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IGUALDAD, RELIGIÓN Y MACHISMO. Roser Puig

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En el tercer lugar de los “Diez Objetivos del Milenio” que las Naciones Unidas se han propuesto con la finalidad de erradicar la pobreza del mundo, se halla la lucha contra las diferencias entre los hombres y las mujeres. Y es que el hecho de pertenecer a uno u otro sexo marca la diferencia en muchas ocasiones entre poder subsistir dignamente o no.

En todo el planeta, independientemente del país, raza, etnia, cultura o clase social, las mujeres están siempre en desventaja con los hombres. Se trata del común denominador de la filosofía patriarcal que, asombrosamente, une y afecta a todos los seres humanos desde tiempos ancestrales hasta el día de hoy.

La cultura patriarcal, o dominación de la mujer por parte del hombre, ha sido transmitida en todas las civilizaciones de generación en generación y, en esta transmisión, han estado siempre presentes las creencias religiosas de los pueblos, las cuales han influido en el devenir de los usos y costumbres de los mismos, así como en las leyes que éstos se dan allí donde la Religión todavía no está separada del Estado.

Nuestra sociedad es en estos momentos una sociedad democrática con legislación laica e igualitaria pero que sin embargo padece la lacra del machismo cultural. ¿Porqué? Una explicación la podríamos encontrar en la influencia del legado religioso de las tres religiones que en los últimos dos mil años han pisado nuestras tierras: La cristiana, la judaica y la musulmana. Las tres religiones son fundamentalmente patriarcales y las tres coinciden en considerar a la mujer un ser inferior al hombre, con innata tendencia al mal (sexualidad) por lo que debe ser controlada por el varón. La tradición patriarcal exige de la mujer, por lo tanto, supeditación al hombre en líneas generales y, concretamente, le exige a la esposa, autoanulación psicológica a favor de los privilegios del esposo a fin de preservar la unidad y la paz familiar.

A pesar de que en nuestro país ha predominado el Cristianismo (en su versión Católica) sobre las otras religiones y de que éste afirma creer en el Evangelio de Fraternidad de Jesús de Nazaret. La situación de supeditación y discriminación de la mujer no ha cambiado en absoluto pues la Iglesia Católica, en la práctica ha estado y sigue estando en connivencia con la filosofía patriarcal y dicha religión ha dejado en nuestra cultura un poso machista que difícilmente pueden corregir las leyes por muy igualitarias que éstas sean.

El, relativamente reciente fenómeno, del incesante goteo de mujeres muertas a manos de sus parejas o ex parejas las cuales se consideran sus propietarios y que, ante la pretensión emancipadora de su mujer, que se siente amparada por la Ley, prefieren verla muerta antes que concederle la libertad, no es más que la punta del iceberg del machismo cultural imperante. Si bien no puede afirmarse que dichos asesinos se sientan impulsados por sus creencias religiosas, ya que la mayoría suelen estar apartados de ellas, sí que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la mentalidad machista (tanto en hombres como en mujeres) es fruto de una educación de tradición filosófica patriarcal.

Por todo ello, las mujeres católicas que hemos llegado a tomar conciencia de lo nefasta que ha sido y sigue siendo la filosofía patriarcal para las mujeres en todo el mundo, y conscientes también de hasta qué punto puede influir, para bien o para mal, en la cultura de un pueblo una religión, le reclamamos al Magisterio de nuestra Iglesia una reflexión objetiva y desinteresada sobre como deberían ser la relaciones entre los hombres y las mujeres del tercer milenio de nuestra Era.

Reflexión que debería llevar a la elaboración de una nueva Antropología teológica basada en la igualdad (de hecho y de derecho), de los hijos y las hijas de Dios y cuya lógica e inmediata consecuencia debería ser retirada de los artículos del Derecho Canónico que discriminan a las mujeres por el hecho de serlo. Porque creemos que solo en el respeto a la igualdad de la dignidad, la libertad y los derechos humanos de todas las personas puede cimentarse la paz familiar y social.

Firmado : Roser Puig

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