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Juan Pablo II: vuelve el acoso del celibato (9) -- Rufo González

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celibato“Pastores dabo vobis” (PDV): Exhortación Apostólica post-sinodal (marzo 1992)
Esta “Exhortación” es la actualización y comentario de las proposiciones de la Octava Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos de 1990, “sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual”. Su título procede de Jeremías: “Os daré pastores según mi corazón” (Jer 3,15). Reconoce la convicción cristiana de que los “pastores” de la Iglesia son un regalo divino. Su aptitud y actitud, sobre todo su “amor pastoral”, como dones de la naturaleza y de la gracia, los aceptamos, valoramos, cuidamos y acrecentamos en inteligencia y libertad agradecidas. No deberían impedirse ni condicionarlos para fines ajenos a la voluntad del Dador. Eso significa gratuidad e inviolabilidad: gratitud y uso debido. Sin exaltación vacua ni rebajamiento. Vivirlos en “espíritu y verdad”. Por lo que se refiere al celibato, esta “Exhortación” no seguirá estos principios generales. Justificará la ley del celibato como inspiración del Espíritu. Cosa que muchos no compartimos en la Iglesia.

El celibato es uno de los varios consejos evangélicos

El capítulo III, dedicado a “la vida espiritual del sacerdote”, recoge el tema del celibato como una manifestación del “radicalismo evangélico”. Radicalismo que coincide con lo que el Vaticano II llama “vocación a la santidad” (LG 39ss). Los cristianos estamos invitados a seguir a Jesús (cf. Mt 8, 18ss; 10, 37ss; Mc 8, 34-38; 10, 17-21; Lc 9, 57ss). “Esta misma exigencia se presenta a los sacerdotes, no sólo porque están “en” la Iglesia, sino también porque están “al frente” de ella… Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza (Cf. Proposición 9. )” (PDV n. 27). A cada uno de los tres consejos le dedica un apartado. El número 29 lo reserva íntegro al celibato clerical.

El primer párrafo de este número es una cita al Vaticano II

“Entre los consejos evangélicos `destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Cor 7, 7), para que se consagren sólo a Dios con un corazón que en la virginidad y el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Cor 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo´ (LG 42)” (PDV 29).

Resumo el comentario que hice a esta cita de LG 42:

1. Aquí no se habla de la “ley del celibato obligatorio”. Se habla de la soltería por el Reino (Mt 19,11-12), donde Jesús reconoce la posibilidad de “solteros” (eunucos) dedicados al Reino de Dios. En 1Cor 7,7, Pablo reconoce haber recibido ese don, y constata la facilidad y libertad que aporta para la actividad misionera (1Cor 7,32-34). Esto no exige celibato al presbítero. El texto de Pablo es un “consejo” a todos, en un tiempo histórico concreto, en unas comunidades urgidas por la creencia del final inminente, con una teología sobre la realidad terrena y humana muy distinta a la actual.

2.- Tanto el casado como el célibe son llamados a tener un “corazón indiviso”, unificado por la caridad, “el cinturón perfecto” (Col 3,14). Amar a la esposa y los hijos no impide amar a la Iglesia a la que servimos. Los dos amores son “cosas del Señor”, y pueden estar imbuidos del Espíritu de Cristo. Los presbíteros de la Iglesia oriental no tienen su “corazón dividido” al amar a su familia y a la familia eclesial con el mismo corazón, con el Espíritu de Jesús.

3. No niego la “estima” eclesial de siempre por “esta gracia”. Quizá en excesivo “honor” –el original latino: “in honore praecipuo”-, si es que hay que tener en algún “honor” a los carismas. Toda gracia es digna de “agradecer” y de “servir”. Discutir categorías de honores no es evangélico. Máxime cuando se sabe que es “gracia”, no fruto de nuestro esfuerzo. Sólo Dios sabe el esfuerzo que cada persona hace al responder a la gracia recibida y colaborar con ella. Piénsese en el esfuerzo de los padres por los hijos: ¿es menor y merece menos honor que el del clérigo por ser célibe?

