La CRUZ en el pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin -- Leandro Sequeiros, presidente de la Asociación de Amigos de Pierre Teilhard de Chardin

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Hoy 14 de septiembre se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz
Exaltación de la Santa Cruz, 14 de septiembre
Cada 14 de septiembre se celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz,
día en que recordamos y honramos la cruz en la que murió nuestro Señor
Jesucristo. La contemplación de aquel madero, en el que nuestro Salvador
vertió su preciosísima sangre, es puerta abierta al misterio del amor divino,
derramado sin medida sobre el género humano.

La cruz de Cristo, enseñaba el Papa San Juan Pablo II, es la cruz “en la que se
muere para vivir; para vivir en Dios y con Dios, para vivir en la verdad, en la
libertad y en el amor, para vivir eternamente”.
En el pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin, la CRUZ está siempre muy
presente como la otra cara del optimismo progresionista teilhardiano. Pero el
dolor, las víctimas, la cruz y la muerte forman parte de la cosmovisión del Cristo
cósmico de Teilhard.

14 de septiembre
De acuerdo a la tradición, en el siglo IV, la emperatriz Santa Elena -madre del
emperador Constantino- tras una intensa búsqueda, encontró en Jerusalén el
madero en el que murió Jesucristo, el Hijo de Dios.

La reliquia permanecería en la ciudad hasta que, hacia el año 614, sería
sustraída por los persas en calidad de ‘trofeo de guerra’. Años más tarde, el
emperador romano de Oriente, Heraclio (emperador entre 610 y 641), rescató
el santo madero por lo que pudo ser enviado de retorno a la Ciudad Santa,
Jerusalén, el 14 de septiembre de 628.

Desde entonces, cada 14 septiembre se recuerda y celebra dicho suceso,
instituido luego como festividad litúrgica.
¡Ante la cruz, despojaos de todo!

Para celebrar el retorno de la Santa Cruz a Jerusalén, Heraclio dispuso que
fuese llevada en solemne procesión. Él acompañaría personalmente el cortejo,
revestido de todos sus ornamentos imperiales. Curiosamente, estos llegaron a
ser tantos y tan pesados que se le hizo imposible avanzar sobre el camino.

Entonces, el Arzobispo de Jerusalén, Zacarías, le dijo: "Es que todo ese lujo de
vestidos que lleva están en desacuerdo con el aspecto humilde y doloroso de
Cristo, cuando iba cargando la cruz por estas calles".
Dice la tradición que el emperador de inmediato se despojó de su lujoso manto
y su corona de oro y, descalzo, empezó a caminar, más ligero, por las calles,
acompañando la santa procesión.

Posteriormente, el madero santo fue dividido en partes. Un fragmento fue
enviado a Roma, otro a Constantinopla, mientras que un tercero se quedó en
Jerusalén. El trozo restante fue reducido a astillas, las que serían distribuidas
por distintas iglesias en todo el mundo. A estas astillas se les denominó las
“reliquias de la Vera Crux” (la cruz verdadera).

Protegidos por una señal
En las narraciones de las vidas de los santos se cuenta que San Antonio Abad
(251-356) hacía la señal de la cruz cada vez que era atacado por el demonio
con horribles visiones y tentaciones.
La señal bastaba para que el enemigo huyera. Así, los cristianos adoptaron la
costumbre de santiguarse para pedir la protección de Dios ante la presencia del
mal y los peligros que acechan.

En España y América
Hoy, de manera especial, la Cruz está presente en nuestra mente y corazón,
tan presente como lo está en la vida de Hispanoamérica: arraigada en lo más
profundo de nuestra historia y tradiciones.

Para ello, basta recordar cuántas montañas, al lado de nuestras ciudades,
valles y caminos, están coronadas con una cruz; como coronadas están
también nuestras iglesias, capillas o campanarios. Baste mirar la cúspide de los
edificios, escuelas u hospitales, así como dirigir la mirada con devoción hacia
las paredes o rincones de nuestros hogares. La cruz, signo de muerte e
ignominia, fue transformada en el signo de amor, esperanza y salvación por
antonomasia.

Llevemos la cruz, signo redentor, siempre cerca del corazón.
¡Por el madero ha venido la alegría al mundo entero!
Más información:

3
? Evidencias de la crucifixión
? La cruz en el Catecismo
? Vía Crucis
? Hallazgo de la Santa Cruz
? El Papa Francisco y la Cruz

o La Cruz es la respuesta de Dios al mal
o Soportar la cruz con paciencia

Para el sacerdote y paleontólogo Pierre Teilhard
de Chardin, la Santa Cruz representa el símbolo y la realidad
ineludible del esfuerzo, el dolor y el desorden inherentes a la evolución del
universo hacia la unificación en Cristo. [1, 2, 3]

La Cruz en el Proceso Evolutivo
? Unión y Redención: Teilhard sostiene que la Encarnación y la Cruz
forman un bloque inseparable. Para que Dios se encarne y unifique lo
múltiple (el universo material), debe sumergirse en la materia, lo que
mecánicamente conlleva esfuerzo, dolor y resistencia. [1]

? El dolor cósmico: El sufrimiento no es solo un castigo moral, sino una
condición estructural del ascenso de la conciencia. La epopeya humana
y cósmica es, en su dinamismo, un continuo camino de cruz. [1, 2]
? Cristo y el mal: Lejos de ser derrotado por el sufrimiento del mundo,
Cristo lo asume en la cruz como un punto de transformación. El dolor se
convierte en la energía de ascensión hacia el Punto Omega (la meta
final de la evolución cristológica). [1, 2, 3]

Para profundizar en esta visión, ¿te gustaría explorar cómo relaciona Teilhard
de Chardin el sufrimiento humano con su concepto de la materia, o prefieres
detalles sobre la recepción de su obra en la Iglesia católica?

