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Jubileo de la Misericordia y ley del celibato (6) -- Rufo González

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Curas casados2La Iglesia, “eco de la Palabra de Dios”, ¿“sorprenderá” a los sacerdotes casados?
El último apartado de la Bula del Jubileo (Mv 25) resume los deseos del Papa para este Año Santo. “En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios”, insta a todos, instituciones y personas. Todos, sin duda, podemos ser “sorprendidos”, descubriendo, conmoviéndonos, maravillándonos por algún don de Dios imprevisto, inesperado. El texto mezcla la acción de Dios y el deber de la Iglesia. Podemos separar una y otro para entender mejor las “sorpresas” esperables:

a) Sobre Dios dice:

“Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida…

Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad, podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin. Es tan insondable la profundidad del misterio que encierra, tan inagotable la riqueza que de ella proviene” (Mv 25).

b) A la Iglesia le dice:

“La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios.

Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio.

Ella sabe que la primera tarea, sobre todo en un momento como el nuestro, lleno de grandes esperanzas y fuertes contradicciones, es la de introducir a todos en el misterio de la misericordia de Dios, contemplando el rostro de Cristo.

La Iglesia está llamada a ser el primer testigo veraz de la misericordia, profesándola y viviéndola como el centro de la Revelación de Jesucristo.

En este Año Jubilar la Iglesia se convierta en el eco de la Palabra de Dios que resuena fuerte y decidida como palabra y gesto de perdón, de soporte, de ayuda, de amor…” (Mv 25). 

La sorpresa sólo puede venir de la Iglesia:

Para un cristiano no es “sorpresa” la misericordia divina. Lo que dice el Papa sobre Dios lo sabemos por Jesús: “a Dios nadie le ha visto nunca; el Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación” (Jn 1, 18). Conocemos bien la vida de Jesús, sus parábolas, sus signos, su perdón gratuito “hasta setenta veces siete”… La “sorpresa” esperable está en la Iglesia. ¿Qué sorpresa nos dará? El texto “urge” a la Iglesia, para que nos “sorprenda” desde el amor divino, del que debe ser “eco”. Ella puede sorprender cambiando leyes cuestionadas, procedimientos poco evangélicos, usos y costumbres desfasadas (quitar la palabra, condenar, impedir reunirse…). Serían gestos de misericordia y de libertad. Serían signos de gracia y fe que actúa por la caridad (Gál 5, 4-6). Ella, institución, y nosotros, cristianos, podemos sorprendernos y sorprender si nos dejamos llevar del Espíritu de Jesús. Así “revelamos” el genuino rostro de Dios, manifestado en Cristo.

Puntos de intervención para facilitar la celebración del Año Santo

En carta a Mons. Rino Fisichella, Presidente del Consejo para la Nueva Evangelización, septiembre de 2015, el papa Francisco “concede la indulgencia del Jubileo Extraordinario” y centra la atención en algunos puntos importantes “para facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios… Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz”. Piensa el Papa en “los fieles de cada diócesis”, en los enfermos, ancianos y solos, los presos… A todos quiere facilitar el encuentro con la misericordia entrañable. Incluso a cualquier persona que practique obras de misericordia: “un fiel que viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar”, que se puede ganar también para los difuntos.

Recuerda también a las personas inmersas en situaciones negativas

Piensa especialmente en dos situaciones: “todas las mujeres que han recurrido al aborto” y “los fieles de los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X”. A cada uno de ellos les ofrece solución: a las primeras facilitando la absolución por parte de cualquier sacerdote; a los segundos reconociendo como “válida y lícita la absolución de sus pecados” por los sacerdotes de la Fraternidad, aunque no tengan plena comunión con la Iglesia católica.

Ni una palabra para las comunidades atendidas por sacerdotes casados

Salvo la disciplina del celibato, estas comunidades comparten lo fundamental católico. Supongo que en el Vaticano conocen el comunicado «Hacia un modelo de cura no clerical» de 31.12.2015 del Movimiento Internacional de Curas Casados como Federación Latinoamericana y Federación Europea, tras su Congreso en Guadarrama (Madrid), con el lema «Curas en unas comunidades adultas». Estas personas merece escucha, atención y respuesta evangélica. Resumo sus nueve puntos que esperan diáologo y comprensión:

1.- El modelo de cristianismo mayoritariamente imperante está desfasado; lejos de ayudar a la implantación del Reinado de Dios y su justicia, es con frecuencia un obstáculo para la vivencia de los valores evangélicos. Un nuevo tipo de iglesia y de comunidades es urgente para poder aportar algo válido frente a los retos que el ser humano tiene planteados hoy.

2.- El eje de este nuevo modelo de iglesia debe ser la comunidad, la vida comunitaria de los creyentes en Jesús. Sin esos grupos vivos que comparten su vida y su fe, que intentan descubrir el Reinado de Dios y vivirlo, no hay Iglesia…

3.- Para la renovación de la Iglesia… hacia un modelo activamente comunitario de asamblea del Pueblo de Dios, es preciso un cambio estructural; no son suficientes los meros esfuerzos personales. Hay una inercia de siglos (Estado Vaticano, curias, leyes, tradiciones…) que actúa como un peso muerto y dificulta cualquier reforma progresiva.

4.- Nuestro recorrido nos ha hecho experimentar y comprender que el motor de la transformación se encuentra en el interior de las mismas comunidades: solamente unas comunidades adultas, maduras, pueden llevar a cabo esa transformación estructural necesaria y urgente…

5.- También hemos comprendido y experimentado que los curas -sean célibes o no: no es esa la cuestión principal- no pueden seguir concentrando todo en sus personas y pretender asumir todas las tareas y responsabilidades…

6.- Esas comunidades adultas existen ya; en ocasiones son ignoradas o perseguidas; es necesario incentivarlas. Son pequeños grupos de dimensiones reducidas, donde sus componentes se conocen, comparten, viven la igualdad, la corresponsabilidad, la fraternidad y sororidad…

7.- Esa adultez… les permite adaptarse a las exigencias culturales de nuestro mundo cambiante, vivir y formular la fe de forma y en lenguaje comprensibles y organizarse desde dentro según sus necesidades… Ejercen la libertad de los hijos de Dios; no viven ancladas en el pasado…

8.- Desde esta óptica, resulta cada vez más contradictoria e injusta la situación de las mujeres: mayoritariamente presentes en la vida eclesial, pero apartadas tradicionalmente de las tareas de estudio, responsabilidad y gobierno…

9.- Y, finalmente, es preciso reconocer a estas comunidades el derecho a elegir y encomendar las tareas, servicios y ministerios a las personas que consideren más preparadas y adecuadas para cada tarea, sin distinción de sexo ni estado…, abiertas, inclusivas, desde la pluralidad y el respeto mutuo.

Para estas comunidades, ¿no hay otra esperanza que el Código de Derecho Canónico?

¿No pueden celebrar el Jubileo en la Misericordia evangélica? ¿No puede la Iglesia cambiar la ley para abrazarlas en la disciplina eclesial? ¿Hasta cuándo el silencio, el ninguneo, la exclusión… van a ser el único “eco de la Palabra de Dios”, que tiene la Iglesia para los sacerdotes casados? ¿Cuándo piensa el Papa solucionar este problema, que decía estar en su agenda? Esta situación merma la credibilidad de la Iglesia desde hace muchos años. Este “Jubileo Extraordinario” podría ser mucho más “santo” solucionando generosamente (“divinamente”) este problema.

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