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La Cuaresma ¿antesala de la Misericordia y el perdón? -- Emilia Robles

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Las Iglesias locales y el Papa
Hay dos pilares básicos que ayudan a las personas a sentir a la institución eclesial (hablamos ahora de la Iglesia católica romana) como la comunidad de Jesús y como su propia comunidad en la que se sienten en relación entre ellos y con Dios.
Uno de los pilares, muy importante, es la credibilidad de la institución a nivel público. No cabe duda de que desde el valiente y generoso gesto de Benedicto XVI de renunciar y retirarse en pro del avance de esta renovación y desde los inicios del pontificado de Francisco, la Iglesia está testimoniando en el mundo de hoy la fuerza del Evangelio aplicada a las situaciones concretas, mirando de una forma especial a los pobres, desde la perspectiva de la paz, la Justicia y la integridad de la Creación, cuidando los lenguajes que se hagan comprensibles y expresen por encima de todo ese rostro del Dios misericordioso.

Los últimos ejercicios del Papa y de la curia, expresan también con fuerza esa llamada a la conversión, que pasa por el no juicio del prójimo y la disposición a ponerse uno mismo a los pies de Jesús, sin darse por justificado, tal como se expresa en la historia de la visita de Jesús a la casa de Simón y la irrupción en escena de la mujer vilipendiada con la escena del lavatorio de los pies y el perfume.

Y estamos ciertos de que se están haciendo esfuerzos para una renovación de la institución, desde los seminarios a la Curia.
Sabemos que la tarea es lenta y que la Iglesia es un sistema complejo y que no admite cambios globales muy rápidos, aunque el ejercicio de comunicación del papa Francisco sacude las conciencias con un impulso revolucionario jesuánico.

Sin embargo, hoy, lo que nos mueve a escribir es el otro pilar que sostiene la fe de mucha gente sencilla y su sentimiento de inclusión en la comunidad Iglesia. Son las Iglesias locales, en sus expresiones de discursos de obispos, de iniciativas de vicarías, de arciprestazgos o decanatos, de parroquias, de instituciones religiosas.

Junto a la alegría de los cambios y la renovación de la eperanza, nos están llegando también muchas quejas, mucho dolor y mucha impotencia por la evolución (algunos ya hablan de involución) en estas comunidades territoriales más próximas.

La gente expresa que sigue sufriendo el nombramiento de obispos, que más allá de ser más o menos populistas, no consiguen tender puentes en la comunidad, se alinean claramente de forma partidista en temas religiosos o políticos o siguen encubriendo diferentes formas de corrupción. Hay una pregunta de fondo. ¿Quiénes presentan las ternas al papa en diversos países, que dejan tan sesgada la posibilidad de elección? Para una renovación a fondo, de la que la Iglesia no puede prescindir y que no se puede posponer más, se necesitan obispos arrebatados por la fe, valientes y bien formados humanamente hablando, gente que tienda puentes entre las personas de diferentes lenguajes y formas de expresar la fe, pero que no ceda a las presiones de grupos de poder, temerosos de perderlo. ¿Quién está detrás de ciertas proposiciones de nombramientos?: el falso dios del autoritarismo, del centralismo para la conservación del poder en manos de unos pocos.

Muchas personas, de diferentes lugares del mundo nos dicen también que, para algunos la renovación de los ministerios se reduce a crear monaguillos, acólitos y órdenes menores en general, varones, por supuesto y clericalizados al máximo, obedientes a quienes siguen mandando. En algunos lugares se ordenan diáconos, pero en muchos casos con el espíritu de los viri probati, no de las comunidades vivas y corresponsables, donde los dones del espíritu se reparten entre sus miembros, para que los pongan al servicio de la comunidad. ¿Quién está detrás de esta manera de concebir los ministerios?: el falso dios del autoritarismo, del centralismo, para la conservación del poder en manos de unos pocos.

También recientemente, en esta Cuaresma nos han hablado de situaciones muy dolorosas en algunas parroquias relacionadas con las celebraciones de la penitencia. Nos explicamos: en muchas parroquias, desde hace años, después del Concilio Vaticano, II y tras una larga reflexión comunitaria, no se practicaba la confesión personal porque nadie la solicitaba y en cambio, se había profundizado en el sacramento de la reconciliación y se practicaba la penitencia comunitaria.

