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La Iglesia que Viene -- James Hanvey, SJ

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Reflexión y Liberación

La sede de Pedro
El papado es un magnífico regalo de Dios a la Iglesia, pero debe seguir evolucionando para llevar a cabo plenamente su servicio. Ha estado demasiado empantanado en una eclesiología reaccionaria y en el ejercicio monárquico de un poder demasiado parecido al mundano. Es bueno que el papado exhiba lo mejor de su efectividad y su profetismo, pero tiene que ser atemperado por la realidad de la Iglesia.

Todos los papas, desde el Concilio Vaticano II, han sido conscientes de la necesidad de ir desarrollando una teología del papado. Tanto Pablo VI como Benedicto XVI nos han ayudado mucho a desembarazar su mística. Y hasta Juan Pablo II, que desplegó un poder extraordinario, teñido a veces de profetismo, no tuvo inconveniente en propiciar una reflexión al respecto.

Este camino debe proseguir y conducirnos a una reforma de la Curia romana, no tanto en términos de estructuras como en términos de un cierto ethos; de cambiar la idea del gobierno por la del servicio. El principio de subsidiaridad es clave no sólo en el entramado de las estructuras seculares; también debe serlo en las eclesiales. Como apuntaba Pío XII, sin menoscabo de la naturaleza jerárquica de la Iglesia, el principio es aplicable también a su vida. De hecho, estuvo ya presente desde los comienzos del cristianismo, como nos cuenta san Pablo. El papel de Pedro debe sustentarse en una profunda y constante teología de la colegialidad que se traduzca en una práctica efectiva y encuentre un claro soporte jurídico en el Derecho Canónico. Sobre este asunto, el Concilio puso los cimientos, pero el edificio aún está por hacer.

Colegialidad

La colegialidad necesita que se le proporcionen mecanismos eficaces en el seno de la Iglesia local. Sólo de este modo podrían desarrollarse plenamente las virtudes de una Iglesia jerárquica y su capacidad de liderazgo. Juan Pablo II hablaba de la «espiritualidad de la communio» y de la constante renovación y conversión que requiere el ejercicio de un poder que desee ser carisma de servicio. O la colegialidad funciona, o el ejercicio de la autoridad en la Iglesia tendría que ser recortado.

Junto al desarrollo de la colegialidad, habría que prestar atención a los dones y carismas de aquellos que van a ser nombrados obispos. Necesariamente tienen que ser personas capaces de ofrecer un liderazgo creativo y significativo y eso supone que el candidato sepa poner en juego todos los dones del pueblo de Dios. Los obispos tendrán que ser personas capaces de conducir a la comunidad hacia su principal misión, que es ser testigos del Evangelio y no perderse en polémicas y divisiones estériles sobre cosas que no son esenciales o cuyo valor simbólico se ha exagerado.

Tanto a nivel internacional, como nacional y local, la Iglesia necesita descubrir cada vez más cómo fortalecer y alimentar su propia vida interior y cómo salir al encuentro de las inquietudes de la cultura secular. Eso supone una mayor transparencia y compromiso en el ethos y en las leyes de la Iglesia. Sobre todo, los obispos deberían dejar de ser gestores ejecutivos y convertirse en buenos pastores. A fin de cuentas, el don de administrar ya existe en la propia comunidad -especialmente entre los laicos- y los obispos no deben ser reacios a aprovechar estos dones como parte de su propio ministerio. Un obispo tendría que ser alguien capaz de tener un conocimiento empático de sus sacerdotes y del pueblo, de sus dificultades y las circunstancias de su vida, capaz de alumbrarlos con la luz de Cristo y de alentarlos con el consuelo, siempre creativo, del Espíritu Santo.

