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Job y Jesús de Nazaret, indignados -- Juan José Tamayo, teólogo

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Éste es el primero de una serie de artículos que sobre el mismo tema escribe Juan José Tamayo. Los próximos artículos llevarán estos titulos:1. Jesús indignado «con el poder político». 2. «con el poder económico». 3 «Con el poder religioso». 4. «Con el poder patriarcal. 5 «Con Dios». (Redacción de R. C.)
El movimiento de los Indignados ha logrado implicar a jóvenes pertenecientes a diferentes movimientos cristianos comprometidos con la justicia y la liberación: Jóvenes Obreros Cristianos (JOC), Jóvenes Estudiantes Cristianos (JEC), Jóvenes de acción Católica (JAC), Comunidades de Base, Cristianos por el Socialismo, Movimiento de Apostolado Seglar (MAS), Comités de Solidaridad, etc.

Todos ellos se encuentran entre los participantes y convocantes de las movilizaciones contra la tiranía de los mercados, los déficits democráticos y en defensa de una democracia participativa, económica, intercultural e interétnica, sin exclusiones por razones de género, clase social, procedencia geográfica, religión, cultura, etc.

Tienen poderosas razones éticas, políticas, económicas y sociales para movilizarse y solidarizarse con los Indignados, ya que están viviendo las consecuencias de la crisis y de las políticas represivas, el cierre de todo horizonte laboral y la negación de
los más elementales derechos y libertades.

Pero, hay otra razón, que no niega las anteriores, sino que las refuerza y radicaliza para participar en las acciones populares de protesta: Jesús de Nazaret, crucifi cado por las autoridades religiosas y políticas por comportarse indignadamente

Durante las últimas décadas viene produciéndose un cambio verdaderamente revolucionario en torno a la persona de Jesús, el que se refiere a la manera de entender la actitud de Jesús ante el conflicto en sus diferentes niveles: religioso,
político, social, teológico, etc.

El cambio es muy similar al que se ha producido en torno a otra figura de la Biblia judía: Job. La imagen del jeque idumeo que se nos transmitió, resultaba de la lectura del prólogo y del epílogo del
libro que lleva su nombre y que lo presentaban como una persona resignada ante los diferentes reveses de fortuna.

Esa imagen se resumía en la reacción sumisa de Job cuando pierde todos sus bienes: “¡Yahvé me lo ha dado, Yahvé me lo ha quitado. Bendito sea el nombre de Yahvé” (Job 1, 21), y en el comentario del autor del libro: “A pesar de todo, Job no pecó ni imputó nada indigno
a Dios” (Job 1, 22).

Recuerdo todavía la reacción de mi madre ante mis travesuras que
con razón le sacaban de quicio: “Hijo, contigo hay que tener más paciencia que el santo Job.
Sin embargo, el conocimiento del conjunto el libro nos descubre otra imagen de Job, que poco o nada tiene que ver con la del prólogo y
la del epílogo. Es el Job impaciente que descubrí ya en mi juventud leyendo el excelente libro de J. Mª Cabodebilla, La impaciencia de Job, y que estoy releyendo ahora con verdadera fruición.

Con quien nos encontramos es con un Job rebelde, que osa litigar con Dios y poner en cuestión la doctrina tradicional de la retribución
y, por ende, la justicia divina. Es un Job crítico, indignado por igual con Dios y con quienes pretenden salvar el honor de Dios; un Job que se adelanta en casi veinte siglos a los críticos modernos
de la teodicea y pone en aprietos a Dios cuando le interroga por las razones de su comportamiento tan arbitrario.

Bloch lo define muy certeramente como el “Prometeo hebreo”, que
pone en cuestión el orden del mundo.
Tres amigos van a consolarle y a convencerle de que tiene merecido el castigo por sus pecados, al tiempo que pretenden demostrar la justicia y equidad de Dios, exculparle de toda responsabilidad
en los males que padece y defenderlo con argumentos desmentidos por los hechos.

Sin embargo, en ningún momento muestran el más mínimo ápice de compasión ante su desgracia.
Hay un momento en que la indignación de Job sube de tono, cuando maldice el día que nació: “Muera el día en que nací, la noche en
que anunció: ‘¡Ha sido concebido un varón!’.

Que ese día se vuelva tinieblas, que Dios, desde lo alto, no lo eche en falta, que la luz no brille sobre él… ¿Por qué no morí antes de nacer o salí del vientre ya cadáver? ¿Por qué me recogerían
dos rodillas, dos pechos para amamantarme?…

Como aborto ignorando, no existiría, como niño que no llega a ver la luz” (Job, 3, 1ss).
De Jesús se predicó siempre, como de Job, la paciencia, la aceptación de la voluntad de Dios, el acatamiento de las leyes judías y la sumisión al orden religioso y político vigente. Esa es, en buena medida, la imagen de Jesús que Nietzsche ofrece en El Anticristo: “Él no opone resistencia, ni con palabras ni en el corazón, a quien es malvado con él… No se encoleriza con nadie, ni
menosprecia a nadie. No se deja ver en los tribunales, ni se deja citar ante ellos (“no jurar”)…

Lo que él legó a la humanidad es la práctica: su comportamiento ante los jueces, ante los sayones, ante los acusadores, ante toda especie
de calumnia y burla su comportamiento en la cruz… Él ora, sufre, ama con quienes, en quienes le hacen el mal. No defenderse, no encolerizarse, no hacer responsable a nadie…” (El Anticristo.
Maldición sobre el cristianismo, Alianza, Madrid, 1974, parágrafos 33 y 35, pp. 63. 65).

En esto no puedo estar de acuerdo con Nietzsche. Jesús fue un Indignado, que estuvo en permanente conflicto con el orden establecido.

Se comportó como un ciudadano en rebeldía, como un creyente insumiso. La indignación y el confl icto caracterizaron su personalidad, su modo de ser y de vivir. Ambas constituyen la opción fundamental de su vida, el principio ético que guía su práctica liberadora y la razón de su trágico final. Lo demostraremos en los artículos siguientes.

JUAN JOSÉ TAMAYO
Director de la Cátedra de Teología de la Universidad Carlos III de Madrid

23 de febrero de 2012 Núm. 3.934 (291) ESCUELA 3

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