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La Eucaristía. Cómo se gestó su corrupción -- Luís Alemán Mur

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“Rotura medieval”. Así llama Thierry Maertens a los siglos VII y VIII al estudiar la historia de la misa.
Puede que muchos defiendan ese periodo histórico llamado Edad Media como siglos en los que se pusieron los cimientos y se estructuró lo que hoy llamamos cristianismo o cristiandad. Al estudiar la historia de la mesa del Señor se llega a la conclusión de que en eso siglos se fraguó una teología, y un credo pret a porter (es decir, hecho a medida de aquellos tiempos) con la pretensión de dogma universal y eterno.

En esos siglos:

• Se fundó una Iglesia – la actual – sobre principios políticos entreverados de Nuevo y Antiguo Testamento.

• Se elaboró la teología del poder al modo de Israel, no al de Jesús.

• Se asumió para la Iglesia de Jesús la estructura de organización y modo de gobierno del imperio romano, no según el reinado de Jesús.

• Se volvió al funcionariado eclesial o clero del Antiguo Testamento.

• Se asumió el sacerdocio del Antiguo Testamento, similar al sacerdocio pagano y ausente por completo en el Nuevo Testamento.

• Se inicia y se termina un sistema teológico, formulado por Tomás de Aquino (s. XIII), que dominaría a la iglesia de Jesús.

• En los siglos VII al VIII, la “mesa del Señor”, se transformó en el “misterio del culto”.

En la historia de la misa se encuentra la prueba más clarificadora de que la Eucaristía y la iglesia de Jesús no sólo caminan juntas, sino que existe una interacción entre las dos realidades. Si la Iglesia se corrompe, se corrompe la mesa del Señor. Toda regeneración de la Iglesia ha de empezar por y en la mesa del Señor.

En la mesa del Señor se reflejan, y sufrimos, toda la degeneración y los males que lamentamos en la Iglesia. En la historia de la “mesa del Señor” descubrimos cuán lento es el proceso de la transustanciación de unos simples humanos en hijos de Dios. Ese gran convite del Padre, sólo llegará al final. Al final del camino. Y en todo camino hay despistes, socavones, agotamientos. Miedos y sueños de llegar.

Sin duda la edad media era demasiado pronto. Demasiado lejos de esa cena fraterna y filial. Demasiados señores y demasiados esclavos, presuntos santos y pecadores prefabricados, grandes ricos y pobres muy pobres, primogénitos y segundones. Todavía mandan los de la tribu de Aaron y Leví. Todavía gusta el olor a victima quemada.

En aquellos siglos, el imperio se cristianizó y la Iglesia pasó a ser imperial. La Iglesia perdió el norte cuando dejó de ser la suma de comunidades de pobres. Confundió el reino del Padre con el Imperio. Asumió el rango y los privilegios oficiales. Creó una jerarquía integrada en la jerarquía social y económica. Desarrolló un espléndido culto para atraer a las masas y para destacar su casta sacerdotal. (Véase: Historia del Cristianismo. Paul Johnson)

En los siglos IV y V la Iglesia triunfa en una sociedad cuyas gentes hablan el latín. Sin embargo la Anáfora, la oración de la eucaristía, estaba escrita en griego. Se traduce, por tanto la eucaristía al latín, para que el pueblo plebes sancta, entienda y pueda decir al final el Amén. Todavía la única santa era la comunidad.

En el siglo VI, al no encontrar rituales en el Evangelio de Jesús, la Iglesia los buscó en el Antiguo Testamento. A los reyes y a los sacerdotes se les ungen la cabeza y las manos para cumplir el precepto de Éxodo 28, 41 y Números 3, 3.

En el siglo VIII se cuenta ya con un ceremonial grandioso para las aspersiones, incensaciones y las unciones. Todo fotocopia del Antiguo Testamento. Isidoro de Sevilla llama Aarón al Obispo; a los sacerdotes, hijos de Aarón; a los diáconos, levitas.

En esa época se transforma la mesa del Señor. Se inventa la Misa. Los sacerdotes se separan del pueblo. Se adueñan del pan y el vino. Incluso cocer el pan de la eucaristía era privilegio de los clérigos.

El latín pasa a ser considerado como la lengua sagrada, el lenguaje de Dios. El que preside la mesa se separa del pueblo, se pone de espaldas al pueblo, reza en silencio la anáfora. Ya no hay mesa. Sólo queda el misterio. El pueblo no se entera de nada. Ni siquiera de la Palabra de Dios. La Vulgata. Alguien lo despertará con unas campanillas para que caído de rodillas contemple el momento mágico: la transustanciación. Y adore el sanctum sacrificium et inmaculatam hostiam.

Se ha consumado la rotura. ¡Que lejos queda aquella cena!

“El Maestro pregunta dónde está su posada, donde va a celebrar la cena de Pascua con sus discípulos”. Mc 14, 14

Los eclesiásticos viven infectados de escalafones y prebendas. Los obispos son los grandes señores de grandes señoríos europeos. La discusión en las Cancillerías de la Cristiandad es saber quién manda sobre quién: el Papa sobre el Emperador, escogido por los hombres y ungido por el Pontífice, o el Emperador sobre el papa. ¡Gran problema teológico!

¿Dónde está Jesús lavando los pies? En bellísimas pinturas colgadas en las paredes. ¿Dónde está la cena del Señor? Pregúnteselo a Da Vinci.

A lo largo de la Edad Media, con el final de traca en el siglo XIII, “el cuerpo de Jesús” deja de ser su vida, su comportamiento, su forma de ser hombre, para convertirse (transustanciarse) en huesos, nervios, venas. Alguien (aún no se sabe quién) incorpora aquello de Misterium fidei. Así, convertido en misterio hace menos daño. No hay que hacer lo que hacía Jesús. Basta con comérselo, ponerlo en una custodia y adorarlo.

Y ya está. La mesa del Señor convertida en altar pagano.

Yo no sabría decir si la iglesia, al olvidarse de Jesús de Nazaret, necesitó un altar en vez de una mesa, o que al paganizarse la mesa resultó imposible mantener una iglesia con la molesta presencia del galileo.

Lo que sí estoy seguro, por mi fe en Jesús, es de que su iglesia se reformará, se vivificará en la medida en la que todos seamos capaces de volver a la mesa juntos, con la jerarquía o solos en el destierro.

La humanidad necesita muchas mesas de hermanos de todos colores y de todas las razas y condiciones. La humanidad ha sido defraudada por todos nosotros sometidos en una Iglesia con sus Sínodos de Excelentísimos Obispos y Cardenales disfrazados con no sé qué tipo de gorro medieval y trajes de payasos. Presididos por un Sumo Pontífice que advierte al mundo del castigo de Dios.

¡Náuseas, sencillamente náuseas!

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