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Juan Pablo II: vuelve el acoso del celibato (1)

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

celibato“Nuestro Sacerdocio debe ser…, estrechamente ligado al celibato”
Con Juan Pablo II la libertad en la Iglesia se reduce: en la teología, en la liturgia, en las conferencias episcopales, en la disciplina eclesial… Especialmente llamativo fue el nombramientos de obispos: su largo pontificado sirvió para cambiar el episcopado mundial con los sacerdotes más conservadores, aunque su bagaje intelectual -algunos ni siquieran tenían grado universitario en teología- y pastoral dejaran mucho que desear. Usó dos varas de medir a la hora de jubilar a los obispos más abiertos y a los más tradionales. En todos los campos, las esperanzas abiertas por el Vaticano II entraron en el llamado “invierno eclesial”. No fue ajeno a esto el tratamiento del celibato. Apenas tomó las riendas de la Iglesia, el 9 de noviembre de 1978, en el primer encuentro con el Clero de Roma, avisó:

“Nuestro Sacerdocio “ministerial”, arraigado en el Sacramento del Orden, difiere esencialmente del sacerdocio universal de los fieles. […] Nuestro Sacerdocio debe ser límpido y expresivo, […], estrechamente ligado al celibato, […] por la limpidez y la expresividad “evangélica”, a la que se refieren las palabras de Nuestro Señor sobre el celibato “por el reino de los cielos” (cf. Mt 19,12)”.

Las mayúsculas originales subrayan la exaltación abusiva del “Sacerdocio ministerial” frente al “sacerdocio universal”. El servidor (ministerial) por encima del señor (Jesús, los cristianos), a cuyo servicio está el sacerdocio ministerial. Los servidores confundirán servicio con poder, e impondrán a los señores su disciplina, su dominio sobre la familia y la sexualidad… hasta extremos tiránicos. Contrasta con el respeto de Jesús por la sexualidad y la familia. Apenas habló de estos temas. Dejó la libertad como criterio básico para elegir soltería o matrimonio. Como Pablo VI escribió:

“el Nuevo Testamento propone el celibato como obediencia libre a una especial vocación o a un especial carisma (cf. Mt 19, 11-12). Jesús no puso esta condición previa en la elección de los Doce, como tampoco los Apóstoles para los que ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3, 2-5;Tit 1,5-6)” (Sacerd. Caelib. n.5).

El celibato una palabra dada a Dios y a la Iglesia

Juan Pablo II no supo o no quiso ver la libertad y el coraje de Jesús en la conciencia de los hombres que pedían ser liberados del celibato. Lo interpretó justamente al revés: una infidelidad perversa a una palabra dada a Dios y la Iglesia:

“Todo cristiano que recibe el sacramento del Orden acepta el celibato con plena conciencia y libertad, después de una preparación de años, de profunda reflexión y de asidua oración. El toma la decisión de vivir por vida el celibato, solo después de haberse convencido de que Cristo le concede este don para el bien de la Iglesia y para el servicio a los demás. Solo entonces se compromete a observarlo durante toda la vida. Es natural que tal decisión obliga no solo en virtud de la “Ley”, establecida por la Iglesia, sino también en función de la responsabilidad personal. Se trata aquí de mantener la palabra dada a Cristo y la Iglesia. La fidelidad a la palabra es, conjuntamente, deber y comprobación de la madurez interior del Sacerdote y expresión de su dignidad personal. Esto se manifiesta con toda claridad, cuando el mantenimiento de la palabra dada a Cristo, a través de un responsable y libre compromiso celibal para toda la vida, encuentra dificultades, es puesto a prueba, o bien está expuesto a la tentación, cosas todas ellas a las que no escapa el sacerdote, como cualquier otro hombre y cristiano. En tal circunstancia, cada uno debe buscar ayuda en la oración más fervorosa. Debe, mediante la oración encontrar en sí mismo aquella actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es precisamente la fuente de la fuerza para sostener lo que vacila. Es entonces cuando nace una confianza similar a la que San Pablo ha expresado con estas palabras: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta ” (De la primera carta de Juan Pablo II a los sacerdotes, con ocasion del Jueves Santo de 1979)

Estos son los supuestos que el Papa cree completamente ciertos:

“plena conciencia y libertad”;

“profunda reflexión y de asidua oración”;

“convencido de que Cristo le concede este don”;

“se compromete a observarlo durante toda la vida;

“tal decisión obliga… en virtud de la Ley… y en función de la responsabilidad personal”.

