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La espiritualidad que vivimos -- Ramón Alario (Moceop)

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Moceop

Cómo se ha preparado este tema
En la última reunión de Albacete (25-26 de octubre. 2008) se me encomendó la tarea de redactar el cuadernillo central de este número de Tiempo de Hablar-Tiempo de Actuar: Nos pareció importante «formular y ayudar a clarificar los cauces por los que estamos viviendo y construyendo una espiritualidad laica e interreligiosa… y abrir cauces a la mística y la contemplación»…

He contado con la colaboración de una serie de amigos y amigas: menos de los que habría deseado. Sus testimonios no aparecen trascritos por completo; pero están incorporados en sus aportaciones básicas al contenido y, en ocasiones, literalmente. ¡Gracias por compartir con nosotros su experiencia!

Este es el resultado.
Confío que os ayude: a mí me ha sido muy útil redactarlo.

Para leer…

-J. A. García Monge. Unificación personal y experiencia cristiana. 2001. Sal Terrae.
– XXIV Congreso de Teología. 2004. Espiritualidad para un mundo nuevo.
– J. M. Vigil. Teología del pluralismo religioso. 2005. El Almendro.
-Éxodo. N.88. Abril 2007. Otra espiritualidad es posible.
– J. M. Castillo. Espiritualidad para insatisfechos. 2007. Trotta.

I.- MIRADA A NUESTRO PASADO

oda construcción debe tener unos cimientos. Cada persona se estructura sobre unas bases anteriores mínimamente válidas y suficientemente sólidas. Toda sociedad surge y se afianza a partir de lo sucedido con anterioridad… Siempre necesitamos incorporar lo anterior a nuestro presente. Negar el pasado, con sus errores y aciertos, no sólo es la mejor receta para repetirlo: es también la actitud menos inteligente de abordar el presente y el futuro; es, además, un intento inútil por principio y una apuesta irrealizable.

Y es que los seres humanos, además de tener una historia, somos historia. Nuestra vida en cada momento es ininteligible sin lo que hemos ido viviendo hasta entonces: somos una construcción progresiva en la que cada paso es fruto de todo lo anterior. Sólo cuando el pasado se integra en nuestro presente, de forma dinámica y crítica, nos da estabilidad y nos permite avanzar positivamente hacia el futuro. Bien es verdad que tampoco debemos mitificar el pasado, pues esto nos impediría descubrir la novedad del presente.

Hoy parece que este principio general va inundando cada vez más todos los campos. Pero es «para cada uno un reto personal de gran trascendencia. «Necesitamos situar nuestra fe en la historia. Necesitamos emprender un éxodo: de la religión sin historia a la fe en la historia. Del Dios fuera de la historia, del Jesús sin historia y de la Biblia sin contexto histórico al Dios de Jesús, que está más allá del mismo Jesús y de la misma Biblia» (M. López Vigil). Entre otros muchos valores, esta «aproximación histórica» a Jesús puede ser la gran aportación que nos hace Pagola…

Esto es válido siempre. También cuando vamos a reflexionar sobre nuestra espiritualidad. Es preciso que cada cual hagamos una valoración crítica, desde la aceptación de todo lo que vivimos en el pasado, para discriminar lo válido de lo inútil; pero, sobre todo, para descubrir la línea dominante sobre la que avanzar. Sólo desde esa memoria crítica sobre nuestra espiritualidad podremos ir avanzando y profundizando.

A) UN PROCESO DE FORMACIÓN
BASTANTE ESPECIAL

Probablemente sea ésta una de las apreciaciones más generales cuando miramos a nuestro pasado. En un porcentaje muy elevado, somos tributarios de nuestra posguerra. Vivimos, con mayor o menor conciencia, los años de la escasez y del hambre, del aislamiento y la ruralidad, de la represión y el miedo… Todo nuestro mundo giraba en torno a la omnipresencia de la religión y de la autoridad más estricta. El cura, la guardia civil y el alcalde eran los ejes de aquella época. Aquella amalgama político-religiosa que hemos denominado nacionalcatolicismo, fue el caldo de cultivo de nuestra vida total: también de nuestra espiritualidad..

Desde nuestra más tierna infancia, con mucha frecuencia en ambientes cerrados (seminarios, conventos, internados, colegios religiosos…) fuimos incorporando unas pautas de comportamiento que se nos presentaban como incuestionables: y como tales las asumimos. Todo contraste, toda crítica, toda alternativa estaba fuera de ese universo religioso y social: no hacía falta prohibirla, porque ni siquiera tenía lugar como posibilidad.

La vida religiosa, la espiritualidad, estaba identificada con unas prácticas piadosas, que solamente hacían referencia a una interna relación con Dios: misa, rosario, visitas al Santísimo, pláticas, retiros, meditación, lectura espiritual, dirección espiritual, confesión semanal, ejercicios espirituales, novenas, triduos, primeros viernes, mes de mayo, jaculatorias…

Parece como si los mismos directores de esta educación creyeran que también aquí funcionaba el ex opere operato; es decir, a todas estas prácticas piadosas se les atribuía una fuerza casi mágica, pues si se cumplían convenientemente, parecía asegurado su efecto: mediante estas prácticas nos convertíamos en seres espirituales…

Al mismo tiempo, esta forma de entender la espiritualidad tenía escasas referencias hacia la vida normal, hacia las preocupaciones o tareas no religiosas, de fuera de la iglesia. Aquella espiritualidad se apoyaba en unas verdades que se imponían, y en un cumplimiento que había que acatar; como mucho, el trabajo, la familia, el amor, la amistad eran algo que había que ofrecer a Dios, que debíamos referir a la vida espiritual, la verdadera. Las cosas materiales, corporales, eran un obstáculo a salvar en ese camino que exigía despreciar o ignorar todo lo bueno que la naturaleza y la corporalidad encierran.

Esta espiritualidad, por supuesto, era considerada por encima de la vida normal; y constituía el eje que hacía que algunas personas fueran de otro nivel, de otra categoría; estuvieran escogidas para un estado de vida superior, que fueran personas sagradas. Era necesario mantener esa condición espiritual, mediante el cumplimiento de las prácticas piadosas; aunque lo primero era mantenerse en un estado de gracia de Dios, absolutamente reñido con todo pecado, especialmente con los pecados de la carne -principal escollo contra la espiritualidad-, los pecados contra el sexto mandamiento.

