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La autoridad. Su sentido y comportamiento -- Benjamín Forcano, teólogo

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Benjamín Forcano1En la convivencia humana, trátese del campo o actividad que se quiera, necesitamos de una autoridad que gestione y asegure
un buen funcionamiento de unos con otros. Para ello, tenemos que contar con aclarar el significado de dos términos elementales: el valor de las personas y la misión de la autoridad en una comunidad de personas.
El sentido de la autoridad
En general, la autoridad se la entiende como instancia que se sitúa con un poder superior, indiscutible, en el grupo o campo en que actúa. Una autoridad que, religiosamente hablando, llevaría incluso el aval de la instancia divina , lo que le proporcionaría un peso y legitimidad intocable.

En realidad, la autoridad tiene una misión importante pero extrínseca: colaborar con su buen saber y hacer al concierto adecuado de las personas que se relacionan con sus correspondientes derechos y obligaciones.

No es, por tanto, que ella disponga de un autopoder para discernir y decidir sin contar con los demás, sino ayudar a que la dignidad y valía de todos concurran a comprender y asumir las decisiones más adecuadas.
Lo cual supone que la autoridad no se coloca por encima de nadie sino que respeta a todos por igual, los escucha, les invita a descubrir, argumentar y profundizar el acuerdo y así poder alegrarse de que la comunidad o grupo consigue por sí mismo un resultado positivo para todos.

Las personas , lejos de ser robots o fichas, son sujetos de razón y conciencia para comunicarse, dialogar, entender, valorar y limitar posibles exageraciones o rbitrariedades de uno mismo y de los otros. La mejor autoridad es la que logra que las dificultades y conflictos se solucionen por la dinámica responsable del mismo grupo.
Y ese es el camino o proceso normal si se quiere asegurar unas relaciones de estabilidad y armonía. Todos deben sentirse atendidos y apreciados, y entender que muchas veces la solución perfecta no es posible y hay entonces que concordar la mejor.
En tiempos pasados, se nos educó para recibir el mandato y simplemente obedecer, aun cuando fuera injusto o arbitrario. El que representaba la autoridad, no se equivocaba.

Pero siempre hemos sabido que la fuente de lo que es bueno, honesto y razonable no es la voluntad del que manda ( Esto es bueno porque lo mando yo o es malo porque lo prohibo yo) , sino que es anterior a esa voluntad y depende en su bondad o maldad de una realidad exterior: las criaturas y, en especial, la persona humana (Esto porque menosprecia, discrimina, humilla o anula la dignidad y derechos de la persona es malo y está prohibido; y porque afirma, promueve y ratifica la dignidad, el bien y derechos de la persona es bueno y está mandado).

Ante la dignidad de la persona y la grandeza del Evangelio, estamos todos en actitud de obediencia, todos, sin que a nadie le sea permitido por ley, privilegio, o bula especial dispensarse de lo que es cumplimiento de la voluntad de Dios, reflejada en la realidad sagrada de la persona, imagen suya, que tiene en El, como Creador, su raíz y fundamento.
En el sentido expuesto, una autoridad que no tiene en cuenta la realidad, es ajena a ella, -se enajena- puede engreírse y hasta endiosarse considerando que su función es poseer la verdad, imponerla a su gusto, despóticamente.
Si todos somos iguales, una postura de este tipo es la más insustancial e inapropiada que puede adoptarse.
¿En virtud de qué, alguien que sea humano de verdad, puede considerase por encima de otro , ignorarlo y despreciarlo?

“Los agravios, decía nuestro Quijote, despiertan la cólera en los más humildes pechos”,
“La virtud enfada y la valentía enoja, letras sin virtud, son perlas en el muladar”,
“No ocupa más palmos de tierra el cuerpo del Papa, que el del sacristán” ,
“El amor todas las cosas iguala”, “Cuando Dios amanece para todos amanece”.

Presupuestos de una autoridad arbitraria y despótica

A poca humildad y lealtad que haya, los Centros o Grupos de convivencia suelen funcionar bien, con entendimiento , ayuda y agradecimiento mutuos. Nos encontramos con personas a las que les resulta natural la gualdad y el buen trato mutuo. Pero,demasiadas veces, este clima viene alterado o roto por personas que malentienden el ejercicio y sentido de la autoridad.

