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«La Iglesia debería abrir la mano y decidirse a ordenar sacerdotes a gente casada» -- José Manuel Bernal Llorente, ex catedrático de Teología

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Religión Digital

«Celibato y ministerio sacerdotal son cosas distintas»
Celibato sacerdotal obligatorio
El celibato sacerdotal, de nuevo a debate. He leído con estupor la información sobre la crisis de vocaciones sacerdotales en la diócesis riojana. No me sorprende que el obispo don Juan José Omella y los altos responsables de la marcha de la Iglesia diocesana estén verdaderamente alarmados.

Según los informes facilitados por Justo García Turza, portavoz de la oficina diocesana de prensa, en el periodo que va de 1990 a 2010, esto es en veinte años, la Iglesia riojana ha perdido 65 sacerdotes, contando en la actualidad con 217. El número de parroquias enclavadas en la zona rural que no cuenta con sacerdote propio asciende a 138, de las 253 parroquias existentes en la diócesis. Más del 50% de las parroquias no tienen sacerdote propio.

La media de edad del sacerdote riojano representa otro grave motivo de preocupación; según los cálculos de la oficina de prensa esa media de edad ronda los 64 años. Hay ochenta curas con más de 75 años.

Si todo esto es grave, es aún más preocupante la perspectiva de futuro que se abre ante nosotros. En los últimos diez años sólo se han ordenado en la diócesis riojana siete sacerdotes. Sólo siete. Y en ese mismo periodo han fallecido 56 sacerdotes. Hagan el cálculo y piensen en el futuro.

¿Qué medidas debería tomar la Iglesia para salir al paso a este problema? Yo no voy a dar lecciones a nadie. Ni es de mi incumbencia. Sólo voy a aportar una opinión libre, un punto de vista respetuoso de alguien que ama a la Iglesia y siente como propios sus problemas.

No habría que echar balones fuera, culpando a factores ajenos a la Iglesia de provocar esta crisis. Hay que hacer un serio ejercicio de autocrítica. Quizás debiéramos estudiar la forma de un nuevo estilo, de una nueva presencia del sacerdote en la sociedad, más cercana, más integrada, más inmersa en las realidades sociales. Esto debiera repercutir, por supuesto, en la preparación de los jóvenes seminaristas. La formación de los aspirantes al sacerdocio tendría que integrar esta nueva visión del sacerdote.

Sería preciso que en el horizonte de sus aspiraciones se dibujase una imagen del sacerdote, pastor y animador de la comunidad, más atractiva y estimulante, más cercana a las expectativas de los hombres de nuestro tiempo.

Hay otro aspecto del problema sobre el que ya he hablado y escrito en diversas ocasiones. Me refiero a la ausencia de pastor, de sacerdote, en un número importante de parroquias rurales. Yo sé que el problema es complejo desde muchos puntos de vista. El fenómeno sociológico del éxodo rural, del abandono casi masivo de los pueblos es muy serio y de difícil arreglo.

Pero, cuando hablamos de pueblos sin sacerdote, estamos hablando de pequeños núcleos rurales, de pequeñas comunidades parroquiales abandonadas a su suerte, donde no es posible asegurar una vida sacramental permanente ni una guía espiritual que anime diariamente a los creyentes y les confirme en la fe.

Porque la solución aportada por el sacerdote que, con gran sacrificio y celo pastoral, se acerca periódicamente a celebrar la misa dominical al pueblo de turno puede ser, a lo sumo, un arreglo provisional, pero nunca una solución definitiva. Además, hay un principio fundamental en la eclesiología conciliar: Lo correcto es que quien preside la eucaristía sea quien está al frente de la comunidad, quien vive con ella.

Tampoco resuelve el problema de manera satisfactoria la celebración de una eventual liturgia de la palabra, aunque vaya acompañada de la distribución de la eucaristía. Es una práctica muy edificante y piadosa; pero no es una celebración eucarística; y, precisamente, lo que hace que el domingo sea ‘día del Señor’ es la celebración del banquete eucarístico, en el que reconocemos y celebramos el ‘señorío’ de Cristo. Por eso es justo decir que no hay domingo sin eucaristía.

¿Por dónde iría la solución? A mi juicio, la Iglesia debería abrir la mano y decidirse a ordenar sacerdotes a gente casada, a cristianos comprometidos, llenos de fe y dispuestos a prestar un servicio al pueblo de Dios. Todos saben hoy día que el ejercicio del ministerio sacerdotal no conlleva necesariamente la práctica del celibato.

Celibato y ministerio sacerdotal son cosas distintas. La vinculación del celibato al ejercicio del ministerio es fruto de una decisión disciplinar eclesiástica. Lo lamentable es que, por mantenerse fieles a una norma eclesiástica derogable, estemos asistiendo al abandono de tantas comunidades parroquiales cuya vida cristiana languidece por falta de sacerdote.

Hecho este planteamiento, yo me atrevería a decir lo siguiente:

1) Éste es un problema general, no exclusivo de nuestra diócesis;

2) La respuesta a este problema deberá hacerse desde más arriba, desde las altas esferas de la jerarquía de la Iglesia;

3) La incorporación de hombres casados al ejercicio del ministerio habría de seguir, por supuesto, un largo proceso de estudio, de maduración y de reajuste en la estructura eclesiástica;

4) Es importante que, como ocurre en Europa, la mentalidad de los católicos españoles vaya abriéndose a nuevos horizontes;

5) Reconozco que, por encima de las estrategias y cambios estructurales tácticos, está la acción del Espíritu que anima y rejuvenece constantemente a la Iglesia.

A mí me gustaría que la acción del Espíritu propiciara en la Iglesia una nueva primavera, como ocurrió en tiempos del recordado y venerado papa Juan XXIII, y que por parte nuestra no se pusieran trabas a esa nueva primavera. Hay que mantener viva la esperanza.

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