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Jesús de Nazaret, patrimonio de la humanidad -- Benjamín Forcano, teólogo

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– Tocando el corazón de la Semana Santa –
Este texto es eco literal de escritos del conocido teólogo José Antonio Pagola. Su libro JESÚS, retirado y prohibido para su edición española en España, ha alcanzado una venta superior a los 80.000 ejemplares. Y se sigue vendiendo en otros idiomas sin censura. El cardenal Ravasi, gran biblista y personalidad relevante de la Curia Vaticana lo ha elogiado como uno de los mejores libros del momento.

Hoy, los sectores preocupados por investigar la historia de Jesús hablan con un lenguaje nuevo; personas incluso no creyentes dicen cosas como ésta: Jesús no pertenece sólo a los cristianos; es patrimonio de la humanidad. Otras afirman: Sin duda Jesús es lo mejor que ha dado la historia y sería una tragedia si un día la humanidad lo olvidara. También: Jesús no sólo ha inaugurado una nueva religión, sino una nueva era.

Nunca la historia ha producido, dicen algunos, un símbolo religioso más grandioso que el proyecto de Jesús, que llaman Reino de Dios. Si el mundo lo atendiera cambiaría; si se convirtiera en el eje vertebrador de las culturas, de las políticas y de las religiones, la humanidad viviría con un horizonte de esperanza que hoy no puede sospechar. Y otros: sí es cierto que está en crisis, el final quizás de una religión cristiana, muy condicionada por la filosofía griega y el derecho romano, pero estamos en el pórtico de un desarrollo nuevo del movimiento de Jesús.

Jesús todavía puede ser una verdadera sorpresa. Se habla de él como el alma que necesita este mundo para vivir de una manera más digna y más esperanzadora. ¿Qué es lo que este hombre quiso introducir en la historia humana?

Jesús, galileo, era un hombre religioso, pero vivió en una sociedad donde lo religioso estaba implicado, impulsando toda una manera de entender y de vivir la vida y la sociedad, hasta tal punto que, en aquel momento, para los hebreos la Torá, la ley de Moisés, era la Constitución, por decirlo así. En esa sociedad, Jesús no es un maestro de la ley, tampoco es un sacerdote. En el centro de su predicación hay un acontecimiento, que Él está experimentando y que quiere contagiar a todos. Sería el siguiente: el Reino de Dios se está acercando, Dios no quiere dejarnos solos frente a los problemas y los desafíos, sino orientar nuestra vida de manera sana, dichosa.

Jesús invita a cambiar de manera de pensar y de hablar, invita a creer en esta Buena Noticia, a vivir creyendo en Él. Todos los investigadores piensan que el Reino de Dios fue la pasión de Jesús que inspiró toda su vida y también la razón por la que fue ejecutado. “El Reino de Dios es la alternativa de Jesús”. El Reino de Dios va mucho más allá de las creencias, los preceptos y los ritos de una religión; es una manera de entender y de vivir a Dios, una experiencia nueva que lo cambia absolutamente todo y permite vivir de una manera nueva, con una esperanza y con un horizonte diferente; es el proyecto, el Reino de Dios.

Lo sorprendente es que Jesús nunca explica lo que es el Reino de Dios con un lenguaje conceptual, solemne, como los sacerdotes del templo; ni con el lenguaje legalista de los maestros de la ley; Jesús es un poeta. Hoy se está valorando muchísimo la dimensión poética de Jesús; las metáforas, las imágenes y sobre todo las parábolas de Jesús en esa época -siglo I- es de lo mejor que hay en la literatura mundial. Con ese lenguaje parabólico, más que hablar de doctrinas, Jesús habla de cómo sería la vida si hubiera más gente que se pareciera a Dios, es decir, ¿Cómo cambiaría la religión del Templo, en Jerusalén, si no estuviera Caifás y reinara un sacerdote que de verdad quisiera lo que quiere Dios? ¿Cómo sería nuestra sociedad y nuestra Iglesia, si hubiera, cada vez más, personas, hombres y mujeres, que se parecieran un poco a Dios?

