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La doctrina de la Iglesia y la ley celibato (12) -- Rufo González

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Pidamos buenos sacerdotes, casados y solteros: que nadie se sienta obligado a vivir un carisma falso para ejercer su carisma verdadero.
La doctrina de la Iglesia y la ley celibato (12). Comentarios libres
Decreto “Sobre el ministerio y la vida de los presbíteros” (PO 16)
Hoy comento los últimos apartados del párrafo 3º de PO 16: “exhortación, recomendaciones y ruegos”. Últimas piezas para blindar la ley, hacer creer que es voluntad de Cristo, por tanto la Iglesia no tiene más remedio que imponerla y Dios no tiene más remedio que conceder “generosamente” este don. La ley debe seguir contra viento y marea. Este es el esquema:

C.- Exhortación del Concilio a todos los Presbíteros, que, apoyados en la gracia de Dios, aceptaron el sagrado celibato con voluntad libre, según el ejemplo de Cristo, para que, adhiriéndose a Él con gran ánimo y de todo corazón, y perseverando fielmente en su estado:

a) reconozcan aquel preclaro don, que les ha sido dado por el Padre, y que tan abiertamente es ensalzado por el Señor.

b) y tengan ante los ojos los grandes misterios que en él se significan y se cumplen.

D.- Recomendaciones:

1.- Los Presbíteros pedirán a una con la Iglesia la gracia de la fidelidad:

a) nunca negada a los que la piden;

b) más humilde y perseverantemente cuando más se considera imposible la perfecta continencia en el mundo actual por no pocos hombres.

2.- A la vez utilicen todas las ayudas sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos.

3.- Sigan y no omitan las normas, sobre todos ascéticas, que son aprobadas por la experiencia de la Iglesia y que en el mundo actual no son menos necesarias.

E.- Ruegos no sólo a los sacerdotes, sino a todos los fieles:

1.- que este precioso don del celibato sacerdotal lo tengan en el corazón (aprecien).

2.- que pidan todos a Dios que Él conceda siempre abundantemente aquel don a su Iglesia

La historia real no siempre coincide con la teoría

El celibato, vinculado necesariamente al presbiterado, carece de sentido para los clérigos de la Iglesia oriental católica. Ellos saben que el Espíritu les ha concedido el don de la vocación al presbiterado, pero no el don del celibato. Esa misma experiencia no se les permite a quienes viven en otra región de la tierra. Desde el bautismo, en Rito latino, estamos obligados por ley a tener los dos carismas, celibato y vocación presbiteral, para poder ejercer el orden sacerdotal.

El texto conciliar se dirige “a todos los Presbíteros que, apoyados en la gracia de Dios, aceptaron el sagrado celibato con voluntad libre, según el ejemplo de Cristo”. Es verdad que aceptaron el celibato con voluntad libre, porque no había otra opción para ser sacerdotes. Si hubieran tenido alternativa opcional, muchos no habrían elegido el celibato. Ahí están las historias reales: la inmensa mayoría de los declarados “no aptos” sienten y creen tener vocación sacerdotal, pero no celibataria. La vida les despertó tarde del espejismo, les descubrió el engaño, les enfrentó al cambio necesario si querían vivir equilibrados corporal y psíquicamente. “Los curas que abandonan el ejercicio del sacerdocio, no lo hacen (en la mayoría de los casos) por debilidad, sino que en ello muestran una fortaleza mucho más seria de lo que mucha gente se imagina. Para un sacerdote, no suele ser fácil abandonar su sacerdocio. Estoy convencido, por propia experiencia, de que tomar esa decisión es una de las cosas más serias (a veces, de las más duras) que hay en la vida… Representa el destrozo de su imagen pública. Para dar este paso y romper esta imagen, hasta quedarse sin nada, como uno de tantos, hace falta mucha fortaleza. Es impúdico, en un caso así, hablar de debilidades y traiciones” (Epílogo de José María Castillo, en “Curas casados. Historias de fe y ternura”. R. Alario y T. Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010. P. 339-355).

