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La Iglesia en AL y el Caribe: ¿está edificada sobre roca o sobre arena? (II) -- Pablo Richard

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Adital

(Continuación)
3. La misión de la Iglesia: romper muros para «ir más allá»
3.1. Concepto de «misión de la Iglesia»
Un subapartado del documento de Aparecida se titula: «Los que se han alejado de la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos» (n. 225). El número siguiente (n. 226, d)) especifica:

El compromiso misionero de toda la comunidad. Ella sale al encuentro de los alejados, se interesa por su situación, a fin de reencantarlos con la Iglesia e invitarlos a volver a ella.

Este apartado (n. 226) supone que la mayoría de los católicos que dejan la Iglesia emigran a los grupos o Iglesias no católicos. Varios estudios muestran que la mayoría de los católicos que sale, no lo hacen atraídos por otras iglesias cristianas, sino básicamente porque la Iglesia Católica -y el mismo cristianismo hoy realmente existente- no les dice nada. Estos cristianos toman distancia del conservadurismo católico, de sus estructuras clericales y de sus opiniones sobre la familia y la sexualidad.

Algunos cristianos más comprometidos abandonan la Iglesia Católica porque ésta no les da respuesta a varias preguntas: ¿Por qué ella condenó la TL, marginó las CEB y la Lectura Popular de la Biblia? ¿Por qué la Iglesia juzga la actividad de los cristianos militantes como una acción influenciada por el marxismo? Muchos cristianos se alejan porque la liturgia y la catequesis no le dicen nada. Les escandalizan las «élites cristianas» y la perversión de movimientos como el «Opus Dei» o los «Legionarios de Cristo».

Estadísticas aproximativas, pero serias, afirman que en los últimos diez años en América Latina y el Caribe la Iglesia ha perdido treinta y cinco millones de católicos (algunos hablan de cincuenta millones). Los que emigraron a otras Iglesias o movimientos «no católicos» son minorías. Además, muchos de ellos abandonan estas Iglesias no-católicas por los mismos motivos que tienen para abandonar a la Iglesia Católica.

3.2. Problemas y errores en la definición de «misión»

La «misión», tal como aparece en el documento de Aparecida y en la Misión Continental propuesta por el CELAM, suscita varios cuestionamientos:

Primero: se organiza una misión, sin hacer antes una autocrítica dentro de la Iglesia. Ella siempre explica sus problemas internos por medio de realidades exteriores a la Iglesia: las «sectas», el relativismo, la modernidad, el ateísmo y, en fin, todo el «pecado del mundo». El peligro vendría de fuera, no de dentro. La autocrítica de la Iglesia debería tomar en serio las preguntas e inquietudes de los «alejados». Una misión sin autocrítica es una misión ilusoria, que podría multiplicar el número de los «alejados». Una misión sin autocrítica corre el peligro de seguir la lógica del «marketing»: hacer propaganda para vender mejor sus productos en el mercado. En el documento de Aparecida, la «autocrítica» de la Iglesia está ausente.

Segundo: el objetivo de la misión sería reencantar a los alejados de la Iglesia. Es muy difícil reencantar a una persona que se alejó, cuando todavía persisten las causas que lo alejaron de la Iglesia. Es difícil reencantar a los «alejados», cuando ella no les dice nada y no responde a sus preguntas e inquietudes.

Tercero: invitarlos a volver a ella, esto es, invitar a los alejados a que regresen a la Iglesia. El problema no es la «invitación», que en principio tiene un sentido propositivo y positivo, sino el contenido de la invitación: volver a la Iglesia. Quizás aquí reside el problema principal de la misión: su eclesiocentrismo. No debemos pensar la misión como un «regreso», cuanto como un «romper muros», como un «ir más allá» de los límites territoriales e institucionales de la Iglesia, incluso ir más allá sin el propósito de volver a su centro o punto de partida. Lo que buscan los «alejados» es encontrar otro modo de ser Iglesia, que responda a sus inquietudes, y que este nuevo modelo pueda ser construido fuera de sus muros.