B) EVOLUCIÓN POSTERIOR:
CRISIS Y CRECIMIENTO

Sin embargo, hasta construcciones ideológicas tan macizas como la descrita más arriba, acaban por sucumbir ante el desgaste diario de la vida real. Y es que ese mundo espiritual en que se nos había acostumbrado a vivir, podía tener su futuro más o menos asegurado –o camuflado- entre las tapias de un convento o en los claustros de los monasterios. Pero la vida ha ido y va por otros derroteros y a otras velocidades. Un poco antes o después, la crisis de esa vida espiritual un tanto en las nubes tenía que resquebrajarse.

Hablar de vida real es referirnos a las aspiraciones, trabajos, preocupaciones, ocupaciones, goces y sufrimientos de la mayoría de los mortales: no porque la de los «religiosos» no sea real, sino porque es una excepción cuantitativamente hablando. En la Edad Media a ésta última se la llamaba vida en religión, en eternidad, intemporal; mientras que la otra recibía el calificativo de secular, en el siglo, en el tiempo. Vivir en el siglo, secularmente, nos ha hecho avanzar y cuestionarnos una vida pretendidamente atemporal.

En este cuestionamiento hemos sido ayudados por el colectivo laico, orillado, disminuido canónicamente. El laicado reivindicaba su lugar. En la medida que se diluyeron fronteras y separaciones, laicos y clérigos hemos ido cuestionando todo ese entramado monacal y pietista en que fuimos educados.

El valor del laicado como creyentes y su reivindicación de la mayoría de edad han facilitado a todo creyente buscar unos caminos diferentes para la espiritualidad. Vivir en un mundo abierto a la crítica, nos impulsó a rechazar una estructura clerical donde casi nada se cuestiona; o, si se cuestiona, no se expresa en orden a mantener una falsa unidad-comunión. Y es que no resulta equilibrado ni correcto mantener actitudes críticas ante lo civil y cerradas ante lo religioso.

Todo ese proceso de crisis y construcción ha sido posible y positivo gracias a la reflexión personal; pero, sobre todo, a la revisión y al análisis comunitario. Si la fe comporta necesariamente un nivel grupal, no podemos restringirlo a una suma de creyentes que coinciden en un templo, a un colectivo que se reúne en un espacio concreto sin poner en común lo que está viviendo. Para nosotros, esta puesta en común y esta revisión en grupos reducidos ha sido un factor vital.

También nos ayudó ser coetáneos de un proceso conciliar de dimensiones universales: el Vaticano II, con su retorno a las fuentes, su teología del Pueblo de Dios, su apertura al mundo, sus esperanzas de otra iglesia para otro mundo, pusieron otras bases eclesiales difícilmente adaptables a la formación cerrada recibida: exigían un gran cambio.

Un mínimo sentido de la historia también ha colaborado a que desmitificáramos y cuestionáramos lo recibido. Es difícil no sentir vergüenza ante una espiritualidad que ha ignorado, cobijado y hasta impulsado tantas maldades, que tanto sufrimiento ha generado… Un nuevo espíritu penitencial y una nueva sensibilidad ante la historia nos han ido convirtiendo en cierta medida en «discípulos de la sospecha». Una espiritualidad que no parta de los seres humanos, de sus sufrimientos y alegrías, no puede ser sana y, desde luego, puede hacernos cómplices de muchos sufrimientos.
Esta crisis ha sido dura y dolorosa: pero nos ha ayudado a sentirnos más libres.

«Hay dos cosas que, cuando pienso en este tema, me vienen inmediatamente a la cabeza; y cada una en su dimensión puede tener su importancia. Una es, que te sientes cogido afectivamente y mediatizado por muchas vivencias; estás obligado a defender las ideas en las que has estado inmerso durante un tiempo; todo esto te impide crecer adecuadamente, te limita pensar más que en la dirección que te han marcado. Defiendes constantemente ideas y tópicos que no acabas de asumir como tuyos. Hay mucha gente que conocemos, que no ha crecido, no ha evolucionado, sigue anquilosada en ideas radicales y trasnochadas, son, incluso, fundamentalistas. El querer defender algo como único y verdadero a ultranza, limita mucho la perspectiva.

La otra cosa, que también condiciona, es la búsqueda o mantenimiento de seguridades; se está muy a gusto amparado en la institución, que te da seguridad de alma; cobijado y protegido por el grupo e incluso despreocupado a nivel económico. Lo contrario es lanzarse a la aventura sin saber cómo vas a salir. El ser humano va creando realidades que pueden ser regresivas, manteniéndose en lo que ha aprendido y quiere preservar, o progresivas, yendo hacia lo nuevo, hacia lo que él cree que debería existir. Teniendo en cuenta que crear es romper y exige valentía. Eso sí, con mucho amor, pero con muy pocas seguridades.

Poco a poco se va abriendo el cielo a tu alrededor, siempre que llueve escampa, bien porque tú contribuyes en esa apertura, bien sobre todo porque la fuerza del amor de los que tienes cerca apoya tu pequeña contribución. Ahí está la presencia de Dios». (Pedro Crespo)

Este proceso ha contribuido a que descubramos otros modos de relación y de presencia en el mundo. Un colectivo representativo de este proceso han sido los curas obreros. «Han comprobado en sus carnes que puede vivirse de otro modo la relación Iglesia-mundo obrero y popular: como ámbitos complementarios y no con enfrentamiento o alejada separación.

Además, estos curas han sido -y lo siguen siendo los que aún quedan- un signo utópico ante ese mundo, en el sentido de que la vida de Jesús y su Buena Noticia contienen un inmenso potencial humanizador y revolucionario por su exigencia perenne de justicia y de igualdad, imperativos imprescindibles para vivir la fraternidad y para que la presencia amorosa de Dios en la historia humana sea creíble» (E. Tabares).

C) ¿RELIGIONES EN CRISIS?

