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“La gloria del sacerdocio” no es el celibato -- Rufo González

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“La controversia sobre el celibato” después del Vaticano II (9)
(Comentarios a “Sacerdotalis Caelibatus”, de Pablo VI)
El magisterio pontificio más reciente, víctima del clericalismo
“Los sumos pontífices más cercanos a nosotros desplegaron su ardentísimo celo y su doctrina para iluminar y estimular al clero a esta observancia y no queremos dejar de rendir un homenaje especial a la piadosísima memoria de nuestro inmediato predecesor, todavía vivo en el corazón del mundo, el cual, en el Sínodo romano pronunció, entre la sincera aprobación de nuestro clero de la urbe, las palabras siguientes: “Nos llega al corazón el que… alguno pueda fantasear sobre la voluntad o la conveniencia para la Iglesia católica de renunciar a lo que, durante siglos y siglos, fue y sigue siendo una de las glorias más nobles y más puras de su sacerdocio.

La ley del celibato eclesiástico, y el cuidado de mantenerla, queda siempre como una evocación de las batallas de los tiempos heroicos, cuando la Iglesia de Dios tenía que combatir, y salió victoriosa, por el éxito de su trinomio glorioso, que es siempre símbolo de victoria: Iglesia de Cristo libre, casta y católica” (Aloc. II al Sínodo romano, 26 enero 1960: AAS 52 (1960) 235-236 (texto latino, 226)” (Sacerd. Caelib. n. 37).

Confunde la Iglesia con el clero y se pone “la gloria del sacerdocio” en algo no sacerdotal

Como ven, este texto es un claro testimonio de ideología clerical. Aprovechando una intervención de Juan XXIII en un sínodo romano, exalta la ley del celibato como “una de las glorias más nobles y más puras del sacerdocio” eclesial. “La ley del celibato eclesiástico y el cuidado de mantenerla” es fruto de “las batallas de los tiempos heroicos”. Alude a un “trinomio glorioso, que es siempre símbolo de victoria: Iglesia de Cristo libre, casta y católica”. ¿Acaso presbíteros y obispos casados impiden a la Iglesia de Cristo ser “libre, casta y católica”? Lo que ocurre es que el clero se cree que sólo ellos son la Iglesia, sólo ellos son castos y católicos. Y que sólo son “castos” los célibes (¡qué disparate!), como si la virtud de la castidad fuera exclusiva de solteros. Para nada se acuerda de las víctimas de esas “batallas” heroricas, que han traído tantos sufrimientos injustos para los mismos obispos, presbíteros, esposas e hijos…: persecución, destierro, ocultación, angustias de todo tipo… Siendo una ley innecesaria evangélicamente, ausente en los trecientos primeros años de la Iglesia, nacida bajo la creencia de la impureza, superada por el Evangelio, impuesta por el poder imperial… Además se pone “la gloria más noble y pura del sacerdocio” en algo que no es “sacerdotal”. El ministerio es el cuidado del anuncio evangélico, los sacramentos, el amor comunitario. Cumplirlo adecuadamente es “la gloria más noble y pura” del presbítero y el obispo, sea célibes o casado.

La Iglesia de Oriente “a la que el Espíritu Santo ha acomodado su influjo”

“Si es diversa la legislación de la Iglesia de Oriente en materia de disciplina del celibato en el clero, como fue finalmente establecida por el Concilio Trullano desde el año 692 (Can. 6, 12, 13, 48: Mansi 11, 944-948, 965) y como ha sido abiertamente reconocido por el Concilio Vaticano II (Decr. Presbyter. ordinis, n. 16) esto es debido también a una diversa situación histórica de aquella parte nobilísima de la Iglesia, situación a la que el Espíritu Santo ha acomodado su influjo providencial y sobrenaturalmente. Aprovechamos esta ocasión para expresar nuestra estima y nuestro respeto a todo el clero de las Iglesias orientales y para reconocer en él ejemplos de fidelidad y de celo que lo hacen digno de sincera veneración” (Sacerd. Caelib. n. 38).

Al leer este número 38 de la encíclica, me viene a la mente lo que me decía un sacerdote diocesano Sigüenza-Gualajara sobre su obispo, ya difunto: solía atribuir sus decisiones al Espíritu Santo. Un cura se le plantó diciéndole: – “¿a qué hora le dijo el Espíritu su voluntad? – En la oración de ayer tarde. – Pues ha debido cambiar de opinión: en la oración de esta mañana me ha dicho a mí lo contrario”. Algo semejante ocurre en esta encíclica: una cosa y la contraria son “obra del Espíritu”. Es una de las cualidades del clericalismo: atribuir sus decisiones al Espíritu Santo. La encíclica aduce como causa de la disciplina oriental la “diversa situación histórica”. Nada del papel de los responsables de una y otra situación. Nada del valor de los obispos de las Iglesias Orientales que se opusieron a la imposición de Occidente. Baste reseñar la valentía de los obispos armenios, reunidos en el concilio provincial de Gangres, (hoy Çankırı, Turquía) metrópoli de Paflagonia, a mediados del siglo IV- tal vez en 355, en 340 según otros autores – entre cuyos cánones hay uno que “anamatiza a los que desprecian al sacerdote casado, negándose a comulgar cuando celebra la liturgia” (c. 4). Y, como contrapunto, el concilio III Toledo (año 589) decidiendo que las mujeres de los clérigos que pecaban con otro debían ser vendidas como esclavas y que el precio se diera a los pobres. Todo menos poner en cuestión la ley clerical, “santa e inmaculada” (¡!).

