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Jesús, los obispos y la política -- José María Castillo, teólogo

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El Ideal

Jose María Castillo2.jpgJESÚS nació, vivió y murió en un país dominado y explotado por una potencia extranjera, el Imperio Romano. En vida de Jesús, por las calles de Jerusalén se paseaban los legionarios romanos que imponían su ley con brutal contundencia. Además, Roma abrumaba a los habitantes de Palestina con impuestos calculados caprichosamente, siempre en detrimento de los pobres. Los recaudadores de tales impuestos eran los publicanos, que aumentaban la presión fiscal en beneficio propio, o sea robaban a los pobres. Y además eran colaboracionistas con el Imperio opresor.
Estando así las cosas, llama la atención que Jesús, en los casi tres años que duró su predicación, no dijo ni media palabra contra los romanos. Lo cual resulta desconcertante. Porque, si Jesús predicaba la justicia y la liberación contra opresiones y esclavitudes (Lc 4, 18-21), ¿cómo se explica su silencio ante la opresión más dura que sufría su pueblo?

Jesús no fue un cobarde. Ni pretendió ingenuamente enseñar una religión que «no se mete en política». Lo que ocurre es que Jesús vio claramente que lo único que cambia de verdad la política es la renovación interior de las personas. La pena es que no creemos en esto. Sin embargo, si algo dejó clero el movimiento de Jesús es que un pequeño grupo de personas, que se renuevan de verdad interiormente, transforman un Imperio. Todos queremos renovar a los gobernantes. Lo que nadie quiere es renovarse a sí mismo.

En esto está la clave del silencio de Jesús ante el poder opresor de los romanos. Por eso, cuando a Jesús le dicen que Pilatos había asesinado a unos pobres galileos, Jesús no dice que había que expulsar a los romanos, sino que lo que Dios quiere es que cada cual se convierta (Lc 13, 1-5). Además Jesús admitió, en el grupo de sus discípulos más cercanos, lo mismo a publicanos que colaboraban con los romanos (Mateo) (Mc 2, 14) que a quienes luchaban contra ellos, un ‘zelota’ (Simón) y un ‘sicario’ (Judas). Más aún, Jesús juzgó positivamente a cargos importantes de las tropas extranjeras (Mt 8, 5 ss; cf. Hech 10, 1 ss).

Y es que Jesús llegó lo más lejos posible en la renuncia al afán de dominar a los demás. G. Theyssen, el especialista que seguramente ha estudiado mejor este asunto, indica cómo, en el Sermón del Monte, descubrimos no sólo la invitación a refrenar la agresividad hacia los otros, sino también a soportar su agresividad. Jesús, en efecto, formula esta exhortación paradójica: «Si uno te abofetea en la mejilla derecha, ponle también la otra» (Mt 5, 39). Es una invitación clásica a la auto-estigmatización, es decir, a abrazar abierta y libremente una posición inferior que atrae y soporta la agresión de los demás. Solamente de ese modo, el otro no quedará reforzado en su obrar, sino que quedará desarmado, sin argumentos y, por eso, se sentirá inseguro. Así, y sólo así, se puede acabar con la crispación, el insulto y la necesidad de mentir para estar por encima de los otros.

Después de la reciente campaña electoral, ha quedado patente que los obispos españoles han tomado una postura, en lo que se refiere a la política, que nada tiene que ver con la postura que adoptó Jesús, en ese orden de cosas. Primero, porque lo más claro en la postura de los obispos ha sido su ‘opción política’, mientras que en Jesús lo más claro fue su ‘opción religiosa’. Segundo, porque los obispos han asumido una opción claramente ‘conservadora’, mientras que Jesús tomó una decisión provocativamente ‘renovadora’. Quiero decir: si por algo se habla hoy en España de los obispos, es por su opción ‘política’, en tanto que, si por algo se hablaba en Palestina de Jesús, fue por su opción ‘religiosa’.

Lo cual pone en evidencia dos cosas: 1) Los obispos españoles le están diciendo a la gente que, en los momentos serios de la vida, lo más determinante es la política, o sea el poder y las ganancias y privilegios que proporciona el poder, mientras que Jesús dejó bien claro que, en todo momento, lo decisivo es la religión, o sea la fuerza de la conciencia y de los valores que representan la renuncia a toda pretensión de estar por encima de los demás y asume la suerte de los más débiles como el distintivo de la propia vida. 2) Los obispos le han dicho a los españoles que, para ser buen cristiano, hay que ser conservador, mientras que Jesús dejó muy claro que, para seguir su proyecto, hay que ser innovador e incluso revolucionario, es decir, opta por una forma de vida y de convivencia basada en el respeto a los demás, la tolerancia con todos, la dignidad de los más débiles y la subversión evangélica: «los últimos serán los primeros».

Pero hay algo más preocupante. Los obispos españoles, desde sus púlpitos y su emisora, no han parado de decirle a la gente que la salvación está en la derecha política. Con lo cual, lo que en realidad han dicho es que, quien quiera seguir a Cristo, tiene que ser del PP y debe vivir como viven los votantes del PP, en su forma de entender la familia, de vivir la sexualidad, las relaciones humanas, las relaciones entre la ciencia y la fe. Y también en todo lo que afecta a un proyecto económico que antepone la ‘privatización’ de los bienes a la ‘socialización’ de los bienes. Y para rematar la faena, el mensaje más fuerte de los obispos ha sido que la última palabra, en los asuntos que nos conciernen a todos, no está en las instituciones públicas del Estado, sino en la palabra que dictan los obispos. Porque una sociedad laica, libre y plural es intrínsecamente mala.

Nuestros obispos -quizá sin pretenderlo- han dejado claro que la política es más importante que la religión. Con lo que, paradójicamente, ha quedado patente que el peor enemigo de esta Iglesia es el Evangelio.

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