Pues bien, en lugar de facilitar ahora que en alguna parroquia de la zona hubiera confesores (para quien quisiera practicar esta modalidad privada de reconciliación, algo muy legítimo si se le da su verdadero sentido, y que tal vez, durante años en algunos lugares no se ha facilitado) se han anulado las celebraciones parroquiales y se ha hecho una única celebración penitencial en alguna de las parroquias del arciprestazgo -o del decanato- según países, negando la penitencia comunitaria y solamente dando absolución individual a quienes voluntariamente tenían esa demanda personal, o a quienes «pasaban por el aro» para poder recibir la absolución.

Después del Concilio, la Iglesia entendió que, por encima de la confesión personal, está el gran sacramento de la reconciliación y el perdón que no puede quedar reducido a esta práctica. No queremos negar aquí, con esto, el valor de la confesión personal en la tradición de la Iglesia y el derecho de las personas que buscan esta forma de reconciliación.

La cruda realidad es que:

– en los países en los que las dictaduras se han asociado a la Iglesia, la confesión individual ha sido una práctica obligada y por lo tanto, sacrílega, porque ha obligado a las personas a mentir y a disimular. Para muchos, la confesión tiene un recuerdo similar al de una tortura espiritual. Todo lo contrario de lo que debería ser.

-muchos de los clérigos que confiesan, por desgracia, no transmiten el rostro misericordioso de Dios, sino que se proyectan a sí mismos y a su ideología. Y esto nadie lo puede evitar, aunque el Papa haga mil llamamientos a no presentar el rostro de un Dios Juez, sino de un Dios que es el Misericordioso.

– El daño que se puede hacer y que se ha venido haciendo a través de la confesión es de tal envergadura y, hay tantos testimonios de gente que se ha visto profundamente dañada, que nos debería hacer pensar y mucho sobre la imposición de esta práctica.

– la confesión debe ir precedida por una demanda profunda del sujeto que se confiesa y de ninguna manera por una imposición externa.

Reflexionemos ahora sobre los psicólogos, puesto que también los cristianos debemos aprender algo del mundo que nos rodea y no ir siempre de «sobradillos».

¿Por qué elegimos esta profesión, para establecer algún tipo de paralelismo con los confesores?
Porque tanto en una situación (confesor o psicólogo) la persona está en una posición débil en la que se implica algo muy íntimo y queda en estado de cierta indefensión ante el sacerdote o el psicólogo, puesto que para ponerse en situación de cambio radical debe bajar sus defensas.

Quien va al psicólogo, si es una persona adulta, debe de ir por una demanda propia. En el caso de la confesión individual, la experiencia debería ser también esa.

A los psicólogos, si no cuidan las normas de ética profesional se les puede denunciar ante los colegios de psicólogos o a otras instancias. No conocemos muchos casos de personas que hayan podido denunciar al confesor. Sencillamente, han dejado de ir, han dejado la comunión y/ o se han apartado de la Iglesia. Otros han tenido que ir después al psicólogo.

Los psicólogos han tenido una larga formación contrastada, en la que las exigencias cada vez son mayores y las especializaciones exigen largos caminos de formación divergente, así uno puede ser psicólogo de niños, de adolescentes, atención precoz, terapeuta, etc. La formación de los presbíteros en este sentido que incluye conocimientos psicológicos de cierta profundidad, comunicación positiva y constructiva, además de un espíritu verdaderamente evangélico, no está en absoluto garantizada históricamente. Ojalá esto cambiara en un futuro, pero mientras tanto, las cosas son como son y tardarán en cambiar.

Es mucho más fácil cambiar de psicólogo que cambiar de confesor. Porque al psicólogo lo miramos como un ser humano, que puede cometer errores, o simplemente, no convenirnos, por su enfoque más o menos directivo, por su comprensión de nuestra problemática, etc. Quien rechaza al confesor, tradicionalmente estaba rechazando al representante de Dios. Para muchas personas mayores esto sigue siendo así.
Por lo tanto, el poder del confesor, excepto para personas muy formadas, se convierte en un poder absoluto y que media con lo divino. Y esto es altamente peligroso y dañino. Pero muchos ministros siguen abusando del poder de control sobre las conciencias.