Desde estos supuestos sostiene estas certezas:

“Se trata aquí de mantener la palabra dada a Cristo y la Iglesia”;

“La fidelidad a la palabra es… deber y comprobación de la madurez interior del Sacerdote y expresión de su dignidad personal”.

“Esto se manifiesta con toda claridad, cuando el mantenimiento de la palabra dada a Cristo… encuentra dificultades, es puesto a prueba, o bien está expuesto a la tentación”.

Desde estas certezas proclama estos deberes:

cada uno debe buscar ayuda en la oración más fervorosa.

“encontrar en sí mismo aquella actitud de humildad y de sinceridad respecto a Dios y a la propia conciencia, que es precisamente la fuente de la fuerza para sostener lo que vacila”.

“entonces nace una confianza similar a la que San Pablo ha expresado con estas palabras: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta ”.

La realidad no son las ideas platónicas

El ser humano real nunca tiene “plena conciencia y libertad”. Todo es limitado a su desarrollo y a sus circunstancias históricas (intelectuales, sociales, económicas…). Por muy “profunda reflexión y oración” que haya hecho, por muy “convencido de que Cristo le concede este don”, por mucho que “se comprometa a observarlo durante toda la vida”, por mucho que sienta que “tal decisión obliga… en virtud de la Ley… y en función de la responsabilidad personal”… no deja de estar sujeto a su situación histórica, a la evolución de su pensamiento, al conocimiento de nuevas verdades, a la ética humana dinámica… Las decisiones humanas no pueden juzgarse con criterios universales,válidos para todos, en cualquier circunstancia histórica… Sencillamente porque nadie posee todas las claves de la existencia, todas las valoraciones, todas las experiencias, todo el autodominio…

Desde la realidad humana cabe otra interpretación más ética y evangélica

Cuando cambia la conciencia, bien sea por progreso intelectual, por la experiencia (hechos nuevos que producen diversa configuración mental), por valoración ética…, hay que revisar la propia vida con sus compromisos y proyectos de vida. Y esto por fidelidad a la misma conciencia: “el núcleo secretísimo y sagrario del ser humano, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo íntimo de ella” (GS 16). En la progresiva conciencia, el creyente dialoga “con Cristo y con la Iglesia”, con él mismo y con la sociedad. Con Cristo no hay problema: ofrece siempre su amor, el amor del Padre-Madre, el Reino de libertad, de verdad, de gracia, de justicia, de paz… Jesús mira a la persona real, “de carne y hueso”, a su situación cultural y en su conciencia histórica.

Dios ve nuestra circunstancia y bendice nuestras decisiones buenas

En este diálogo con Cristo el ser humano descubre la libertad de Jesús, su amor fiel al Padre y a los hermanos. En la circunstancia actual, tan distinta a la de hace unos años, es muy posible que Jesús nos haga ver que la palabra que le dimos antes no sea la misma que quiere ahora, a no ser la palabra de salvación de nuestra vida. El celibato no pertenece a lo fundamental que Jesús pide siempre: la fe en el amor que el Padre y él nos tienen. Es humano el cambio, mientras lo fundamental, lo que nos sostiene, lo que guía de raíz nuestra vida, siga fundado en Jesús, nuestro Salvador. La soltería o matrimonio es una opción humana, un derecho humano, que nadie nos puede arrebatar. Puede ser que en una época de nuestra vida viéramos muy claro la decisión de quedarnos solteros por el Reino e incluso creímos que Dios nos concedía esa posibilidad, como un don. Por ello prometimos a Jesús permanecer en ese estado toda la vida. Pero con el tiempo los acontecimientos, nuestro organismo incluso, nuestra psicología, los conocimientos sobre el evangelio y sobre los derechos humanos… nos provocaron cambio de conciencia. En la misma vida vimos que Dios nos ofrecía posibilidades distintas: mociones sentimentales, la situación personal o familiar, la experiencia eclesial… nos dio una visión muy distinta de las cosas. De ningún modo vivimos este camabio como ruptura de la palabra dada a Cristo. En lo fundamental, el amor de Jesús sigue unificando nuestro corazón, y da sentido a los demás amores de modo más limpio, más humano, más divino, incluso más intensa y profundamente. Dios nunca es rival nuestro: él nos ama siempre en toda situación.

