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La cárcel de Zamora -- Rafael Fernando Navarro

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El Plural

De acuerdo al convenio firmado entre la Santa Sede y el régimen franquista, los sacerdotes no podía ser encarcelados con presos comunes, sino que debían ser internados en una cárcel especialmente preparada para ellos: la de Zamora.

Aquellos curas, aunque delincuentes, seguían siendo lo suficientemente puros como para mezclarlos con el material humano putrefacto de esos recintos. Y apareció Zamora. Y en Zamora eran recluidos, casi en exclusividad, los disidentes del régimen. Cualquier cura que se encarara con la opresión franquista, que pidiera justicia, libertad, capacidad de reunión o de expresión, era considerado subversivo, comunista, perteneciente a hordas judeomasónicas e ingresado en la cárcel de Zamora.

Por allí pasaron muchos sacerdotes defensores de los derechos más elementales sojuzgados por la bota militar. Pero estos sacerdotes no sólo eran represaliados por un Caudillo de España por la gracia de Dios, sino que eran acusados por la propia Jerarquía eclesiástica. Los Obispos, en connivencia concubina con el terror impuesto, eran delatores y cómplices de esos encarcelamientos. Los Obispos ejercieron así la más dictatorial represión de los que sólo exigían una libertad, fruto de un evangelio enterrado entre mitras y aplastado por báculos sacrílegos.

Han sido beatificados 498 mártires asesinados por el bando republicano. Ninguno de ellos pasó por la cárcel de Zamora, aunque los que allí estuvieron proclamaron un mensaje de verdad, de libertad, y de justicia. La explicación es clara: fueron juzgados y encarcelados conjuntamente por el régimen y por la Jerarquía. Y todos sabemos que es absolutamente distinta la muerte provocada por el bando marxista y la impuesta por Franco, hijo fiel de la Iglesia, y sus Obispos.

Es necesario preguntárselo: unos son mártires de la reconciliación según afirman Blázquez y Martínez Camino. ¿Y los otros, qué son los otros? Mientras Guerra Campos era diputado en Cortes, los Cardenales tenían honores de Capitán General, las Vírgenes morenas de Sevilla lucían fajines y los Cristos procesionaban al ritmo del himno nacional, ciertos mártires (testigos auténticos de la fe), permanecían entre rejas por el delito, el tremendo delito, de ser fieles a la muerte del Gran Muerto y a la alegría de Resucitado.

“No se puede condenar el franquismo en bloque” asegura Mons. Sánchez. Me da la impresión que la Iglesia no puede condenar el franquismo porque se condenaría a sí misma. Y el orgullo, el sacrílego orgullo de quienes impusieron un antievangelio con la ayuda del terror franquista, no permite reconocer el amancebamiento político-religioso que en el fondo es añorado y deseado de ser reimpuesto.

Muchos llevamos en la sangre cicatrices de sables y crucifijos indiferenciados. Si paso por Zamora antes de morirme, esparciré la gloria de Bernini entre las austeras espigas castellanas.

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