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La era está pariendo un corazón -- Nacho Dueñas, historiador y cantautor, miembro de las CCP de Cádiz

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Así rezaba el título de la canción con que Silvio Rodríguez lloró la muerte del Che Guevara acaecida en los años 60. Se trata de una obra hermosísima pero a la vez triste, ya que además de cantar la pérdida del guerrillero, afirma que “la era está pariendo un corazón, no puede más: se muere de dolor”.

Creo que hoy es posible retomar el título y darle la vuelta al sentimiento negativo, para desde el mismo, hacer un canto a la esperanza y al optimismo.

Para ello, no debemos perder la lucidez ni dejar de reconocer las grandes encrucijadas que amenazan a la humanidad: el desastre ecológico en ciernes, la amenaza del imperialismo anglosajón, la acción expoliadora de las multinacionales, la alienación impulsada desde los medios de comunicación de masas (verdadero “opio del pueblo”, a criterio de Herbert Marcuse), el hambre y la pobreza que atenaza a buena parte de la humanidad, o el consumismo y la tecnolatría de otra parte de ella, la zona VIP llamada primer mundo, que integra una la minoría de los seres humanos, en torno al 20%.

Sin embargo, no faltan las razones para la esperanza desde diversos ámbitos. Es posible que no sean percibidas con facilidad, pues carecemos de perspectiva a causa de la aceleración de la historia y de la rapidez con que se desarrollan los acontecimientos en la superficie de la realidad, además de que a menudo nos falte la reflexión para constatar todos los signos positivos. Voy a intentar enumerar algunos:

-Desde las mentalidades cotidianas: Hace pocas décadas eran considerados como algo normal ciertos hábitos hoy considerados aberrantes, tales como la homofobia, el maltrato de género, fumar en público, la despreocupación por el medio ambiente, la agresión física a los niños u otros muchos. Cierto que hay mucho en qué mejorar, sobre todo en las hábitos de consumo (no coche, no tele, no multinacionales, no banca convencional…), pero es innegable que sólo hace medio siglo estas cuestiones eran, sencillamente, inconcebibles

-Desde la conciencia de los pueblos: Dos décadas atrás nadie iba a creer que en Bolivia iba a haber un presidente indigenista; que en Venezuela iba a surgir un proceso como el que lidera Hugo Chávez, que vio cómo unas masas dormidas pocos años antes, se echaron a la calle para reponerlo en el poder tras el golpe del 2002; que Ecuador iba a recuperar su soberanía económica ante el FMI, el BM y las multinacionales; que Cuba iba a resistir y mantener el privilegio de, según la UNESCO, ser el único país en erradicar la desnutrición infantil en Latinoamérica; que los foros sociales al grito de “otro mundo es posible”, iban a seguir removiendo los rescoldos de la lucha social, por cierto, recientemente en Dakar, donde se rebasaron las más optimistas expectativas; que Egipto y Túnez iban a expulsar a sendos autócratas, prendiendo en todo el norte de África la mecha de la insurrección.

-Desde la derrota del imperialismo: Militarmente: desde el fiasco de Afganistán, donde no son capaces de derrotar a los habitantes de uno de los pueblos más pobres del mundo, a la vergüenza de Irak, donde han sido, hasta hoy, incapaces de “pacificar”; a la respuesta digna y firme del gobierno iraní (por muy autócrata que sea) ante las amenazas reiteradas; a la probable pérdida del norte de África como zona de influencia, o la pérdida de la hegemonía en América Latina (donde Brasil le habla de tú y donde Colombia, de modo sutil, parece dejar de cumplir su papel de lacayo al cancelar el acuerdo de las siete bases militares y al acercarse, al menos diplomáticamente, a la Venezuela de Hugo Chávez).

Económicamente, son incapaces de impedir el ascenso del BRIC (el grupo emergente formado por Brasil, China, India y Rusia), por lo que el mundo unipolar parece tocar a su fin; así como en América Latina asisten impotentes a la derrota del Tratado de Libre Comercio, a la salida de la disciplina del FMI y el BM de algunos países como Argentina, Venezuela, Bolivia o Ecuador; o la incapacidad para evitar las iniciativas de integración económica y cultural en la zona (ALBA, Unasur, Mercosur, Telesur, etc.), ya que los distintos intentos desestabilizadores no han hecho más que el ridículo (Ecuador, Venezuela o Bolivia), menos en Honduras.

-Desde las religiones: Gracias a las teologías de la liberación (que ya no es únicamente un fenómeno católico ni cristiano) se ha logrado romper en buena medida el pacto entre el poder y la religión, ya que esta última, entendida en sentido liberador, es una herramienta útil para la lucha social, como se ha demostrado en América Latina, pero también en Sudáfrica, y en los países árabes (no los islamismos integristas, sino otras apuestas más espirituales y humanistas desde el Islam, de las que no se habla por su labor callada pero discreta).

Y, sobre todo, cualquier ursulina de clausura o cualquier carmelita descalzo puede participar en principio en una marcha contra las multinacionales sin que por ellos se sientan integrados en la teología de la liberación.

Si hubiese perspectiva histórica, tal vez podríamos enjuiciar en su medida el gran giro copernicano que supone este “cambio de bando por parte de Dios”, ya que hace menos de un siglo levantarse contra la injusticia era levantarse contra un supuesto orden social instaurado por Dios.

-Desde la técnica: Hoy en día, hay capacidad de erradicar no sólo el hambre, sino el dolor físico y buena parte de las enfermedades. Y los medios de comunicación e Internet podrían, sencillamente operar milagros. Por otra parte, a poco que se investigase, se podría encontrar nuevas fuentes de energía no contaminantes. Las renovables probablemente serían un revulsivo, a poco que se intensifique la demanda, y por tanto la investigación para su comercialización.

Ante todo esto, lo que urge es volver a la mentalidad de la militancia. Es bueno tomar conciencia del momento histórico en que vivimos y constatar, pese a las apariencias, que la humanidad progresa hacia donde debe, y que las encrucijadas en las que se encuentran pueden ser y serán remontadas. Como diría la cantautora Rosana, “llegaremos a tiempo”.

Necesitamos leer y reflexionar, volver a tomar las calles, convocándonos por Internet o por el tradicional megáfono, o por las octavillas. Eso es lo de menos. Y sobre todo, hacer alternativa lo alternativo: la revolución de la cesta de la compra, es decir, comercio justo, banca ética, agricultura económica, trueque, no coche, no tele, no multinacionales, no impuestos a gastos inmorales. Así, adelantaremos la toma de la Bastilla, que para entonces tendrá las paredes carcomidas, los cristales rotos y los cimientos endebles.

Aprendamos que la ideología es el volante del coche de la revolución (o más aún, de la contracultura), pero su motor es la espiritualidad (no necesariamente la religión): la fuerza atómica que se encuentra en el interior de todo ser humano, y que activada, a la luz de la ideología, y con el complemento de la técnica, podremos llevar a cabo la gran revolución definitiva: la que acabe con la pobreza y cree un mundo humanizado donde felicidad sea un proyecto factible.

Y mientras rebuscamos esa fuerza atómica en nuestro interior, mediante la oración, la meditación y los hábitos de vida sanos, vayamos preparando la toma de la Bastilla y renovando los criterios de nuestra cesta de la compra, a la par que recordamos esa canción del gran cubano Silvio Rodríguez que decía: “debo dejar la casa y el sillón (…), hay que quemar el cielo si es preciso, por vivir: por cualquier hombre del mundo, en cualquier calle”.

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