Elaboración de los términos: la Cristogénesis y lo Crístico implican asumir las pasividades del
universo
El tema de la Cristogénesis vuelve a aparecer en el corto ensayo:
“Reflexiones sobre la probabilidad científica y las consecuencias religiosas de
un ultra-humano”, fechado en París el 15 de Marzo 1951 1 . Después de una
corta exposición de las etapas de la evolución: cosmogénesis, biogénesis y
antropogénesis (evolución del cosmos, la vida y el hombre) pasa Teilhard a
considerar las consecuencias religiosas en el “dominio de la mística”.

1 “Réflexions sur la probabilité scientifique et les conséquences religieuses d’un ultra-humain”
Oeuvres 7, 279-291.

En ellas, a partir de la aceptación de una “cosmogénesis convergente”, presupuesto que para
Teilhard se deduce del análisis mismo de la evolución del universo proyectada a la del hombre y que
considera en ser aceptada y destinada a formar parte del legado humano, se presenta una síntesis
entre la idea de Dios, “En Alto” y “En Adelante” (“imágenes vertical y horizontal de Dios”) en un proceso de tipo “Crístico”, es decir, basado en la Encarnación, con el acceso al “Hiper-personal transcendente” en el que lo “Sobrenatural se realiza, en un punto crítico de la Reflexión
colectiva, que requiere como preparación necesaria la maduración completa de un Ultra-
humano” ( Por Ultra-humano Teilhard entiende la última etapa de la evolución del hombre).

Con esta frase un poco oscura se refiere Teilhard a cómo en el Ultra-
humano sobrenatural que requiere su preparación natural se lleva a cabo la
realización e incorporación final de la humanidad, y a través de ella del
universo entero, en el Cristo-Omega. Para concluir, que en ese proceso se
reconoce a la Antropogénesis (evolución del hombre) como “idéntica, al fin de
cuentas” con una Cristogénesis (formación del Cristo total) y lo Ultra-humano
como la unión de la humanidad en Cristo. Difícilmente se puede resumir en
menos líneas, la dimensión religiosa el pensamiento de Teilhard concentrada
en los dos conceptos: Cristogénesis y Crístico.

En septiembre de 1952, ya en su exilio en Nueva York, escribe un corto
ensayo con un título largo: “Lo que el mundo espera en este momento de la
Iglesia de Dios: Una generalización y una profundización del sentido de la
Cruz” sobre las consecuencias eclesiales de su pensamiento 2 . Teilhard
comienza refiriéndose a un escrito anterior (1949), “El corazón del problema” 3 ,
donde había planteado el conflicto entre las esperanzas puestas en una
evolución y progreso puramente humano y material del hombre que llevará
“en-Adelante” a un “ultra-humano” y las esperanzas religiosas puestas en un
Dios transcendente, “en lo Alto”.

La solución del conflicto la encuentra en la
unión de ambas tendencias en la fe cristiana de la encarnación, con la final
incorporación de todo en Cristo, hacia el que, por lo tanto, tiende toda la
evolución. Reconociendo Teilhard, ahora, que aquellas páginas no tuvieron
mucha aceptación “en Roma”, vuelve a plantearlas partiendo de la presente
extensión por el mundo de un “neo-humanismo”, que ve al hombre en
evolución hacia un “ultra-humano cósmico”, puramente natural.

Ante esa situación, Teilhard expone la necesidad urgente para la Iglesia
de presentar un “nuevo” sentido (“un sentido ultra-humanizado”) de la Cruz.
Tradicionalmente, dice Teilhard, se ha presentado el carácter expiatorio de la
Cruz en función de la redención del pecado y que debemos de empezar a ver
ahora, en un mundo evolutivo, la Cruz como la salvación misma de la
evolución. De esta manera “llevar los pecados de un mundo culpable”, es para
Teilhard, en términos de Cosmogénesis, “llevar el peso de un Mundo en estado
de evolución”. Así en la Cruz se da para él la síntesis de lo Transcendente y lo
Ultra-Humano, de lo “en-lo-Alto” y lo de “en-Adelante” y añade “esta es
exactamente la misma Cruz que yo adoro: la misma Cruz, pero mucho más
verdadera”.

