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Juan Pablo II: vuelve el acoso del celibato (8) -- Rufo González

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Papa y MacielSus cartas del Jueves Santo, ¿eran para todos los sacerdotes católicos?
Las escribía para celebrar el nacimiento del sacerdocio ministerial y “reavivar el carisma de Dios que llevamos por la imposición de las manos” (2Tim 1, 6). El Obispo de Roma unifica la Iglesia católica, la de Occidente y la de Oriente. Tengo dudas de que los sacerdotes del Rito Oriental tengan como suyas dichas cartas. Nunca se habla de ellos. Su estado matrimonial no es visto como “bueno” para el ministerio, al suponer que “su entrega a Cristo no es total”. Comento la carta de 1982 por ser la más explicita en justificar la ley que vincula ministerio y celibato.

Carta del Jueves Santo 1982, ¿es “una oración inspirada por la fe”?

Está dirigida al “Cristo del Cenáculo y del Calvario”. Está centrada en el Amor:

“Hoy todo nos habla de este amor, con el cual “amaste a la Iglesia y Te entregaste por ella, para santificarla”(Cf. Ef. 2, 25s). Mediante el amor redentor de tu entrega definitiva hiciste a la Iglesia tu esposa, llevándola por el camino de sus experiencias terrenas, para prepararla a las eternas “bodas del Cordero”(Ap. 19,7), en la casa del Padre (Jn. 14,2). Este amor nupcial del Redentor, este amor salvífico del Esposo, hace fructíferos todos los “dones jerárquicos y carismáticos,” con los cuales el Espíritu Santo “provee y gobierna” la Iglesia (Cf. Const, dogm. Lumen gentium, 4)” (n. 5).

Es curioso que esta metáfora del matrimonio, tan bíblica, sea utilizada para insinuar que sólo los que se hacen esposos de la Iglesia (los que tienen “este amor nupcial”), los célibes, harán, como Jesús, “fructíferos todos los “dones jerárquicos y carismáticos,” con los cuales el Espíritu Santo provee y gobierna la Iglesia”. No lo dice en su literalidad, pero lo supone, y saca las consecuencias de esta interpretación en los párrafos siguientes.

“¿Es lícito, Señor, que nosotros dudemos de este amor?

Quienquiera que se deje guiar por la fe viva en el Fundador de la Iglesia ¿puede acaso dudar de este amor al cual la Iglesia debe toda su vitalidad Espiritual?” (Carta Jueves Santo 1982, n. 5).

Lo que es una metáfora del amor divino: amor universal, desinteresado…, se intenta reducir al amor del célibe. Como si el casado no pudiera participar del mismo amor divino que supera toda metáfora humana. Ningún creyente en Cristo duda del amor de Jesús, que manifesta el Amor del Padre. El amor de Jesús a la Iglesia puede llamarse metafóricamente paternal, esponsal, fraternal…

Lo que san Juan Pablo II no “creía lícito dudar”

“¿Es lícito acaso dudar de:

– que Tú puedas y desees dar a tu Iglesia verdaderos “administradores de los misterios de Dios” (1Cor. 4,1) y, sobre todo, verdaderos ministros de la Eucaristía?

– que Tú puedas y desees despertar en las almas de los hombres, especialmente de los jóvenes, el carisma del servicio sacerdotal, como éste ha sido acogido y actuado en la tradición de la Iglesia?

– que Tú puedas y quieras despertar en estas almas, junto con la aspiración al sacerdocio, la disponibilidad al don del celibato por el Reino de los Cielos, del que han dado y dan todavía hoy prueba generaciones enteras de sacerdotes en la Iglesia Católica?” (Carta Jueves Santo 1982, n. 5).

Lo que desde el Espíritu de Jesús no creemos “lícito dudar” de:

– que Jesús puede y desea dar a tu Iglesia verdaderos “administradores de los misterios de Dios” (1Cor. 4,1) y, sobre todo, verdaderos ministros de la Eucaristía.

– que puede y desea despertar hoy en las almas de los hombres `y mujeres´, especialmente jóvenes, el carisma del servicio sacerdotal.