“El respeto de Jesús, al afrontar esta cuestión, tiene que ser el paradigma del gobierno eclesial”

Creo también acertada la reflexión de José María Castillo en el mismo épilogo: “el control de la autoridad eclesiástica sobre la sexualidad humana es uno de los abusos de poder más fuertes y más violentos que lleva a cabo el poder jerárquico. Jesús sabía, sin duda, que toda esta materia es extremadamente delicada. Y por eso, ni habló de este asunto. El respeto de Jesús, al afrontar esta cuestión, tiene que ser el paradigma del gobierno eclesial. Por eso, la libertad de los curas casados, al cargar sobre sus conciencias la decisión última en este orden de cosas, es paradigma de una fe que se hace responsable de sus propias decisiones. Estos hombres tendrán sus defectos y limitaciones, nadie lo duda. Pero también hay que decir que estos hombres han tenido la libertad y el coraje de tomar la propia vida en sus propias manos, para conducir esas vidas como ellos veían que era lo que más y mejor cuadraba con su propia humanidad”.

Para los sacerdotes casados su “preclaro don, dado por el Padre”, es el matrimonio

A los dirigentes eclesiales sólo parece preocuparles la ley, el compromiso adquirido en una época. No se acepta que sean seres evolutivos, sujetos a cambios intelectuales, emocionales, volitivos… Máxime en opciones libres, sujetas al contraste práctico. Equiparan la opción celibataria con el seguimiento de Jesús. No respetan que el celibato es una opción siempre libre entre cristianos. Podemos “adhirirnos a Cristo con gran ánimo y de todo corazón”, y no “perseverar fielmente en el estado célibe” si no lo consideramos apto para nuestra vida. Todo bien es “don del Padre”, el celibato por el Reino y el matrimonio. Pero no es tan buen “don” la vinculación necesaria de ambos dones. Esta necesidad legal no proviene de Dios, sino de los hombres. Imponiéndola “nos exponemos a luchar contra Dios” (He 5,39). Los sacerdotes casados merecen la misma exhortación, pero referida a otro don divino: “reconozcan aquel preclaro don, que les ha sido dado por el Padre, y que tan abiertamente es ensalzado por el Señor, y tengan ante los ojos los grandes misterios que en él se significan y se cumplen”. Para ellos “aquel preclaro don” es el matrimonio, “dado por el Padre” del amor, “ensalzado por Cristo” a sacramento con mayúscula, “símbolo magnífico, aplicado a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,32).

El celibato de Jesús es opcional, no vinculado necesariamente a su sacerdocio

No puede “demostrarse” que Jesús fuera célibe de por vida. Esto no es un tema de fe. Jesús podría haber estado casado y ser viudo cuando inició su trabajo por el Reino de los cielos. Lo que se sabe por los evangelios es que en su vida pública actuó como célibe por el Reino de Dios. Hoy, los estudiosos de la sociología del cristianismo primitivo, explican el celibato de Jesús como respuesta de Jesús a la situación social de mucha gente. Había bastante población sin herencia, sin trabajo fijo, sin casa y sin tierras. En esas condiciones no podían fundar una familia patriarcal, según se entendía entonces. Desde el amor del Padre, se sintió llamado a fundar otro tipo de familia, superadora del tradicional. No se casó “por solidaridad” con los pobres sin hogar ni casa, y marginados por enfermedad (leprosos) y otras causa: prostitutas, publicanos, pastores… Todos los que carecían de una relación familiar estable y bien vista. Entre ellos los “eunucos”, ya entonces en situación de marginación biológica, psíquica y social, según parece reconocer el propio evangelio (Mt 19, 12). El “eunucato” de Jesús por el Reino no parece de inspiración ascética, como ha ocurrido después en la Iglesia. Su celibato supone una vida distinta (no en familia patriarcal), solidaria con pobres y marginados. Jesús no rechaza el matrimonio, signo del Reino, ámbito y germen de fecundidad y fidelidad humanas (Mc 2, 19; 10, 7-9). Por eso no tiene inconveniente en elegir apóstoles casados, que puedan presidir las comunidades cristianas. El celibato de Juan Bautista y Pablo parecen explicarse por “presura” temporal: creían inminente el final, sin tiempo para construir una familia patriarcal (1Cor 7, 29-31). Por eso Pablo invita a todos a su celibato.