La relación entre lo cósmico y lo crístico está, también, tocada
brevemente en El Dios de la evolución, escrito el 25 de Octubre de 1953,
durante el viaje de vuelta de su estancia en África del Sur 4 . En esta obra
Teilhard empieza preocupado por el hecho de que la visión tradicional cristiana
deje de atraer a los elementos más “progresistas de la humanidad”, por no
incorporar en ella la visión evolutiva del mundo descubierta por las ciencias. La
respuesta a esta preocupación la encuentra en la presentación del que llama,
“el Dios de la evolución”.

Este no es solo el Dios que crea evolutivamente, sino el Dios hecho
hombre, el Cristo universal, en el que se reconoce la conjunción del Omega de
la experiencia humana al que tiende la evolución, y el Omega de la fe en la
Encarnación, es decir, el Omega de la ciencia y el de la mística cristiana. La
presencia del Cristo-Omega, convierte la dimensión cósmica en la “crística”, de
forma en que lo cósmico expande y engrandece lo crístico y lo crístico
“amoriza”, es decir, llena de energía (energía del amor) hasta la
“incandescencia”, el ámbito de lo cósmico.

Vemos aquí, otra vez, la imagen del fuego para expresar la acción
vivificante de Cristo en el mundo. Ciencia y mística se unen en torno a un Cristo identificado finalmente como el Punto Omega último de una evolución convergente.
—————
2 “Ce que le monde attend en cemoment de l’Église de Dieu: Une généralisation et un
appofondissement du sens de la Croix”. Oeuvres, 10 (1969), 251-261.
3 “Le coeur du problème”, Oeuvres, 5 (1959), 337-349.
4 “Le Dieu de l’Évolution” Oeuvres, 10 (1969)
———————————————

Un nuevo escrito de carácter espiritual, fechado en Marzo de 1955, lleva por
título “Investigación, trabajo y adoración” 5 . Teilhard empieza recordando el
consejo dado por sus superiores: “Trabaja en la ciencia con paz, sin meterte en
filosofía y teología”, para afirmar que esto para él es “psicológicamente inviable
y directamente contrario, además, a la mayor gloria de Dios”.

El escrito empieza reconociendo como “la investigación científica se ha
convertido cuantitativa y cualitativamente en una de las mayores, sino la forma
principal de la actividad terrestre refleja”. El reconocimiento de la importancia
primordial de la visión científica del mundo es fundamental en el pensamiento
de Teilhard.

Esta visión científica ha descubierto que la vida es el resultado de una
evolución y que ella continua hacia adelante, en el progreso a través de la
actividad humana, principalmente la científica, que lleva a la transformación del
hombre mismo, a lo que Teilhard llama el ultra-humano, última etapa de la
evolución.

De esta forma todo investigador se ha convertido ya en un creyente en el
“hacia-adelante”, es decir del progreso, y un entregado hacia la realización del
ultra-humano. Las consecuencias de esta actitud llevan a una solución del
problema práctico entre ciencia y religión que nace de ver una contradicción
entre los valores religiosos tradicionales (el Dios en lo Alto) y el futuro humano
en el hacia-adelante, al que lleva el progreso científico.

Pero Teilhard recuerda que precisamente en un universo en evolución,
como el que ha revelado la ciencia, y que él ve que continúa adelante hacia su
realización final en Cristo, reconocido como “centro natural y supremo de la
cosmogénesis” o “polo superior de la evolución cósmica”.

De esta manera todo trabajo que lleva hacia el progreso, y de una
manera especial el científico, es ya en sí mismo uno de participación en el
proceso que lleva hacia la realización final del mundo en Cristo. En el cristiano,
convertido en “trabajador de la tierra”, se realiza una “magnífica resonancia”
entre su adoración del Dios en lo Alto tradicional y la fe en el Cristo en Adelante
polo último hacia el que progresa la evolución humana.

Finalmente, Teilhard asemeja el trabajo del sacerdote investigador
científico y el del sacerdote obrero, una experiencia en auge en aquellos años,
En ambos casos, cree que es necesario una espiritualidad nueva en la que se
una “genéticamente” (como él dice) el Reino de Dios y el esfuerzo humano.
Más aun pide una “educación espiritual” en la que se repiensen los Ejercicios
Espirituales (e incluso el dogma) para saber apreciar la “virtudes crísticas y
cristificantes de las operaciones y las obras humanas”.

Las meditaciones esenciales de los Ejercicios Espirituales (Principio y
Fundamento, Rey Temporal, Dos banderas…), concebidas desde el punto de
vista de un universo estático, deben adaptarse a la visión de uno dinámico, en
evolución a través del trabajo humano atraído por acción del Cristo Total hacia
el que tiende.
5 “Recherche, Travail, et adoration”, Oeuvres 9, 281-289.

El universo nuevo en evolución, que se nos descubre a través de las
ciencias, está exigiendo una cristología nueva. Así Teilhard nos dice para
terminar que “la vieja oposición de Tierra y Cielo desaparece (o se corrige) en
una fórmula nueva: Al cielo por la realización de la tierra” y “aparece una nueva
y superior forma de adoración, gradualmente descubierta por el pensamiento y
la oración cristianas”.

Y la realización de la Tierra, implicar asumir el trabajo, el sudor, el dolor,
las limitaciones, la muerte y, en definitiva, las pasividades.