Responder afirmativamente a esta pregunta no es sino constatar un hecho llamativo en nuestro mundo. Lo estamos viviendo en propia carne; y lo viven multitud de creyentes. Son cada vez más los «insatisfechos» de su religión, los «autoexiliados» de las prácticas religiosas, los creyentes al margen de las instituciones. Es razonable pensar que todos estos buscadores de nuevas formas de espiritualidad y de religiosidad se han puesto en marcha, «se han marchado no por falta de espíritu, de espiritualidad, sino precisamente por lo contrario: por insatisfacción insoportable con el espíritu que respiraban dentro» (J. M. Vigil).

Y es que las religiones, al contraponer espíritu y vida, Dios y disfrute, razón y fe, mayoría de edad y obediencia sumisa, discrepancia y comunión… están generando una cierta imposibilidad a la coherencia interior de quienes viven un mundo de mayoría de edad, de avances científicos, de pluralidad étnica y cultural, de convivencia interreligiosa. Así colaboran al surgimiento de un nuevo anticlericalismo.

«Mientras las religiones no se aclaren sobre estas cuestiones… vivirán en la constante contradicción de ser representantes de Dios y, al mismo tiempo, agresoras de la obra fundamental de Dios, que es la vida…» (J. M. Castillo). «Las religiones están en crisis, pero la espiritualidad parece gozar de buena salud… Es creciente el número de autores que se pronuncian a favor de esta posibilidad: estamos en un nuevo tiempo axial, en el que van a quedar superadas las religiones de la época agraria, y aparecerá tal vez una religiosidad más allá de las religiones que hemos conocido hasta ahora, tal vez, una espiritualidad sin religión» (J. M. Vigil).

También aquí es muy útil para sobrevivir acentuar nuestra sensibilidad histórica: vivimos una etapa de crisis-depuración-construcción de una espiritualidad nueva, diferente, pero inmersos en un proceso universal, que afecta a creyentes de otras muchas confesiones y a personas que buscan fuera de creencias específicamente religiosas. Parece que esto ha ocurrido ya en otros momentos de la historia, en que las religiones han sido sometidas a crisis y a reforma por el choque de sus estructuras, surgidas con anterioridad, con otras sociedades emergentes. Los especialistas lo denominan «tiempos axiales»…

Los problemas que observamos en las religiones y sus dificultades por afrontar positiva y creativamente situaciones nuevas que se presentan y para las que sólo disponen de respuestas antiguas, no son sino exponentes de este choque. Su poca capacidad oficial de ofertar respuestas coherentes y adaptadas a los nuevos tiempos, dificulta una experiencia religiosa a muchas personas creyentes: en una sociedad que aspira a vivir democráticamente, que cambia, laica y plural, las religiones no pueden seguir aferradas a la uniformidad, a la resistencia al cambio, al poder sagrado y al poder piramidal. Así dificultan la experiencia religiosa y traicionan el mensaje original que les dio origen.

Como vemos, un reto realmente apasionante.
«La mayoría de los seres humanos se agarran a la religión como el que está a punto de ahogarse se agarra a la cuerda que se le tiende. Se aferra a ella con todas sus fuerzas. La cuerda debe aguantar. Ella es la verdad. Si la cuerda llega a romperse, se abre un abismo. Por eso es esta religión y ninguna otra la que importa… Todo aquello en que se pueda encontrar vida y seguridad depende de la cuerda y tiene que ser verdad.

Pero, a veces, con la ayuda de esta cuerda, los hombres ponen pie en tierra. Entonces, ya tranquilos, abandonan la cuerda, porque ya tienen tierra firme bajo sus pies. Y lo hacen sin ser del todo conscientes de que es la tierra la que les proporciona seguridad. En eso, precisamente, consiste la religión verdadera: la mano de Dios que nos sustenta y no la cuerda a la que nos agarramos.
La cuerda, la religión, no es más que una herramienta, un medio.

La religión verdadera es sólo una confianza ante la que no encontramos palabras para definirla. El ateísmo quita la cuerda y le dice al hombre: ¿Cuándo dejarás de jugar a ser náufrago? La tierra está bajo tus pies, firme y segura, pero tú sigues aferrado a tu trauma. Hubo un tiempo en que creías que ibas a caer al fondo y ahogarte. Eso pasó hace ya muchísimo tiempo. Entonces eras un niño muy desgraciado y necesitabas seguridad. A esa exigencia de seguridad tuya es a la que ha respondido la religión por ti…Buda lo expresó de una forma muy bella: mi religión, mi enseñanza no es más que una barca con la que se atraviesa el río. Llegados a la orilla, a nadie se le va a ocurrir tomar la barca y colocársela sobre la cabeza para llevársela, sino que se deja allí y se camina libremente» (Drewermann. Dios inmediato, Madrid, Editorial Trotta, 1997).

II. PARA MEJOR ENTENDERNOS

ALGUNAS ACLARACIONES

n campos como éste, tan plurales hoy y tan mediatizados por la historia, parece conveniente formular ciertas precisiones que nos permitan entendernos mejor: En primer lugar, cada uno consigo mismo; también en el interior de nuestros grupos; y, consecuentemente, con personas de otras confesiones o de otras creencias e ideologías. Sería, por tanto, de desear que estas coordenadas nos permitieran entendernos mejor; o, por lo menos, preparar un terreno propicio al entendimiento en un futuro no muy lejano. Lógicamente, lo que apuntamos no pretende ponernos de acuerdo a todos; pero sí colaborar a que empleemos un lenguaje con coincidencias básicas para poder comunicarnos y entendernos.

A) UNA ESPIRITUALIDAD QUE NO NOS PARECE PROPIA DEL SER HUMANO.

Es curioso, de entrada, cómo define el diccionario de la Real Academia la palabra espiritual: naturaleza y condición de espiritual (perteneciente o relativo al espíritu); calidad de las cosas espiritualizadas o reducidas a la condición de eclesiásticas; obra o cosa espiritual; conjunto de ideas referentes a la vida espiritual. Subyace, en el fondo, ese dualismo tan presente en toda la literatura espiritual cristiana a lo largo de los siglos: lo espiritual como algo propio del espíritu, monopolizado por e identificado con lo eclesiástico; la vida espiritual concebida como algo diferente y añadido al resto de la vida… Consecuentemente, lo corpóreo, lo laico, la vida de cualquier ser humano, sólo merecen el calificativo de espirituales en la medida en que se relacionan o imitan ese otro mundo superior, el religioso, el eclesiástico. Con este presupuesto es difícil entendernos con quienes se muevan en otro modelo ideológico.

