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“La controversia sobre el celibato” después del Vaticano II (11). (Comentarios a “Sacerdotalis Caelibatus”, de Pablo VI) -- Rufo González

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Necesitamos “una luz venida del cielo” (He 9, 3) para desatar celibato y ministerio
El mundo de hoy y el celibato sacerdotal
El n. 46 de “Sacerdotalis Caelibatus” inflama la mente clerical al poner el celibato entre “los más altos y sagrados valores del alma” y una de “las más sublimes conquistas del espíritu”. La castidad es una virtud moral, un valor humano común. Toda persona siente en su conciencia la llamada a ser “casta”: a tener señorío sobre su dimensión sexual. La moral más tradicional habla de castidad del soltero y del casado. Se es casto siendo dueño de la pulsiónsexual, usándola racionalmente, para los fines adecuados y de modo humano, según el “leal saber y entender”, según la conciencia personal.

“Sí, venerables y carísimos hermanos en el sacerdocio, a quienes amamos “en el corazón de Jesucristo” (Fil 1, 8); precisamente el mundo en que hoy vivimos, atormentado por una crisis de crecimiento y de transformación, justamente orgulloso de los valores humanos y de las humanas conquistas, tiene urgente necesidad del testimonio de vidas consagradas a los más altos y sagrados valores del alma, a fin de que a este tiempo nuestro no le falte la rara e incomparable luz de las más sublimes conquistas del espíritu” (Sacerd. Caelib. n. 46).

El celelibato, ¿una de “las más sublimes conquistas del espíritu”?

La mentalidad actual valora mucho “las vidas consagradas a los más altos y sagrados valores del alma, a fin de que a este tiempo nuestro no le falte la rara e incomparable luz de las más sublimes conquistas del espíritu”. La jerarquía de valores subyacente a este texto no se ajusta a la cultura actual. “Los más altos y sagrados valores del alma”, y “las más sublimes conquistas del espíritu” no están en torno del celibato. Están en torno del mensaje central del Evangelio: vivir el Amor, respetar, cuidar y desarrollar los derechos humanos, investigar la verdad… El celibato, incluso por el Reino de Dios, es un valor humano, opcional, relativo a cada persona. En toda jerarquía de valores humanos, el autodominio de las tendencias es importante. Vivir en soltería o continencia no es valor supremo ni una de las “conquistas más sublimes del Espíritu”. Es una opción respetable, aceptable, siempre que no perjudique a la propia persona o a otras (al cónyuge). Igual que el matrimonio. En cristiano, celibato y matrimonio son “vocaciones” del amor de Dios. Uno y otro pueden aceptarse y vivirse en el Amor divino. No tiene sentido compararlos en “dignidad”. Uno y otro pueden alcanzar cotas muy altas de santidad.

La escasez numérica de los sacerdotes

Es curioso que el n.47 no hable para nada del celibato. Compartimos su realismo histórico:

“Jesús confió la evangelización a un puñado; les dijo que no se desalentasen (Lc 12,32), con su asistencia (Mt 28, 20) consiguirían la victoria sobre el mundo (Jn 16,33), el Reino crece por sí mismo (Mc 4,26-29), la mies es mucha, los obreros pocos, hay que pedir al dueño de la mies que envíe obreros (Mt 9, 37-38), la locura y debilidad de Dios desafían el saber y el poder humano (1Cor 1,20-31)”. Igualmente compartimos el n. 48, con su epígrafe: “el arrojo de la fe”. “La audacia de creer” (como gustaba decir, y así tituló un curso universitario de teología, mi admirado profesor de Metafísica, J. Gómez Caffarena, q.e.p.d), llega a creer que la Iglesia “nunca fracasará en su misión de salvar al mundo” si tiene compromiso generoso con la gracia, confianza explícita y cualificada en su poder misterioso, y testimonio abierto y completo. Completamentede acuerdo.

Lo que no compartimos de estos dos párrafos (n. 47 y 48)

Es lo que supone: que Jesús quiere la ley actual del celibato, aunque impida tener más sacerdotes, porque es fruto del “arrojo de la fe”. Parece olvidar que la vocación sacerdotal sin celibato también es fruto del “arrojo de la fe”. Exigir el celibato para el ministerio impide en la Iglesia latina la vocación sacerdotal, por tanto, la extensión del Reino. Obispos y presbíteros han sido privados de sus tareas del Reino. Más aún, han sufrido trato vejatorio, inhumano. Comunidades cristianas no pueden celebrar la Eucaristía por esta ley no evangélica: “Jesús mismo no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (1 Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)” (Sacerd. Caelic. 5). Más “arrojo de fe” es confiar el ministerio a solteros y casados que sólo a solteros. Matrimonio y celibato tienen valores y riesgos. Esta ley no respeta a la persona ni los dones de Dios, que llama al ministerio a unos y otros. Las conveniencias (económica, control, comodidad, poder, privilegios, separación…) son contrarias al “arrojo de la fe”: “la fe actúa en el amor y en la libertad” (Gál 5,6).

