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LA IGLESIA DE LOS POBRES «APARECIDA». Daniel E. Benadava, psicólogo

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Adital

Muchos de los integrantes del Pueblo de Dios se encuentran conmovidos por la situación del Padre Jesuita Jon Sobrino quién fue «inhabilitado», por parte del Vaticano, para editar libros o dar clases en cualquier institución católica.

Dicho padre, en la actualidad, es uno de los principales exponentes del Movimiento de la Teología de la Liberación nacido en América Latina hacia mediados del S XX, que procura analizar – a la luz de la Palabra de Dios – la realidad social; y acompañar – con fidelidad al Mensaje de Salvación – el anhelo de millones de pobres de «emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva» – Medellín, Introducción, 4 -.

Ahora bien, para muchos cristianos, que suponen que detrás de la sanción que sufrió el padre jesuita ronda una clara discrepancia de algunos sectores de la Jerarquía Eclesial de la Iglesia Católica con la Teología de la Liberación, constituiría un grave «retroceso» para la Iglesia que, en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se llevará a cabo en la ciudad de Aparecida – Brasil – el próximo mes de mayo, no se utilicen las concepciones que de la Teología de la Liberación derivan, ya que las mismas continúan siendo, hoy en día, de gran utilidad para pensar y actuar, de forma eficaz y cristiana, sobre la realidad continental.

Así, por ejemplo, cuando en la Teología de la Liberación se habla de la «Iglesia de los pobres» no se pronuncia un concepto teórico «importado» de otras tierras que poco conocen sobre el devenir económico, social, político y cultural latinoamericano, y de los sufrimientos y esperanzas que en ellos se generan. Por el contrario, como bien lo plantea el teólogo Leonardo Boff en su libro «Nueva Evangelización», cuando se hace referencia a la «Iglesia de los pobres» se habla de una realidad histórico social latinoamericana, que implica:
la presencia concreta del mensaje cristiano dentro de las problemáticas sociales específicas de América Latina, de la toma de conciencia de ellas, y como las mismas pueden superarse;

la posibilidad de construir una nueva cultura latinoamericana que surja a partir del diálogo liberador entre fe y pueblo, entre evangelio y justicia social;

la evangelización de las culturas marginadas, para luego procurar entender el porque de la existencia de las culturas dominantes y como éstas deben ser alcanzadas por el Mensaje de Salvación para que dejen de ser opresoras.
Claro está que, desde esta perspectiva, al hablar de la «Iglesia de los pobres» no se busca excluir – como en muchas ocasiones se ha interpretado – a ningún integrante del Pueblo de Dios, ya que la «opción preferencial por los pobres» que en ella se promueve por quienes experimentan las más violentas formas de opresión, no deja de lado a quienes favorecen la estructuración injusta de nuestras comunidades debido a que, sin duda alguna, ellos también deben ser evangelizados para que dejen de someter a sus hermanos y coloquen todos sus bienes al servicio de los demás para que no tengan necesidad alguna – cf. Hch. 4, 32 – 35 -.

Cierto es también que no todos ven con desagrado las últimas decisiones adoptadas por el Vaticano, ya que algunos suponen que este tipo de posicionamientos recupera la «identidad tradicional» de la Iglesia Católica y, por ello, no ven con malos ojos la sanción que sufrió Jon Sobrino, como así tampoco se molestarían – por ejemplo – si los curas celebrasen la misa en latín como en la antigüedad.

Ahora bien, por este sendero se corre el riesgo de identificar, erróneamente, por un lado a la «Iglesia de los pobres» con la «Iglesia nueva», y por otro lado a las sanciones y al latín con la «Iglesia tradicional», ya que adoptar esta postura implicaría no comprender que la Iglesia al igual que Cristo, que en tanto Hijo de Dios permaneció idéntico a si mismo pero en su aspecto humano cambió sin cesar, también cambia no en su doctrina pero si en su aspecto «humano» – cf. Puebla, 264 -.

En este sentido puede pensarse que, tal vez, las decisiones tomadas en las últimas semanas por la Jerarquía Eclesial de la Iglesia Católica constituyen un «paso atrás» para la institución que, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, había adquirido conciencia de que la Evangelización que ella realiza debía cumplirse a partir de la adaptación del Mensaje Liberador a una determinada realidad histórica y social que debía conocerse profundamente – cf. Puebla, 85 -.

Por estos motivos, siendo hoy en día América Latina un continente cristiano con profundas, y dramáticas, diferencias sociales, constituiría un verdadero retroceso en la historia de la Iglesia Católica que en la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se desarrollará en Aparecida,

deje de reconocerse en los mas necesitados la imagen de su Fundador pobre y paciente – cf. Conc. Vat. II, Const. Lumen Pentium, 8 -;

se tome nuevamente a los cadenciados como objetos de caridad y asistencialismo y no, como se planteó en las anteriores conferencias episcopales, como sujetos por quienes los cristianos debemos realizar una opción preferencial;

y, en última instancia, no se realice hincapié en la necesidad de que exista una» Iglesia pobre «que denuncie la carencia injusta de los bienes de este mundo y el pecado que esta situación engendra; que predique y viva la pobreza espiritual, como actitud de infancia espiritual y apertura al Señor; y que se comprometa ella misma en la pobreza material – Medellín, Pobreza de la Iglesia, 5 -.
Solo Dios, en su Infinita Sabiduría, puede conocer en caso de que estos hechos tristemente acontezcan, como los mismos impactarán en las «tímidas», y en tantas oportunidades defraudadas, esperanzas de los habitantes mas humildes del continente latinoamericano en particular y del mundo en general, quienes con justa razón, después de Medellín, Puebla y Santo Domingo, ocuparon el lugar preferencial que siempre debieron tener dentro del el cristianismo ya que, desde el principio, Jesús proclamó que vino a la tierra para comunicarle a los pobres la Buena Noticia y darle libertad a los cautivos y oprimidos – cf. Lc. 4, 18 -.

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