Esta fragmentación del ser humano en cuerpo y espíritu, como si de dos elementos superpuestos se tratara, está en el fondo de esa ascética y espiritualidad que tantas y tantos hemos vivido/padecido durante tantos años; y, al mismo tiempo, esa separación aporta los cimientos a la mentalidad sexual imperante en la moral católica oficial.

Cada vez más nos parece que el ser humano es un todo plenamente trabado y cohesionado, amalgamado de corporeidad y espiritualidad; plenamente encarnado en el tiempo y el espacio; ubicado en la materialidad aunque no encerrado ni sometido a ella, con capacidad de superarla y elevarse por encima.

Por eso, nuestra espiritualidad nunca puede ser concebida como una lucha contra lo corpóreo. Bien claro dice Jesús en el Evangelio que lo malo no está en el exterior, en lo visible, en lo corporal; nace de lo más profundo de cada persona; las grandes pasiones no anidan en los estratos corpóreos del ser humano; sus inclinaciones más perversas nacen de otros estratos más interiores, «espirituales». No existe una vida que merezca la pena ser llamada «espiritual» si no está plenamente enraizada en la materialidad e inmediatez de la vida normal y corriente, con sus necesidades y limitaciones corpóreas; pero también con sus potencialidades corporales sin número.

Nunca «espiritualizar» debería ser entendido como vivir en las nubes… Si el ser humano no es espiritual desde su corporeidad, estamos fundamentando la esfera sagrada de su vida en un terreno aparte, separado, en algo fuera del propio ser humano: pero el lugar sagrado por excelencia para el Jesús del Evangelio es el propio ser humano, con sus pasiones y sus virtudes, con sus necesidades físicas, sus enfermedades, sus dolencias y sus aspiraciones más profundas. «Religión no es ir a Dios renunciando al mundo, sino encontrarle en él» (A. M. Schlütter).

…el ser humano es un todo plenamente trabado y cohesionado, amalgamado de corporeidad y espiritualidad…

B) TODO SER HUMANO ES PORTADOR DE UNA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

El ser humano puede vivir por encima de algunas de sus limitaciones corporales y sobrevivir porque es capaz de romper con la inmediatez y vivir las situaciones desde una perspectiva más amplia que aquella que le dan en cada momento sus sentidos. Es esta capacidad de trascender lo que ve, lo que oye, lo que siente, lo que le da miedo o lo que le atrae en cada momento, lo que hace posible que analice las ventajas e inconvenientes de cada situación; su capacidad de reflexión le permite no estar encerrado en la inmediatez. Y su entrenamiento para incorporar a su conciencia las vivencias de cada instante, contrastarlas con su proyecto vital, es lo que hace posible reorientar, replantear o confirmar su trayectoria. Es la posibilidad de caminar con una luz vital que ayuda a elegir y construir el camino de cada cual en coherencia con lo que se piensa y se desea…

«Doy por supuesto que toda esta espiritualidad no sirve de nada si en el día a día uno no intenta dar respuesta a las situaciones que vamos viviendo a nivel de familia, amigos, comunicación virtual con mucha gente, situaciones sociales que se plantean y con las que intento colaborar (asistencia a manifestaciones justas, apoyo a campañas por Internet firmando muchas reivindicaciones, etc.) Es decir, la espiritualidad intento que de algún modo, conecte con el día a día. Que no quede en una teoría. Aunque no digo que siempre lo consiga o que no tenga fallos. Pero se intenta». (J. Cejudo)

Espiritualidad es, en definitiva, ser capaces de mirar la vida y de vivirla desde una perspectiva que supera lo inmediato, lo más cercano, lo que se impone en la monotonía diaria, sin más. Es vivir con espíritu. «Espiritualidad remite al Espíritu, que es pura libertad, puro riesgo» (R. Panikkar).

En una tonalidad literaria, así lo concreta Suso de Toro refiriéndose al lenguaje: «Compartimos con otros mamíferos el soñar durante el dormir pero el lenguaje, que es lo humano, nos permite también ensoñar durante la vigilia. Somos lenguaje, esa flecha poderosa que nos permite viajar fuera del espacio y tiempo, con el lenguaje nos desplazamos hacia atrás y hacia delante, formulamos lo vivido e imaginamos futuros posibles. El lenguaje nos permite que la memoria y la imaginación duren más allá del momento y nos permite la conciencia. Con el lenguaje, la conciencia, ensanchamos y reventamos el aquí y el presente, trascendemos el espacio y el tiempo.

El trascender, la capacidad de ultrapasar los límites de la percepción sensorial inmediata, es lo específico humano. Somos trascendedores, máquinas de trascender. Máquinas de hacer planes, de imaginar, buscar significado, sentido».

Estar abiertos a otras realidades, trascender; poseer una perspectiva que te ayuda a situar cada uno de los acontecimientos concretos en que te vas viviendo, dentro de una mirada amplia que orienta tu vivir. Hace ya bastantes años, en esta línea, se definía el término «espiritual»: «Es el ente caracterizado por su abertura sobre el ser y, a la vez, por su estado abierto respecto a lo que él mismo es y a lo que no es. Mediante estas dos aberturas de tal ente sobre el ser universal y sobre sí mismo, quedan caracterizados los dos rasgos fundamentales del espíritu: -trascendencia y reflexión (autoposesión de su ser consigo) y – libertad» (Diccionario Teológico. Rahner-Vorgrimler).

Hoy, por tanto, debemos irnos acostumbrando progresivamente a respetar esa dimensión espiritual de todo ser humano: esa cualidad que nos permite trascender y ser libres, en medio de la materialidad y de la corporalidad –y, necesariamente, desde ellas- y vivirlas como una vida humana con sentido, con pasión, con veneración de la realidad y de la Realidad: con espíritu» (J. M. Vigil).