“La raíz del problema” de la disminución de vocaciones sacerdotales

“No se puede asentir fácilmente a la idea de que con la abolición del celibato eclesiástico, crecerían por el mero hecho, y de modo considerable, las vocaciones sagradas: la experiencia contemporánea de la Iglesia y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a sus ministros, parece testificar lo contrario. La causa de la disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte: en la pérdida o en la atenuación del sentido de Dios y de lo sagrado en individuos y en familias, de la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante la fe y los sacramentos.. Por lo cual, el problema hay que estudiarlo en su verdadera raíz” (Sacerd. Caelic. n. 49).

La razón fundamental para desatar el celibato del ministerio no es la posibilidad de que haya más sacerdotes. La razón fundamental es la voluntad de Jesús que “no puso esta condición previa en la elección de los doce, como tampoco los apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (1Tim 3, 2-5;Tit 1, 5-6)” (Sacerd. Caelic. 5). Así Jesús respetó los derechos humanos y los dones de Dios a solteros y casados. Esta ley no evangélica se basa en la creencia de que el ejercicio de la sexualidad hace impuro al ser humano -papa san Siricio-. Separa lo sagrado de lo profano, propio de religiones no cristianas. Acentúa la división de la comunidad en clero y fieles, basada en el judaísmo que atribuye a Dios la reserva de los levitas, “herencia y parte del Señor”. Jesús inaugura una comunidad fraterna, con diversos carismas y servicios. Toda la comunidad es porción escogida por el Señor, heredad suya, pueblo adquirido por Dios (1Pe 2, 9).

La ley del celibato lleva a complicaciones innecesarias

“Un porcentaje considerable de curas, para quienes el celibato hoy es una palestra de duro combate, en el que son frecuentes la debilidad, el sufrimiento, la regresión a comportamientos arcaicos, incluso la tristeza. Esto no se puede negar. Para esta gente, el celibato es fuente de alguna riqueza, pero muchas veces es fuente de problemas y, a lo mejor, es más fuente de problemas que de riqueza. Tampoco debemos olvidar que hay un grupo, en porcentajes sensiblemente menores, que vive en este área de comportamiento, una doble vida más o menos encubierta” (Ministerio presbiteral y espiritualidad, de J. M. Uriarte. 2ª ed. Publicaciones Idatz.San Sebastián 1999, p. 31).

Liberar del sufrimiento innecesario es un deber elemental de razón y, por supuesto, de Evangelio. Muchos sacerdotes y obispos no hubieran dejado el ministerio, ni seminaristas el seminario. Quizá sea cierto “que con la abolición del celibato eclesiástico, no crecerían por el mero hecho, y de modo considerable, las vocaciones sagradas”. Pero no abandonarían los que se van o les echan por el celibato. Que no son pocos. En mi curso: empezamos 45; se ordenaron: 15; perseveran en celibato: 6. En algún otro curso de la misma época, perseveran 2. Y todo por una ley no evangélica.

Las vocaciones ministeriales surgen de las comunidades

Cuando las comunidades más vivas son puestas en entredicho, no son promovidas en libertad, no se las respeta, no deciden casi nada… ¿qué servidores podemos esperar? Pequeños caciques, separados, sin vocación comunitaria, funcionarios de lo sagrado, obligados a vivir de lo sagrado… Modelos difíciles de asumir en democracia. Hablar de “pérdida o atenuación del sentido de Dios y de lo sagrado…, de la estima de la Iglesia como institución salvadora mediante la fe y los sacramentos” es echar balones fuera. Culpar del problema a los cristianos de a pie, mientras los dirigentes y sus leyes son exaltados como perfectos e inamovibles, no es serio evangélicamente. El Evangelio invita a revisarse todos, sobre todo los dirigentes, “que atan fardos pesados y los ponen sobre las espaldas de los hombres, pero ellos no quieren moverlos con el dedo. …¡ay de vosotros, guías ciegos!…” (Mt 23, 1-36; Mc 12, 38-40; Lc 11,37-52; 20,45-47). No querer cambiar nada, actuar como si las leyes fuera perfectas y eternas, no aceptar que es posible otro modo de organizar el ministerio… es en el fondo “no querer mover con el dedo el fardo pesado” que ellos ataron a la espalda de sus hermanos. Esta cerrazón clerical está en la raíz del problema. Pero, como toda cerrazón, se hace fanatismo al revestirla de “sagrado” y se vuelve irresoluble. Necesitamos un golpe del Espíritu, de caída del caballo camino de Damasco, “una luz venida del cielo” que pregunte “¿por qué me persigues” en quienes tienen vocación sacerdotal, pero carecen del carisma celibatario? También “esos son para mí vasos de elección para llevar mi nombre ante gentiles,reyes e hijos de Israel” (He 9, 3-4.15).

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