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La desigualdad social -- Jaime Richart, Antropólogo y jurista

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

En la Naturaleza los seres humanos son desiguales entre sí. La desigualdad natural es la norma. Por eso, antes de afirmar la superioridad de la inteligencia humana sobre la de los demás seres vivos es un imperativo para ella superarla en cuanto sea posible. Esforzarse en estrecharla es el deber por antonomasia de la sociedad en su conjunto y de sus dirigentes económicos y sociales…

Sin embargo, existen dos tipos de individuos, dos clases de grupos humanos, dos fuerzas sociales políticas, dos mentalidades; dos pensamientos (si es que el de los segundos no es, justo, la negación del pensamiento mismo): el de los que efectivamente se esfuerzan en ello (la verdadera inteligencia), y el de los que se esfuerzan en lo contrario, en agrandar la desigualdad. Pues bien, por una maldición biológica, los que se imponen son los de la segunda clase…

Como en otras materias trascendentes en la vida del ser humano sea entendido como individuo aislado o como miembro de una familia zoológica, las razones profundas por las que aquellos actúan en contra del interés de la mayoría, no están claras, si bien se pueden buscar en las distintas fuentes del conocimiento convencional.

Pero la Razón no es prolija. Por eso, prescindamos de lo accesorio y concretemos la principal: la causa está, simplemente, en la necedad superlativa. La necedad superlativa es la de quien busca exclusivamente el bien propio causando terribles estragos al resto de la sociedad y a la naturaleza. La necedad superlativa es la de quien acaba sumido en el tedio o viviendo temeroso de las consecuencias de su egoísmo extremo. Cada día que pasa, a cualquier ser verdaderamente inteligente se le hace cada vez más difícil disfrutar de la vida rodeado por la penuria y la miseria. Por eso los grandes egoístas y los opulentos, así como sus socios del poder político, económico y social, blindan sus vidas, ajenos al mundo y al sufrimiento exterior; por eso se concentran en clubs y se gastan inmensas fortunas en seguridad… Por eso creen que nos engañan, diciendo «todo va bien», los necios que predominan, y decretan ucases.

Hasta ahora y siempre, el sentimiento de inferioridad que la desigualdad social despierta en los que viven de la caridad, la beneficencia o la filantropía se ha neutralizado o sublimado a través de dos recursos, ambos traídos por la religión tradicional: resignación, o esperanza en una vida mejor, aquí o en ultratumba, o las dos al mismo tiempo. Pero la desigualdad en las capas sociales económicamente inferiores que han evolucionado, perdido el miedo y ganado una considerable lucidez, ponen el foco en la colosal falta de inteligencia de los obligados a emplearla. Por eso, aparte los estragos que provocan, incurren en un ridículo espantoso en todas y cada una de las acciones políticas y las intervenciones públicas que envuelven en engaños y absurdos propios de un niño de parvulario o de cretinos. Malditos sean…

En toda depredación, en toda devastación, en toda esquilmación hay una conjura contra la naturaleza. Y estos especímenes no cesan en la agresión fatal contra la misma colmena que habitan predadores y depredados; la cual acabará destruida por los primeros, que es tanto como decir los necios…

La teoría económica imperante en occidente y de una manera muy significativa en España (siempre este país a remolque de las iniciativas y experimentos económicos de otros países) es un lienzo donde se superponen varios brochazos. Es fisiócrata en cuanto que prevalece el laissez faire como tema principal, pero es intervencionista en cuanto a que los intereses de la banca (y financieros) priman por encima de cualquier otro y los Estados se subordinan a ellos. La economía es mixta en teoría. Se dice combinar la acción pública del Estado y la privada de libre concurrencia. Pero es privatista hasta el paroxísmo en la práctica, pues se intensifica de tal modo lo privado que el Estado, sus generales, con sus leyes y decretos socializa las pérdidas públicas repartiendo la carga entre la tropa, para privatizar a renglón seguido desvergonzadamente los beneficios entre unos cuantos clanes o familias que, con una exigua aportación de capital, pretenden justificar el posterior expolio. Por este camino el empobrecimiento general y gradual está servido. Da la impresión de que la «educación» aquí y ahora (siempre en sumisión) no es final, sino instrumental al servicio del pensamiento e iniciativa anglosajones. Y no sólo la educación y la enseñanza, sino también la investigación: los pilares de una sociedad que se postula inteligente.

Toda esta amalgama de causas y efectos que en otros países están originando más desigualdad, en España, aplastada por el derroche y por la inactividad que no tenga que ver con el «ladrillo», la desigualdad entre los inmensamente ricos y los inmensamente pobres está situando al pueblo en niveles y condiciones medievales. El infame reparto de la tierra en algunos territorios, el arraigado caciquismo y la picaresca proverbial, así como esos gobernantes, empresarios y dirigentes incapaces o ladrones hacen que este país viva en vilo y siga siendo moral, tecnológica, científica y socialmente, uno de los más atrasados y menos independientes del mundo…

10 Setiembre 2013

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