Y, consecuentemente, en esta dimensión profunda, nadie tenemos la patente ni el derecho de homologación. «El espíritu no consiste, como con frecuencia creen quienes lo conciben de un modo excesivamente cómodo y viven de lo que ya está hecho, simplemente en ocuparse de cosas elevadas o inmateriales, sino que consiste en una relación con el mundo adquirida mediante la amplitud. Es una interpretación universal que no proviene de la luz intelectual sino de la vital, del choque contra la dura realidad de nuestros límites.

Aquél que asume tal posibilidad, es libre en un sentido profundo. Se ha liberado de la mera apariencia, que nos ata a algunas profundas debilidades, a algunas esperanzas vacías. Al despertarse, la libertad deja al descubierto lo aparente como aparente, y al aceptar el peligro logra su propia seguridad, logra para el hombre una vida con raíces propias, con su propio fundamento. Porque al luchar por la libertad, al luchar consigo mismo, se apropia de sí mismo, de lo más profundo que tiene dentro de sí o que es capaz de alcanzar. Es ésa la chispa que le descubre una nueva vida» (Jan Patocka. Equilibrio y amplitud vitales).

C) CADA VEZ DEBERÍAMOS SER UN POCO MÁS CAUTOS EN ESTE CAMPO

Y es que, con excesiva frecuencia, parecemos sentirnos poseedores no ya de la verdad, sino hasta de esa misma dimensión humana trascendental, tan plural y variada como el propio ser humano, y legítima desde su misma pluralidad. La religión única no ha sido una buena consejera tampoco en este campo. Por eso deberíamos ir interiorizando ciertos principios o actitudes básicas…Pueden servirnos, tal vez, las que siguen…

– La espiritualidad no se identifica con esa serie de virtudes (austeridad, ascetismo, desprendimiento, esperanza…) con las que con frecuencia la confundimos: aunque se puede manifestar en ellas. Estas virtudes pueden ser de gran utilidad en un mundo como el que vivimos; pero nunca podemos reducir la espiritualidad a ninguna de ellas.

– La espiritualidad no es patrimonio de un estado de vida ni de una religión. Es una característica de todo ser humano digno de tal nombre. La igualdad fundamental de todo persona así lo exige; y el respeto a las diferentes formas en que cada cual afronta sus retos más profundos, debe romper con nuestras inclinaciones narcisistas y clasistas. «En realidad una vida sin religión o religiosidad, sin sentido de trascendencia, no es plenamente humana pues lo específicamente humano, el lenguaje, nace para solucionar un problema propio de nuestra especie, la conciencia insoportable del yo y su límite, la muerte» (Suso de Toro).

– Lo espiritual no se contrapone a lo corporal –al menos en el ser humano-: en él, necesariamente, ha de ser vivido desde la corporeidad. El dualismo subyacente a ese prejuicio está radicalmente reñido con el espíritu de la creación y destruye el mensaje de la encarnación. Toda la creación es buena («Y vio Dios que era bueno todo lo que había creado»); y Dios la asumió en plenitud («Y el Verbo se hizo carne»).

– Por tanto, el espiritualismo es un intento envenenado de vivir la espiritualidad. Esta apuesta deja a un lado la centralidad del mensaje de Jesús: el otro, los otros, los más necesitados, son el lugar teológico privilegiado donde se nos manifiesta Dios y donde tenemos que dar la respuesta decisiva a la fe: «Venid, benditos de mi Padre, porque… cada vez que hicisteis esto con uno de los más pequeños, conmigo lo hicisteis». La propia interioridad, la conciencia de cada cual, sin la prueba de la alteridad y la materialidad, puede ser un mundo creado al margen de la vida real: una huida. Esto, aparte de que el intento de prescindir del cuerpo pasa factura antes o después.

– La espiritualidad no puede estar reñida ni puede ser vivida como algo enfrentado a la vida que tenemos, a su disfrute y al gozo. No tenemos más que una vida: y ésta es necesariamente corporal y espiritual. «Jesús trajo un mensaje de esperanza; sanó, perdonó y alivió el sufrimiento; transmitió ganas de vivir y de luchar; anunció una salvación aquí y ahora, para la vida, la del Reino de Dios. Nadie acusaría a Jesús de obstaculizar la felicidad humana. El problema es que no ha ocurrido lo mismo con la religión cristiana» (Estrada). Y todas y todos, de alguna manera, somos cómplices de esta traición: «No vivimos ni transparentamos en nuestras vidas esa experiencia de Dios que tenía que caracterizarnos como una forma de estar en el mundo» (Victorino Pérez).

III. POR DÓNDE VAMOS CAMINANDO

A) QUÉ ESTILO DE ESPIRITUALIDAD ESTAMOS VIVIENDO O BUSCANDO

nte todo, una espiritualidad globalizadora, que nos aporte una visión y una vivencia panorámica de los acontecimientos de la vida. «Para mí la espiritualidad es una dimensión de la vida no sectorial sino globalizadora. No consiste una práctica religiosa añadida a la vida, sino la experiencia de vivir la vida habitada por Alguien. Hay momentos que esa vivencia se hace más expresa, más consciente, y otros en que está implícita.

Pero siempre está al menos de fondo y a veces aflora. Espiritualidad hace referencia a espíritu, pero no como algo abstracto o lejano. Pero sí a algo difuso en el mejor sentido de la palabra: difundido, difuminado, diluido, que lo llena todo discretamente, sin quitar espacio a lo material, pero inundándolo todo. Como aquella metáfora del frasco lleno de bolas, pero al que siempre le cabe el líquido que ocupa los espacios con los que ya no contabas». (Deme).

+ Una espiritualidad de búsqueda. No existen caminos de validez universal. Bien es verdad que los grandes maestros espirituales nos han trazado unas pautas; pero vivir la espiritualidad exige que cada cual encontremos cómo dar respuesta a lo que vivimos, cómo situar lo que nos sucede, desde esa interioridad única e irrepetible que somos.

+ Una espiritualidad laica, no monacal; e interreligiosa, no sometida a los dictados de una religión sino abierta a lo que todas pueden aportar. Los modelos del pasado –ya lo veíamos- han identificado con excesiva frecuencia espiritualidad con huida del mundo; y en su miopía excluyente del pluralismo religioso, han pretendido caminos espirituales monopolizados por el mensaje cristiano.