Mientras Jesús estaba en Galilea, Tiberio estaba descansando en Capri; era un hombre mayor que sólo quería riquezas, honor, poder… pero era quien, con las legiones romanas, había creado el Imperio de Roma, la Pax Romana, el orden internacional… todo lo cual, en Jerusalén, donde los sumos sacerdotes hablaban probablemente el griego, se definía con el término, basileia. Podemos imaginar la sorpresa y también el recelo que tuvo que provocar Jesús cuando invitaba a todos a entrar en el Reino de Dios, al que define en términos políticos de basileia.

Los que rezan el Padre Nuestro dicen: Venga a nosotros tu Reino; no piden ir al cielo, sino que venga primero aquí, a la misma tierra su Reino. Y lo primero que hay que hacer para entrar en ese Reino , es salirse de otros reinos, del reino de la violencia, del reino del dinero, del reino del terrorismo… ¿Y qué es para Jesús este proyecto del Reino de Dios?

1. La compasión como principio de actuación

Dios es compasivo; ésta es la base de la actuación de Jesús. El nunca habla de un Dios indiferente, frío, desentendido de los hombres, de espaldas a nuestros problemas.Tampoco presenta a un Dios preocupado por sus intereses, su gloria, su liturgia, su templo, su sábado. La preocupación de Dios somos nosotros. Ni habla tampoco de un Dios que quiera dirigir el mundo con las leyes naturales que ha introducido el Creador en la misma realidad de la creación -una teología muy valiosa que viene de Grecia, de la filosofía griega-. En la experiencia de Dios que tiene Jesús está que Dios es compasivo, tiene “entrañas”. Lo primero que Dios siente al mirarnos es compasión, nos lleva como una madre a su hijo en sus entrañas.

Las parábolas más bellas de Jesús son aquellas con las cuales quiere contagiar a la gente su experiencia de un Dios compasivo.

En la parábola “del hijo pródigo”, en realidad el protagonista no es el hijo, sino el padre bueno. Los primeros que escucharon esta parábola tuvieron que quedar totalmente sorprendidos; no era esto lo que escuchaban de los maestros de la ley en la Sinagoga, ni tampoco de los sacerdotes de Jerusalén en el templo. En la parábola, el padre está atento a ver si viene el hijo; y cuando lo ve todavía lejos, se conmovió –literalmente: “le temblaron las entrañas”-, perdió el control y echó a correr y lo besaba y abrazaba efusivamente… ¡en público! ¿Será Dios así? ¿Será Dios alguien que quiere orientarnos a todos hacia una fiesta final en la que se celebrará la fiesta de la libertad, de la dignidad, la verdadera felicidad?

Hay otra parábola sorprendente, la de “los obreros de la viña” aunque, en realidad, el protagonista es el dueño de la viña, un hombre bueno, que quiere trabajo y pan para todos. Esa parábola tuvo que despertar un desconcierto general. Este dueño de la viña no se fija en los méritos de cada uno, si ha trabajado mucho o si ha trabajado poco; lo que le preocupa es que, esta noche, todos tengan para comer. ¿Será que Dios, más que estar preocupado por nuestros méritos, está preocupado por responder a nuestras necesidades? Ante esto, ¿Qué podían decir los escribas de la ley y qué pueden decir los moralistas hoy? Jesús es desconcertante, Dios es sorprendente.

Jesús se encontró con una sociedad en la que todos coincidían en el punto de partida: el pueblo tiene que ser santo para imitar a Dios santo. ¿Y quién es ese “Dios santo”? El que habita en el Templo sagrado, un Dios que elige a su pueblo, pero maldice a los paganos; un Dios que acepta a los puros y rechaza a los impuros; un Dios que es amigo de los buenos, pero que odia a los pecadores. Sin embargo, a Jesús le llamarán amigo de pecadores; es decir, cuando Dios se encarna en un hombre, a este hombre la gente le ve como amigo de pecadores.

La sociedad judía que conoció Jesús era discriminatoria y excluyente. Los más santos son los sacerdotes porque tienen que entrar en las áreas más sagradas del templo; y después viene el pueblo. A los varones se les consideraba de una santidad ritual superior a las mujeres, las cuales no podían ser sacerdotisas ni podían entrar en el templo. Los piadosos, los justos, los observadores de la ley, son los benditos de Dios; los pecadores, los malditos. A los sanos se les consideraba bendecidos por Dios, a los enfermos heridos por Dios; no podían entrar en el templo. ¿Por qué iba a entrar un sordomudo en el templo, si no puede ni oír la ley de Dios, ni cantar los salmos?

