La economía es nuestra práctica y responsabilidad (2/5) -- Pedro Pierre

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

Muchas veces pensamos que “la economía” es un asunto de especialistas, cuando la que mejor maneja la economía es nuestra mamá, para que la comida alcance a todos. Pues, en su esencia, la economía es la organización del compartir equitativo, tal como lo logran las amas de casa afín que la comida alcance para todos.

También hacemos ‘economía’ todos los que nos toca responsabilizarnos de los bienes materiales que nos pertenecen, pertenecen a nuestra familia o son los bienes comunes a todos los ciudadanos de un país.

La ‘economía’ abarca la producción y extracción de bienes, su transformación, su comercio y su repartición… o acumulación. La economía no es primero el dinero. No hay dinero si no hay producción de bienes que comprar o vender. Y no hay bienes sino hay trabajadores que los producen. Las y los trabajadores son los primeros creadores de la economía.

Así que la economía es nuestra práctica primera para poder vivir, comer, construir, producir bienes que luego son comercializados. Es el comercio que necesita y produce el dinero.

Los ricos lo entendieron muy bien porque fueron los que acapararon la tierra, las herramientas, las fábricas, las armas, la propiedad privada, la tecnología… y ahora la inteligencia artificial para controlar la producción y almacenamiento de bienes.

Conformaron la clase de los acaparadores de la propiedad y del capital o del conjunto de bienes y propiedades. Así nacieron los no propietarios que pasaron a ser los trabajadores explotados, oprimidos, marginados y desposeídos de los frutos de su trabajo.

Luego siguió la explotación de la naturaleza, el saqueo de las materias primas y la destrucción del medio ambiente. Esas son las primeras violencias de la economía concebida como acumulación a costa de los trabajadores.

Por eso el papa Francisco habló de manera particularmente dura en su Carta encíclica “La Alegría del Evangelio: “Hoy tenemos que decir ‘no’ a una economía de exclusión e inequidad. Esa economía mata… ¡No a una economía de la exclusión! (53-54). ¡No a la nueva idolatría del dinero! (55-56).

¡No a un dinero que gobierna en vez de servir! (57-58). ¡No a la inequidad que genera violencia! (59-60)… Hoy todo entra en el juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil”.

A sus inicios el Pueblo de Jesús hizo una experiencia positiva de la economía. Después de dejar la esclavitud de Egipto y emprender la travesía del desierto del Sinaí, experimentó la escasez de comida. Fue con el “maná’, pequeños granos o ‘pan del desierto’: “Que cada uno recoja solo cuanto necesite para comer él y la gente de su tienda…

Ni los que recogieron mucho tenían más, ni los que recogieron poco tenían menos. Cada uno tenía lo necesario para su consumo” (Éxodo 16,14-21. Esta experiencia del compartir equitativo fue la ‘regla de oro’ de su organización económica… En la Biblia, el sabio Sirácides la explicita: “El pan que mendigan es la vida de los pobres; el que se lo quita es un asesino.

Mata a su próximo el que le quita los medios para sobrevivir; retener el salario de un trabajador es lo mismo que derramar su sangre” (34,21-22). Y los primeros cristianos también practicaron esta regla de oro : “Se repartían todo cuanto tenían según la necesidad de cada uno. No había entre ellos ningún necesitado” (Hechos 2,44 y 4,34).

Las conclusiones son claras: Por una parte, sí se puede superar las desigualdades entre ricos y pobres y, por otra, tenemos la misión de sustituir el sistema neoliberal multiplica las riquezas a costa del empobrecimiento de millones de personas. ¿Quién es pobre y quién es ricos? Somos pobres cuando compartimos, no explotamos a los demás y actuamos colectivamente.

Somos ricos cuando dejamos de compartir y acumulamos bienes y riquezas, quitando a otros lo que le corresponde por derecho (tierra, empleo, fábricas) o por trabajo (los frutos, el dinero). El gran problema actual es que este acaparamiento está organizado mediante el sistema capitalista neoliberal: Es el “pecado social” que nos divida, nos opone los unos a los otros y nos destruye.

Es más que necesaria la sustitución de este perverso sistema neoliberal. Esta comienza cuando, desde la familia, organizamos el repartir y compartir equitativo entre todos sus miembros. Luego sentiremos la necesidad de tener en común la tierra, el trabajo, las herramientas y los frutos del trabajo. En ese sentido nuestros hermanos indígenas tienen mucho que enseñarnos.

Así nos estaremos preparando para diseñar y construir un país donde tengamos en común ‘pan, techo y empleo’, lo suficiente para vivir con dignidad.

El presidente de la Academia Internacional de Líderes Católicos, Mario J. Paredes, acaba de declarar: “Urge una nueva generación de laicos. Una generación que no renuncie a transformar la realidad, armada de la verdad evangélica y de la fuerza de la Doctrina Social de la Iglesia. Acojamos este cambio de época con la audacia de quien sabe que cada crisis es un umbral.

Caminando juntos, en un genuino espíritu de sinodalidad, los laicos de hoy estamos llamados a ser los artífices de una nueva primavera para nuestros pueblos. Seamos audaces y valientes en el seguimiento de Cristo y de su doctrina para transformar el mundo”.

Que una economía equitativa sea nuestra práctica y responsabilidad. Dejémonos guiar por las orientaciones del mismo papa Francisco: Nos invita a dar “prioridad a la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos”.

Propone atacar “las causas estructurales de la inequidad”, renunciar “a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera”. Reivindica la organización popular, la lucha social, la militancia comprometida, el ejercicio de la política orientada hacia la justicia social.

Retoma la opción por los pobres e invita a asumir sus causas. Propone cuidar las semillas esparcidas de la solidaridad, recogerlas para que se multipliquen al ponerla al servicio de nuestros pueblos.

Para lograrlo, el pastor Felipe Adolf nos advierte: “Si quieres ir rápido, ve solo; si quieres ir lejos, vayamos juntos”. Tengamos la audacia de seguir a Cristo y a cuantos más para cambiar el mundo.