– que puede y quiere despertar en algunas de estas almas, junto con la aspiración al sacerdocio, la disponibilidad al don del celibato por el Reino de los Cielos…

– que puede y quiere despertar la aspiración al sacerdocio, en quienes desean el matrimonio por el Reino de los Cielos, del que han dado y dan todavía hoy prueba generaciones enteras de sacerdotes en la Iglesia Católica Oriental, y otros permitidos o tolerados en la Iglesia occidental.

Más preguntas en la oración al “Cristo del Cenáculo y del Calvario”

a) “¿Es conveniente ―en contra de lo dicho por el reciente Concilio Ecuménico y el Sínodo de los Obispos― seguir proclamando que la Iglesia debería renunciar a esta tradición y a esta herencia?

b) ¿No es en cambio un deber nuestro como sacerdotes vivir con generosidad y alegría nuestro compromiso contribuyendo con nuestro testimonio y nuestra labor a la difusión de este ideal?

c) ¿No es cometido nuestro hacer que crezca el número de los futuros presbíteros al servicio del pueblo de Dios, empeñándonos con todas nuestras fuerzas en despertar vocaciones y sosteniendo la función insustituible de los Seminarios, donde los llamados al sacerdocio ministerial puedan prepararse adecuadamente a la donación total de sí mismos a Cristo?” (Jueves Santo 1982, n. 5).

Desde el Espíritu de Jesús, estas preguntas tienen otras respuestas:

a) Sí, es conveniente proclamar su renuncia.“Esta tradición y esta herencia” no es verdad de fe, sino una ley. Problemática desde su origen y en toda la historia de la Iglesia. Nació de la ignorancia de la sexualidad, se impuso por interés del poder eclesial, se mantiene en parte de la Iglesia, sin consenso de los sacerdotes y del pueblo de Dios. El Vaticano II no lo discutió por prohibición papal…

b) Este “compromiso” no es “exigido por el sacerdocio por su misma naturaleza” (PO 16), sino un añadido humano. Es un deber aceptado que no obliga si compromete la salud física o psíquica, o se descubre como equivocado. Quien lo vive en represión constante, neurosis, dañando a terceros, etc., debe liberarse de tal compromiso.

c) Nuestro cometido es que se cumpla la voluntad de Jesús: que haya ministros del Espíritu en todas las comunidades, sin que nosotros pongamos condiciones que no puso Jesús. Despertar vocaciones y cuidarlas es cometido de todos. Los seminarios no cuidan todas las vocaciones, sólo las célibes. Los ministerios suponen bautismo y confirmación, que nos hacen “donación total a Cristo”.

Manipulación: exigencia eclesial convertida en exigencia del amor de Jesús

En el nº 6 de la carta, atribuye la “crisis y las no raras resquebrajaduras” (alusión al fuerte abandono del ministerio en aquella época) a la duda del amor del que “ha amado a la Iglesia entregándose a sí mismo por ella” (Cf. Ef. 5.25)”:

“Tú no renuncias jamás a este amor, que ensalza al hombre y a la Iglesia, imponiendo a uno y a otra precisas exigencias… ¿Podemos “disminuir” este amor? Y ¿no lo disminuimos cuantas veces, a causa de la debilidad del hombre, sentenciamos que se debe renunciar a las exigencias que él impone?” (Jueves Santo 1982, n. 6).

Si Jesús ama gratis, siempre y en toda situación, si “nada nos puede privar del amor divino, patente en Jesuscristo” (Rm 8,39)… ¿cómo nosotros vamos a disminuir este amor? Podemos responder a su amor, amando como nos ama. Al hablar de “renunciar a las exigencias que él impone”, está sin duda suponiendo que el celibato es exigencia del amor de Jesús. Lo que es una exigencia eclesial para el ministerio pretende convertirla en una exigencia del amor de Jesús. Lo cual es una aberración, a la que nos tiene acostumbrados la autoridad eclesial: divinizar sus decisiones opcionales, ocasionales. Menos mal que el Evangelio en esto de “imponer” es muy claro y rotundo: “Entre vosotros nada de eso” (Mt 20,25-28; Mc 10,42-45; Lc 22,25-27). Jesús da, propone, invita…