“Recomendaciones” para el seguimiento de Jesús

Tres son las recomendaciones que el texto conciliar hace a los presbíteros: orar, utilizar las ayudas sobrenaturales y naturales, y seguir las normas aprobadas por la experiencia eclesial. En el fondo son las recomendaciones evangélicas para seguimiento de Jesús. Ya he dicho antes que no se puede poner al mismo nivel la opción radical de vida que un estado de vida opcional, libre para todo cristiano. Orar es para “no caer en tentación”, no desviarnos de la verdad, de la libertad, de la vida auténtica humana, del bien… Orar para que sea haga la voluntad de Dios, su Reino de vida para todos. Orar para ser fiel al amor que Dios pone en nuestro corazón… Empeñarnos en orar para pedir ser fieles a un compromiso de nuestra voluntad, no necesaria evangélicamente, y que incluso puede estar perjudicándonos, es, al menos, “exponernos a luchar contra Dios” (He 5,39). Así puede explicarse la experiencia de muchos, contraria a lo que dice el decreto conciliar: “nunca negada a los que la piden”. Muchos “han pedido a una con la Iglesia la gracia de la fidelidad celibataria… más humilde y perseverantemente cuando más se considera imposible la perfecta continencia en el mundo actual por no pocos hombres”, y no la han obtenido. “Han utilizado todas las ayudas sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos. Han seguido y no han omitido las normas, sobre todos ascéticas, que son aprobadas por la experiencia de la Iglesia y que en el mundo actual no son menos necesarias”. Y el Espíritu no les ha dado su alegría, que sí han recuparado por otro camino, más humano para ellos, y, por tanto, más divino.

Leamos esta experiencia espiritual con respeto:

“Sí, transmitir el evangelio, ayudar a vivirlo en mí y en quienes me rodeaban me encantaba, pero vivir célibe me dejaba vacío, cada día un poco más … Esto no se pasaba, ya no eran crisis, era una constante. Mi corazón me estaba hablando otra cosa desde hacía mucho tiempo y no estaba haciendo caso. Dios mismo me hacía darme cuenta de que no podía seguir engañándome y engañándole a él y a todos; por muchos grupos, catequesis y homilías que pronunciase; aunque la gente me quisiese y alabase mis palabras o mis acciones; aunque Dios me diese muestras de su amor y fuese a veces instrumento suyo y testigo de su bondad con las personas… Gracias a este encuentro (se refiere al contactar con el Movimiento pro Celibato Opcional), he comprobado que el camino que Dios me ha mostrado no es una locura mía. Mi vocación había sido siempre ser cura casado; y yo no me había dado cuenta. Por eso esa lucha interior, por eso esa vivencia ambivalente. Sí, ya sé que eso no existe hoy en la Iglesia Católica Romana, pero en su momento tampoco existieron los monjes, los eremitas o los laicos consagrados. Es la vocación que Dios quiere de mí. Y para eso me ha dado a conocer no sólo a MOCEOP sino, sobre todo, a una persona con la que compartir esta misión, esta ilusión y estilo de vida… A día de hoy, nos sentimos con la manos vacías, alzadas, puestas a disposición de lo que Él quiera. Estamos a la escucha, a la espera de conocer cómo y dónde quiere que hagamos realidad su sueño, su Reino. “Aquí estamos, Señor, envíanos” (“Curas casados. Historias de fe y ternura”. Ramón Alario y Tere Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010, pág. 76).

“Ruegos” a todos para el bien de todos

Los ruegos conciliares se dirigen “no sólo a los sacerdotes, sino a todos los fieles”. Nos ruegan a todos dos cosas: “que este precioso don del celibato sacerdotal lo tengamos en el corazón” y “que pidamos todos a Dios que Él conceda siempre abundantemente aquel don a su Iglesia”. Como se ve, los clérigos “siempre barriendo para su casa”.

Es verdad que las cosas de la Iglesia nos afectan a todos: somos el “cuerpo de Cristo”, según la vieja imagen paulina (1Cor 12, 12). Las comunidades cristianas durante los primeros siglos tenían como principio de conducta: “lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”. De esta comunión se olvidan. Sólo nos piden “tener en el corazón” el don del celibato unido legalmente al presibiterado, y rogar que Dios lo conceda con abundancia a la Iglesia. Antes que este celibato hay otros dones más decisivos para las personas, como la libertad de fundar una familia, la libertad de las comunidades para elegir responsables adecuados -sean varones o mujeres, solteros, casados o viudos-, la celebración de la eucaristía aunque sea presidida por un sacerdote u obispo casado…

Hoy muchos cristianos pedimos a Dios que nos conceda buenos sacerdotes y obispos, sean casados o célibes, como ellos mejor lo consideren. Y trabajamos una pastoral vocacional atenta a los carismas de cada cristiano. Pidamos, pues, que conceda “siempre abundantemente” a su Iglesia los dones necesarios para hacer realidad el Reino de Dios. Y que nadie se sienta obligado a vivir un carisma falso para ejercer su carisma verdadero.