+ Una espiritualidad que debe comenzar por limpiar, depurar nuestras ideas, imágenes y vivencias de Dios. Dios no puede estar al margen de ni reñido con la vida y con la naturaleza. «He ido descubriendo a un Dios encarnado en lo que te rodea, un Dios creador que te deja participar, que te exige participar, en la creación constante de algo mejor. En el creyente, pienso, la limitación humana te debe llevar a imitar a Dios, lo perfecto, pero sin endiosarte. Cuando analizo la función profética que nos presenta la Biblia, siempre deduzco que, los profetas-místicos, son los que más crean realidades distintas y profundas, porque están atentos a lo que viven, a lo que les rodea y comprometidos con ello. Es un reto». (P. Crespo)

Y es que las ideas que tenemos sobre Dios nunca son inocentes: un Dios como supremo poder que gobierna el mundo, la vida colectiva de todos y la vida individual de cada persona, deja escaso margen a la creatividad de sus criaturas y termina siendo una forma sutil de justificar todo desde un providencialismo que nos saca a los seres humanos de la responsabilidad ante la historia…
«Este providencialismo y pragmatismo resignado han sido la base de los Estados premodernos, consolidado Estados no laicos…

Esta cosmovisión genera resignación, conformismo, impotencia, alimenta la parálisis social y explica la asombrosa facilidad con que tantísima gente es leal a los caudillos-dioses de la clase política, a quienes entrega su voluntad, confiando en que sean ellos quienes organicen el destino nacional y les concedan favores. Esta visión de la política es religiosa… Para construir ciudadanía dentro de Estados nacionales que sean auténticamente laicos, hay que cambiar la idea de Dios. (M. López Vigil)
+ Una espiritualidad que se centre en la vivencia de todo lo sagrado que hay en la creación y en el ser humano.

Lo sagrado, no como un terreno oculto, controlado por especialistas, separado de la vida diaria y común: sino como ese lugar profundo en que cada ser humano busca sentido a lo que vive, donde se libran las grandes batallas de cada vida. Donde somos capaces de sentirnos interpelados por el misterio. Desde esa perspectiva, todo es sagrado…»El universo perdió su carácter sagrado», es verdad: pero debe recobrarlo desde otra perspectiva. Urge rescatar un nuevo carácter sagrado de la Tierra. Dios no creó el universo como algo acabado.

Estamos emplazados ante la promesa de un futuro por llegar: más que pendientes de una realidad primera perdida. «El ser más amenazado de la creación –por la lógica que explota y deteriora la naturaleza- son los pobres. Estamos bajo un paradigma que nos esclaviza, el del maltrato de la Tierra, el del consumismo, el de la negación de la alteridad y del valor intrínseco de cada ser. Somos la propia Tierra que en su evolución llegó al estadio de sentimientos, de comprensión, de voluntad, de responsabilidad y de veneración» (Boff).

+ Una espiritualidad del retorno a las fuentes, los orígenes, como el mejor lugar en que redescubrir las experiencias religiosas y místicas de sus fundadores. ¡Qué curioso! Los grandes maestros de espiritualidad que se nos habían propuesto, eran casi todos de los últimos siglos. Cuántas veces hemos identificado tradición con repetir los modelos y explicaciones que no tenían más allá de cien o doscientos años…

No es que haya que mitificar el pasado más lejano; pero sí poner cada cosa en su sitio. Y los cimientos de nuestra fe, los acontecimientos y mensajes fundantes nunca pueden ser ignorados ni oscurecidos por experiencias sesgadas y mediatizadas por tiempos históricos parciales.
+ Una espiritualidad cimentada en la experiencia personal, sin mediaciones sagradas, autónoma. «La Iglesia se nos muestra cada día más preocupada por reclamar poder y autoridad en la sociedad, que por suscitar que los cristianos del siglo XXI sean personas con una experiencia espiritual, comprometidas con proyecto vital de Jesús de Nazaret: el Reino de Dios que está entre nosotros; más aún, que está dentro de nosotros, aunque la mayoría de los cristianos no sientan tal». Si bien se mira, la religión no es otra cosa que un «una experiencia de vida, a través de la que se forma parte de la aventura cósmica» (Victorino Pérez).

+ Una espiritualidad apoyada en la igualdad básica y en la experiencia comunitaria. Consecuentemente, feminista y fundamentada en las relaciones personales. No confinada en la interioridad de cada conciencia –en una especie de autismo religioso-; sino enriquecida por el contraste y el compartir entre iguales, entre buscadores de trascendencia y aportadores de lo que cada cual tiene de específico, de diferente. En fin, una actitud irreductible frente al jerarcocentrismo patriarcal, apostando radicalmente por una Iglesia que sea realmente comunidad y discipulado de iguales, hombres y mujeres; radicalmente ecuménica e interreligiosa, e incluso más allá de las estrecheces de las religiones, que muchas veces velan en vez de desvelar el Misterio (Victorino Pérez).

B) QUÉ ELEMENTOS INTEGRAN NUESTRA ANDADURA ESPIRITUAL

+ La aceptación del MISTERIO como el horizonte en que nos movemos. Vivencia del misterio de la Vida. Dios vivido como misterio que cuestiona e interpela. «El mysterium mágnum no sólo existe e sí mismo, sino que a la vez y de modo principal está anclado en el alma humana»: hay que aprender el arte de ver (A. M. Schlütter).

Algo en abierta contradicción con creencias, normas y dogmas que dejan tan poco espacio a lo imprevisto y sorpresivo. «Creo en Dios presente, pero no evidente, en la vida cotidiana y en la historia. Creo en Dios en medio de la oscuridad de los absurdos de la vida. Creo en Dios que nos ofrece sentido y plenitud en nuestra pequeña vida contingente. Creo en Dios que nos ha hecho libres para responderle o no. Creo en Dios que nos hizo sensibles para presentirle más allá de los sentidos» (Tabares).

«La espiritualidad para mí es la vivencia del Misterio incomprensible, inabarcable, que siempre asoma y siempre escapa, que está y no se ve, pero se percibe vivo y actuante. El misterio de la vida, de la muerte, del mundo, del cosmos, del mal, del amor, de la humanidad, de la esperanza, del llanto, del dolor, de la ilusión… Esa dimensión que trasciende lo aparente pero es más real que la propia realidad aparente» (Deme). «Personalmente, me encuentro cada día más abrumado ante la perplejidad del misterio… Inmerso, fascinado, desconcertado, perdido, emocionado y exultante, aunque tranquilo. El misterio inabarcable del universo y de cada átomo.

