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La gran paradoja 1 -- Antonio Zugasti

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Aunque nunca se hable de eso en los grandes medios de comunicación, está
meridianamente claro que el capitalismo lleva la humanidad a la ruina. “Estamos
atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible”. Es una afirmación contenida en el manifiesto Última Llamada, firmado por científicos y ecologistas españoles en 2014.

Por su parte el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio
Climático nos advierte año tras año, y de una manera cada vez más apremiante, de la
necesidad de cambios radicales si queremos evitar las desastrosas consecuencias de
un cambio climático descontrolado. Sin embargo, los paupérrimos resultados de la
Conferencia de las Naciones Unidas COP26, celebrada recientemente en Glasgow, nos
demuestran, una vez más, que, dentro del sistema capitalista, a lo más que se puede
llegar es a pintar de verde lo de siempre, pero que los cambios necesarios son
extremadamente difíciles de conseguir. Y si pasamos al terreno social vemos que, con pandemia o sin pandemia, con crisis o sin crisis, la desigualdad aumenta de una
manera escandalosa, y la destrucción del Estado del Bienestar progresa de una forma
lenta pero imparable.

Sin embargo vivimos una gran paradoja: la aceptación general de ese capitalismo
destructor. Porque también está meridianamente claro que las fuerzas que pretenden
la eliminación del capitalismo y su sustitución por una sociedad socialista, hoy son sólo un pequeño residuo del pasado. Las críticas del capitalismo, muy radicales y muy razonadas, que podemos encontrar en medios alternativos, y en escritos de
intelectuales de izquierda, no llegan a la vida política real, la de cada día, la que sale en los periódicos y las televisiones. Tampoco al discurso de los líderes de la izquierda.

El mantra de Margaret Teacher. “No hay alternativa” (al capitalismo, naturalmente)
domina en todo el planeta. Cuba es un reducto que bracea desesperadamente para no
hundirse totalmente, y la Venezuela chavista, a la que la derecha considera el culmen de los horrores, no ha pretendido, ni mucho menos, eliminar el capitalismo, sólo rebajar los privilegios de la oligarquía Y luego está el caso de China, donde vemos que hay un poder centralizado en el Partido Comunista, pero una economía totalmente capitalista.

Y entre nosotros parece que la mayor aspiración de nuestro gobierno
progresista es que no llegue a dominar la extrema derecha, y que no se hunda del todo el Estado del Bienestar. Pero no se cuestiona lo más mínimo el sistema capitalista.

Hablamos mucho de los grandes avances científicos y tecnológicos conseguidos por el
desarrollo técnico de la sociedad actual, sin embargo, en la realidad se vuelve la
espalda a los científicos cuando estos cuestionan nuestra forma de vida y nuestra
sociedad de consumo. El mismo secretario de la ONU, António Guterres habla de "una sentencia de muerte" a la que nos condenamos con nuestros oídos, sordos al clamor de la Tierra herida.

¿Qué le pasa a nuestra sociedad para que seamos incapaces de abordar los cambios
que desde el campo científico nos están reclamando? Debería ser el primer tema de
reflexión en nuestro mundo, sin embargo parece que sólo importa a algunas minorías.
Desde mi punto de vista, una explicación a esta pasividad social ante la barbarie
capitalista estaría en que detrás del sistema económico capitalista hay un sistema de valores, una filosofía, una visión reduccionista del ser humano, el Hombre
Unidimensional del que hace más de 50 años nos hablaba Herbert Marcuse.

Ese ser humano, para el cual la dimensión fundamental en su existencia es la económica, y en lo económico se apoya para alcanzar el objetivo último de los seres humanos: una vida feliz. Y esa visión, dominante en la sociedad actual, es la que nos ata al capitalismo.
Se ha afirmado que el hombre ante lo único que no es libre es ante la propia felicidad.

O sea, que la busca inevitablemente. Pero ninguna ciencia nos dice dónde se
encuentra la felicidad. Ha sido un tema debatido a lo largo de los siglos, hasta que ha llegado la mentalidad capitalista con una fórmula falsa, pero clara y atractiva: la felicidad se compra, lo importante es tener dinero para comprarla, y cuanto más tengas, más podrás comprar.

Esta fórmula ha calado en la sociedad. Buscamos nuestra felicidad en esa sociedad de consumo que nos presenta el capitalismo. Una sociedad que lleva a la humanidad al colapso, pero a la que nos resulta enormemente costoso renunciar. Sí renunciaríamos, si fuéramos capaces de encontrar una alternativa a la felicidad prometida por el consumo. No es una tarea imposible, todo lo contrario, es algo totalmente acorde con la naturaleza humana y con el pensamiento que los seres humanos han desarrollado a lo largo de los siglos.

(continuará)

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