería Juan XXIII.
LA Iglesia no anda sobrada de prestigio. Para colmo, parece no perder ocasión de desprestigiarse más y más ante muchos de sus todavía fieles y otros ajenos a la fe cristiana.

Es lo que está sucediendo con el asunto del libro del teólogo J. A. Pagola: Jesús. Aproximación histórica (PPC, 2007). (Uso el término Iglesia en dos sentidos: el más común en los medios, el de la jerarquía en sus grados más altos en España, y el teológico y exacto de «todos los fieles cristianos, el Pueblo de Dios», aunque reducido a esta parte de la geografía, la que más sale perdiendo). Hay en todo el asunto una cuestión de fondo y dos más, el modo y el resultado. La primera es quizá la menos asequible al público en general no reciclado en sus conocimientos bíblicos y teológicos. Y, por desgracia, es la más difícil de exponer en unas pocas líneas.

Para el creyente, Jesús es un ser único, a la vez verdadero Dios y verdadero hombre, sucede que su divinidad no es sujeto de historia, aunque Jesús sea un personaje histórico, sino de fe. La historia se ciñe a lo sensible, a lo terreno. Es histórico que unos hombres afirmaron que Jesús era Hijo de Dios, y que muchos aceptaron esa fe. También que otros, ya creyentes, escribieron sobre ese Jesús y, tratando de dar plasticidad a su ser divino, utilizaron un lenguaje heredado en parte del Antiguo Testamento en forma narrativa. Escribieron desde su fe para la fe de los cristianos, y para suscitar curiosidad, intriga, preguntas entre los no cristianos sobre la identidad total de dicho personaje. Es lo que en infinidad de libros se ha venido leyendo durante siglos. Pero la divinidad de Jesús no es objeto de historia sino de fe.

Pagola es un gran creyente, entusiasmado con ese Jesús, el Mesías, Hijo de Dios. Es su profesión de sacerdote, es su vida. Todo en él -sus homilías difundidas en los medios- muestra su fe. Pero en su último libro descubre y redacta con estilo sencillo, atrayente, modelo de pedagogía, lo que de histórico -con aproximación histórica- ha quedado de esa vida del verdadero hombre que fue conocido como Jesús de Nazaret. Ha pensado -y su éxito muestra que ha acertado- que su libro podía ser útil para los creyentes.

Con fe en que era verdadero Dios, verían al verdadero hombre, cercano en cierto modo a uno mismo, pero ejemplar de hombre que tiene una misión y la cumple aunque le cueste la vida. Verían y ven en él la vida humana, sencilla, singular y trágica, de Dios en la tierra, en el s. I, en el antiguo Israel dominado por Roma; la vida humana de aquel que «siendo igual a Dios se despojó de sí mismo apareciendo en su parte como hombre» (Fil 2. 7). Pagola escribió también para los no cristianos, a quienes el acercamiento a Jesús-hombre podía abrir el camino hacia Jesús-Dios. Pero habla sólo del primero. Habla sólo de su historia terrestre. Se trata de un libro de historia.

Quienes le acusan -siento una gran pena al decirlo- muestran, a mi juicio, una ignorancia o confusión sobre un tema que en estos últimos sesenta años está suscitando muchísimos estudios entre católicos y no católicos, con muchísimos más medios y objetividad que en los cien años anteriores. Las deficiencias que la CEE encuentra en la obra no rozan siquiera el planteamiento y propósito de Pagola. Quienes, por otra parte, no buscan un conocimiento más objetivo y aproximado a lo histórico y captable de la vida terrena de Jesús-hombre, quienes optan por alimentar su fe en Jesús, Mesías, Hijo de Dios, tienen a mano en las librerías el Jesús de Nazaret de Ratzinger -Benedicto XVI-, cuya traducción al español apareció en otoño del 2007, a la vez que el Jesús de Pagola. Pero ¡ojo!, no identifiquen ni confundan fe e historia.

Las otras dos cuestiones podrían llevar el título: «Historia del libro Jesús. Aproximación histórica: Hechos, procedimiento y desenlace». Tras siete años de trabajo, el manuscrito de Pagola, leído y aprobado por especialistas en el tema, aparece al público, editado por PPC, del grupo SM (Madrid) en septiembre del 2007. El éxito está que en octubre y noviembre, y casi cada mes, se impone una nueva tirada. Para enero del 2008, críticas y acusaciones duras, del obispo de Tarazona y del director del Secretariado de la C.E. para la Doctrina de la Fe de la CEE -acusaciones que otros repiten-, saltan a la prensa, conmueven la opinión de los fieles, sorprenden y apenan a Pagola.