¿Ha habido conductas postconciliares que han denigrado y anulado una práctica positiva de la confesión individual que la Iglesia quiere seguir animando y que a juicio de algunos pueden considerarse abusos? Sin duda, y, tal vez, muchas de ellas con la mejor intención, para evitar los usos y abusos antes denunciados. Pero una consecuencia no deseada es que algunas personas que valoran esta práctica no tenían donde acudir y que tampoco dan pie para seguir mejorando este sacramento de la Iglesia para que exprese verdaderamente el sacramento de reconciliación. La Iglesia en sus expresiones es diversa y plural y sus prácticas deben expresar este pluralismo. Pero la solución no es la «vuelta de la tortilla»: ¡Ahora todos al confesionario y se acaba esa práctica -que tanto bien ha hecho a muchos- de la penitencia comunitaria!

Tampoco el camino para recuperar riquezas espirituales de la Iglesia puede ser que ahora se centralice todo y que la comunidad parroquial -donde la gente se conoce y cultiva relaciones cercanas de cariño y apoyo mutuo mirando al Evangelio- se quede diluida en una gran comunidad mucho más anónima, donde se imponen formas y lenguajes ajenos a cada comunidad concreta. Coordinarse y trazar algunas grandes líneas de acción no puede significar perder la personalidad y la trayectoria de cada comunidad

¿A quién le sirve esto? De nuevo, a quienes buscan de nuevo el ejercicio del autoritarismo, a través del centralismo, para no perder poder. No estamos haciendo un juicio de intenciones acerca de por qué se hacen ciertas cosas y se dejan de hacer otras, no juzgamos a las personas que pueden estar llenas de buena voluntad, pero hay prácticas perversas hechas con buenas intenciones. Perversas no en el sentido de «malvadas» sino en el sentido de que pervierten la intención profunda, sacramental, en este caso.
Hemos recibido muchas quejas que expresaban dolor, escepticismo, pérdida de esperanza ante esta imposición (como tal lo han vivido) y lo que consideran una vuelta atrás y un supeditarse de nuevo al poder de los clérigos que imparten justicia según sus propios criterios o los de sus grupos ideológicos.

Para seguir en la senda que abrió el Vaticano II y a la que algunos quieren dar un nuevo vuelco, inquietos por el liderazgo del papa Francisco y por las exigencias radicales evangélicas, no deberíamos olvidar que el sacramento de la reconciliación y el perdón (con Dios, con los otros, con nosotros mismos, con la Creación entera) es de un orden superior al de la confesión individual. Lo primero es una experiencia jesuánica y evangélica, lo segundo una práctica de la Iglesia y en el mejor de los casos será sacramento, cuando no sea un antisigno de la Misericordia de Dios.

Y si en esta Cuaresma, miles de personas que habían redescubierto estos años atrás el valor y el sentido del sacramento de la reconciliación y el perdón en una celebración comunitaria se han quedado sin poder celebrarlo por una imposición autoritaria desde arriba, es necesario que revisemos esto, para poder rectificar, antes de que sea demasiado tarde. Porque esto tiene poco que ver con que la Cuaresma sea la antesala del Jubileo de la misericordia
Sobre todo, estemos alerta a los intentos de recuperar poder clerical, porque este es un cáncer que históricamente corroe a la Iglesia y la aparta de Jesús, pervirtiéndola y esterilizándola.

Con esta reflexión con los pies en las comunidades locales, invitándonos a la Misericordia y a la libertad de los Hijos de Dios y a hacer comunidades activas y corresponsables, nos abrimos a la Semana Santa, en cuya meditación tenemos que vincular siempre la Vida de Jesús, su muerte y su Resurrección, para no caer en una fundamentación vana del dolor por sí mismo. Jesús se entrega en toda su vida; su muerte es consecuencia directa de esta entrega y no un accidente, ni un capricho de un Dios cruel que exige sacrificios. Dios lo resucita, negando con esto el dolor y la muerte y reafirma nuestra esperanza de vivir eternamente en Él.

Queremos hacer una mención especial, en esta Semana Santa al drama de las personas refugiadas. Abramos nuestro corazón a ese sufrimiento y hagamos lo que podamos para paliarlo, tanto a nivel personal cuanto institucional, pues ahí, en ellas, Dios sigue crucificado.

Un abrazo fraterno ¡ Feliz y santa Semana !
Emilia Robles

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