Cuando llega Jesús, tiene que reaccionar desde su experiencia del Dios compasivo, y lo hace de una manera audaz:: sed compasivos como vuestro Padre del cielo es compasivo, e introduce un horizonte totalmente nuevo en la historia de la humanidad. Jesús no niega la santidad de Dios, pero deja claro que, lo que califica y define al Dios santo es su compasión; Dios es santo no porque rechace a los paganos, a los pecadores y a los impuros, sino precisamente porque en su corazón compasivo caben todos. Dios no excluye a nadie; todo el que se acerca a él será acogido, Dios ama sin excluir a nadie.

La compasión no es una virtud más –como podían ser las obras de misericordia-, sino la única manera de empezar a parecernos a Dios. El modo de mirar al mundo con compasión, el mirar a las personas con compasión, el mirar los acontecimientos y la vida entera con compasión, es la mejor manera de irnos pareciendo a Dios, sencillamente es interiorizar el dolor ajeno, que me duela a mí el sufrimiento de los demás y reaccionar haciendo lo posible por esa persona y aliviando su sufrimiento en la medida en que yo pueda.

En la parábola del buen samaritano es un no judío –un enemigo total- el que atiende al hombre herido, lo cura, lo desinfecta, le venda las heridas, lo monta sobre sus cabalgadura y lo lleva a la posasda, todo porque –literalmente- se le conmovieron las entrañas y se aproximó. Jesús introduce en la parábola un vuelco total. Los representantes del templo pasan de largo, el odiado samaritano cura compadecido. La compasión derriba todas las barreras; hasta un enemigo tradicional, temido por todos, puede ser cauce de la compasión de Dios. El Reino de Dios se podrá construir desde la religión y desde otros sectores, con tal de que se viva la compasión.

2. La dignidad de los últimos como meta

Jesús llama a vivir el Reino de Dios, que quiere una vida más digna, más dichosa para todos, empezando por los últimos. Dice que hay que aprender a vivir desde la compasión hacia los que sufren, desde la defensa de los últimos, desde la acogida incondicional a todos. A Jesús no le preocupa organizar una religión como las demás con su liturgia y sacrificios, sino que llama a todos a acoger a este Dios compasivo y crear una sociedad nueva, mirando hacia los últimos. ¡Una revolución!.

En Israel estaba todo muy claro; Dios intervendría para destruir a los enemigos y aniquilar a los impíos. Jesús sorprende a todos porque no se pone de parte del pueblo elegido y en contra de los romanos; el Reino de Dios no se va a construir destruyendo y dominando unos pueblos a otros, destruyendo a los pecadores y salvando a los justos; Jesús se acerca a los pecadores y acoge a todos a su mesa.

El Reino de Dios no va a consistir en la victoria de los buenos para hacer pagar a los malos su pecado. Jesús llama a todos a la conversión y a vivir mirando a los últimos, a los más necesitados, a los más indefensos y olvidados. Lo que Jesús dice a los campesinos de Galilea “Felices vosotros” porque de ellos es el reino de los cielos, no porque se están quedando sin tierra, porque están pasando hambre o porque lloran, podríamos traducirlo hoy así: los que no interesan a la gente son los que más le interesan a Dios; los que sobran en los imperios que construimos los hombres, el “material sobrante”, son los que Dios acoge; los que están más olvidados, los indefensos, esos son los que, antes que nadie, tienen como defensor y Padre a Dios.

Jesús es muy realista, no piensa que van a desaparecer el hambre y las lágrimas en Galilea, lo que sí hace es darles una dignidad indestructible a todos los son víctimas de abusos y de injusticias. La herencia más grande de Jesús, la que hoy, no sólo los creyentes sino también increyentes ven y valoran en Jesús es ésta: acoger el Reino de Dios es poner a todas las religiones, no sólo a la cristiana, a las culturas, a las políticas, mirando antes que nada hacia los últimos.

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