Ante esta situación, monseñor Uriarte, obispo de la diócesis del autor, asesorado, propone un tipo de correcciones o aclaraciones. Sin duda por bien de la paz, Pagola parece consentir y asentir a que se introduzcan en su libro algunas de ellas. No tengo manera de conocerlas. Con la garantía de sus asesores y la sumisión de Pagola, monseñor Uriarte da el visto bueno a la nueva edición, tras ocho reimpresiones. Uriarte se hace responsable de la ortodoxia de la obra -¡de un libro de historia!-; compromete así su autoridad y ortodoxia propia. Su nota a la prensa aparece el 19 de junio del 2008. El día anterior, la Com. Epis. para la Doctrina de la Fe de la CEE, firmaba una nota de siete folios, en la que expone las deficiencias metodológicas y doctrinales de la obra. Resultado: compuesta la nueva edición o no se divulga o rápidamente se la retira.

Nadie dice una palabra. En un escrito publicado, solicité una aclaración. Silencio. Cumplido su período y retirado monseñor Uriarte de su misión al frente de la diócesis, PPC divulga la nueva edición, cuyos ejemplares se venden al ritmo anterior. Pero, a toda prisa, la editorial requiere a las librerías diocesanas y religiosas le devuelvan los ejemplares. Para PPC supone renunciar a una pingüe ganancia.

Pero nadie dice una palabra, nadie se hace responsable de nada. A nadie parece importarle el martirio psicológico del buen Pagola. Si el 11 de enero del 2008, decía «sufro, sobre todo, por ver sufrir a mi alrededor… sufro al vivir en estos momentos una experiencia extraña que nunca antes había conocido», ¿qué sufrirá ahora? Siempre hay una primera vez, y aquellos momentos son ya más de dos años. Pero a alguien de la alta Iglesia le da igual.

Tampoco les interesa cómo queda Uriarte. Sin embargo, sacerdotes y fieles que han leído el libro y los que quieren leerlo, y quienes sufren por Pagola y por la situación de la Iglesia de Cristo, se sorprenden, se irritan, se escandalizan y protestan. Yo denuncio: éste puede ser el procedimiento de un régimen totalitario o de un sistema irresponsable, pero no es un procedimiento humano; es un procedimiento vergonzoso, habría que decir cobarde. Y, si se escudara en la prudencia, cobarde e hipócrita.

No es un procedimiento evangélico. Jesús lo condenaría: «¡luz del mundo y sal de la tierra!». Pero se «prefieren las tinieblas a la luz». La clave parece estar en PPC ¿Quién la maneja? ¿con qué poder? Si es de la alta jerarquía, su desprestigio salpica al desprestigio de la Iglesia de Cristo. Ella es la que sufre. Porque su misión no es el poder sino dar la cara para servir.

El resultado de ese procedimiento oscuro, sucio, de ocultamiento, es imponer silencio: la obra ha sido retirada. ¿Con qué autoridad? ¿Es la CEE mayoritaria en PPC? Pero si aun corregida la obra de Pagola les sigue pareciendo heterodoxa, peligrosa o dañina a la fe, pónganla en el Índice de Libros Prohibidos. Este anticuado e inútil sistema es más tolerable en estos tiempos que el tapar la boca a nadie. Pónganla en el Índice, pero denme ocasión de leerla, porque seré yo sólo quien me condene. Este sistema de censura es hoy inadmisible para toda sociedad civil y civilizada.

Es probable que el sistema de la Inquisición, hoguera incluida, resultara más tolerable a aquella sociedad acostumbrada a tantas prácticas salvajes generalizadas, que hoy todo tipo de censura previa o posterior contra la libertad de expresión. Tampoco la sociedad religiosa la comprende. La libertad de expresión es un derecho humano inalienable. Los laicos mismos en la Iglesia son mayores de edad, tan pueblo de Dios como su mayor jerarca. Y, al parecer, muchos de ellos están más impuestos en los avances exegéticos y teológicos que algunos de sus pastores. Se puede decir que, al menos en ciertos lugares, se están formando dos Iglesias: la del tradicionalismo, casi fundamentalismo, y la de los reciclados, el aggiornamento de la Iglesia que quería Juan XXIII.

No dudo de la buena intención de nadie. Pero no basta. Si no están conformes con el libro, rebatan sus errores, demuestren que lo son, admitan los debates. Pero no quiten la libertad de investigación y expresión a nadie. La concedida por Pío XII en ¡1943! a los biblistas, se ha quedado en agua de borrajas. No quiten la «libertad gloriosa de los hijos de Dios» a nadie (Rom. 8, 21). Se desprestigian a sí mismos y hacen gran daño a la verdadera Iglesia de Cristo. Con ella y en ella todos nos hacemos daño sin necesidad en situaciones como ésta.

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