Una Iglesia «fuera de los muros», como eran en la Antigüedad las comunidades cristianas que se fundaban fuera de los muros de las grandes ciudades, junto a los ríos y las quebradas. La unidad es importante, porque nadie busca salir de la Iglesia Católica para entrar en una «secta católica» o para fundar otra iglesia católica. La multiplicación de «iglesias» no resuelve ningún problema, más bien los multiplica. «No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio» (I Cor. 1, 17). Se «bautiza» en la parroquia, pero se «evangeliza» en «otros mundos» alejados de la Iglesia. Los cuatro primeros capítulos de la primera carta a los Corintios nos darían la luz que necesitamos en medio de las tinieblas en las cuales se mueve hoy la misión de la Iglesia.

3.3. La misión debe romper los límites impuestos por el territorio, la institución y la juridicción

A menudo escuchamos que hay en una diócesis una experiencia pastoral interesante, nueva y creativa, construida durante años. Pero llega un nuevo obispo, que no está de acuerdo con ese trabajo anterior, y lo desarticula todo. Algo semejante ocurre con los cambios de párroco. Existe siempre miedo, incluso angustia: ¿quién será el nuevo obispo?, ¿quién será el nuevo párroco?, ¿quién será el futuro Papa? Vivimos entre la continuidad o la ruptura de lo ya construido. Curiosamente se cambia un obispo o un párroco justo cuando hay experiencias pastorales o situaciones eclesiales con las cuales la autoridad eclesiástica no está de acuerdo.

En general, los cambios de obispos y de párrocos van en un sentido conservador, incluso de contrarreforma. Los laicos tienen miedo a las opciones y los proyectos de los nuevos párrocos; en forma parecida, estos tienen miedo a los obispos y los obispos miedo al Vaticano. Todo esto paraliza el trabajo eclesial, y por miedo se escoge el camino fácil de navegar tranquilo en la corriente conservadora de la Iglesia. A veces se escucha que un obispo no se compromete para no «arriesgar su mitra» o sufrir un cambio de diócesis. La Iglesia construye sobre arena, vienen los vientos del conservadurismo en contra y la casa cae y es grande su ruina. El fundamento de la Iglesia ya no es la roca, sino la arena.

El Concilio de Trento estableció en la Iglesia tres territorios, con sus respectivas instituciones y juridicciones: el Papa en Roma, el Obispo en su diócesis y el Párroco en su parroquia. Los laicos no existen. Las laicas son impensables. Se unen tres realidades: territorio, institución y juridicción. La dependencia de toda la Iglesia de la autoridad del Papa, del obispo y del presbítero, se da en los límites de su territorio propio. En este esquema territorial de la Iglesia, todas las experiencias y los proyectos pastorales quedan sujetos a la autoridad territorial que tiene la potestad de aprobar o destruir lo construido anteriormente.

Todo cambio, por muy positivo y legitimado que esté, no logra «romper los muros» de la institución y la potestad eclesial para ir más allá del territorio asignado. Nada se hace en la parroquia sin la aprobación del párroco, quien tiene el poder de construir o destruir. Algo parecido pasa con el obispo en su diócesis.

En el apartado que sigue haremos una lectura breve de los Hechos de los Apóstoles para descubrir ese Espíritu Santo que es implacable cuando se trata de romper muros y abrir nuevos espacios a la misión. El Espíritu construye sobre roca, jamás sobre arena.

4. El camino de la Iglesia en los Hechos de los Apóstoles

1) Testamento de Jesús resucitado

Ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo,
y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria,
hasta los confines de la tierra (1, 8).

