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LA CARCOMA EN LA ORACIÓN DE PETICIÓN. Juan Luís Herrero del Pozo

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Para que este texto resulte más concreto adopto como contexto las reflexiones con que un reconocido teólogo, J.A. Estrada, sale al paso, en diferentes ocasiones, del radical cuestionamiento que el no menos reconocido A. Torres Queiruga realiza desde tiempo ha a la oración de petición.

El autor de mi pretexto dibuja, en fino encaje de bolillos, una decidida y minuciosa voluntad de salvar la cuestionada oración de petición. Sus reflexiones abordan el tema desde todos los ángulos con maestría, menos desde el más nuclear que es, a mi juicio, su textura popular: el pueblo, de hecho, no maneja la oración como Estrada la pinta idealmente. La forma de orar, que ha sido tradicional en el pueblo y en la teología y, por lo visto, lo sigue siendo –salvo algunos importantes matices- si hacemos caso a nuestro autor, no desarraiga en definitiva la oración de petición de su humus mágico.

El pueblo fiel – y todos hemos estado ahí- cuando “levanta el corazón a Dios para pedirle mercedes” está convencido de que Dios puede intervenir, bajo ciertas condiciones… Y no otra me parece la convicción que impregna todos los textos del aludido autor sobre la oración de petición. El día que los creyentes caigan en la cuenta de que este pensamiento, según opino, es erróneo quedará modificado su enfoque religioso global y todas las otras valiosísimas consideraciones de este teólogo encontrarán cumplido significado y relevancia.

Con lo cual estoy reconociendo algo decisivo: que tal como es nuestra oración es nuestra religión. La oración es así algo como la piedra de toque, el punto de inflexión, el parteaguas entre el viejo y el nuevo paradigma del que tanto se habla en este tiempo-eje. Es mi opinión personal, sin duda, pero la he hallado avalada por cuantos han caído en la cuenta y hecho la experiencia. Experiencia que, lo reconozco, no ocurre sin cierta convulsión interior porque acarrea el reajuste de muchas convicciones y comportamientos.

Por ilustrarlo de forma concreta, la opinión creyente común es que Dios puede y, bajo ciertas condiciones, va a intervenir a nuestra petición. ¿No nos asegura el evangelio “pedid y se os dará”? La oración confiada puede “mover montañas” y, no menos, cambiar el corazón. Es decir, la oración puede interferir en las leyes de la naturaleza (haciendo llover, por ejemplo, pese a las isobaras) y en la conciencia libre de las personas (cambiando el corazón). Pues bien, mi opinión -¡heterodoxa opinión!- es que tal intervencionismo divino ha sido el fruto natural y coherente del pensamiento mágico. Y, dado que el pensamiento mágico es una forma infantil, primitiva y perversa de comprender la relación entre Dios y la criatura, tal relación y la consiguiente interactuación entre Dios y lo creado no es atribuible al Creador: Dios no sólo no va a intervenir a instancias de nuestra plegaria sino que no puede intervenir, so pena de negarse a sí mismo al desdecirse de la autonomía concedida al cosmos, a su evolución y a la autoconstrucción responsable de lo libertad. Éste es el abc del nuevo paradigma, siempre a mi modesto entender.

La justificación de lo dicho no es trabajo cómodo. Si, pese a Kant, hay lugar para alguna metafísica, aquí estamos en su núcleo sustancial ineludible. Y aquí es donde me dicta la experiencia que tropiezan y reculan bastantes autores, no todos, por fortuna, a la hora de encarar el nuevo paradigma tal como lo explico con detalle en “Religión sin magia. Testimonio y reflexiones de un cristiano libre” (ediciones El Almendro, Córdoba 2006).

El meollo de la dificultad estriba en superar la forma de entender antropomórficamente (¡a nuestra imagen!) el modo de ser y actuar de Dios: Dios como sujeto agente o causa eficiente en lugar de Dios como fundamento ontológico de todo ser y de su sentido último. Los filósofos y teólogos después de reconocer teóricamente esta singularísima relación trascendente luego la manejan como categorial y construyen todo el paradigma religioso dentro de una cosmovisión y espiritualidad mágicas. Como cuando –son ejemplos clarísimos- tratan de fundamentar la gratuidad de los dones divinos, de su respuesta a nuestra plegaria, de la providencia, de la “elección” de un pueblo o una persona, de la revelación sobrenatural, etc.

Dios sustenta la historia, no interfiere en ella. Sería pura magia. El mago se saca un conejo de la chistera, cosa que la chistera no puede ofrecer. Dios no es el mago que interviene, retoca, corrige, incrementa, añade…en una palabra, Dios no interfiere ni en las leyes de la naturaleza ni en la libertad, las hace SER. Creer en el Dios tradicional ha sido semillero de agnósticos y ateos. ¡No lo pongamos tan difícil, que harto lo es creer en Él! Y, sobre todo, afirmarlo en el amor fraterno.

Logroño 10 nov.2006 herrero.pozo@telefonica.net

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