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Jaume, un gran pensador -- José María García Mauriño

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Enviado a la página web de Redes Cristianas

(Es mi reflexión un poco tardía)
Diciembre de 2018
No se cuál podría ser el Itinerario intelectual de Jaume. Pienso que pudimos aprender de él a asumir serena y críticamente la herencia del pasado. Creo que Lo propio de Jaume era comprender sin muchas palabras. Sin embargo, el maestro y el amigo nos ha dejado una herencia preciosa en su obra, sus escritos, su amistad, su bondad, su fe, su recuerdo, su forma de vivir y morir.

El pasado 17 de febrero de 2018 moría en Barcelona el intelectual comprometido Jaume Botey. Ha muerto, como se decía de algunas figuras bíblicas, «lleno de días»; Jaume se llevaba bien con la vida y no tenía ninguna prisa por marcharse.

Los antiguos romanos pensaban que morir era «pasarse a la mayoría»; pero Jaume amaba las minorías: su familia, su barrio, los pequeños grupos cristianos o políticos, sus amigos, su modesta vivienda, sus libros, su música. Se sentía «feliz» en este sencillo escenario. Podemos afirmar que como Unamuno, no quería morirse, ni «quería quererlo». Eso sí: a diferencia del torturado pensador vasco, Jaume estaba reconciliado con el término «aceptación». Como Dietrich Bonhoeffer, aspiraba a armonizar la «resistencia» con la «sumisión»; era consciente de que en la vida es necesario reconocer ambas melodías: a las fechas de la «resistencia», marcadas por la creatividad intelectual, el vigor espiritual y la salud física, suele suceder la «sumisión», bien conocida por el declive de todo lo anterior; son días de eclipse, de paulatino deterioro, de pasividad, de lenta e inexorable llegada del final. Un final, la muerte, que Jaume, desde su inconfundible talante cristiano aceptaba, pero no deseaba. Le gustaba la escueta definición cristiana de la muerte que nos legó ese gran jesuita, Karl Rahner: «Platz machen», hacer sitio.

«Vive de tal forma que, cuando mueras, no mueras». Esta frase, regalo de san Agustín, es perfectamente aplicable a Jaume. Para algunas culturas antiguas, la muerte solo acontecía cuando el difunto era olvidado; solo entonces, normalmente después de varias generaciones, pasaba a formar parte de los ancestros, del panteón de los antepasados; pero, mientras su recuerdo permanecía vivo en la memoria de los que le habían conocido, la muerte, por así decirlo, no entraba en vigor. El difunto era considerado un «muerto viviente».

En algún sentido continúa siendo así para nosotros: las personas tardan más en morir que en desaparecer. La desaparición del cadáver es necesariamente rápida, pero la muerte definitiva solo irrumpe cuando el olvido borra el recuerdo, tarea de la que se encarga el paso del tiempo, a veces muy lentamente. Será, creo, el caso de Jaume: le recordaremos, por largo tiempo, sus familiares, sus amigos, alumnos y discípulos de la Universidad Autónoma de Barcelona, los Cristianos y Cristianas por el Socialismo, el colectivo de Redes cristianas, de “Iglesia y siglo XXI”, y de tantas otras Instituciones, del barrio, y Centros de enseñanza superior en los que impartió su docencia. Sin contar, naturalmente, a tantas y tantas personas como acudieron a él en busca de orientación, ayuda y aliento en los distintos compromisos. La persona de Jaume quedará asociada para siempre a palabras tan antiguas y entrañables como amistad, sencillez, disponibilidad, acogida, profundidad, serenidad.

Nosotros aprendemos de Jaume a asumir serena y críticamente la herencia del pasado. El miró siempre con comprensión hacia atrás. En la dilatada historia de la que venimos descubría el esfuerzo intelectual y humano que hace posible nuestro presente. Era consciente de que, en los nobles temas del espíritu, la antorcha del saber debe circular de mano en mano, sin exclusiones ni olvidos cicateros. El sabía que todo viene de muy atrás. No es posible pensar el futuro sin recordar el pasado. Solo esta paciente y compasiva memoria histórica libera de la tiranía del instante y de la tentación de repetir, acrítica y perezosamente, el último grito mediático, del que tampoco se libran los asuntos del espíritu.

Era un gran historiador pero en último término, Jaume fue siempre un profundo creyente cristiano que descubría en el mensaje cristiano y en su gran protagonista, Jesús de Nazaret, la mejor respuesta a los acuciantes interrogantes de la Historia, de la vida de los seres humanos en la tierra. Una respuesta que, por supuesto, no nos ahorra la búsqueda ni la apuesta, pero que otorga a nuestras preguntas un carácter distendido, esperanzado, confiado incluso. La creencia cristiana no ahorra el pensamiento ni el fragor de las ideas. Existen incluso temas, como el enigma del mal, en los que se torna más laborioso reflexionar desde la creencia que desde la increencia. No es, en efecto, fácil compaginar la existencia de un Dios bueno y omnipotente con los estragos del mal en el mundo.

Finalmente, saludamos a Jaume como el gran maestro del que aprendimos montones de cosas en la fe y en el pensamiento, sin que él pretendiera enseñarnos nada. Hasta siempre, Jaume.

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