No se quiere confesar la causa verdadera: la impureza cultual

No sabemos qué hay en ese “también” que oculta otras causas, además de la “diversa situación histórica”. Es extraño que el Espíritu Santo “acomode su influjo providencial y sobrenaturalmente”, para sugerir otra ley: en esta región el clero no debe casarse, en esta otra puede casarse. Se trata de un derecho humano fundamental, que en todas partes hay que respetar. Los dirigentes eclesiales saben que la causa verdera fue una corriente ascética, judaizante, que creía que la relación sexual producía impureza ritual. Y, por tanto, un sacerdote no podía celebrar el culto en situación impura. Se empezó por recomendar “continencia del día antes” y luego de forma permanente, al hacerse el culto más frecuente y regular. A partir del s. IV se impuso en España, en el sínodo de Elvira (306 d. C.). Los papas, con mentalidad imperial, lo van imponiendo con suerte desigual hasta el siglo XII. En este siglo no les basta ya la ingenua “continencia matrimonial”. Exigen el celibato o soltería: prohiben convivir con esposas y concubinas (concilio de Letrán año 1123) y declaran inválidos los matrimonios de clérigos (segundo concilio de Letrán año 1139). Por dos razonnes: evitar que los bienes de la Iglesia pasen a los hijos de los clérigos; y porque se cree que el celibato es “mejor y más dichoso” que el matrimonio (Trento, D 1810). Como se ve, el celibato obligatorio para el ministerio se impuso con argumentos poco evangélicos: impureza cultual, conservar los bienes económicos de la Iglesia y minusvaloración del matrimonio.

Todo vale para apoyar el celibato obligatorio para el ministerio

La encíclica utiliza “la apología que los padres orientales nos han dejado sobre la virginidad” para perserverar en la disciplina occidental (n. 39). Podría mirar su celibato opcional para cambiar en favor de la libertad. Además, las citas apologéticas son curiosas: “la vida virginal es la imagen de la felicidad que nos espera en el mundo futuro” (san Gregorio Niseno, De virginitate, 13: PG 46, 381-382). “A quien se acerca al sacerdocio, le conviene ser puro como si estuviera en el cielo” (san Juan Crisóstomo, De sacerdotio, 1, 3, 4: PG 48, 642). ¡Extraterrestre! También no comer, ni beber, ni trabajar, ni cazar, ni cuidar enfermos…, porque en el cielo no haremos nada de esto. ¿Desde cuándo la “vida virginal es imagen de la felicidad”? Mejor la vida sin trabajo, sin dolor, de parásito social…

Arrima el ascua a su sardina al interpretar las limitaciones de la disciplina oriental. Del hecho de ordenar obispos sólo a presbíteros célibes -una discriminación injusta- y de la prohibición de casarse tras la ordenación presbiteral -otra injusticia: decidir por otro cuándo casarse- deduce la presencia “del principio del sacerdocio celibatario y el de una cierta conveniencia entre el celibato y el sacerdocio cristiano” (n. 40). ¡Hay que salvar, como sea, la Ley!

La historia y la vida contradicen la doctrina papal

“En todo caso, la Iglesia de Occidente no puede faltar en su fidelidad a la propia y antigua tradición, y no cabe pensar que durante siglos haya seguido un camino que, en vez de favorecer la riqueza espiritual de cada una de las almas y del Pueblo de Dios, la haya en cierto modo comprometido; o que, con arbitrarias intervenciones jurídicas, haya reprimido la libre expansión de las más profundas realidades de la naturaleza y de la gracia” (Sacerd. Caelib. n. 41).

Menos mal que la palabra “tradición” está escrita con minúscula. La ley del celibato obligatorio para el ministerio no pertenece a la Tradición (con mayúscula) de la Iglesia. Con esta ley, la Iglesia no “sirve a la palabra de Dios y ni enseña solamente lo que le ha sido confiado por mandato divino y con la asiatencia del Espíritu Santo oye con piedad, guarda con exactitud y expone con fidelidad” (DV 10). Más bien, con esta ley, la Iglesia se hace digna de aplicarse la palabra de Jesús: “dejáis el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres” (Mc 7,8; Mt 15,3).

Con los conocimientos actuales de la antropología, el evangelio y la historia:

“cabe pensar que durante siglos la Iglesia de Occidente ha seguido un camino que, en vez de favorecer la riqueza espiritual de cada una de las almas y del Pueblo de Dios, la ha, en cierto modo, comprometido; o que, con arbitrarias intervenciones jurídicas, ha reprimido la libre expansión de las más profundas realidades de la naturaleza y de la gracia” (Sacerd. Caelib. n. 41).

Basta recordar el sufrimiento de las víctimas de estas “batallas” (denominación del mismo Papa), la diversa disciplina en la Iglesia católica (¿por qué se prohíbe a unos lo que se permite a otros?), y la actuación contradictoria de los Papas desde el año 1950, que vienen permitiendo que sacerdotes de otras confesiones cristianas puedan ejercer casados, mientras los sacerdotes propios, si se casan, son apartados totalmente del ministerio. Con razón puede decirse que “no se ha favorecido la riqueza espiritual de cada una de las almas ni del Pueblo de Dios”, sino más bien “se la ha comprometido” , condenándolas de por vida a la represión insana, marginación, “reducción”, destierro, invisibilidad, abandono…, y al Pueblo de Dios se le ha impedido la eucaristía y tener pastores suficientes.

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