Jerusalén es el punto de partida, el punto de llegada es donde termina la tierra. No hay un volver atrás. El Espíritu Santo rompe los muros y el movimiento de Jesús puede llegar más allá de los muros rotos hasta el fin de la tierra. Lucas nos narra el camino de Jerusalén a Roma, sin embargo hubo asimismo otros caminos no narrados en los Hechos de los Apóstoles: de Jerusalén a Siria, de Jerusalén al norte de África y posiblemente de Jerusalén hasta la India (tradición de Tomás).

2) Pentecostés: «Todos les oímos hablar en nuestra propia lengua» (2, 1-41)

«Había en Jerusalén hombres y mujeres piadosos de todas las naciones que hay bajo el cielo». Los apóstoles son galileos y hablan arameo. El prodigio de Pentecostés es que todos los pueblos y las culturas ahí presentes oyen a los apóstoles en su propia lengua y cultura. El Espíritu Santo rompe el muro entre la lengua aramea y las doce o más lenguas diferentes ahí representadas.

3) Testimonio de los Doce en Jerusalén (2, 42-5, 42)

Lucas nos da una visión global de las comunidades en Jerusalén: todos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles («didaché»), en la comunión («koinonía»: un solo espíritu, todo en común, no había pobres entre ellos), en la fracción del pan («eucharistía») y realizaban prodigios y señales («martyría»). Esto lo tenemos en los sumarios: 2, 42-43, ampliado en: 2, 44-47/4, 32-35/5,12-16. Los apóstoles dan un testimonio valiente de la Resurrección ante las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén: «No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (4, 20). El espacio de la comunidad cristiana es el Templo y la casa: «acudían al Templo todos los días… y partían el pan por las casas».

Todo lo anterior corresponde a la primera parte del Testamento de Jesús: «Serán mis testigos en Jerusalén» (1, 8). No se inicia todavía la segunda parte del Testamento: «serán mis testigos en la región de Judea, Samaria y hasta el fin de la tierra». Por eso esta sección termina diciendo que los apóstoles «no cesaban de enseñar y de anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas» (5, 42). Serán otros los que llevarán el Evangelio fuera de Jerusalén. Termina esta sección con el consejo de Gamaliel en el Sanedrín:

«Les digo, pues, ahora: desentiéndanse de estos hombres y déjenlos tranquilos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destruirá; pero si es de Dios, no conseguirán destruirlos. No sea que se encuentren luchando contra Dios». Y aceptaron su parecer (5, 34-39).

Los apóstoles se quedan tranquilos en Jerusalén.

4) Fundación de la Iglesia de Antioquía (capítulos 6 al 12)

a) El grito de las viudas helenistas (6, 1-7)
Un día surge un problema en la «diakonía» diaria (servicio cotidiano): los helenistas se quejan porque sus viudas son desatendidas. El grito de las viudas hace evidente la discriminación del grupo helenista. Hay un muro en la comunidad de Jerusalén entre los cristianos hebreos y los cristianos helenistas. Los Doce convocan la asamblea y eligen siete hombres llenos de Espíritu y sabiduría para la «‘diakonía’ de las mesas», así los Doce podrían dedicarse a la «‘diakonía’ de la Palabra» entre los judíos cristianos de Jerusalén. Los Doce representan aquí al grupo judeo-cristiano hebreo y los Siete al grupo judeo-cristiano helenista. El grito de las viudas (los pobres) nos revela ya una cierta división de la comunidad de Jerusalén. Estos Siete helenistas no son «diákonos», sino un nuevo grupo de «apóstoles». Es su opción por los pobres (el servicio cotidiano a las viudas y otros pobres) lo que provocará la persecución que los llevará fuera de Jerusalén.

b) Los Hechos de los helenistas: Esteban, Felipe y los demás; misión a los gentiles y fundación de la Iglesia de Antioquía (6, 8-11, 30)
La «diakonía» de las mesas, que era un servicio a los pobres, llevó a los Siete helenistas a un testimonio mayor en medio del pueblo: «Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo grandes prodigios y señales». Entonces

…se desató una persecución contra la Iglesia de Jerusalén y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria.