Pero, sobre todo, el misterio lacerante del sufrimiento, la atroz crueldad entre seres humanos, la fascinación de la vida; las aspiraciones de cada persona… Compruebo que aumentan mis preguntas y disminuyen mis respuestas (Pope).

+ Esta experiencia espiritual debe estar basada en la ESCUCHA de Dios y la escucha del misterio del Mundo y de los Humanos. Es el cada día, con sus inquietudes y problemas, con el trabajo, la familia, los compañeros, el dolor y la enfermedad, el gozo y el disfrute, la política y las reivindicaciones, el Norte y el Sur… lo que necesitamos vivir desde el espíritu, más allá de la inmediatez, la monotonía o el desánimo… Una experiencia mística que busca la armonía no sólo con los hombres y mujeres, sino con toda a Creación, escuchando el «grito de la tierra y el grito de los pobres» (L.Boff), que van parejos.

«Toda esta espiritualidad no sirve de nada si en el día a día uno no intenta dar respuesta a las situaciones que vamos viviendo a nivel de familia, amigos, comunicación virtual con mucha gente, situaciones sociales que se plantean y con las que intento colaborar (asistencia a manifestaciones justas, apoyo a campañas por Internet firmando muchas reivindicaciones…) Es decir, la espiritualidad intento que de algún modo, conecte con el día a día. Que no quede en una teoría. Aunque no digo que siempre lo consiga o que no tenga fallos. Pero se intenta» (J. Cejudo).

+ La PAZ INTERIOR, la coherencia entre lo que piensas y sientes con lo que intentas vivir. Esa conformidad interior contigo mismo, primera condición para mantener unas buenas relaciones con los demás… «Pensar es sopesar, tantear el anhelo, la aspiración que cada cosa tiene para ir a su sitio, en donde pueda reposar… El ideal del pensar no es llegar a la inteligibilidad, sino el llegar a la consciencia de la armonía» (R. Panikkar).

Bien es verdad que, en nuestro mundo y con la conciencia que tenemos del momento presente y de la historia pasada, es difícil sentirse en paz con la humanidad, con la naturaleza… Formamos parte de esa especie que degrada el medio ambiente y condena a una vida indigna del ser humano a una parte importante de nuestros semejantes. Nos acompaña inevitablemente una imposible inocencia, que tenemos que aprender a situar cada día.

Hoy –es evidente- lo decisivo no es la fidelidad a ninguna institución por sagrada que se pretenda, sino la sensibilidad ante el sufrimiento humano y la preocupación por las víctimas. «Mientras la pregunta religiosa fundamental sigue siendo ésta: ¿hay vida después de la muerte?, un tercio de la humanidad, sometido hoy un empobrecimiento deshumanizante, se pregunta: ¿habrá vida antes de la muerte?» (M. LópezVigil).

«Se pueden decir más cosas. Que amo la vida; que disfruto de ella con terca y serena intensidad; que, a pesar de las desgarradoras tragedias y de las exasperantes injusticias que nos rodean, nos agobian y nos pringan, disfruto de una suficiente y reconciliada felicidad personal. Me reconozco un privilegiado a lo largo de las distintas etapas por las que ha ido pasando mi vida» (Pope).

+ La VIDA como DON y TAREA. Según decíamos, espiritualidad es esa perspectiva –sentido- desde la que intentamos saborear, analizar y reorientar lo que vamos viviendo. Y nos gusta sentir que la vida nos ha sido dada, como don gratuito, y que se trata de algo que vamos construyendo con nuestras decisiones y nuestras apuestas. Para ello, necesitamos contemplar con paz y sin prisas lo que nos toca vivir; y, al mismo tiempo, apostar por las transformaciones de que nos sentimos capaces o las que descubrimos que están en marcha. Es, en definitiva, la forma como queremos ir respondiendo a la vida. «¿Cómo se expresa? En la lucha y en la contemplación. En la lucha de cada día, en la que se esconde, y no siempre lo busco, pero sé que está detrás de todo. Y en la contemplación de la vida, en las personas, en el mundo, en la Palabra, en el silencio, en la comunidad, en la soledad, en el humor y en el amor» (Deme).

«Nunca le he tenido miedo a la muerte. Pero, como tanta gente, le tengo miedo al sufrimiento inútil y sin esperanza que degrada a la persona y crea dolorosa impotencia en quienes te rodean. Por eso, como opción estrictamente personal, soy partidario de la eutanasia sin más adjetivos. Y ojalá que otras personas no tengan que tomar esa decisión en lugar mío» (Pope).

+ Ser conscientes de la gratuidad de la vida nos exige ser generosos en el COMPARTIR: es, en definitiva, una forma de expresar agradecimiento al Dios de la Vida.

«A solas y con otros para hablar con Jesús o con Dios sobre esas cosas que me parecen más trascendentes o, a veces, fuera del alcance de mi comprensión: la infelicidad y el sufrimiento de la gente; la enfermedad y la muerte de los jóvenes; el Mal, presente en el mundo y en la Iglesia oficial; el abuso del poder; el escaso valor de la vida en muchos países; la fe en Jesús y su mensaje; el valor de la solidaridad; la impunidad de los neocon políticos y religiosos… Y sobre otras cosas del cada día de nuestra convivencia: la importancia de ser corresponsables y comprometidos; el valor del calor humano; la compasión; el respeto a las ideas diferentes; los desprotegidos, si son mayores que viven solos por obligación o niños sin cariño; el respeto a lo que es de todos y a la naturaleza» (José Luis Sainz).

«Experimentar eso como un don, como una suerte, me hace vivir agradecido. Y de vez en cuando tengo que alimentarlo, dejándole respirar, haciéndolo más consciente, cultivando la relación afectiva de sentirse querido y capaz de querer, de quererle a Él y de querer en general, porque Él es la fuente del amor, quien me hace capaz de amar a pesar de mis miserias, egoísmos, debilidades, contradicciones…» (Deme).