Sin duda, tendría que ser capaz de mostrar afecto sincero por todos los de su diócesis y estar preparado no sólo para llamarlos a la verdad de Cristo, sino para defenderlos frente a cualquier circunstancia que los acucie o los oprima. Además, en nuestro mundo de hoy, un obispo tiene que ser alguien capaz de hablar a la gente de Dios y de las cosas de Dios de un modo sencillo y cercano.

Teología

Quizá ya va siendo hora de que dejemos atrás la estéril y falsa polémica de si el Concilio Vaticano II debería interpretarse desde hermenéuticas de continuidad o de discontinuidad. Es momento ahora de redescubrir el Concilio, cuyos tesoros casi no hemos empezado ni a desvelar siquiera. Tanto el problema de su interpretación como de su puesta en marcha ha sido debido a que la teología después del Concilio Vaticano II no supo estar a la altura de aquellas intuiciones conciliares. A menudo el Concilio vislumbraba una verdad, pero le faltaba base teológica suficiente como para desarrollarla y anticipar sus consecuencias. Desde los tiempos del Concilio hasta ahora, da la impresión de que la vitalidad y la creatividad teológicas hubieran decaído. Habría que recuperarlas y, del mismo modo, habría que rescatar la función eclesial de la teología.

A la sombra de los despachos académicos, la teología ha perdido a veces su papel de servicio, que no se limita a la universidad, sino también a la Iglesia y a su misión. En este sentido, está bien que la teología reclame su propia libertad y legitimidad en el mundo académico, pero sin limitar su terreno a la racionalidad secular. Porque la teología se vaciaría de contenido si deja de ser un servicio al misterio de Cristo y de su Iglesia.

En el seno de la Iglesia, hay que buscar un nuevo equilibrio entre los carismas de la Teología y del Magisterio (ya sea el local o el petrino). La nueva teología del sensus fidelium no puede consistir sólo en tragarse pasivamente las verdades cristianas, sino que debe ser una sabiduría activa que cristalice en una adecuada praxis de la vida y el testimonio cristianos. De no ser así, la Iglesia no dispondrá nunca de una teología del laicado suficientemente madura ni podrá desarrollar eficazmente su magisterio. Si la Iglesia no es capaz de confiar en la Teología, en su misión y en sus riesgos, fracasará rotundamente en su tarea evangélica, dejará de tener influencia en las culturas en las que vive y aparecerá ante ellas como una propuesta desarticulada e incomprensible; le faltaría el sentido suficiente para conducir las complejas cuestiones de nuestro tiempos con intuición, razón, humanidad, comprensión y verdad.

Vislumbres de una Iglesia emergente

Quizá estas parezcan sólo cuestiones de tipo interno, pero sin ellas siempre quedarían frustrados los dones que Cristo y el Espíritu Santo derraman sobre toda la comunidad. En el Concilio Vaticano II se propone un modelo de Iglesia abierta y atenta a los diversos modos en que el Espíritu mueve las inquietudes humanas, en cualquiera de sus vertientes políticas, culturales o religiosas. En el corazón del Concilio está precisamente este modelo de Iglesia, viva y mucho más sencilla, que vive el misterio de la Trinidad. El milagro de su vida sacramental la renueva y la convierte, más que en una institución al uso, en una mística cercana de presencias, personas y communio. Se rata de una Iglesia en la que la communio sabe encontrar su expresión diaria, pero no al margen del sufrimiento, la violencia y la injusticia del mundo, sino en una profunda y amorosa solidaridad con él; una communio de amor que quiere, ante todo, ponerse al servicio de los pobres, los débiles, los olvidados y los abandonados.