Lucas da a entender que los Doce no son perseguidos y permanecen en Jerusalén. Los dispersados son el grupo de los helenistas, quienes ahora responden al Testamento de Jesús de ir más allá de Jerusalén y del Templo, «a las regiones de Judea y Samaria» (8, 1).

En 8, 4-40 tenemos los Hechos de Felipe (el segundo de los helenistas), quien evangeliza a los samaritanos y luego al eunuco etíope. Felipe rompe aquí el muro entre judíos y samaritanos, también el muro entre los judíos y el etíope, que no es judío, sino un «hombre piadoso». Nacen comunidades cristianas entre samaritanos y gentiles y, posiblemente, una comunidad en Etiopía, fundada por el eunuco etíope. El movimiento de Jesús tiene ahora dos centros: Jerusalén, con mayoría de cristianos judíos, con lengua, cultura y teología hebrea, y Antioquía, con mayoría de discípulos gentiles, con lengua, cultura y teología helenista. «En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de ‘cristianos'» (11, 26). La Iglesia de Antioquía tendrá problemas serios con la de Jerusalén, pero esta contradicción se superará en el Concilio de Jerusalén. Otra acción del Espíritu Santo que rompe el muro entre Jerusalén y Antioquía (capítulo 15).

c) Los Hechos de Pedro (10, 1-11, 18)
(se rompe el muro que separa a los judíos de los gentiles (llamados despectivamente «paganos»))
En medio de los Hechos de los helenistas, Lucas introduce estos de Hechos de Pedro, para poder legitimar el movimiento del Espíritu en la misión a los gentiles ya iniciada por los helenistas. Lo nuevo ahora es que el Espíritu no solo convierte a Cornelio, sino también a Pedro y a la Iglesia de Jerusalén. Cornelio es un centurión romano que habita en Cesarea, jefe de las fuerzas de ocupación romana en Palestina. Él y su familia eran «temerosos de Dios», vale decir, gentiles que buscan a Dios en la tradición judía. En toda la narrativa de estos Hechos de Pedro el personaje principal es el Espíritu Santo, quien actúa simultáneamente en Pedro y en Cornelio.

Al inicio Pedro aparece como un judío fiel observante de la ley: no come nada profano e impuro (10, 14), y lo primero que dice al entrar en casa de Cornelio es que a él como judío «no le está permitido juntarse con un extranjero ni entrar en su casa» (10, 28). Es la misma mentalidad de la Iglesia judeo-cristiana de Jerusalén, la cual reprocha a Pedro: «has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos» (11, 3). El Espíritu Santo, en la misión de Pedro a casa de Cornelio, rompe el muro entre judíos cristianos y gentiles (paganos), lo que hace posible la conversión de Cornelio. El Espíritu Santo actúa tanto en los misioneros y en la Iglesia, como en los pueblos que buscan a Dios aun antes de ser evangelizados; y, segundo: la conversión de los pueblos exige de igual modo una conversión de la Iglesia.

d) La Iglesia de Antioquía
La Iglesia de Jerusalén (capítulos 1 al 5) estaba conducida por Doce apóstoles, el movimiento de los helenistas (capítulos 6 al 12) fue impulsado por Siete hombres llenos de Espíritu y sabiduría. Ahora, la Iglesia de Antioquía está presidida por cinco profetas y maestros: Bernabé, levita judío originario de Chipre, que habitaba en Jerusalén (Hch 4, 36-37); Simeón llamado Níger, un nombre arameo con un sobrenombre latino, que lo identifica como étnicamente negro; Lucio, nombre latino, de la Cirenaica en el norte de África; Manahén, con un nombre hebreo escrito a la manera griega, hermano de leche del tetrarca Herodes; y Saulo, un fariseo de la diáspora, perseguidor de la Iglesia y más tarde discípulo (13, 1).