Y esto surge no al azar, sino porque estas personas vienen tocadas de una u otra patología en su personalidad. En el fondo, porque no han hecho suyo el valor de la igualdad como norma de su acción, ni en sí mismos ni en los demás.
Comienzan por no estar contentos consigo mismos, por no aceptarse en lo que son, por no confiar en su propia dignidad y cualidades y poder a dedicarse a ser ellos sin menoscabar a los demás. Viven fuera de sí, sin apreciar lo que son y les corresponde y, entonces, buscan cómo llenar esa huida y vacío de sí mismas, y pretenden especializarse en estropear lo que va bien, en arremeter contra los que destacan por vérseles contentos, poseedores de savia y estímulo de una buena convivencia y ser bien acogidos por los demás.

Al ejercer su autoridad, estas personas comienzan por empequeñecerse y desacreditarse a sí mismas.
Les entristece que otros triunfen, que muestren una felicidad que ellas no poseen y es cuando, por carencia de lo que les falta y por malquerencia, entran en el terreno infame de “su” autoridad para menospreciar, rebajar, anular.
No toleran que otros sean y se comporten con conducta positiva y constructiva. Les corroe el triunfo de los demás y es entonces cuando salta en ellas el resorte de una aplicación perversa de la autoridad: frustrar a los demás, enojarles, haciéndoles la vida imposible.

Ella no crece en dignidad, en autoestima ni aprecio de los demás, pero sí se recrea haciendo circular la imagen de que en definitiva la que allí cuenta y más puede es ella.
La gama de personas, que obran de este modo, si llegan a poseer un grado de utoridad, puede ser muy variable, en dependencia de la formación recibida y de su contexto cultural.
Pero hay rasgos que coinciden en todas ellas y son:
-Hacer valer su poder,
-Su objetivo de disminuir y anular a quien le discuta su supremacía,
-“Gozar” con que todos le obedezcan,mereciendo de esta manera seguir teniendo el respaldo de la autoridad que le nombra.

Dentro de esa gama de personas, los rasgos y procedimiento descritos encajan de arriba abajo al modo de comportarse en autoridad una persona envidiosa.
Lo describen con acierto los refranes de nuestro pueblo y la ciencia de sabios y santos:

“El fuego ennegrece lo que no puede quemar. Lo mismo hace el envidioso con lo que no puede conseguir. La envidia es fiera que arruina la confianza, disipa la concordia , destruye la justicia y engorda toda clase de males” (San Andrés).

“Donde reina la envidia, no puede vivir la virtud”.
“La envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias”.
“Cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen” (Del Quijote).

Algún motivo habrá, -y esto es lo más grave- para que la autoridad que elige y nombra a estas personas, no advierta lo que está en boca de todos y, pese a todo, las mantenga.
¿Les sirve porque, a modo de amos, transmiten al grupo que hay un orden, una disciplina, una economía que ajustar y salvaguardar, una jerarquía que decide cuándo y cómo quiere el puesto, horario y salario de cuantos pertenecen al Centro o Grupo?

En todo caso, es innegable una cierta complicidad, que tolera este tipo de autoridad, sembradora de miedo, desconfianza y malestar y que altera la armonía y paz del Grupo.
Ni humana ni cristianamente hablando es admisible una ausencia o inhibición de la autoridad “superior”, frente a personas no idóneas para ejercer una autoridad que niega el sentido de igualdad y responsabilidad fraternas.
Y, como broche, valgan de guía y ley las palabras del por todos invocado Camino, Verdad y Vida:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor” (Mr 12, 29-31).

“Vosotros, todos sois hermanos” (Mt 15,13).

“Entre vosotros, el que quiera subir, sea servidor vuestro; y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos; porque tampoco este Hombre ha venido para que le sirvan , sino paras servir” ( Mr 10, 42-45).

“Sed buenos del todo como es bueno vuestro Padre del cielo” (Mt 5, 46-48).

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