En este punto, el centralismo euroamericano de la Iglesia tendrá que dejar paso a la Iglesia emergente de los países en vías de desarrollo, al que pertenecerán la mayoría de los fieles al terminar el próximo pontificado. Y habrá que dar voz a sus preocupaciones, aunque estén muchas veces lejos de nuestra secularizada cultura occidental. Se levantarán voces contra la explotación y en defensa de los derechos sociales y económicos, especialmente los derechos elementales a la vida humana y los derechos de las mujeres y de los niños. Ha llegado un tiempo en que la Iglesia tendrá que reconocer su voz profética hablando en nombre del mundo en desarrollo, hablando de una visión ecológica de la justicia, del cuidado de los recursos naturales, unos recursos que todos los miembros del género humano deben poder disfrutar de ahora en adelante como dones preciosos de Dios. Será una Iglesia que no se asustará del mundo, ni tendrá miedo tampoco de aparecer pobre ante él, porque sabe que no necesitará revestirse de poder mundano para cumplir su tarea. Estará preparada para consumirse ella misma en el servicio -reconocido o no-, y no andará ya preocupada de sí misma ni de su propia supervivencia, porque su vista estará puesta en las necesidades y en el futuro de la humanidad.

Es una Iglesia que desea seguir a Cristo encarnado y resucitado hasta las profundidades de la historia y hasta los lugares más áridos del corazón humano. Y lo hará siempre con amor, porque viviendo desde la verdad de Cristo, entenderá y acogerá ese don supremo que es la vida humana, la vida de todos los hombres y mujeres, cualquiera que sea su raza, su religión, su nacionalidad o su estatus. Una Iglesia que, al fin, «vio que el mundo era bueno» y se regocijará con él en todas las cosas, humanas o divinas, que alientan la vida -toda vida- y la hacen florecer. Cuando la Iglesia sea capaz de vivir esto, estará viviendo su propia vida sacramental del modo más profundo y podrá ofrecerla, gratis y sin contraprestaciones ni contratos, a un mundo secular que tiene el alma hambrienta. Sólo una Iglesia así podría enseñar con autoridad los preceptos y las recomendaciones evangélicas; cómo compartir los recursos de la creación, cómo vivir una vida en solidaridad con todos los hombres y mujeres de un modo más pobre en lo material y más rico en lo espiritual, cómo ser capaces de respetar y reverenciar nuestro cuerpo y el de los otros seres y rechazar todo aquello que nos instrumentalice o nos embrutezca.

El Concilio supo entender muy bien que sólo una Iglesia que sea capaz de experimentar una kenosis de amor y de vivir como un don el gozoso sacrificio de sí misma podría desarrollar este modelo. Para esa Iglesia, la secularización no sería una amenaza, sino una llamada. No es una Iglesia utópica ni una Iglesia que vive sin más la ensoñación irreal de una ética humanitaria. Cuando se sigue a Cristo crucificado, no es fácil pasar por alto que nuestra propia realidad está herida; pero la nueva Iglesia no tiene miedo de sufrir por y con el mundo, ni tiene miedo de convivir con todas esas realidades torturadas que conforman nuestros pecados, porque conoce de antemano la serena victoria de la esperanza, el amor y la gracia, que andan trabajando ya en la viña del Señor hasta que vuelva. Y, sobre todo, la Iglesia que el Concilio vislumbró era consciente de que, aunque el mundo rechazara abiertamente a Dios o lo ignorase sin más, Él está siempre presente.

Se necesita una Iglesia humilde, libre y algo mística para ser capaz de ver esto, para entrar incluso en las oscuridades donde hemos ido escondiendo o arrinconando a Dios. Y cuando la Iglesia se atreva a dar el siguiente paso, encontrará a Dios allí donde no esperaba encontrarlo, en el Sábado Santo del mundo secularizado, porque descubrirá que hay muchos que llevaban ya dentro su nombre y que hablaban ya con su voz. Muchos que habían estado esperándo a esa Iglesia durante demasiado tiempo y que, por fin, la habrán encontrado.

Ojalá que, mientras se elige al futuro Papa, no tengamos miedo de amar a esta Iglesia del presente, tal como es, tal como le gustaría ser y tal como a Dios le gustaría que fuese. Y ojalá podamos llegar a vislumbrar la grandeza del corazón de esa Iglesia y de la misión a la que está llamada.

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