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La ideología de género ¿nueva Sodoma y Gomorra? -- Antonio Gil de Zúñiga

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Fuente: Atrio
A finales de los años 70 conversando distendidamente con JL Aranguren me hizo esta observación, que aparece también en algunos de sus libros: la heterodoxia de hoy, sobre todo en la Iglesia, es la ortodoxia del mañana. No sé si eso ocurrirá con la llamada ideología de género, puesta en órbita por el Lexicón: Términos ambiguos y discutidos sobre la familia, vida y cuestiones éticas, publicado en el 2003 por el Pontificio Consejo Vaticano para la familia, teniendo como presidente al cardenal López Trujillo, y con el visto bueno del cardenal Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Lo cierto es que en torno a la ideología de género se está construyendo un rascacielos de enormes dimensiones; sus arquitectos y albañiles, en líneas generales, son el mundo clerical y creyentes conservadores y militantes de partidos ultraconservadores, cada vez con más arraigo en Europa y en España.

Los relatos son muy simples y sin originalidad alguna, los cuales se repiten a modo de argumentario. Uno de ellos es que la discriminación de género no existe; no hay discriminación contra las mujeres, como afirma sin rubor el cardenal López Trujillo en el prefacio al Lexicón. Según él esto puede provocar de entrada “una reacción de simpatía”, pero en realidad la defensa de la mujer en una sociedad patriarcal y de los colectivos LGT es un ataque a la familia, que se convierte así en un “lugar de esclavitud moderna”. En estos días pasados el cardenal Sarah, bien arropado por los cardenales Rouco y Cañizares, pioneros en anatematizar todo lo que se relacione con la homosexualidad y el feminismo, ha impartido una conferencia sobre educación en el CEU y no podía faltar, venga o no a cuento, su alusión a la “teoría de género”, que no es otra cosa que la “desestructuración de la identidad sexual” y la “legitimación social de la homosexualidad”; de ahí que se trata de un movimiento que, mediante la subversión antropológica, pretende tomar “como rehenes en sus reivindicaciones a las autoridades públicas y al legislador” e imponer “una nueva concepción del ser humano”.

        Habría que preguntarse desde la antropología si el ser humano está totalmente acabado y configurado en su totalidad, como sostienen los que admiten a pie juntillas la creación de Adán y Eva por la intervención directa y “manual” de Dios, o más bien es un proyecto, como dice Ortega y Gasset, o Simone de Beauvoir aplicándolo a la mujer: “no se nace mujer, se llega a serlo”, aunque algunos la interpretan de manera torticera. El relato novelesco del Génesis propone a Dios como protagonista de la creación y quiere acreditar unas enseñanzas religiosas según determinadas tradiciones literarias, la yahavista y la sacerdotal: que toda la creación es una obra buena, que el ser humano, hombre y mujer, es responsable de cuidar esa obra, que el mal no procede de Dios… Si se admitiera la creación “manual” del hombre y la mujer, también se debería admitir que toda la humanidad procede de un incesto, pues Adán y Eva tuvieron hijos e hijas, según el texto bíblico, y entre ellos engendraron otros seres humanos y así hasta ahora. El hombre y la mujer, pues, pertenecen a la evolución y sus parámetros no están sometidos a un fixismo radical.

Esto no quiere decir, como indica el argumentario de la ideología antigénero, que el ser humano cambie caprichosamente de sexo sin tener una base génetica. El ejemplo que se suele aducir dentro del argumentario es cuando a una embarazada se le pregunta qué género tiene su bebé y ella responde que no le importa, ya que, cuando nazca, adoptará el sexo que más le guste; viene a ser como el alzacuello de muchos curas que, según me han explicado algunos, lo llevan por si alguien en el autobús, en el metro, en la calle… necesita confesarse. Que alguien pueda desear cambiar de sexo arbitrariamente es un hecho posible, no quiere decir que pueda y deba hacerlo, pero lo que no se puede negar es el problema de quienes genéticamente se ven impulsados a la homosexualidad. Toda realidad humana tiene un anverso y un reverso, y para que no haya desmadres abusivos está la psicología, la medicina y la ética

        Pero creo que el meollo de la cuestión está en el feminismo, no en que haya personas de género “neutro”. Que la mujer sea igual que el hombre en derechos, eso sí que rompe todos los esquemas sociales y hasta antropológicos, como ya propuso Aristóteles en su Política: “la naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo… La naturaleza ha fijado, por consiguiente, la condición especial de la MUJER y la del esclavo”. 

Por eso Pablo de Tarso lo tiene bien claro: las mujeres en la Iglesia deben estar calladas, que “oigan la instrucción en silencio, con toda sumisión” y, como colofón, “no permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre” (1 Tim 2,9-12); todo ello con el aparente argumento teológico de que las mujeres deben ser dóciles a sus maridos “como si fuera el Señor”, ya que “el marido es la cabeza de la mujer como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, su Cuerpo”. Con estas premisas la conclusión no puede ser más categórica: “así como la Iglesia es dócil a Cristo, las mujeres deben ser dóciles en todo a su marido” (Éf 5,21-24).

        No es de extrañar que los clérigos, en su mayoría, y partidos ultraconservadores cristianos rechacen el feminismo como lo hace el cardenal Cañizares en el artículo de La Razón ¡Alerta! Reflexiones al hilo de los hechos, al señalar que España está en peligro si, además de otros males como el feminismo radical, la ideología de género y la educación estatal, se añade el posible gobierno de socialistas y socialcomunistas. Y es contradictorio que en la Iglesia se ensalce el papel de una mujer, la Virgen, como acontece en la fiesta de la Inmaculada del próximo día 8 de este mes de diciembre, y, sin embargo, se siga al pie de la letra las propuestas de género que propone Pablo de Tarso, que dentro del patriarcado clerical es un infranqueable cordón sanitario para la mujer.

        Algunos apocalípticos del sexo demandan un castigo como el de Sodoma y Gomorra y, más aún, todo lo que se refiera a los colectivos LGT. Lo curioso es que todo lo relacionado con el sexo hay que controlarlo hasta el mínimo detalle con normas severas; me viene a la memoria aquellas ocho condiciones, según el dominico Royo Marín en su Teología para seglares, que debe reunir el baile en pareja para que no sea pecado mortal; y, en último término si no, se anatematiza como herejía y un problema menos. Habría que hacer una referencia a la célebre clasificación que establece Rousseau sobre las religiones: la del hombre, la del ciudadano y la del sacerdote.

La del sacerdote da a los hombres dos legislaciones, dos patrias y les impide poder ser a la vez devotos y ciudadanos. En cambio para ellos es natural, ley de vida y probablemente hasta necesario, que el capitalismo salvaje genere más pobreza, más guerras, más emigraciones y refugiados, más destrozos en el clima y en los ecosistemas. La ideología de género, pues, no desemboca necesariamente, como pretenden los antigénero, en la sociedad de A. Huxley, Un mundo feliz, o en la de G. Orwel, 1984. Todo lo contrario, es reconocer unos derechos y unas existencias específicas antropológicas.

        Así, pues, si hoy el feminismo y la ideología de género son heterodoxia, mañana serán ortodoxia y de la buena. El ser humano, hombre y mujer, es un proyecto existencial que camina hacia metas que, en principio, pueden ser increíbles.

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