4. La razón del “honor” -ser “signo y estímulo de la caridad”- es común a todo carisma, y extensible a todos los que se dejan llevar del Amor gratuito. Jesús llamó a todos a vivir en el amor del Padre. El amor cristiano de solteros y casados se convierte en “luz y sal” del mundo. Desde la fe en el Padre, tanto la soltería como el matrimonio se convierten en “signo y estímulo de la caridad”. Esta deriva clerical de exaltación de sus carismas ha impedido el desarrollo de comunidades adultas y ha desvalorizado los demás carismas, entre ellos, el matrimonio cristiano. Destacar un carisma no exige anular o infravalorar otros. Todos están “activados por el mismo y único Espíritu” (1Cor 12, 11). Con mayor apoyo bíblico puede decirse del matrimonio que es “don de Dios” (1Cor 7,7) y, por tanto, “signo y estímulo de la caridad”. Ahí está el texto de Efesios (5, 25-32): “este símbolo es magnífico; yo lo estoy aplicando a Cristo y a la Iglesia”. Y el Apocalipsis (19,7ss; 21, 9; 22,17) ve en las bodas de carne y hueso el signo del amor de Cristo que se desposa con la humanidad. No es la virginidad o soltería lo que desposa a Cristo con la humanidad, sino el amor. Por eso el símbolo del amor de Dios es el matrimonio real, verdadero. Si Cristo se hubiera casado, cosa que no consta, nos habría igualmente desposado con Dios, y estaríamos diciendo que su matrimonio era el gran signo del amor divino. El amor matrimonial no impide el amor pastoral que construye comunidad.

5. Cualquier estado -soltería o matrimonio- puede ser “fuente” de fecundidad espiritual

Si casados, viudos, solteros… viven animados por el Espíritu Santo, se puede proclamar de ellos lo que la constitución Lumen Gentium aplica sólo a los célibes:

– “por ellos la Iglesia muestra a Cristo en la contemplación, en el anuncio del Reino, sanando heridos y enfermos, convirtiendo a los pecadores, bendiciendo a los niños, haciendo el bien a todos, obedientes a la voluntad del Padre…” (LG 46).

– matrimonio y soltería “no son impedimento para el enriquecimiento de la persona humana, sino que, por su misma naturaleza, la favorecen grandemente”, (LG 46) cada uno a su manera.

– matrimonio, celibato… “según la vocación personal de cada uno, contribuyen a la purificación del corazón y a la libertad de espíritu, excitan continuamente el fervor de la caridad, y, sobre todo, como se demuestra con el ejemplo de tantos santos fundadores (LG 46) , son capaces de asemejar más la vida del hombre cristiano con la vida virginal y pobre que para sí escogió Cristo nuestro Señor y abrazó su Madre, la Virgen” (LG 46).

Soltería, viudez y matrimonio tienen la misma dignidad en cristiano

Son dones de Dios en orden a la santidad y al servicio del Pueblo de Dios. Todos los estados pueden “contribuir a la purificación del corazón y a la libertad de espíritu, excitar continuamente el fervor de la caridad, y… ser capaces de asemejar más la vida del hombre cristiano con la vida virginal y pobre que para sí escogió Cristo nuestro Señor y abrazó su Madre, la Virgen”. También ha habido santos fundadores casados, y también sacerdotes casados, que han dejado obras de misericordia, como Vicente Ferrer, en nuestros días. La capacidad de asemejarse a Cristo viene del Espíritu Santo, que con su don más excelente, el amor, nos hacer vírgenes espirituales y pobres espirituales. La virginidad es cuestión del Espíritu (vivir en Amor, en Cristo, limpios de egoísmo y maldad), no de virginidad material. ¿Acaso una persona violada pierde la virginidad espiritual? Lo importante es la virginidad del Espíritu, no la virginidad física. En soltería y en matrimonio somos del Señor y para el Señor.

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