Rufo González

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rufo gonzalez perez

D.- Recomendaciones:

1.- Los Presbíteros pedirán a una con la Iglesia la gracia de la fidelidad:

a) nunca negada a los que la piden;

b) más humilde y perseverantemente cuando más se considera imposible la perfecta continencia en el mundo actual por no pocos hombres.

2.- A la vez utilicen todas las ayudas sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos.

3.- Sigan y no omitan las normas, sobre todos ascéticas, que son aprobadas por la experiencia de la Iglesia y que en el mundo actual no son menos necesarias.

E.- Ruegos no sólo a los sacerdotes, sino a todos los fieles:

1.- que este precioso don del celibato sacerdotal lo tengan en el corazón (aprecien).

2.- que pidan todos a Dios que Él conceda siempre abundantemente aquel don a su Iglesia

La historia real no siempre coincide con la teoría

El celibato, vinculado necesariamente al presbiterado, carece de sentido para los clérigos de la Iglesia oriental católica. Ellos saben que el Espíritu les ha concedido el don de la vocación al presbiterado, pero no el don del celibato. Esa misma experiencia no se les permite a quienes viven en otra región de la tierra. Desde el bautismo, en Rito latino, estamos obligados por ley a tener los dos carismas, celibato y vocación presbiteral, para poder ejercer el orden sacerdotal.

El texto conciliar se dirige “a todos los Presbíteros que, apoyados en la gracia de Dios, aceptaron el sagrado celibato con voluntad libre, según el ejemplo de Cristo”. Es verdad que aceptaron el celibato con voluntad libre, porque no había otra opción para ser sacerdotes. Si hubieran tenido alternativa opcional, muchos no habrían elegido el celibato. Ahí están las historias reales: la inmensa mayoría de los declarados “no aptos” sienten y creen tener vocación sacerdotal, pero no celibataria. La vida les despertó tarde del espejismo, les descubrió el engaño, les enfrentó al cambio necesario si querían vivir equilibrados corporal y psíquicamente. “Los curas que abandonan el ejercicio del sacerdocio, no lo hacen (en la mayoría de los casos) por debilidad, sino que en ello muestran una fortaleza mucho más seria de lo que mucha gente se imagina. Para un sacerdote, no suele ser fácil abandonar su sacerdocio. Estoy convencido, por propia experiencia, de que tomar esa decisión es una de las cosas más serias (a veces, de las más duras) que hay en la vida… Representa el destrozo de su imagen pública. Para dar este paso y romper esta imagen, hasta quedarse sin nada, como uno de tantos, hace falta mucha fortaleza. Es impúdico, en un caso así, hablar de debilidades y traiciones” (Epílogo de José María Castillo, en “Curas casados. Historias de fe y ternura”. R. Alario y T. Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010. P. 339-355).

“El respeto de Jesús, al afrontar esta cuestión, tiene que ser el paradigma del gobierno eclesial”

Creo también acertada la reflexión de José María Castillo en el mismo épilogo: “el control de la autoridad eclesiástica sobre la sexualidad humana es uno de los abusos de poder más fuertes y más violentos que lleva a cabo el poder jerárquico. Jesús sabía, sin duda, que toda esta materia es extremadamente delicada. Y por eso, ni habló de este asunto. El respeto de Jesús, al afrontar esta cuestión, tiene que ser el paradigma del gobierno eclesial. Por eso, la libertad de los curas casados, al cargar sobre sus conciencias la decisión última en este orden de cosas, es paradigma de una fe que se hace responsable de sus propias decisiones. Estos hombres tendrán sus defectos y limitaciones, nadie lo duda. Pero también hay que decir que estos hombres han tenido la libertad y el coraje de tomar la propia vida en sus propias manos, para conducir esas vidas como ellos veían que era lo que más y mejor cuadraba con su propia humanidad”.