5) Primera misión de la Iglesia de Antioquía, rechazo de los judíos y apertura a los gentiles (13, 2-14, 27)
La iniciativa para esta misión la toma directamente el Espíritu Santo: …dijo el Espíritu Santo: «Sepárenme ya a Bernabé y Saulo para lo obra a la que los he llamado»… ellos, enviados por el Espíritu, bajaron a Seleucia… (13, 2-4).

Sin la acción del Espíritu Santo no hubieran salido de Antioquia. El Espíritu rompe los muros de Antioquía.
El punto culminante de la misión es Antioquía de Pisidia. La misión comienza en la sinagoga. Ahí están los judíos y «los temerosos de Dios». La misión tiene inicialmente éxito: «al sábado siguiente se congregó toda la ciudad para escuchar la Palabra de Dios». El éxito suscita la envidia de los dirigentes judíos, quienes contradicen con blasfemias lo que Pablo dice. Entonces, Pablo y Bernabé toman una decisión solemne:

Era necesario anunciarles a ustedes en primer lugar la Palabra de Dios, pero ya que la rechazan… nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como luz de los gentiles para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra.

Los gentiles se alegran, glorifican la Palabra del Señor y esta se difunde por toda la región. Los judíos que rechazan a los misioneros cristianos se alían con los poderosos de la ciudad y echan a los misioneros. Estos finalmente regresan a la Iglesia de Antioquía y narran a la comunidad «cómo Dios había abierto a los gentiles [a los pueblos y culturas no-judías: todo incluido en el término griego ‘ta ethne’] la puerta de la fe» (14, 26-28). El choque violento entre los judíos que rechazan la misión de Pablo y de Bernabé, abre la puerta a los gentiles que sí la aceptan.

6) El Concilio de Jerusalén (15, 1-35): el Espíritu rompe ahora otro muro, entre cristianos y paganos

Algunos hermanos de Judea llegan a Antioquía y exigen a los gentiles de la comunidad cristiana: «Si no se circuncidan conforme a la costumbre mosaica, no pueden salvarse». Igualmente en Jerusalén algunos fariseos que habían abrazado la fe afirman: «que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés». Esta exigencia significaba la integración religiosa, cultural y social de los gentiles al mundo judío y reconstruir el muro entre gentiles y judíos.
El acuerdo final de la asamblea de no exigir la circuncisión de los cristianos gentiles, legitimó la existencia de una iglesia gentil, con una cultura y una visión teológica no-judía. Pablo también participa en el conflicto entre Jerusalén y Antioquía. El problema comienza en la mesa, donde comían juntos judíos cristianos y gentiles cristianos (o sea, cristianos no-judíos). La Ley judía prohibía de manera terminante a los judíos comer con gentiles.

En la Iglesia de Antioquía no era problema que comieran juntos, porque ya había caído el muro que los separaba. El problema surge cuando llegan judíos cristianos a Antioquía. Los que comían juntos se separan y cada grupo come por separado. Otra vez se reconstruye el muro entre judíos cristianos y gentiles cristianos. Pablo reacciona con violencia contra esta «simulación» (Gal 2, 11-14). Su reacción contra los judíos cristianos, incluido Pedro, rompió otra vez el muro entre judíos cristianos y cristianos gentiles (en el fondo también entre judíos y gentiles) y abrió una puerta por donde entrarían miles de gentiles en la Iglesia. Por eso Pablo, en la misma carta a los Gálatas, declara que ya no hay muro que separe judíos de cristianos, amos de esclavos, hombre de mujer, «pues todos ustedes son uno en Cristo Jesús» (Gal 3, 28).

7) Los viajes misioneros de Pablo (15, 36-19, 20)

El Espíritu Santo hace violencia a Pablo para romper el muro cultural y religioso entre el Asia Menor y Macedonia (Grecia):

Atravesaron Frigia y la región de Galacia, pues el Espíritu Santo les había impedido predicar la Palabra en Asia. Estando ya cerca de Misia, intentaron dirigirse a Bitinia, pero no se lo consintió el Espíritu de Jesús. Atravesaron, pues, Misia y bajaron a Tróada. Por la noche Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie suplicándole: «Pasa a Macedonia y ayúdanos» (Hch 16, 6-9).

