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La Iglesia, Berlusconi y los amigos de la Mafia -- Pablo Ordaz

Publicado en

El País

La Italia que quiere ser no acaba de llegar, y la que no quiere ser se resiste a marcharse. Así, a contrapié, con la vista en el futuro y los pies en el pasado, regresan los italianos de las vacaciones. Los periódicos, numerosos y siempre bien surtidos, son testigos de ese ir y venir constante entre los proyectos y la realidad. Hay ejemplos de sobra, pero valgan dos de los más claros –y de los más frustrantes para quienes sueñan con un país moderno— para inaugurar el curso en el blog. El primero tiene que ver con la Iglesia. El segundo, con Silvio Berlusconi y sus queridos amigos de la Mafia.

Allá por el mes de marzo, el gobierno de Mario Monti dio un poderoso golpe de efecto al anunciar que la Iglesia –la mayor casera de la República– tendría que empezar a pagar religiosamente el impuesto de bienes inmuebles, del que hasta ahora estaba exenta. Se hizo un cálculo de sus posesiones ––115.000 casas, 36.000 parroquias, 9.000 escuelas, 4.000 hospitales y centros sanitarios–, que vienen a suponer entre el 20% y el 30% de todo el patrimonio inmobiliario italiano. El gobierno tecnócrata calculó que, aun dejando exentos del pago del impuesto los inmuebles destinados a la asistencia, el culto y la educación, el Estado podría recaudar unos 600 millones de euros al año. Lo curioso del asunto es que, lejos de montar en cólera, los jerarcas de la Iglesia dijeron que sí, que si hay que pagar, se paga.

El cardenal Angelo Bagnasco, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI), no solo se mostró dispuesto a negociar con el Gobierno, sino que admitió la posible existencia de “puntos oscuros”: albergues u hospitales privados a través de los cuales la Iglesia italiana obtiene pingües beneficios sin declarar nada a cambio. Fue por primavera cuando los titulares de los periódicos italianos recogían una noticia que calificaron de histórica. ¡La Iglesia pagará el impuesto de bienes inmuebles! Para hacerla efectiva solo faltaba un decreto, el papeleo de rigor.

El papeleo italiano. La burocracia. El mar de los Sargazos donde naufragan las mejores intenciones. Sin querer ser malicioso, tal vez el cardenal Bagnasco acató el proyecto del Gobierno con tan buen talante porque sabía que podía confiar en la burocracia italiana. Ni qué decir tiene que seis meses después el decreto aún no ha sido redactado, a Monti le quedan dos telediarios al frente del Gobierno técnico y los mismos periódicos que, como La Repubblica, destacaron entonces la buena nueva advierten ahora en la portada: “Decreto in ritardo. La Chiesa non paga”.

Ni pagará, que diría aquel.

El otro ejemplo del ayer que permanece es Silvio Berlusconi. Hace diez meses que dejó el Gobierno, pero no hay un solo día que los periódicos italianos no traigan a colación su nombre por una u otra causa. Y nunca mejor dicho lo de causa. Berlusconi sigue teniendo varios procesos pendientes –entre ellos el de inducción a la prostitución de menores—y, cuando no va al juzgado por sus asuntos, va por los de sus amigos. De entre todos ellos hay uno muy especial. Se llama Marcello Dell’Utri. Es siciliano, amante y tratante de libros antiguos, senador del PDL –el partido de Berlusconi—y su amigo inseparable desde hace 39 años. La cuestión es que la amistad de Dell’Utri le cuesta un pico a Berlusconi –exactamente 40 millones de euros en los últimos 12 años–, y que el senador tiene la fea costumbre de frecuentar a la Mafia. ¿Qué relación hay entre lo uno y lo otro?

En distintas sentencias, la justicia italiana considera probado que, entre 1973 y 1978, el tal Dell’Utri negoció con la Mafia siciliana la inmunidad de Berlusconi y su familia. Incluso que llegó a contratar a Vittorio Mangano, un mafioso de reglamento, como supuesto mozo de cuadras de la residencia de Arcore. Su cometido real era el de garantizar la seguridad de los Berlusconi. El mafioso Mangano se hizo tan pronto con la confianza de Don Silvio que llevaba a sus hijos al colegio e incluso, de vez en cuando, se sentaba a la mesa en las celebraciones más íntimas. A esta conclusión no ha llegado la policía a través de sofisticadas escuchas, sino de boca del propio Berlusconi, que hace un par de días se acercó a Palermo para testificar ante los jueces y fiscales que investigan la negociación entre la Mafia y el Estado en los años noventa. Dell’Utri es el principal sospechoso. Según el arrepentido Giovanni Brusca, el senador siciliano habría entregado en 1994 un mensaje de la Mafia a Berlusconi –por entonces jefe del Gobierno italiano—con una advertencia clara: o se suavizaban las condiciones de los mafiosos en las cárceles o volverían las matanzas. Los fiscales de Palermo sospechan que el río de millones de euros –40 en solo 12 años—que Berlusconi ha ido regalando a Dell’Utri tal vez terminaron en manos manchadas de sangre.

El asunto no es para tomárselo a broma. Salvo para Berlusconi, claro. Durante dos horas, el anterior jefe de Gobierno trató de convencer a los investigadores de que, donde ellos ven a La Mafia, solo hay simple amistad. Cuando le preguntaron por el mafioso Vittorio Mangano, dijo:

–Una bravísima persona. Hasta acompañaba a mis hijos al colegio…

Mangano fue condenado en diversas ocasiones por tráfico de drogas, extorsión y un doble asesinato. Murió de un tumor en el verano de año 2000. Según dijo el juez Paolo Borsellino dos meses antes de que lo mataran, Vittorio Mangano fue “la cabeza de puente de la Mafia siciliana en el norte de Italia”. Pero Berlusconi, a pesar de las evidencias, sigue considerándolo un tipo “a modo”. El roce, que hace el cariño.

La Iglesia no paga. Dell’Utri, pese a sus varias condenas, sigue sin pisar el talego. La burocracia, en ambos casos. O los favores. O simplemente la idiosincrasia de un país apasionante que dentro de unos meses tendrá que decidir en las urnas si apuesta por el futuro –cueste lo que cueste más IVA– o por seguir enredado en los vicios sin factura del pasado. Lo iremos contando.

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