Para los sacerdotes casados su “preclaro don, dado por el Padre”, es el matrimonio

A los dirigentes eclesiales sólo parece preocuparles la ley, el compromiso adquirido en una época. No se acepta que sean seres evolutivos, sujetos a cambios intelectuales, emocionales, volitivos… Máxime en opciones libres, sujetas al contraste práctico. Equiparan la opción celibataria con el seguimiento de Jesús. No respetan que el celibato es una opción siempre libre entre cristianos. Podemos “adhirirnos a Cristo con gran ánimo y de todo corazón”, y no “perseverar fielmente en el estado célibe” si no lo consideramos apto para nuestra vida. Todo bien es “don del Padre”, el celibato por el Reino y el matrimonio. Pero no es tan buen “don” la vinculación necesaria de ambos dones. Esta necesidad legal no proviene de Dios, sino de los hombres. Imponiéndola “nos exponemos a luchar contra Dios” (He 5,39). Los sacerdotes casados merecen la misma exhortación, pero referida a otro don divino: “reconozcan aquel preclaro don, que les ha sido dado por el Padre, y que tan abiertamente es ensalzado por el Señor, y tengan ante los ojos los grandes misterios que en él se significan y se cumplen”. Para ellos “aquel preclaro don” es el matrimonio, “dado por el Padre” del amor, “ensalzado por Cristo” a sacramento con mayúscula, “símbolo magnífico, aplicado a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,32).

El celibato de Jesús es opcional, no vinculado necesariamente a su sacerdocio

No puede “demostrarse” que Jesús fuera célibe de por vida. Esto no es un tema de fe. Jesús podría haber estado casado y ser viudo cuando inició su trabajo por el Reino de los cielos. Lo que se sabe por los evangelios es que en su vida pública actuó como célibe por el Reino de Dios. Hoy, los estudiosos de la sociología del cristianismo primitivo, explican el celibato de Jesús como respuesta de Jesús a la situación social de mucha gente. Había bastante población sin herencia, sin trabajo fijo, sin casa y sin tierras. En esas condiciones no podían fundar una familia patriarcal, según se entendía entonces. Desde el amor del Padre, se sintió llamado a fundar otro tipo de familia, superadora del tradicional. No se casó “por solidaridad” con los pobres sin hogar ni casa, y marginados por enfermedad (leprosos) y otras causa: prostitutas, publicanos, pastores… Todos los que carecían de una relación familiar estable y bien vista. Entre ellos los “eunucos”, ya entonces en situación de marginación biológica, psíquica y social, según parece reconocer el propio evangelio (Mt 19, 12). El “eunucato” de Jesús por el Reino no parece de inspiración ascética, como ha ocurrido después en la Iglesia. Su celibato supone una vida distinta (no en familia patriarcal), solidaria con pobres y marginados. Jesús no rechaza el matrimonio, signo del Reino, ámbito y germen de fecundidad y fidelidad humanas (Mc 2, 19; 10, 7-9). Por eso no tiene inconveniente en elegir apóstoles casados, que puedan presidir las comunidades cristianas. El celibato de Juan Bautista y Pablo parecen explicarse por “presura” temporal: creían inminente el final, sin tiempo para construir una familia patriarcal (1Cor 7, 29-31). Por eso Pablo invita a todos a su celibato.

“Recomendaciones” para el seguimiento de Jesús

Tres son las recomendaciones que el texto conciliar hace a los presbíteros: orar, utilizar las ayudas sobrenaturales y naturales, y seguir las normas aprobadas por la experiencia eclesial. En el fondo son las recomendaciones evangélicas para seguimiento de Jesús. Ya he dicho antes que no se puede poner al mismo nivel la opción radical de vida que un estado de vida opcional, libre para todo cristiano. Orar es para “no caer en tentación”, no desviarnos de la verdad, de la libertad, de la vida auténtica humana, del bien… Orar para que sea haga la voluntad de Dios, su Reino de vida para todos. Orar para ser fiel al amor que Dios pone en nuestro corazón… Empeñarnos en orar para pedir ser fieles a un compromiso de nuestra voluntad, no necesaria evangélicamente, y que incluso puede estar perjudicándonos, es, al menos, “exponernos a luchar contra Dios” (He 5,39). Así puede explicarse la experiencia de muchos, contraria a lo que dice el decreto conciliar: “nunca negada a los que la piden”. Muchos “han pedido a una con la Iglesia la gracia de la fidelidad celibataria… más humilde y perseverantemente cuando más se considera imposible la perfecta continencia en el mundo actual por no pocos hombres”, y no la han obtenido. “Han utilizado todas las ayudas sobrenaturales y naturales, que están al alcance de todos. Han seguido y no han omitido las normas, sobre todos ascéticas, que son aprobadas por la experiencia de la Iglesia y que en el mundo actual no son menos necesarias”. Y el Espíritu no les ha dado su alegría, que sí han recuparado por otro camino, más humano para ellos, y, por tanto, más divino.

