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La Iglesia que queremos -- Fernando Bermúdez

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El movimiento cristiano surgió como una corriente ético-profética dentro del judaísmo, protagonizada mayoritariamente por gente sencilla tras la experiencia viva y resucitada de Jesús de Nazaret
Jesús comienza su misión proclamando: “Se ha cumplido el plazo, ya llega el reinado de Dios. Cambiad de vida y creed en la Buena Noticia” (Mc 1,1). Y sigue diciendo: “Es preciso que yo anuncie el reinado de Dios en otras ciudades, porque para eso he sido enviado” (Lc4,43). “Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Y dad gratis lo que gratis recibisteis; (Mt 10,7-8).

La Buena Noticia de Jesús es que Dios es misericordioso, que ama a este mundo, que tiene un plan sobre él, que está al lado de los pobres y que nos exige a todos transformar este mundo de acuerdo a su plan.
La Iglesia tiene la misión de continuar en la historia el proyecto del Señor Jesús, es decir, hacer presente el reino de Dios en el mundo. "La Iglesia recibe de Cristo la misión de anunciar el reino de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino" (Lumen Gentium,5).

La Iglesia es la comunidad de los discípulos y discípulas de Jesús, nuevo Pueblo de Dios, que asume el proyecto del Reino, que implica comprometerse por la defensa de la vida particularmente de los pobres y la construcción de la paz que nace de la justicia y la fraternidad. Por eso, la Iglesia de Jesús es "la Iglesia de los pobres" (Papa Juan XXIII).

Nuestra misión, como Iglesia que peregrina en la historia, es realizar la misión de Jesús, mediante el servicio y la práctica de la misericordia, la justicia y la reconciliación, para hacer creíble nuestro mensaje en medio del pueblo. En definitiva, la misión de la Iglesia es humanizar este mundo, contribuyendo a la construcción de una sociedad más justa, fraterna y participativa, donde quepan todos. Para ello necesitamos una Iglesia que sea signo de la sociedad que queremos:

Queremos una Iglesia-Comunidad, que refleje la práctica de las primeras comunidades
cristianas de Jerusalén, donde todos poseían un solo corazón y una sola alma y se compartía como hermanos cuanto se tenía, privilegiando a los más necesitados (Hech 2, 44-47 y 4,32- 37). Y que las diócesis y la parroquias sean una comunidad de comunidades.

Queremos una Iglesia fraterna, estructurada sobre el eje central comunidad-ministerios, es decir, toda ella carismática, ministerial y misionera, con alto nivel de participación por parte de todos, laicos y laicas, religiosas, diáconos, sacerdotes y obispo. Una Iglesia de responsabilidad compartida en el ejercicio de las tareas, descentrada de sí misma y centrada en el reino de Dios.

Queremos una Iglesia que revalorice el sacerdocio del pueblo de Dios, pues Jesús, único y eterno Sacerdote, lo asoció a su vida y a su misión haciéndolo partícipe de su sacerdocio (Lumen Gentium, 34). Hay un solo sacerdocio, el de Jesucristo y el de su comunidad, pero diferentes ministerios que emanan de este único sacerdocio. La participación de este único sacerdocio nos hace iguales a todos los bautizados.

Queremos una Iglesia que admita en sus ministerios a mujeres y a hombres célibes y
casados. Que no asocie el ministerio sacerdotal con el carisma del celibato (1 Co 9,5; 1 Tim 3,2-5; Tit 1,6).
Queremos una Iglesia, en donde su jerarquía (obispos y sacerdotes) se constituya en
organismo e instancia de encuentro, de diálogo, de reflexión y decisión comunitaria.

Y que esta jerarquía sea elegida por las comunidades.
Queremos una Iglesia sencilla, con una Curia Romana evangélica, transparente, en la que se integren religiosas, laicos y laicas, para apoyar al Papa en la misión evangelizadora.

Queremos una Iglesia profética, libre de poderes y de riquezas, que desde su experiencia del Dios de la vida, anuncie con alegría y pasión el Evangelio del Reino y denuncie con valentía todo aquello que se opone al proyecto de Dios.
Queremos una Iglesia que sea agente de reconciliación, diálogo y tolerancia, para fortalecer la paz firme y duradera entre los pueblos. Una Iglesia opuesta radicalmente a la carrera armamentista y a la guerra.;Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios; (Mt 5,9).

Queremos una Iglesia solidaria con los sufrimientos, luchas y esperanzas de los sectores oprimidos y marginados: campesinos, migrantes y niños de la calle, mujeres… y con todas las causas justas de los pueblos.
Queremos una Iglesia testimonialmente pobre, seguidora fiel de Jesús, comprometida en la defensa y promoción de los derechos humanos, la lucha contra la corrupción, la impunidad, la pena de muerte y la defensa de la dignidad de toda persona. Una Iglesia comprometida en la liberación de toda clase de esclavitud y que coloque en el centro de su actuación la solidaridad con quienes son excluidos.

Queremos una Iglesia fiel al Evangelio, con disponibilidad incluso de llegar al martirio como signo de fidelidad cristiana. La Iglesia jamás desea ser perseguida; sin embargo, prefiere la persecución y la muerte antes que renunciar a la misión que le confió el Señor Jesús. Los cristianos, al aceptar la fe y la misión en la Iglesia, aceptamos también el riesgo de ser perseguidos y muertos. Mientras persistan realidades injustas e inhumanas, estaremos viviendo en situación de martirio. Siempre seremos molestos para el sistema. Nos debería
preocupar seriamente si, en este sistema injusto, nunca somos difamados o perseguidos; esto sería señal de que nos hemos acomodado a él.

Queremos una Iglesia acogedora, comprensiva y compasiva, con un mensaje basado
en el amor misericordioso de Dios a sus hijos e hijas.
Queremos una Iglesia comprometida con el ecumenismo, abierta al diálogo, dispuesta
a trabajar codo a codo con personas, iglesias y grupos sociales que también buscan un mundo más justo y humano.

Queremos una Iglesia multicultural e inculturada, promotora de los valores culturales,
defensora de los derechos de los pueblos, abierta al diálogo interreligioso.
Queremos una Iglesia comprometida en la defensa de la Naturaleza, obra de Dios y
casa común de todos los hombres y mujeres.

Queremos una Iglesia que impulse la "pastoral de conjunto", dinámica, sinodal, con una actitud de responsabilidad compartida, con exigencia de coordinación y búsqueda de comunión con nuestros obispos y con la Iglesia católica universal.
Queremos una Iglesia orante, abierta al Espíritu, que sea signo y anticipo del reino de Dios.
Damos gracias a Dios por la presencia del Papa Francisco, pastor lúcido, al estilo de Jesús, que busca una reforma profunda de la Iglesia, fiel al proyecto de Jesús.

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