+ Evidentemente, la perspectiva clave en nuestra búsqueda debería ser el ESPÍRITU DE JESÚS, sus valores. La opción fundamental por Jesús, su seguimiento nos introduce en otra dimensión, en una opción transformadora al mirar la realidad.

«La espiritualidad que me anima es concreta: es la del espíritu de Jesús de Nazaret (el que a él le animaba). Algunas referencias del evangelio y de los testimonios de los primeros testigos y de algunos testigos actuales me ayudan a descubrirlo en detalles. En cambio, me estorban algunas mediaciones institucionales, religiosas, dogmáticas, rituales… ¡Cuánto cuesta hacer la gimnasia mental y espiritual de trascenderlas! Pero bueno, a pesar de todo, siempre sopla» (Deme). «Ahondar en una experiencia espiritual que nos lleve a vivir el espíritu de las Bienaventuranzas. Una experiencia en la que la realidad de los pobres, los pacíficos y los que buscan la justicia no sea una cuestión ideológica, sino algo vital para la comunidad y para cada uno» (Victorino Pérez).

«El hilo conductor de mi vida ha sido y sigue siendo la persona de Jesús. Primero, fue Jesucristo; pero, a medida que Jesús de Nazaret ha ido bajando peldaños de su divinidad, se me ha ido haciendo más cercano, más atractivo y más universal. Lo que de verdad me disloca es su forma de entender y de vivir el Reinado de Dios como fraternidad universal; su actuación insobornable en defensa de las víctimas contra los más intrincados mecanismos de marginación; su libertad ante cualquier norma que aplaste o condicione el crecimiento del ser humano. En Jesús barrunto que Dios se viene «encarnando» en cada ser humano desde el principio hasta el fin de los tiempos. Cada vez percibo más a Jesús como patrimonio de toda la humanidad, más allá de los límites de cualquier religión» (Pope).

Ese espíritu de Jesús nos invita a vivir la espiritualidad no como algo aparte del ser humano y de la vida; ni limitado al templo o a ciertos tiempos; no es patrimonio de los sacerdotes ni está condicionado a ellos; la espiritualidad se encuentra en cada ser humano; ha de ser vivida desde la convicción de la bondad de Dios y expresada desde la misericordia; y tiene unas formulaciones que hemos dado en llamar las Bienaventuranzas.

+ Esta apuesta por el Reinado de Dios, por las Bienaventuranzas puede llenar de SENTIDO a la vida. Frente a la cultura de la inmanencia, nos aporta esperanza y de sentido de la utopía. Nos puede dar alas para volar e impulso para vivir (E. Tabares). «La esperanza no es de futuro, sino de lo invisible presente» (R. Panikkar).

«El Espíritu para mí es la vida que me anima, el aire que respiro, el viento que me empuja, el fuego que me quema, la fuerza que me dinamiza. Es algo exterior a mí, porque no soy yo; pero es algo dentro de mí, que no soy yo pero me hace serlo. Yo noto que el esfuerzo de vivir la vida no es mero voluntarismo mío; hay algo o alguien que me anima, que me seduce, que me lleva. Procuro no resistirme y dejarme llevar por él» (Deme). Creo en Dios, Misterio inaccesible y presencia amorosa a la vez. Creo en Dios no impasible, que sufre con el dolor de los sufrientes.

Creo en Dios no neutral, que se une con ternura a los humildes y empobrecidos. (E. Tabares) «Finalmente, me gusta la feliz formulación de Díez Alegría en su «credo»: «Sabemos que Dios no tiene manos, pero nosotros estamos en manos de Dios». Espero con gozosa confianza que todos los seres humanos nos iremos encontrando en esas manos de Dios; en esa experiencia totalizadora de que «Alguien» nos ama de forma incondicional y absoluta; en la superación definitiva de nuestras mezquindades y de nuestros egoísmos porque a los «buenos» y a los «malos» se nos ha abierto LA VIDA en su luminosa gratuidad» (Pope).

+ En este difícil recorrido, necesitamos espacios y tiempos de ORACIÓN personal y comunitaria, de interiorización, en que expresar y reforzar estas opciones. Aunque, en realidad, no es fácil dar con ellos… En la mayoría de los casos estos momentos son estrictamente personales o con los pequeños grupos-comunidades de oración en los que nos movemos; nos cuesta mucho más encontrar este cauce en parroquias. Sencillas eucaristías domésticas, celebraciones más preparadas en encuentros y asambleas, reuniones de reflexión, charlas desde la cercanía sobre todo aquello que nos parece más trascendente o escapa a nuestra comprensión, momentos reservados para la propia meditación… son eficaces medios en esta búsqueda. «Se trata de vivir la vida humana de una forma global a partir de sus raíces más íntimas» (A.M. Schlütter).

Se subraya también la gran importancia que supone la lectura escogida de aquellos autores que abren perspectivas a esta nueva espiritualidad.

«No suelo ir a Misa. Pero si por alguna razón acudo a ella, sólo comparto la Comunión si «siento» que es Eucaristía. Rezo, canto y celebro con un pequeño grupo y con una pequeña comunidad de cristianos. Son sencillos lugares, pero privilegiados para alimentar mi espiritualidad. Ni qué decir tiene que los espacios y tiempos que comparto con compañeros/as del MOCEOP, son una especie de balneario espiritual. También me gusta conversar con personas agnósticas o no creyentes sobre esos asuntos de mayor o menor trascendencia. Es enriquecedor cuando no hay ánimo de imponer. Conozco a algún obispo con el que se puede dialogar de ese modo. «Hay de todo en la Viña del Señor». (José Luis Sainz).

«También en la Comunidad vivimos la Eucaristía unas tres o cuatro veces al año de un modo muy distinto al que podríamos encontrar en cualquier Iglesia. Cuando la celebramos entre todos, participamos todos en un clima de igualdad y sin protagonismo ninguno de ningún cura. En nuestro caso, los dos curas casados que estamos somos uno más. Y , aunque es cierto que la gente suele delegar en uno de nosotros para que animemos la Eucaristía, nosotros siempre procuramos que todos se sientan completamente iguales a la hora de opinar, participar, tomar distintas iniciativas etc.. Estamos en plan de igualdad» (J. Cejudo).

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