Escuhemos los testimonios de los sacerdotes casados

Ninguno tiene conciencia de ruptura con Jesús y su Evangelio (“Curas casados. Historias de fe y ternura” (Ramón Alario y Tere Cortés, coord. Moceop. Albacete 2010). Sus experiencias son historia de la gracia, del Espíritu que nos habita y nos conduce en libertad de su Amor:

– “Si quería que me la concediesen (la dispensa del celibato), tenía que mentir. Decir que no sabía lo que hacía cuando me ordenaba, que era inmaduro, amén de plasmar mis miserias más íntimas. No, yo me sigo sintiendo llamado, sigo viéndome como sacerdote, aunque no me dejen ejercer el ministerio…” (o.c., pág. 75).

– “Sí, transmitir el evangelio, ayudar a vivirlo en mí y en quienes me rodeaban me encantaba pero vivir célibe me dejaba vacío, cada día un poco más … Mi corazón me estaba hablando otra cosa desde hacía mucho tiempo y no estaba haciendo caso. Dios mismo me hacía darme cuenta de que no podía seguir engañándome y engañándole a él y a todos; por muchos grupos, catequesis y homilías que pronunciase; aunque la gente me quisiese y alabase mis palabras o mis acciones; aunque Dios me diese muestras de su amor y fuese a veces instrumento suyo y testigo de su bondad con las personas… Gracias a este encuentro (al contactar con el Movimiento pro Celibato Opcional), he comprobado que el camino que Dios me ha mostrado no es una locura mía. Mi vocación había sido siempre ser cura casado; y yo no me había dado cuenta. Por eso esa lucha interior, por eso esa vivencia ambivalente. Sí, ya sé que eso no existe hoy en la Iglesia Católica Romana, pero en su momento tampoco existieron los monjes, los eremitas o los laicos consagrados. Es la vocación que Dios quiere de mí…. Estamos a la escucha, a la espera de conocer cómo y dónde quiere que hagamos realidad su sueño, su Reino. “Aquí estamos, Señor, envíanos”. (o.c. pág. 76).

– “Haber dejado el sacerdocio no ha sido ningún trauma personal porque considero que ha sido fruto de una natural evolución de mi pensamiento y de mi vida. Cuando me ordené siempre contemplé la posobilidad de que un día se pudiera dar eso. Y se dio. Y tampoco pasa nada. Ejercer el sacerdocio podría hacerse de otros modos totalmente distintos y no pasaría nada tampoco…” (oc. Pág. 120).

– ”Siguiendo la línea de mi reflexión vital y cristiana, no me creó el mínimo problema de conciencia plantearme una nueva vida de amor en pareja y renunciar al compromiso legal del celibato, aceptado desde el principio como una ley impuesta y sin base evangélica, y con la esperanza de un planteamiento opcional por parte de la Iglesia postconciliar” (o.c. Pág. 126).

– “He dicho en multitud de sitios que doy gracias a Dios por la vocación, por haberme ordenado y por haberne casado” (o.c. Pág. 135)

– “la secularización nunca fue objeto de preocupaciones ni motivo de escrúpulos de conciencia…, mi experiencia fue de paz y tranquilidad. En ningún momento sufrí desasosiego por lo que había dejado atrás… (o.c., pág. 220-221).

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