En síntesis, Pablo se ve obligado por el Espíritu (literalmente) a ir a Filipos, Tesalónica y Berea, y luego a Atenas, Corintio y Éfeso. El Espíritu Santo fuerza a Pablo a romper el muro entre Asia Menor y Grecia. En Asia había muchas sinagogas, lo que hacía más fácil el trabajo de Pablo. Al otro lado del mar, en Grecia, el trabajo era más difícil, pues era tierra de gentiles.

Pablo en Atenas: discurso a los filósofos griegos (17, 16-34)

En Macedonia Pablo se ha movido en un ambiente fundamentalmente no-judío, si bien no pierde el contacto con las sinagogas. Ahora, en Atenas, está definitivamente en una ciudad gentil, centro de la cultura y de la filosofía griega dominante, ciudad de Sócrates, Platón y Aristóteles. Pablo «estaba interiormente indignado al ver a la ciudad llena de ídolos». Discute a diario en la plaza pública (ágora), en especial con los epicúreos y estoicos. Al fin Pablo es llevado al Areópago, colina sur donde se halla el consejo supremo de la ciudad, para pronunciar allí su discurso. Pablo es rechazado, pero no fracasa del todo, pues nace en Atenas una pequeña comunidad cristiana: Dionisio, Damaris y algunos otros (17, 32-34). Se da el inicio de una ruptura del muro entre Pablo y los filósofos paganos. Nace una comunidad entre los que habían escuchado a Pablo en el Areópago.
«De esta forma la Palabra del Señor crecía y se robustecía poderosamente» (19, 20).

8) Pablo decide ir a Jerusalén y de allí a Roma (19, 21-22 y Rom 15, 16-33)

Pablo ha recibido la gracia de Dios

…de ser ministro de Cristo Jesús ejerciendo el sagrado oficio del Evangelio de Dios entre las naciones gentiles, para hacer de esas naciones una ofrenda agradable a Dios, santificada por el Espíritu Santo (Rom 15, 16).

Él considera que desde Jerusalén hasta el Ilírico, por todas partes, ha esparcido con el poder del Espíritu Santo la Buena Nueva de Cristo. El Ilírico era el punto más occidental de Macedonia, donde terminaba el oriente. El pensamiento de Pablo es que desde Jerusalén hasta el Ilírico, es decir, todo el oriente donde Pablo fue misionero, está ya evangelizado y que él ya no tiene trabajo en esta zona. Ahora debe evangelizar de Roma a España. En la mentalidad de la época España era, hacia el oeste, el fin de la tierra. Más allá estaba el Mar Grande, sus monstruos y el abismo. Con este viaje Pablo estaría cumpliendo el Testamento de Jesús de ser testigos «hasta los confines de la tierra» (1, 6). En síntesis, el camino de Pablo parte de Jerusalén, va hasta el Ilírico, de aquí a Roma y de esta a España. Pablo rompe así el muro entre oriente (de Jerusalén hasta el Ilírico) y occidente (de Roma a España).

9) Juicio y Pasión de Pablo en Jerusalén, Cesarea y Roma (21, 16-28, 16)

El grupo misionero de Pablo llega a Jerusalén y se reúne en la casa de Santiago, junto con todos los presbíteros de la Iglesia judeo-cristiana de Jerusalén. Hay un profundo des-encuentro entre ellos. Este es el diálogo:
Pablo: «les fue exponiendo una a una todas la cosas que Dios había obrado entre los gentiles por su ministerio» (21, 19).
Santiago y los presbíteros de Jerusalén: «Ya ves, hermano, cuántos miles y miles de judíos han abrazado la fe, y todos son celosos partidarios de la Ley. Y han oído decir de ti que enseñas a todos los judíos que viven entre los gentiles que se aparten de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni observen las tradiciones» (21, 21).