Los “buenos ministros de la Eucaristía” pueden estar casados

a) “Hoy, en el día de la institución de la Eucaristía, Te pedimos con la más profunda humildad y con todo el fervor de que somos capaces que ella sea celebrada en toda la tierra por los ministros llamados a ello, para que a ninguna comunidad de discípulos y confesores tuyos falte este santo sacrificio y alimento Espiritual” (Jueves Santo 1982, n. 7).

b) “Hoy, cuando se dice que la comunidad tiene derecho a la Eucaristía, se debe particularmente recordar que Tú has recomendado a tus discípulos “orar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Cf. Mt. 9. 38). Si no se reza con fervor, si no nos empeñamos con todas las fuerzas a fin de que el Señor mande a las comunidades buenos ministros de la Eucaristía, ¿se puede entonces afirmar con convicción interna, que “la comunidad tiene derecho”?” (Jueves Santo 1982, n. 8).

c) “A través de Ella (Virgen María), especialmente hoy, todos nosotros te damos gracias.

– a través de Ella imploramos que se renueve nuestro sacerdocio en la fuerza del Espíritu Santo;

– que brille en él la humilde y fuerte certeza de la vocación y de la misión;

– que crezca la disponibilidad al servicio sagrado” (Jueves Santo 1982, n. 10).

No es voluntad de Cristo exigir el celibato para ser sacerdote católico

a) Jesús hizo “buenos ministros de la Eucaristía” sin esa exigencia. Por la ley celibataria hoy muchos “ministros llamados a ello” tienen que abandonar. Podría aplicarse la sentencia evangélica, de que “no basta decirme: `Señor, Señor´, para entrar el Reino de Dios…” (Mt 7,21). Hay que respetar su voluntad. No por rezar, Dios va hacer lo que nosotros queramos. Eso es tentar a Dios.

b) ¿Se puede pedir que la Eucaristía “sea celebrada en toda la tierra por los ministros llamados a ello”, y por otro lado poner condiciones ajenas a la voluntad divina? Nadie duda que Dios quiere que se celebre la Eucaristía. Si Dios no hace lo que la ley quiere (dar vocaciones celibatarias), la ley impide la Eucaristía. Además: “Si no se reza con fervor, si no nos empeñamos con todas las fuerzas a fin de que el Señor mande a las comunidades buenos ministros de la Eucaristía”, no podemos afirmar que “la comunidad tiene derecho”, dice el texto papal. El derecho, parece ser, depende de que “recemos y nos empeñemos… en que el Señor mande buenos ministros”. Y “buenos ministros” ya sabe Dios quiénes son: los que la ley eclesial dicta. Si eso no es ponerse por encima de Jesús y del Evangelio y de Jesús… “que venga Dios y lo vea”. El poder absoluto no tiene reparos: corrige al mismo Espíritu Santo (ya el papa Sixto V lo intentó con la Biblia. Cf. La autoridad de la verdad, de González Faus, Sal Terrae 2006, 2ª ed., pág. 109-115).

b) No podría faltar involucrar a María. A pesar de que ella recomendaba “haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5), Juan Pablo II quiere que “imploremos… que crezca la disponibilidad al servicio sagrado”. La “disponibilidad”, en el contexto, es el celibato. Los casados no están disponibles para el servicio. ¿Qué le han hecho al Papa los curas casados del Oriente, para que les ignore, marginando tanto el matrimonio para el servicio a la comunidad cristiana? Bien al contrario que el autor de la Primera Carta a Timoteo (3, 1-5): “el Obispo tiene que ser irreprochable, casado una sola vez…, que gobierne bien su propia familia, que se haga obedecer de sus hijos con toda dignidad (que si uno no sabe gobernar su propia familia, ¿cómo va a cuidar de la Iglesia de Dios?)…”.

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