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La antorcha olímpica. José María Castillo, teólogo

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Moceop

Jose María Castillo2.jpgEl “Informe 2007″ de Amnistía Internacional, sobre el estado de los derechos humanos en el mundo, al explicar la situación actual en la República Popular de China, dice lo siguiente: “Un número cada vez mayor de profesionales de la abogacía y de periodistas han sido hostigados, detenidos y encarcelados.
Miles de personas que practicaban su fe al margen de las iglesias que contaban con autorización oficial sufrieron hostigamiento, y muchas de ellas fueron detenidas y encarceladas. Miles de personas fueron condenadas a muerte o ejecutadas.
Se han negado los derechos básicos a las personas inmigrantes que procedían de zonas rurales. Ha continuado la dura represión contra los uigures de la Región Autónoma Uigur del Sin-kiang, y las libertades de expresión y religión siguieron sometidas a severas restricciones en Tibet y entre las personas tibetanas que viven en otras zonas” (p. 125).

El “Informe” relata con crudeza las torturas generalizadas y los malos tratos que sufre mucha gente: patadas, golpes, aplicación de descargas eléctricas, personas colgadas por los brazos o mantenidas con grilletes en posturas dolorosas, quemadas con cigarrillos o a quienes se les impide dormir y comer (p. 127).

En noviembre, “un alto funcionario admitió que cada año se dictan en China no menos de 30 condenas injustas a consecuencia del uso de la tortura, pero el número real ha sido probablemente superior” (p. 127). Más aún, “en mayo de 2006, las autoridades de la ciudad de Pekín anunciaron su intención de ampliar el uso que hacían de la reeducación por el trabajo como forma de controlar el “comportamiento ofensivo” y de limpiar la imagen de la ciudad antes de los Juegos Olímpicos” (p. 127). Es falso, por lo tanto, que las protestas que estos días se están produciendo, en diversas ciudades de Europa y América, ante el desfile ostentoso de la Antorcha Olímpica, se deban solamente a la represión que las autoridades chinas ejercen en el Tibet (p. 128). Esta represión es cierta. Pero no es la única ni quizá la más grave. Baste pensar en la frecuente y fuerte violencia que se ejerce en China contra las mujeres (p. 126) o contra las personas refugiadas de Corea del Norte (p. 128).

Como es lógico, quienes se manifiestan contra la Antorcha que anuncia los próximos Juegos Olímpicos, expresan de esa manera su protesta por las violaciones contra los derechos humanos que se están cometiendo en China. Pero, si somos razonables, tendremos que convenir en que no basta con protestar contra China. Además de eso, hay que poner el grito en el cielo también por la responsabilidad de los gobiernos y de las empresas multinacionales, que saben lo que está ocurriendo en China y se callan.

Más aún, ocultan los atropellos que allí se están cometiendo. Por la sencilla razón de que hay en juego un mercado potencial de mucho más de mil millones de compradores de los productos que los países ricos de Europa y América les podemos vender (y les estamos vendiendo) a los chinos. Se trata, como es bien sabido, de negocios tan asombrosos, que los flujos de mercancías y capitales están desestabilizando y amenazando toda la economía mundial.

El Nobel de economía, Joseph Stiglitz, nos ha informado de que “a pesar de los controles de capitales, en 2004, además de la inversión directa del extranjero, hubo una entrada de unos 100.000 millones de dólares en China” (“Cómo hacer que funcione la globalización”, Madrid, Taurus, 2006, p. 325). Es más, “China tiene un enorme superávit comercial con Estados Unidos pero, comprando cientos de miles de millones de dólares en bonos, permite que los norteamericanos puedan mantener su déficit presupuestario.

Una y otra nación están al tanto de su mutua dependencia, por eso sus enfrentamientos rara vez pasan del terreno de la retórica” (o. c., p. 326-327). Y no hay que ser un lince para sospechar (al menos sospechar) que lo que ocurre entre Estados Unidos y China, ocurre poco más o menos igual en el caso de los países de la Unión Europea.

En cualquier caso, y sea de esto lo que sea, el hecho es que el mundo entero ve que China será pronto el gran coloso de la economía capitalista. China manda cada día más y más en todos nosotros. Por eso, no seamos ingenuos, el poder de Pekín ha sido gratificado con el regalo y la enorme publicidad de celebrar allí, en un país de tantas torturas y atropellos, los fastos de los Juegos Olímpicos.

Y es que, ante el poder del capital, toda rodilla se dobla en el cielo que nos interesa, en la tierra que estamos destruyendo a fuerza de tanto disfrutarla, y en el infierno que tienen que soportar los encarcelados, los torturados, los miserables, los nuevos y viejos esclavos de siempre y, por supuesto, los miles de familias que se ven con el agua al cuello para llegar hasta fin de mes porque el precio de los carburantes y de las materias primas se ha disparado precisamente por el tirón económico de China.

La cosa está clara, ante la disyuntiva de capital para los poderosos o supresión de derechos para los débiles, nuestra decisión es clara y firme. Vamos a seguir tirando del bienestar los que podemos tirar de él. Y los demás, que se apañen como puedan. ¿No podríamos hacer algo más para que no siga adelante esta barbarie? ¿No podríamos expresar, al menos expresar, nuestro desacuerdo con más eficacia de lo que venimos haciendo hasta ahora?

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