La Iglesia de Jerusalén rechaza a Pablo por haber roto el muro entre judíos cristianos y gentiles cristianos, ruptura del muro que hizo posible la misión a los gentiles.

10) Pablo finalmente llega a Roma (28,15-28)

A Pablo se le permite permanecer en casa particular con un soldado que le custodiara.

[Los judíos] vinieron adonde se hospedaba. Él les iba exponiendo el Reino de Dios, dando testimonio e intentando persuadirles acerca de Jesús, basándose en la Ley de Moisés y en los Profetas, desde la mañana hasta la tarde. Unos creían por sus palabras y otros en cambio permanecían incrédulos. Cuando, en desacuerdo entre sí mismos, ya se marchaban, Pablo dijo esta sola cosa: «Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías: ‘Ve a encontrar a este pueblo y dile: Escucharán bien, pero no entenderán, mirarán bien, pero no verán…’. Sepan, pues, que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles; ellos sí que la oirán»

Pablo finalmente entiende que el Espíritu Santo tiene la razón. La misión prioritaria no es ahora para los judíos, sino para los gentiles. Esta exclusión del pueblo judío como opción prioritaria de la evangelización no es definitiva, es una exclusión pastoral pasajera para que la Iglesia pueda romper el muro de su etnocentrismo judío y abrirse a todos los gentiles, pueblos, culturas y religiones, hasta los confines de la tierra.
El libro de los Hechos termina con estas palabras:

Pablo… predicaba el Reino de Dios y enseñaba todo lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno.

El estorbo era el muro existente entre cristianos y judíos,
Lucas termina aquí su libro de los Hechos de los Apóstoles. No nos dice si Pablo fue liberado y viajó a España, o fue ajusticiado. Lucas no escribe una biografía de los misioneros, sino una biografía de la Palabra de Dios y del Espíritu Santo, que rompiendo todos los muros, han hecho posible la misión a los gentiles.

Algunas referencias bibliográficas

Libros propios

El movimiento de Jesús antes de la Iglesia: una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. San José, DEI, 1998, 174 págs.
Fuerza ética y espiritual de la Teología de la Liberación en el contexto actual de la globalización. San José, DEI, 2004, 159 págs.
Memoria para una reforma de la Iglesia. El «Movimiento de Jesús» desde sus orígenes (años 30 d. C.) hasta la decadencia del Imperio Romano Cristiano (siglos IV y V). Próxima publicación (San José, DEI, 2009). Tendrá alrededor de 450 págs.

Artículos propios

«Aparecida. Una versión breve y crítica del Documento Conclusivo», en Pasos No. 133 (septiembre-octubre, 2007), págs. 1-17.
«Crisis irreversible en la Iglesia Católica pero otra manera de ser Iglesia también es posible», en Pasos No. 118 (marzo-abril, 2005), págs. 1-6.
«Pedro Casaldáliga: definición de su teología en el ‘camino’ de los Hechos de los Apóstoles», en Pedro Casaldáliga. Las causas que dan sentido a su vida. Retrato de una personalidad. Homenaje de Amigos. Madrid, Ed. Nueva Utopía, 2008, págs. 317-327.
«El Jesús histórico y los 4 Evangelios: memoria, credo y canon para una reforma de la Iglesia». Lectio inauguralis en la Facultad de Teología de la Universidad Javeriana, Santa Fe de Bogotá, 8.II. 2004.

Notas

1. Véase mi artículo «Aparecida. Una versión breve y crítica del Documento Conclusivo», publicado en Pasos No. 133 (septiembre-octubre, 2007), págs. 1-17.

[Artículo publicado en la Revista Pasos (San José, DEI) No. 138 (julio-agosto, 2008), págs. 11-22]

* Teólogo y biblista chileno

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