Leamos esta experiencia espiritual con respeto:

“Sí, transmitir el evangelio, ayudar a vivirlo en mí y en quienes me rodeaban me encantaba, pero vivir célibe me dejaba vacío, cada día un poco más … Esto no se pasaba, ya no eran crisis, era una constante. Mi corazón me estaba hablando otra cosa desde hacía mucho tiempo y no estaba haciendo caso. Dios mismo me hacía darme cuenta de que no podía seguir engañándome y engañándole a él y a todos; por muchos grupos, catequesis y homilías que pronunciase; aunque la gente me quisiese y alabase mis palabras o mis acciones; aunque Dios me diese muestras de su amor y fuese a veces instrumento suyo y testigo de su bondad con las personas… Gracias a este encuentro (se refiere al contactar con el Movimiento pro Celibato Opcional), he comprobado que el camino que Dios me ha mostrado no es una locura mía. Mi vocación había sido siempre ser cura casado; y yo no me había dado cuenta. Por eso esa lucha interior, por eso esa vivencia ambivalente. Sí, ya sé que eso no existe hoy en la Iglesia Católica Romana, pero en su momento tampoco existieron los monjes, los eremitas o los laicos consagrados. Es la vocación que Dios quiere de mí. Y para eso me ha dado a conocer no sólo a MOCEOP sino, sobre todo, a una persona con la que compartir esta misión, esta ilusión y estilo de vida… A día de hoy, nos sentimos con la manos vacías, alzadas, puestas a disposición de lo que Él quiera. Estamos a la escucha, a la espera de conocer cómo y dónde quiere que hagamos realidad su sueño, su Reino. “Aquí estamos, Señor, envíanos” (“Curas casados. Historias de fe y ternura”. Ramón Alario y Tere Cortés, coordinadores. Moceop. Albacete 2010, pág. 76).

“Ruegos” a todos para el bien de todos

Los ruegos conciliares se dirigen “no sólo a los sacerdotes, sino a todos los fieles”. Nos ruegan a todos dos cosas: “que este precioso don del celibato sacerdotal lo tengamos en el corazón” y “que pidamos todos a Dios que Él conceda siempre abundantemente aquel don a su Iglesia”. Como se ve, los clérigos “siempre barriendo para su casa”.

Es verdad que las cosas de la Iglesia nos afectan a todos: somos el “cuerpo de Cristo”, según la vieja imagen paulina (1Cor 12, 12). Las comunidades cristianas durante los primeros siglos tenían como principio de conducta: “lo que afecta a todos debe ser tratado y decidido por todos”. De esta comunión se olvidan. Sólo nos piden “tener en el corazón” el don del celibato unido legalmente al presibiterado, y rogar que Dios lo conceda con abundancia a la Iglesia. Antes que este celibato hay otros dones más decisivos para las personas, como la libertad de fundar una familia, la libertad de las comunidades para elegir responsables adecuados -sean varones o mujeres, solteros, casados o viudos-, la celebración de la eucaristía aunque sea presidida por un sacerdote u obispo casado…

Hoy muchos cristianos pedimos a Dios que nos conceda buenos sacerdotes y obispos, sean casados o célibes, como ellos mejor lo consideren. Y trabajamos una pastoral vocacional atenta a los carismas de cada cristiano. Pidamos, pues, que conceda “siempre abundantemente” a su Iglesia los dones necesarios para hacer realidad el Reino de Dios. Y que nadie se sienta obligado a vivir un carisma falso para ejercer su carisma verdadero.

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